
Este artículo fue publicado originalmente por Common Edge como "STADIUM: la declaración arquitectónica más potente de la Bienal de Venecia".
La inauguración de la Bienal de Venecia suele estar impregnada de una sensación generalizada de estridencia y cacofonía estética. Toda la escena es exuberante, de una riqueza casi abrumadora. Hay miles de puntos de atracción para la mirada. Están los atuendos: el aire salado y húmedo de Venecia logra que al menos algunos/as arquitectos/as dejen de lado el riguroso traje negro en favor de su contraparte estival completamente blanca, a menudo contrastada con joyería geométrica de colores vivos. Están los eventos: en cualquier momento del fin de semana hay una docena de profesionales de la arquitectura reunidos en una mesa redonda para debatir sobre un tema relevante para algún pabellón, para la edición actual o para la disciplina en general. Hay fiestas, picnics a la orilla de los canales, copas de Aperol Spritz de un naranja brillante y bolsos de tela con diseños ultraestudiados que se agotan tan rápido que el solo hecho de llevar uno es señal de haber estado allí, entre los primeros en llegar, en el centro de la acción.
Todo es vertiginoso, caótico y brillante; de algún modo, hay que arreglárselas para prestar atención a ideas serias sobre arquitectura mientras se intenta descifrar cómo es posible seguir sudando a las cuatro de la tarde.

























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