A medida que las ciudades de Arabia Saudita se expanden a través de proyectos culturales cada vez más ambiciosos, Syn Architects ha dedicado gran parte de su práctica a examinar lo que preexiste a dicha transformación. La participación del estudio en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2025 surgió de años dedicados a documentar la arquitectura najdi, el tejido urbano en desaparición, los materiales locales y las formas heredadas de conocimiento. Para Syn, el patrimonio adquiere utilidad cuando se documenta, se pone a prueba y se reincorpora al uso.
Cuando los países africanos obtuvieron su independencia del dominio colonial europeo a mediados del siglo XX, la construcción nacional implicó mucho más que el establecimiento de nuevos gobiernos e instituciones políticas. Los nuevos Estados soberanos también necesitaban definir una identidad construida que los distinguiera de su pasado colonial, por lo que la arquitectura se convirtió en una herramienta clave en este proceso. A lo largo del continente, se encargaron monumentales edificios cívicos, universidades, centros de convenciones e instituciones culturales para encarnar el progreso y la unidad nacional. Sin embargo, esto generó una contradicción fundamental: muchos de estos edificios adoptaron lenguajes arquitectónicos modernistas y brutalistas originados en Europa, e incluso algunos fueron diseñados por arquitectos y arquitectas de las antiguas potencias coloniales. La Maison du Peuple en Uagadugú, Burkina Faso, ofrece un ejemplo particularmente revelador de cómo un lenguaje arquitectónico asociado con Europa pudo ser apropiado y transformado en una expresión de independencia poscolonial.
A lo largo del Golfo, el patrimonio beduino suele ingresar a la arquitectura en primer lugar como una imagen. Las terminales aeroportuarias recuerdan las siluetas de las tiendas de campaña, los centros de visitantes incorporan celosías tejidas y los pabellones reinterpretan los textiles tradicionales como fachadas decorativas. Estas referencias se han convertido en un lenguaje visual familiar para expresar la identidad regional. Sin embargo, también corren el riesgo de reducir una de las tradiciones constructivas vernáculas más sofisticadas del mundo a un mero motivo arquitectónico. Mucho antes de que la tienda beduina se convirtiera en un símbolo cultural, era una tecnología ambiental: una estructura ligera y adaptable, capaz de generar confort en uno de los climas más exigentes del planeta. Lo que la infraestructura contemporánea puede heredar no es la silueta de la tienda, sino la inteligencia constructiva tejida en ella.
En el corazón del distrito de Navrangpura, en Ahmedabad, India, se encuentra el Estadio Sardar Vallabhbhai Patel. Más que un simple campo de críquet, el estadio se erige como uno de los primeros experimentos de la India en arquitectura pública modernista. Construida en las décadas posteriores a la independencia del país, la estructura no solo se ha convertido en un hito de la ingeniería, sino también en un importante espacio público dentro del tejido urbano de Ahmedabad. A pesar de la trascendencia arquitectónica e histórica del edificio, así como de su profunda integración en la vida comunitaria diaria, la estructura ha sufrido un importante deterioro físico a raíz de décadas de mantenimiento deficiente y falta de financiamiento. Esta fragilidad es, precisamente, la razón por la que ha captado la atención internacional. En 2020, el World Monuments Fund (WMF) incluyó al Estadio Sardar Vallabhbhai Patel en el World Monuments Watch, una lista global que destaca los sitios de patrimonio cultural que enfrentan desafíos urgentes de conservación.
Nunca ha habido un momento de mayor celebración para el trabajo artesanal en la arquitectura. En revistas, premios y exposiciones internacionales, el ladrillo hecho a mano, el enlucido de cal, la piedra tallada, el bambú tejido y la tierra apisonada han resurgido como símbolos de responsabilidad ambiental, continuidad cultural y autenticidad arquitectónica. Más allá de estos proyectos minuciosamente documentados se esconde otra realidad. La gran mayoría de los edificios que se construyen hoy en día —desde bloques de departamentos y torres de oficinas hasta viviendas sociales y desarrollos comerciales— siguen dependiendo de sistemas industrializados que dejan poco espacio para las y los artesanos calificados. El oficio artesanal se ha vuelto cada vez más visible justo en el momento en que es más inusual. En países como la India, este contraste resulta imposible de ignorar. Tradiciones constructivas centenarias coexisten con una de las industrias de la construcción de más rápido crecimiento en el mundo. Para replantear la pregunta de por qué está resurgiendo el trabajo artesanal, tal vez el verdadero interrogante radica en por qué ahora aparece principalmente allí donde los presupuestos, los plazos de obra y la clientela pueden costeárselo.
