Símbolos del desarrollo tecnológico y de la densidad urbana, los edificios en altura, tal como los conocemos hoy, surgieron a finales del siglo XIX, principalmente en los Estados Unidos, como respuesta al crecimiento acelerado del comercio urbano y a la necesidad de expandir las ciudades sin ocupar más territorio. El término rascacielos, por ejemplo, fue acuñado en la década de 1880 y originalmente se refería a edificios de entre 10 y 20 pisos —una altura impresionante para la época.
Sin embargo, la idea de construir verticalmente es mucho más antigua de lo que sugieren los rascacielos de acero y vidrio. Mucho antes de la revolución industrial, algunas sociedades ya experimentaban con formas de urbanización vertical como solución a las limitaciones de espacio, la defensa territorial o la adaptación ambiental.
Revestimiento BIPV con respaldo de nido de abeja de aluminio de borde cerrado desarrollado para el Complejo de Ciencias de la Salud Myron y Berna Garron (SAMIH), en la Universidad de Toronto Scarborough, lo que demuestra cómo su ligereza permite una instalación rápida y sin complicaciones. Imagen cortesía de Mitrex
El Complejo de Ciencias de la Salud Myron y Berna Garron (SAMIH, por sus siglas en inglés), en la Universidad de Toronto Scarborough, se diseñó bajo un mandato claro y no negociable: al menos el 20% del consumo energético del edificio debía generarse a partir de fuentes renovables instaladas en el mismo sitio. Con el fin de cumplir con este ambicioso requisito, el equipo del proyecto exploró cómo la tecnología solar podía ir más allá de la cubierta e integrarse en la propia arquitectura, posicionando el proyecto dentro de una tendencia más amplia hacia la arquitectura sostenible basada en el rendimiento. Las instalaciones de 63,000 pies cuadrados albergan programas de enseñanza, investigación y formación clínica dedicados a la educación de los/las futuros/as profesionales de la salud. Diseñado por Diamond Schmitt Architects y MVRDV, el proyecto siguió inicialmente un camino convencional, combinando una fachada sobria con paneles fotovoltaicos en la cubierta.
En los últimos años, la construcción con tierra ha vuelto a captar la atención de la arquitectura. Materiales como el adobe, la tierra apisonada y los bloques de tierra comprimida, que alguna vez se asociaron principalmente con las tradiciones vernáculas, son cada vez más explorados por los/las arquitectos/as contemporáneos/as. Lejos de representar un simple retorno al pasado, este renovado interés refleja una reconsideración más profunda sobre cómo la arquitectura se vincula con los materiales, los recursos locales y las condiciones ambientales. Durante siglos, la edificación con tierra formó parte de la construcción cotidiana en muchas regiones del mundo. Técnicas como el adobe, la tierra apisonada, el *cob* y otros sistemas a base de tierra se desarrollaron gradualmente mediante la adaptación al clima, los recursos disponibles y las prácticas constructivas locales. Estos métodos respondían de manera directa a las condiciones ambientales, al tiempo que moldeaban las formas culturales de construir. Este conocimiento se transmitía a través de prácticas colectivas en lugar de una educación arquitectónica formal, lo que permitió que las técnicas evolucionaran mediante una experimentación continua. Sin embargo, durante gran parte del siglo XX, la expansión de los materiales industriales de construcción transformó la producción arquitectónica. El concreto, el acero y los sistemas estandarizados se volvieron dominantes en el desarrollo urbano y los proyectos de infraestructura. Como consecuencia, muchas técnicas con tierra perdieron presencia en la producción arquitectónica formal y se asociaron cada vez más con la autoconstrucción rural o informal. A pesar de su larga trayectoria de excelente desempeño ambiental, los materiales a base de tierra solían percibirse como incompatibles con las normas de construcción modernas y los marcos regulatorios. Hoy en día, esta percepción está empezando a cambiar. La creciente conciencia sobre el impacto ambiental de la industria de la construcción, en particular las emisiones de carbono asociadas a la producción de cemento, ha impulsado a profesionales de la arquitectura y la investigación a reconsiderar estrategias materiales alternativas. En este contexto, la tierra está cobrando un nuevo protagonismo gracias a su baja energía incorporada, su disponibilidad local y su capacidad para responder a las condiciones climáticas. Un ejemplo de este renovado interés es la Residencia Earth by the River, diseñada por Luigi Rosselli Architects en Australia. El proyecto incorpora muros de tierra apisonada que anclan la vivienda tanto visual como térmicamente al paisaje circundante. Más allá de su presencia material, estos muros ayudan a regular la temperatura interior gracias a su masa térmica, lo que ilustra cómo los métodos constructivos tradicionales pueden complementar el diseño ambiental pasivo. De manera similar, la Casa Bama de L'Africaine d'Architecture en Ghana explora el uso de la tierra de origen local como principal recurso constructivo. El suelo extraído directamente del terreno se compacta para formar espesos muros portantes que