Se equivoca quien espere encontrar en las siguientes líneas un discurso sobre materialidade, técnicas constructivas sostenibles, formas de tallar la madera o métodos para trenzar la paja. Este artículo se propone justamente desplazar la mirada más allá de los aspectos que, con frecuencia, definen el debate sobre la cultura de los pueblos originarios cuando se trata de "arquitectura".
En un universo donde el propio término "arquitectura" resulta ajeno, abordar sus construcciones —si es que esta palabra alcanza a nombrarlas— desde un enfoque exclusivamente material o tecnológico no deja de ser un intento de encuadrar sus formas de producir espacio en categorías occidentales. De este modo, se reduce una cosmología compleja a un conjunto de atributos medibles, como si fuera posible transformarla en una lista de verificación aplicable a cualquier arquitectura, borrando precisamente aquello que la distingue: las relaciones entre territorio, cuerpo y memoria.
Es muy probable que cada persona tenga su propio ritual al entrar a una piscina. Están quienes se zambullen sin dudarlo, quienes comienzan por la punta de los pies, quienes nadan por deporte y quienes se sumergen por puro placer. Individual o compartida, intensa o contemplativa, toda experiencia con el agua ocurre dentro de un ambiente cuidadosamente construido para recibirla.
Arquitectura y agua pertenecen a naturalezas opuestas. Mientras una delimita y contiene, la otra insiste en expandirse, y es a partir de esta tensión entre lo sólido y lo líquido que surgen los centros acuáticos. En estos edificios, la presencia del agua transforma todo a su alrededor. La luz se fragmenta en reflejos inestables, los sonidos adquieren una reverberación particular, la temperatura y la humedad definen la atmósfera de los espacios, mientras que los materiales y sistemas constructivos se ponen a prueba permanentemente. Sin embargo, su singularidad no es únicamente técnica.
Los miradores son estructuras destinadas a la observación del paisaje desde puntos elevados. Emplazados en medio de la naturaleza o en el entorno urbano, funcionan como dispositivos que organizan la mirada y establecen una relación directa entre el cuerpo y el territorio. En esta frontera entre quien observa y el paisaje, los miradores pueden asumir diferentes configuraciones, desde pequeños gestos hasta estructuras monumentales, siempre en respuesta al contexto en el que se insertan. Independientemente de su escala, son —en cierta medida— intentos de domesticar la vastedad, recortes precisos que vuelven legible aquello que, sin mediación, podría presentarse como un exceso.
Ambulance for Monuments es una iniciativa de primeros auxilios dedicada a salvaguardar el patrimonio edificado en peligro de Rumania, que trabaja en una carrera contra el tiempo para evitar colapsos y pérdidas irreversibles. El proyecto responde a la creciente vulnerabilidad de las estructuras históricas, desde iglesias fortificadas sajonas y casonas señoriales hasta templos de madera e hitos rurales, muchos de los cuales ya no cuentan con las redes comunitarias que alguna vez los sostuvieron. En un país profundamente afectado por la emigración desde 1990, donde casi la mitad de la población aún vive en zonas rurales, pueblos enteros han perdido a la gente, los oficios y el cuidado cotidiano que solían mantener en pie a estos monumentos.
Estructurada en torno a una unidad de intervención móvil —una "Ambulancia" equipada con herramientas, andamios y equipo técnico para el lugar—, la iniciativa lleva a cabo obras de estabilización urgentes que ganan tiempo para los edificios en peligro. Lejos de sustituir a una restauración integral, estas intervenciones estratégicas preservan el tejido histórico, garantizan la seguridad estructural y mantienen abierta la posibilidad de una conservación a largo plazo y de una reutilización adaptativa.
Incluso el transeúnte más distraído queda cautivado por la presencia monumental de esta estructura situada en el consolidado barrio valenciano de Benimaclet. Ante ella, cualquier intento de aprehensión racional se desvanece. La lógica constructiva parece escapar a medida que el espacio se despliega en tensiones y desvíos donde nada se ofrece de inmediato. Entre masas de concreto y la insurgencia de la vegetación, emerge un juego casi coreográfico de planos, ángulos y rotaciones. En el vértigo de este encuentro, se percibe que el edificio no fue hecho para ser comprendido, sino para ser experimentado.
Al surgir en un contexto de profundas transformaciones políticas y sociales, en el cual diversos países buscaban reformular sus capitales como símbolos de progreso, ambas ciudades asumieron un papel estratégico. A través del lenguaje arquitectónico adoptado, reafirmaban narrativas ideológicas e identitarias vinculadas al poder del Estado.
Se trataba de ciudades creadas en abstracto, siguiendo una visión utópica. Serían urbes vanguardistas, libres de las deficiencias que asolaban a las ciudades de mediados del siglo XX, ejemplificando principios estéticos que reflejarían ideologías políticas progresistas y que abrazarían nuevas tecnologías – principalmente el automóvil.
Sin embargo, esta promesa de futuro terminó generando grandes desafíos. Dificultades que, por supuesto, reflejan los contratiempos sociales y económicos de sus países, pero que también podría decirse que están "sazonadas" por una idea modernista que hoy está en discusión.
A diferencia de muchos programas industriales tradicionalmente ocultos detrás de fachadas neutras y espacios herméticos, las destilerías contemporáneas a menudo exponen sus procesos productivos como parte esencial de la experiencia arquitectónica. El calor de los alambiques, los vapores de la destilación o los recorridos de la materia prima dejan de ser meras operaciones técnicas para asumir un protagonismo espacial.