En 2021, la colaboración entre el estudio de arquitectura italiano Mario Cucinella Architects y la empresa italiana de impresión 3D WASP dio como resultado el desarrollo de TECLA: una vivienda impresa en 3D completamente con tierra cruda. Cinco años después, la tecnología detrás de este proyecto ha evolucionado, extendiéndose de manera silenciosa por diversos continentes y prácticas de diseño. Al controlar la velocidad, el ángulo y la trayectoria de la boquilla de extrusión, los/las arquitectos/as pueden crear mucho más que simples muros. Con el paso de los años, han experimentado con formas de moldear el material impreso en 3D para generar motivos superficiales detallados, reincorporando el relieve, la textura y patrones complejos directamente en la estructura. De este modo, buscan tender un puente entre las tradiciones de construcción con tierra y la computación digital, en una época en la que el código comienza a influir directamente en la forma y en la expresión material de la arquitectura.
Una guerra puede borrar la silueta de una ciudad de la noche a la mañana. Los techos se derrumban, las calles se vuelven intransitables y los hitos que alguna vez orientaron la vida cotidiana quedan reducidos a escombros. Sin embargo, la pérdida más profunda suele ser invisible. Los edificios se pueden relevar, fotografiar, escanear y, eventualmente, reconstruir. El conocimiento que los produjo es mucho más frágil. Sobrevive en manos de canteros y canteras que comprenden cómo una bóveda de piedra caliza soporta su carga, de carpinteros y carpinteras que saben cómo responden las uniones de madera al movimiento estacional, de yeseros y yeseras que mezclan la cal de memoria en lugar de usar medidas, y de los y las residentes cuyos rituales cotidianos mantienen estos edificios en uso. Cuando estas personas son desplazadas, asesinadas o forzadas a abandonar sus oficios, la reconstrucción hereda un problema que ningún plano o modelo digital puede resolver. La piedra siempre se puede volver a extraer. Recuperar el conocimiento para darle forma toma mucho más tiempo.
Si bien la geometría piramidal se hace presente en monumentales estructuras históricas, su aplicación contemporánea sigue siendo limitada. La principal limitante es su envolvente inclinada, la cual contrae la superficie habitable del edificio a medida que asciende y reduce el volumen interior utilizable en comparación con las formas ortogonales o cilíndricas. Sin embargo, desde una perspectiva estructural, esta geometría ofrece una gran estabilidad lateral frente a cargas sísmicas y de viento gracias a su base ancha, su distribución de masa central y sus caras triangulares autoestables. No obstante, aplicar esta forma a una escala residencial introduce diversas limitaciones de distribución. Estas paredes inclinadas limitan las superficies verticales de los muros, lo que dificulta la colocación de ventanas, puertas y tabiques estándar. Al mismo tiempo, la baja altura libre a lo largo del perímetro genera áreas inutilizables en los bordes de las habitaciones.
La arquitectura de Birmingham refleja la historia de la ciudad como uno de los primeros centros industriales de Inglaterra. La riqueza generada tanto en la ciudad como en la región circundante dio lugar a la grandiosidad de la era victoriana durante el siglo XIX. Posteriormente, los intensos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial causaron una destrucción generalizada, a la cual le siguió una rápida reconstrucción entre las décadas de 1950 y 1970. Este periodo introdujo un modernismo racional y una ambición brutalista que hoy en día caracterizan a gran parte del centro urbano. Pocas décadas después, los procesos de demolición y renovación regresaron a Birmingham al reconsiderarse algunas de las decisiones de mediados del siglo XX. Como es bien sabido, el Bullring Centre y la Biblioteca de Birmingham fueron demolidos para dar paso a proyectos de regeneración del siglo XXI, lo que aportó nuevas capas de complejidad y dinamismo al entorno construido de la ciudad.
Durante mucho tiempo, la arquitectura se ha definido por la permanencia. Los edificios se celebran porque perduran, las ciudades porque establecen estabilidad frente a la incertidumbre y los monumentos porque resisten el paso del tiempo. Algunas de las tradiciones urbanas más antiguas de la humanidad surgieron en paisajes donde la permanencia por sí sola nunca habría podido garantizar la supervivencia. A lo largo de los desiertos del norte de África y la península arábiga, los asentamientos en oasis se desarrollaron no como refugios aislados en medio de un páramo vacío, sino como pausas cuidadosamente mantenidas dentro de paisajes que ya estaban moldeados por el movimiento. Mucho antes de que las autopistas y los aeropuertos conectaran continentes, caravanas, personas dedicadas al pastoreo, la peregrinación y el comercio recorrían estos territorios a través de redes de pozos, sistemas de riego, arboledas cultivadas y ciudades de mercado. El oasis nunca fue el final del viaje. Los pozos, los palmerales sombreados, los campos de cultivo irrigados y los mercados de caravanas permitían que comenzara la siguiente etapa del trayecto.
