
“Y formó el Señor Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y el hombre fue hecho un ser viviente. Y plantó el Señor Dios un jardín en el Éden, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. Y el Señor Dios hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer”.
Así es retratado el Jardín del Edén en el primer livro de la Biblia, el Génesis, que describe el origen del universo y el lugar paradisíaco donde Adán y Eva fueron colocados. Tal paraíso, a pesar de estar poco caracterizado en las palabras originales, ha poblado durante siglos la imaginación de los fieles y demás entusiastas del tema. Las escenas de este lugar idílico, reforzadas por las pinturas y esculturas creadas a lo largo del tiempo, presentan un paisaje considerado ideal, una naturaleza edénica, expresada muchas veces a través de un colorido vibrante y sin contornos –como un cuadro de Monet–, enfatizando probablemente la representación del mundo espiritual, donde la imagen se percibe a través del contraste de colores, luces y sombras.