Aunque producen bebidas distintas, los proyectos seleccionados a continuación comparten desafíos arquitectónicos similares. Todos deben organizar flujos industriales, controlar condiciones específicas de temperatura, ventilación y almacenamiento, además de compatibilizar las áreas técnicas con los recorridos de las visitas públicas. Al mismo tiempo, cada destilería establece respuestas particulares al territorio en el que se inserta, revelando diferentes maneras de relacionar producción y paisaje.
Como um material concebido para puentes, fábricas y grandes estructuras llegó al banco de la sala de estar, a la estantería del departamento, a la mesa de café? El metal atravesó siglos asociado al esfuerzo, a la máquina y a la monumentalidad —desde las estructuras expuestas de las Exposiciones Universales del siglo XIX hasta la lógica productiva de la industria moderna. Su presencia en el interior doméstico no es un hecho obvio, sino una conquista cultural: la transformación de un material fabril en un elemento de uso cotidiano, íntimo y cercano al cuerpo.
Se establece, así, una jerarquía visual que guía la mirada, determinando qué debe verse, de qué manera y con qué intensidad emocional, lo cual define cómo quien habita el espacio interpreta el entorno. En este contexto, la estrategia proyectual va más allá del campo de la decisión estética para actuar como una manipulación de la experiencia fenomenológica del espacio. Al seleccionar un fragmento específico del horizonte mediante una abertura controlada, o al disolver los límites entre el interior y el exterior con amplios planos acristalados, la arquitectura pasa a operar como una lente. Esta puede enfatizar la pequeñez de la escala humana ante la vastedad del territorio o, por el contrario, domesticar la naturaleza, incorporándola como parte de la vida cotidiana.
Hay un gesto ancestral en dar forma a la tierra. Mucho antes de que la arquitectura se constituyera como disciplina, el barro ya era moldeado por las manos y transformado por el fuego, convirtiendo la materia bruta en utensilio doméstico y objeto cultural. En la historia de este oficio, las fábricas de cerámicamarcan la transición del saber manual a la producción en serie, ampliando su escala sin romper por completo con su origen material. Dispersas por diferentes territorios, estas estructuras registran la relación entre técnica, paisaje y tiempo. Con el paso de las décadas, sin embargo, muchas de ellas terminaron perdiendo su función original, al ser reemplazadas por procesos más tecnológicos o fagocitadas por el desarrollo urbano a su alrededor, para pasar a ocupar un estado intermedio entre permanencia y obsolescencia.
Desierto de Atacama chileno. Imagen de Observatorio Europeo Austral con IDs conocidos CC-BY-4.0 Archivos de Imágenes de Observatorio Europeo Austral ESO subidos por OptimusPrimeBot bajo la licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional
La arquitectura ya no puede ser pensada como un objeto aislado, ajena a las redes técnicas que sustentan la vida contemporánea —un escenario que exige diferentes lecturas y enfoques. Es en este contexto que, en marzo, el tema mensual de ArchDaily se centró en La Tecnosfera: Arquitectura en la intersección de la tecnología, la ecología y los sistemas planetarios, un tema amplio e inevitablemente complejo. A partir del concepto de tecnosfera, acuñado por el geólogo Peter Haff para describir el conjunto de artefactos producidos por la humanidad, se delinea un panorama en el que la vida contemporánea se muestra profundamente entrelazada con máquinas, datos y redes de energía.
Antes de cualquier diseño o decisión formal, ya pulsaba, en el lugar donde hoy se encuentra la Plaza del Mercado, en el Parque Realengo, Río de Janeiro, un espacio en permanente movimiento. Puestos improvisados, encuentros informales, música, niños y niñas corriendo y personas adultas reunidas bajo cubiertas provisorias componían un paisaje vivo, que delineaba una arquitectura efímera.
En este contexto se inserta el trabajo desarrollado por Carlos Zebulun, Helena Meirelles, Larissa Monteiro, Rodrigo Messina, Francisco Rivas y Juliana Ayako, una de las propuestas ganadoras de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards. La gestión y los proyectos urbanos y paisajísticos fueron realizados por el estudio Ecomimesis Soluções Ecológicas, ganador de la licitación realizada por la Alcaldía de Río de Janeiro en 2023.
¿Puede la arquitectura construirse a partir de la comida? Entre el fuego que calienta, los aromas que se esparcen y los cuerpos que se reúnen en torno a la mesa, la aparente banalidad de los actos de cocinar y comer se revela como una danza coreografiada de apropiación y pertenencia espacial. Son gestos que organizan rutinas, generan vínculos y transforman el entorno construido en un lugar vivido. La cocina —doméstica, comunitaria o urbana— deja, así, de ser solo un espacio funcional para afirmarse como un territorio de encuentro.
Símbolos del desarrollo tecnológico y de la densidad urbana, los edificios en altura, tal como los conocemos hoy, surgieron a finales del siglo XIX, principalmente en los Estados Unidos, como respuesta al crecimiento acelerado del comercio urbano y a la necesidad de expandir las ciudades sin ocupar más territorio. El término rascacielos, por ejemplo, fue acuñado en la década de 1880 y originalmente se refería a edificios de entre 10 y 20 pisos —una altura impresionante para la época.
Sin embargo, la idea de construir verticalmente es mucho más antigua de lo que sugieren los rascacielos de acero y vidrio. Mucho antes de la revolución industrial, algunas sociedades ya experimentaban con formas de urbanización vertical como solución a las limitaciones de espacio, la defensa territorial o la adaptación ambiental.
En el campo da arquitectura, sin embargo, esta pregunta sigue siendo relativamente marginal. Muchas veces sabemos quién diseñó un edificio, conocemos sus acabados, el fabricante de sus carpinterías, la marca de sus revestimientos e incluso su rendimiento energético, pero casi nunca nos preguntamos de dónde provienen las toneladas de materia que hicieron posible su existencia.