organizan espacialmente el edificio. Este enfoque reduce la necesidad de transportar materiales, al tiempo que refuerza el vínculo entre la arquitectura y su contexto geográfico. Un enfoque semejante se observa en la Casa Entre Muros de Al Borde en Ecuador. Construido con tierra local y técnicas sencillas, el proyecto explora cómo los materiales térreos pueden definir tanto la organización espacial como el confort ambiental. Los gruesos muros configuran la estructura y, a su vez, contribuyen a la regulación térmica, demostrando cómo los recursos disponibles localmente pueden sustentar soluciones arquitectónicas contemporáneas. Asimismo, numerosos proyectos contemporáneos exploran el potencial expresivo de la tierra como material. La Casa circular de ladrillo con muro de tierra apisonada de AST77 Architecten en Bélgica sitúa un muro de tierra apisonada como el elemento espacial central de la vivienda. La composición estratificada del muro revela el proceso de compactación, generando sutiles variaciones de color y textura que se convierten en un rasgo distintivo del interior. Otros proyectos experimentan con sistemas constructivos híbridos que combinan materiales de tierra con estructuras contemporáneas. La Frammed Earth House de D'WELL en Estados Unidos integra muros de tierra apisonada dentro de un marco estructural moderno, lo que permite al proyecto beneficiarse del desempeño térmico y las cualidades táctiles de la tierra, al tiempo que cumple con las exigencias normativas y de ingeniería actuales. Más allá de las obras individuales, los/las arquitectos/as también están reconsiderando el papel del suelo excavado en el propio proceso de construcción. En lugar de desecharse como residuo, la tierra extraída durante la excavación puede reutilizarse directamente para fabricar muros, bloques o elementos estructurales. Este enfoque no solo reduce el transporte y los residuos de obra, sino que también refuerza la continuidad material entre la arquitectura y el suelo del que emerge. Por otra parte, diversos proyectos experimentales amplían las posibilidades espaciales y sociales de la arquitectura de tierra. En la isla de Ormuz, en Irán, el proyecto Presencia en Ormuz de ZAV Architects utiliza tierra local para construir una serie de pequeñas estructuras abovedadas destinadas a programas culturales y comunitarios. Construido con la técnica del superadobe, el proyecto demuestra cómo la edificación con tierra puede fomentar tanto la adaptabilidad ambiental como las formas colectivas de habitar. En todos estos ejemplos, la construcción con tierra no se aborda como una simple referencia nostálgica a la arquitectura tradicional. Al contrario, se explora como parte de una reconsideración más amplia de las prácticas materiales. Los/las arquitectos/as muestran un interés creciente en cómo los materiales a base de tierra pueden mejorar el desempeño ambiental y, simultáneamente, generar nuevas posibilidades espaciales y tectónicas. Los muros de tierra desempeñan un papel fundamental en el diseño ambiental pasivo. Gracias a su elevada masa térmica, las paredes gruesas de tierra pueden absorber el calor durante el día y liberarlo gradualmente por la noche, lo que ayuda a estabilizar la temperatura interior. En climas cálidos, esta característica permite reducir significativamente la dependencia de sistemas de climatización artificial. Al combinarse con estrategias pasivas como el sombreado, la ventilación cruzada y una orientación adecuada, la construcción con tierra favorece el desarrollo de edificaciones más eficientes desde el punto de vista energético. Más allá de estas virtudes ambientales, la tierra aporta un lenguaje arquitectónico singular. Las capas estratificadas de la tierra apisonada registran el proceso de compactación, mientras que el adobe y los bloques de tierra comprimida conservan las huellas de su manufactura. Estas texturas revelan el proceso físico de la construcción y estrechan la relación táctil entre la obra y el material. Asimismo, la renovada exploración de la construcción con tierra propicia nuevas formas de colaboración. En muchos proyectos, los/las arquitectos/as trabajan estrechamente con constructores/as locales que preservan el conocimiento de las técnicas tradicionales. Estas sinergias permiten que los métodos constructivos históricos evolucionen dentro de marcos de diseño contemporáneos, fusionando la tradición artesanal con la experimentación arquitectónica. Visto así, el creciente interés por construir con tierra refleja un cambio más amplio en el pensamiento arquitectónico. En lugar de depender exclusivamente de materiales industriales, los/las arquitectos/as investigan cada vez más cómo los recursos disponibles localmente y los saberes tradicionales pueden enriquecer los procesos de diseño contemporáneos. De este modo, la tierra —uno de los materiales de construcción más antiguos de la humanidad— deja de verse como una reliquia del pasado para ser reconsiderada como un campo dinámico de experimentación. Al reinterpretar las técnicas tradicionales mediante enfoques de diseño contemporáneos, los/las arquitectos/as expanden las posibilidades de relación entre los edificios, sus materiales, el paisaje y el patrimonio cultural.
