Símbolos del desarrollo tecnológico y de la densidad urbana, los edificios en altura, tal como los conocemos hoy, surgieron a finales del siglo XIX, principalmente en los Estados Unidos, como respuesta al crecimiento acelerado del comercio urbano y a la necesidad de expandir las ciudades sin ocupar más territorio. El término rascacielos, por ejemplo, fue acuñado en la década de 1880 y originalmente se refería a edificios de entre 10 y 20 pisos —una altura impresionante para la época.
Sin embargo, la idea de construir verticalmente es mucho más antigua de lo que sugieren los rascacielos de acero y vidrio. Mucho antes de la revolución industrial, algunas sociedades ya experimentaban con formas de urbanización vertical como solución a las limitaciones de espacio, la defensa territorial o la adaptación ambiental.
Por lo general, los/las profesionales especialistas son quienes tienen el poder de decisión, ya sean historiadores/as, museólogos/as, arquitectos/as o geógrafos/as. Sin embargo, ¿con base en qué se toman estas decisiones? ¿Cabría la complejidad de la historia en una lista de verificación? O, de manera aún más elemental, ¿en qué versión de la historia se están basando estas decisiones?
Si antes el proyecto se articulaba principalmente en torno a condiciones locales o regionales, hoy se encuentra atravesado por cadenas que comienzan en la extracción de recursos, pasan por sistemas industriales y se extienden por infraestructuras planetarias muchas veces invisibles que operan de forma continua e interdependiente.
Es en este desplazamiento donde la arquitectura pasa a operar como mediadora de un campo mucho mayor: la tecnosfera.
La relación entre la arquitectura y el medio ambiente es multifacética e involucra una interacción dinámica entre los espacios construidos y el entorno natural circundante, moldeando la manera en que los edificios y las ciudades funcionan, impactan en los ecosistemas e influyen en el bienestar de sus habitantes.
Son muchos los aspectos que vinculan la arquitectura con el medio ambiente, desde los más prácticos, como el uso de materiales naturales y fuentes de energía renovables, hasta los más amplios, como la incorporación y puesta en valor de la cultura local. En esta amplia gama de posibilidades, seleccionamos a continuación cinco entrevistas que presentan diferentes enfoques sobre este tema y fomentan reflexiones fundamentales para el contexto arquitectônico contemporáneo.
BIG presenta el diseño de la "Mindfulness City", un proyecto que une el patrimonio histórico y el futuro de Bután. Cortesía de Bjarke Ingels Group
Recientemente, el renombrado estudio danés BIG anunció el lanzamiento de su proyecto para la ciudad de Gelephu, en Bután. Un master plan inspirado en la cultura del país y en sus principios de felicidad. La "Mindfulness City" presentará innumerables posibilidades de apropiación para el público, atrayendo inversiones en infraestructura, educación y tecnologías sostenibles, todo bajo los preceptos de la Felicidad Interna Bruta (FIB).
Cuando los primeros rayos de sol alcanzan la superficie de la ciudad sueca de Jukkasjärvi, en el momento en que el invierno da paso a la primavera, este hotel de hielo comienza a derretirse. Son quinientas toneladas de agua que fluyen hacia el río Torne. Lo que antes eran paredes, pisos y techos, ahora son gotas de agua en busca de su cauce natural. En esta escena que se repite todos los años desde 1989, todo es contradicción: la solidez y la longevidad de la construcción frente al carácter efímero y la transitoriedad de la escultura de hielo.
Glicéria Tupinambá. Manto tupinambá, 2023. Cortesía de la artista. Foto: Glicéria Tupinambá
Hãhãwpuá es el nombre utilizado por el pueblo indígena brasileño Pataxó para referirse a la tierra, al suelo o, más precisamente, al territorio que tras la colonización pasó a conocerse como Brasil, pero que ya ha tenido y aún tiene muchos otros nombres. Dentro de todos estos “brasiles”, el Brasil como tierra indígena es el foco del pabellón del país en la Bienal de Arte de Venecia 2024, renombrado, por lo tanto, como Pabellón Hãhãwpuá.
El concepto de “ojos de la calle” es quizás el más famoso dentro de la literatura arquitectónica y urbanística en lo que respecta a la seguridad urbana. Jane Jacobs utiliza esta expresión para referirse a las personas que –de forma consciente o inconsciente– utilizan los espacios públicos o los contemplan desde sus hogares, generando una vigilancia natural. Este movimiento, en el ámbito de nuestra disciplina, se fomenta tanto a través de espacios públicos de calidad como por la potente relación entre lo público y lo privado creada mediante las fachadas de las edificaciones. Al defender este control cotidiano, Jacobs cree en un modo de hacer arquitectura y ciudad que condena la verticalización en exceso, reforzada por edificios aislados y de uso único que niegan el contacto con la calle.
