Construida sobre varias colinas, Amán ha crecido a un ritmo que pocas capitales de Medio Oriente han logrado igualar. La ciudad ha recibido sucesivas olas de migración —circasianos a finales del siglo XIX, refugiados palestinos en 1948 y 1967, la población iraquí después de 1990 y sirios desde 2011—, cada una de las cuales ha reconfigurado su densidad y perfil social. La piedra caliza de origen local, extraída de canteras de toda Jordania y obligatoria por ley para las fachadas desde la década de 1970, se ha convertido en el único denominador visual común de la ciudad. Sin embargo, detrás de esta uniformidad material se esconde un diálogo continuo entre la tradición vernácula y la ambición internacional.
Filippo Brunelleschi y la cúpula de Santa Maria del Fiore, terminada en 1436 en la ciudad italiana de Florencia, representan un capítulo importante en la historia de la arquitectura, a menudo asociado con el distanciamiento progresivo entre el dibujo y la construcción. Esta separación, consolidada gradualmente con el paso del tiempo, encuentra un punto de inflexión decisivo en el Renacimiento. El dibujo se convierte en un instrumento para anticipar y afirmar la autoridad sobre la construcción. La obra de construcción, que alguna vez fue un espacio de invención y toma de decisiones, pasó a entenderse principalmente como un lugar de ejecución.
Durante los siglos siguientes, esta distancia se volvió cada vez más pronunciada, particularmente con la construcción moderna. La industrialización, la especialización técnica y la organización corporativa fragmentan el proceso constructivo en etapas cada vez más diferenciadas. Quienes diseñan rara vez construyen; quienes construyen no siempre participan en la toma de decisiones; y quienes financian, gestionan y habitan ocupan posiciones aún más distanciadas entre sí. Si bien la eficiencia de este modelo permitió construir a escala, también concentró el conocimiento y el poder de decisión en manos de unos pocos actores.
Por lo general, los/las profesionales especialistas son quienes tienen el poder de decisión, ya sean historiadores/as, museólogos/as, arquitectos/as o geógrafos/as. ¿Pero con base en qué se toman estas decisiones? ¿Cabe la complejidad de la historia en un checklist? ¿O, de manera aún más elemental, en qué versión de la historia se basan estas decisiones?
En medio de la transformación de las ciudades de Uzbekistán, ARC Architects desarrolla una arquitectura que busca conectar el pasado y el presente. Fundado en 2017 por Bobir Klichev, el estudio surgió de la comunidad arquitectónica de Bujará y se mantiene estrechamente vinculado a las particularidades culturales y climáticas del país. Con oficinas en Taskent y Bujará, ARC combina el minimalismo y las referencias étnicas para desarrollar un lenguaje contemporáneo arraigado en su contexto.
En lugar de reproducir una imagen tradicional de la arquitectura uzbeka, el estudio busca comprender cómo se puede reinterpretar este patrimonio hoy en día, un ejercicio que dialoga necesariamente con las capas históricas superpuestas de todo el país. Durante siglos, ciudades como Samarcanda y Bujará fueron importantes centros comerciales y culturales de Asia Central. Su arquitectura se desarrolló en torno a patios interiores y calles estrechas, conformando tejidos urbanos en los que los edificios y los espacios colectivos resultan inseparables.
"Una arquitectura que alberga multitudes". Esta es la frase que utiliza Studio NEiDA para presentarse, dejando clara su postura ante el mundo: escuchar y respetar la pluralidad de existencias que transitan por cada contexto. Más que una declaración de principios, la frase parece funcionar como un método. Después de todo, ¿qué significa diseñar espacios capaces de acoger no solo a las personas, sino también las memorias, los saberes y los conflictos?
Es innegable que el enfoque plural de Studio NEiDA está, en parte, arraigado en su propia ubicación geográfica. Al trabajar entre Togo y Alemania, la oficina opera en dos contextos aparentemente distintos pero conectados históricamente. En una entrevista reciente, Jeanne Autran-Edorh —arquitecta franco-togolesa y cofundadora del estudio— junto con la curadora y escritora Fabiola Büchele, recuerda la historia entre ambos países y señala que, como pocos saben, antes de convertirse en una república independiente, Togo fue una colonia alemana que más tarde pasó a estar bajo dominio francés.
Esta decisión, sin embargo, remite a un problema que atraviesa prácticamente todos los sistemas patrimoniales del mundo: cómo proteger legalmente una arquitectura que aún no ha cumplido el tiempo mínimo —formal o informal— para ser considerada "histórica".
Imagine un pasillo. Paredes de concreto a dos metros de distancia, techo bajo, iluminación artificial sin sombras ni gradaciones. Al fondo, una ventana de vidrio blindado y, del otro lado, un agente uniformizado. Usted está en un puesto de entrada. Puede ser en Calais, en El Paso o en Lampedusa. Un espacio anónimo, pero no neutro. Diseñado para que cualquiera entienda que el paso no es un derecho, sino una concesión.
Este pasillo, sin embargo, no es una excepción, sino la expresión de un lenguaje arquitectónico que se repite en las fronteras contemporáneas. Los laberínticos aeropuertos, las estaciones de triaje, los muros; arquitecturas que hacen de la hostilidad un elemento constitutivo del espacio, demostrando que esta trasciende la expresión hermética de quien se encuentra al otro lado del vidrio.