En la costa caribeña de Honduras se encuentra el valle de Leán, una estrecha franja costera delimitada por la cordillera Nombre de Dios al sur y el mar Caribe al norte. Durante mucho tiempo, esta fue la última frontera: una selva densa, pantanos, sin infraestructura y de difícil acceso hacia el interior. No obstante, este panorama comenzó a cambiar con la llegada del pueblo garífuna, que se estableció en la zona entre los ríos Danto y Cangrejal, sentando las bases de lo que se convertiría en la ciudad de La Ceiba, un núcleo urbano en el Caribe hondureño cuya historia ha estado definida por olas de migración: personas de Centroamérica, afrocaribeñas, europeas y del sector corporativo norteamericano. Estos movimientos provenientes de todo el mundo no solo contribuyeron al crecimiento económico, sino que produjeron activamente la lógica espacial, la identidad y la forma arquitectónica de la ciudad.
La arquitectura suele heredar una paradoja: los edificios que acaban definiendo un lugar rara vez son los únicos que lo moldearon. Al contrario, se convierten en símbolos que se repiten en guías turísticas, campañas de turismo, agendas de conservación e historias de la arquitectura hasta representar a toda una región. Con el tiempo, la riqueza de un paisaje construido se comprime en un puñado de imágenes familiares. Lo que queda fuera de ese encuadre rara vez desaparece; simplemente se desvanece del discurso arquitectónico.
Pocos lugares ilustran esto con tanta claridad como Odisha. Durante décadas, su identidad arquitectónica ha estado representada por los monumentales templos de piedra de Bhubaneswar, Konark y Puri. La sofisticación escultórica de la tradición Kalinga ha ganado con justicia el reconocimiento internacional, convirtiéndose en uno de los legados arquitectónicos más célebres de la India. Sin embargo, este protagonismo también ha traído una consecuencia imprevista: con frecuencia se entiende a Odisha únicamente como una tierra de templos, dejando otras historias arquitectónicas relativamente inexploradas. Las residencias reales, los edificios administrativos, los encuentros coloniales, los asentamientos vernáculos y las antiguas capitales ocupan un lugar mucho menor en el imaginario arquitectónico, a pesar de revelar historias igualmente complejas de gobernanza, diplomacia, ecología e intercambio cultural.
Honduras es el segundo país más grande de Centroamérica, tanto en territorio como en población. En la actualidad, su tejido urbano sigue estando fuertemente influenciado por los principios modernistas de la década de 1970, que priorizaron los corredores viales de alta velocidad y una movilidad "punto a punto" dependiente del automóvil. Asimismo, el país enfrentó numerosos desafíos en materia de seguridad pública durante la década de 2010, lo que contribuyó a la creación de un espacio urbano caracterizado por fachadas ciegas, altos muros perimetrales y recintos cerrados diseñados para aislar el interior del ámbito público.
Tuvimos la oportunidad de conversar con Alejandra Ferrera, arquitecta hondureña criada en Danlí, una ciudad en el oriente de Honduras. Con más de 15 años de práctica profesional en Brasil, los Países Bajos y Australia, sostiene que, si bien el diseño orientado a la seguridad fue una necesidad funcional de su época, ha dado lugar a una experiencia urbana fragmentada donde la calle sirve únicamente como un vacío de tránsito en lugar de un espacio para el encuentro social. Sugiere que, aunque este aislamiento fue una medida de seguridad justificada, generó un distanciamiento entre los habitantes y la ciudad. Asimismo, sostiene que la situación general de seguridad pública contribuyó a forjar una identidad nacional lastimada que a menudo busca la calidad en el exterior, desestimando el potencial de su propio contexto.
En nuestras ciudades actuales, la densidad urbana y el encarecimiento del suelo suelen obligar a elegir entre edificios cívicos a gran escala y espacios públicos abiertos. Tradicionalmente, las plazas se concebían como áreas que rodeaban la huella de una edificación; sin embargo, esta estrategia se transformó con la introducción de los pilotis por parte del movimiento modernista de principios del siglo XX. Si bien la intención original era crear una sensación de ligereza que permitiera la circulación y el paso de la luz bajo la estructura, las exigencias contemporáneas de carga sísmica, vías de evacuación de incendios y alta ocupación hacen que las columnas delgadas resulten insuficientes para las necesidades de los proyectos cívicos actuales a gran escala.