En el imaginario de gran parte de la población, la favela asume representaciones que a menudo son paradójicas y proporcionalmente opuestas. Bajo la mirada de quien no la vive, se la asocia constantemente con la delincuencia, la suciedad o las enfermedades, al mismo tiempo que es considerada la expresión estética de un país, siendo la cuna de elementos culturais reconhecidos mundialmente, como la samba en el caso de Brasil.
Torre PIF, Riad, Arabia Saudita Foto: Bader Otaby. Imagen cortesía de The International High-Rise Award 2022/23
Dos kilómetros. Esa es la altura prevista para la futura torre saudita que Foster + Partners está diseñando. Con el doble de la altura del actual poseedor del récord —el Burj Khalifa de Dubái—, el edificio multimillonario coronará el cielo de la ciudad de Riad albergando oficinas, residencias y espacios de entretenimiento. El proyecto forma parte de un programa de desarrollo por el cual Arabia Saudita está transitando, liderado por la visión del príncipe heredero Mohammad bin Salman de marcar el país con escala y ambición a través de una serie de megaproyectos. Dentro de este plan de acción, las torres súper altas se destacan como símbolos de visibilidad y fama global, pero también como blanco de críticas por sus excesos, tales como costos de construcción astronómicos y la falta de preocupación ambiental.
PORTO ALEGRE, RS, BRASIL, 07.05.2024 - Fotos generales inundaciones, Av Loureiro da Silva, CAFF y región. Fotos: Gustavo Mansur/ Palácio Piratini. Flickr user licensed under CC BY-NC 2.0 DEED Attribution-NonCommercial 2.0 Generic
El mundo cambió y aceptar este hecho ya no es una cuestión de elección, sino de supervivencia. Nuestros regímenes de lluvias, períodos de sequía, temperaturas promedio y el nivel del mar, todo está en constante cambio, y la postura negacionista de muchos países, incluido Brasil, ha generado situaciones calamitosas como la que enfrentamos ahora.
Las inundaciones que devastaron el sur del país en los últimos días no pueden considerarse hechos aislados. Debido al calentamiento global, los eventos climáticos de este tipo serán cada vez más recurrentes. Es decir, lamentablemente no podremos evitar que ocurran, pero podemos —y debemos— hacer que nuestras ciudades sean más resilientes ante estas situaciones.
Organizar, encuadrar, apilar. Transformar la materia prima bruta que surge del suelo en arquitectura. Este es un desafío que muchos/as arquitectos/as latinoamericanos/as se proponen enfrentar, demostrando que la escasez es un reto, pero también un escenario ideal para dar rienda suelta a la creatividad.
El uso de materiales extraídos del propio suelo tiene un doble propósito. Desde el punto de vista económico, en aquellos países o regiones donde la industrialización se desarrolló con menor intensidad, esta práctica cobra sentido debido a los altos costos de los materiales industrializados —como el concreto y el acero— que, por lo general, deben ser transportados desde largas distancias. Por otra parte, en el ámbito ecológico, la preocupación ambiental en un proyecto comienza con la selección de los materiales: priorizar aquellos que se encuentran localmente reduce los traslados y las emisiones de dióxido de carbono.
Permanecer temporalmente en un lugar al aire libre, instalarse de manera provisional, asentarse en un campo. Las definiciones del verbo acampar presentes en los diccionarios indican dos características fundamentales para esta práctica: naturaleza y temporalidad. En la arquitectura, las carpas materializan estas cualidades, configurando una tipología que atraviesa siglos y culturas y que, sobre todo, suele asociarse con la precariedad y la fragilidad.
Ante esta constatación común, a principios de la década de 2000 surgió la palabra glamping como una fusión entre camping y glamour, sugiriendo aliar la práctica del campamento con comodidades lujosas. Sin embargo, a pesar de su popularización, la idea está lejos de ser original. El acto de acampar no siempre se entendió como lo opuesto al lujo.
En este ámbito, se habla mucho sobre las diferentes técnicas vernáculas empleadas en la arquitectura, ya sea la producción de ladrillos de adobe, los techos de paja o los muros de bambú trenzado, entre muchas otras. Sin embargo, mientras que la técnica vernácula se concentra en acciones o habilidades específicas, su significado difiere del de las tecnologías vernáculas.
En 1853, en la Feria Mundial de Nueva York, un caballero de traje y sombrero de copa subió a una plataforma suspendida y ordenó cortar la cuerda que la sostenía. Cayó unos pocos centímetros, pero el sistema de seguridad se activó y la plataforma se mantuvo estable ante el delirio de la multitud que observaba. En aquel momento, tal vez ni siquiera Elisha Graves Otis dimensionaba cómo su invención cambiaría definitivamente el rumbo de la arquitectura.