Se equivoca quien imagine encontrar en las siguientes líneas un discurso sobre materialidad, técnicas constructivas sostenibles, formas de tallar la madera o de trenzar la paja. Este artículo se propone justamente desplazar la mirada más allá de los aspectos que, con frecuencia, definen el debate sobre la cultura de los pueblos originarios cuando se trata de "arquitectura".
En un universo en el cual el propio término "arquitectura" es ajeno, abordar sus construcciones —si es que esta palabra alcanza para nombrarlas— desde un enfoque exclusivamente material o tecnológico no deja de ser un intento de encuadrar sus formas de producir espacio en categorías occidentales. Se reduce, de este modo, una cosmología compleja a un conjunto de atributos mensurables, como si fuera posible transformarla en un checklist aplicable a cualquier arquitectura, borrando justamente aquello que la distingue: las relaciones entre territorio, cuerpo y memoria.
Es muy probable que cada persona tenga su propio ritual al entrar a una piscina. Están quienes se zambullen sin dudarlo, quienes comienzan por la punta de los pies, quienes nadan por deporte y quienes se sumergen por puro placer. Individual o compartida, intensa o contemplativa, toda experiencia con el agua ocurre dentro de un ambiente cuidadosamente construido para recibirla.
Arquitectura y agua pertenecen a naturalezas opuestas. Mientras una delimita y contiene, la otra insiste en expandirse, y es a partir de esta tensión entre lo sólido y lo líquido que surgen los centros acuáticos. En estos edificios, la presencia del agua transforma todo a su alrededor. La luz se fragmenta en reflejos inestables, los sonidos adquieren una reverberación particular, la temperatura y la humedad definen la atmósfera de los espacios, mientras que los materiales y sistemas constructivos se ponen a prueba permanentemente. Sin embargo, su singularidad no es únicamente técnica.
En el campo da arquitectura, sin embargo, esta pregunta sigue siendo relativamente marginal. Muchas veces sabemos quién diseñó un edificio, conocemos sus acabados, el fabricante de sus carpinterías, la marca de sus revestimientos e incluso su rendimiento energético, pero casi nunca nos preguntamos de dónde provienen las toneladas de materia que hicieron posible su existencia.
En 2025, el mercado global de salud animal movilizó alrededor de 70.000 millones de dólares, y se proyecta que esta cifra se duplique para 2033. Detrás de este número, sin embargo, ocurre también una transformación silenciosa en el espacio construido, siendo el hospital veterinario un claro ejemplo de ello. Este programa, que durante décadas ocupó la parte trasera de clínicas improvisadas y anexos de tiendas de mascotas, ha ido adquiriendo un lenguaje y una identidad propios. Es la consolidación arquitectónica de un vínculo que ya supera los 15.000 años.
Al surgir en un contexto de profundas transformaciones políticas y sociales, en el que diversos países buscaban reformular sus capitales como símbolos de progreso, ambas ciudades asumieron un papel estratégico. A través del lenguaje arquitectônico adoptado, reafirmaban narrativas ideológicas e identitarias vinculadas al poder del Estado.
Se trataba de ciudades creadas en abstracto, siguiendo una visión utópica. Serían urbes vanguardistas, libres de las deficiencias que asolaban a las ciudades de mediados del siglo XX, que ejemplificarían principios estéticos que reflejarían ideologías políticas progresistas y que abrazarían nuevas tecnologías – principalmente el automóvil.
Sin embargo, esta promesa de futuro terminó generando grandes desafíos. Dificultades que, por supuesto, reflejan los percances sociales y económicos de sus países, pero que también puede decirse que están sazonadas por una idea modernista que hoy se pone en discusión.
A diferencia de muchos programas industriales tradicionalmente ocultos detrás de fachadas neutras y espacios herméticos, las destilerías contemporáneas a menudo exponen sus procesos productivos como parte esencial de la experiencia arquitectónica. El calor de los alambiques, los vapores de la destilación o los recorridos de la materia prima dejan de ser meras operaciones técnicas para asumir un protagonismo espacial.
Aunque producen bebidas distintas, los proyectos seleccionados a continuación comparten desafíos arquitectónicos similares. Todos deben organizar flujos industriales, controlar condiciones específicas de temperatura, ventilación y almacenamiento, además de compatibilizar las áreas técnicas con los recorridos de las visitas públicas. Al mismo tiempo, cada destilería establece respuestas particulares al territorio en el que se inserta, revelando diferentes maneras de relacionar producción y paisaje.
Antes de cualquier diseño o decisión formal, ya pulsaba, en el lugar donde hoy se encuentra la Plaza del Mercado, en el Parque Realengo, Río de Janeiro, un espacio en permanente movimiento. Puestos improvisados, encuentros informales, música, niños y niñas corriendo y personas adultas reunidas bajo cubiertas provisorias componían un paisaje vivo, que delineaba una arquitectura efímera.
En este contexto se inserta el trabajo desarrollado por Carlos Zebulun, Helena Meirelles, Larissa Monteiro, Rodrigo Messina, Francisco Rivas y Juliana Ayako, una de las propuestas ganadoras de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards. La gestión y los proyectos urbanos y paisajísticos fueron realizados por el estudio Ecomimesis Soluções Ecológicas, ganador de la licitación realizada por la Alcaldía de Río de Janeiro en 2023.