Con todo, la búsqueda de la ligereza arquitectónica no es un fenómeno estrictamente contemporáneo. Tras la introducción modernista de los pilotis, diversos proyectos de mediados de siglo comenzaron a experimentar con la ilusión de la suspensión para lograr la transparencia cívica. En 1953, el Congreso Nacional de Honduras en Tegucigalpa, diseñado por Mario Valenzuela, aplicó estos principios a un entorno legislativo. El edificio consta de un hemiciclo sólido elevado sobre una serie de esbeltas columnas. Debido a que el terreno se ubica sobre una terraza al final de una calle en pendiente, el vacío resultante hace mucho más que facilitar la circulación: enmarca las vistas de la ciudad y genera la impresión de que la pesada masa legislativa flota sutilmente sobre el tejido urbano.
Concepto: Vivir y trabajar en la Luna. Imagen cortesía de la NASA
Tras el retorno de Artemis II a la Tierra, la NASA dio a conocer un nuevo plan por fases para establecer una base lunar. Aunque la mayor parte de la atención de los medios se centró en los cohetes, los presupuestos y la competencia geopolítica, una pregunta más silenciosa quedaba flotando para la comunidad de la arquitectura en un segundo plano: ¿cómo puede un ser humano vivir realmente en la superficie de la Luna, y por cuánto tiempo? El establecimiento de una presencia humana permanente en la Luna marca un cambio fundamental en la exploración espacial que exige un nuevo paradigma arquitectónico. En su presentación, representantes de la NASA sugirieron que la estrategia se alejará de los entornos altamente limitados y dependientes de vehículos para avanzar hacia estructuras autónomas, adaptables al sitio y, eventualmente, habitables de forma permanente.
Un bloque de viviendas en Nuevo Belgrado parece ordenado desde la distancia. Las losas de concreto se repiten con una consistencia disciplinada, las ventanas se alinean en cuadrículas medidas y los balcones se apilan con la confianza de un sistema seguro de sí mismo. No obstante, la cercanía altera esta interpretación. Un balcón aparece cerrado con acristalamiento de aluminio, otro suavizado por un sombreado improvisado. El aislamiento engrosa parte de una fachada, mientras que la ropa tendida enmarca otro extremo como si se tratara de un estudio de elevación accidental. El distrito todavía se lee como algo planificado, aunque la ocupación ha hecho que su orden sea menos uniforme. Dentro de ese orden, la repetición se ha ido reescribiendo paulatinamente a través de la ocupación.
Áreas de remediación. Imagen cortesía de Ezequiel López, María Victoria Echegaray y Agustina Durández
Al pensar en Argentina, es común imaginar hitos urbanos como el Obelisco de Buenos Aires. Sin embargo, el país abarca más de 2,780,400 km², lo que lo convierte en uno de los más grandes de Sudamérica y en el hogar de una gran diversidad de paisajes y realidades que a menudo pasan desapercibidas. En particular, la provincia de Jujuy, en el norte de Argentina, se encuentra dentro del Triángulo del Litio: una región de gran altitud compartida con Bolivia y Chile que concentra aproximadamente el 54% de las reservas mundiales de este mineral. En este territorio se ubica el Salar de Olaroz, un sitio donde hoy convergen dos dinámicas opuestas: la expansión de la extracción industrial de litio y la preservación de la cultura y las tierras ancestrales habitadas por las comunidades kolla y atacama, lo que genera un conflicto entre la extracción industrial de gran escala y las prácticas agrarias tradicionales de bajo impacto.
Ante esta problemática, uno de los equipos ganadores de los ArchDaily Student Project Awards, integrado por Ezequiel Lopez, Maria Victoria Echegaray y Agustina Durandez, decidió profundizar en el asunto. El proyecto se desarrolló en el marco de su trabajo de tesis para la carrera de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba. Su propuesta surge del interés por vincularse con territorios que suelen quedar al margen del discurso arquitectónico, utilizando la instancia de tesis como una oportunidad para realizar una investigación rigurosa y sostenida. De este modo, lograron formular respuestas de diseño informadas, firmemente arraigadas en las realidades territoriales y socioeconómicas del lugar. Al rechazar la postura binaria entre extracción y preservación, el proyecto aborda el territorio como un sistema donde ambas lógicas pueden coexistir a través de una mediación espacial y técnica.