Durante la mayor parte de la historia humana, la noche llegaba como una certeza planetaria. La oscuridad se extendía sobre los paisajes y el cielo revelaba miles de estrellas. Hoy en día, ese cielo está desapareciendo. La luz artificial se proyecta hacia arriba desde las ciudades, dispersándose por la atmósfera y transformando la noche en una bruma permanente. Investigaciones que mapean el brillo global del cielo muestran que más del 80 por ciento de la humanidad vive hoy bajo cielos con contaminación lumínica, y la Vía Láctea ha desaparecido de la vista de más de un tercio de la población mundial. La pérdida de los cielos oscuros suele debatirse en el ámbito de la astronomía; sin embargo, las causas de este cambio están profundamente arraigadas en el entorno construido. Los edificios emiten luz, la reflejan a través de fachadas de vidrio y extienden la iluminación mucho más allá de sus muros. En la tecnosfera —el vasto sistema de infraestructuras y materiales que la humanidad ha construido—, la arquitectura moldea actualmente tanto el espacio físico como las condiciones sensoriales que lo rodean.
Smiljan Radić Clarke, ganador del Premio Pritzker 2026, es un arquitecto chileno contemporáneo conocido por su enfoque experimental del diseño, con una práctica que equilibra lo elemental con lo íntimo, lo monumental con lo frágil. A lo largo de más de tres décadas, Radić ha desarrollado una arquitectura que se resiste a la repetición y a las categorizaciones estilísticas convencionales, favoreciendo en su lugar intervenciones profundamente específicas del lugar, sintonizadas con la materia y culturalmente reflexivas.
Su obra dialoga entre la permanencia y la impermanencia, la memoria y la imaginación, para crear edificios que giran tanto en torno a la experiencia y la emoción humana como a la estructura y la forma. A través de residencias, instituciones culturales e instalaciones temporales, la arquitectura de Radić pone en primer plano la interacción entre el contexto, la materia y los sutiles gestos que definen cómo se habitan y perciben los espacios.
Cortesía de Tom Welsh para el Premio Pritzker de Arquitectura
El arquitecto chileno Smiljan Radić Clarke ha sido anunciado como el galardonado con el Premio Pritzker de Arquitectura 2026, considerado uno de los máximos honores en el campo de la arquitectura. El galardón reconoce a Radić por una obra que explora la arquitectura a través de la experimentación material, la percepción espacial y un diálogo atento con el paisaje y el contexto. Nacido en Santiago, Chile, donde sigue viviendo y trabajando, Radić dirige la oficina Smiljan Radić Clarke, fundada en 1995. Al convertirse en el segundo chileno en recibir este premio, después de Alejandro Aravena en 2016, se une a una distinguida lista de galardonados previos, que incluye a Liu Jiakun en 2025, Riken Yamamoto en 2024, David Chipperfield en 2023 y Diébédo Francis Kéré en 2022.
La arquitectura de Radić opera en un territorio donde la experiencia fenomenológica del espacio precede a la explicación. Sus edificios suelen mostrarse silenciosos, elementales y reacios a una interpretación verbal sencilla, propiciando que quienes los recorren los experimenten a través del movimiento, la atmósfera y la percepción, en lugar de recurrir a la expresión formal.
El Premio Pritzker 2026 ha sido otorgado este año al arquitecto chileno de origen croata, Smiljan Radić Clarke. Nacido en Santiago de Chile en 1965, su práctica evoca una geografía de extremos, moldeada por la tensión tectónica entre el abrumador peso de la cordillera de los Andes y la inestabilidad sísmica del territorio. Tras graduarse de la Pontificia Universidad Católica de Chile y realizar estudios de posgrado en estética en Venecia, Smiljan Radić Clarke estableció su base en Santiago. Desde allí, ha desarrollado una de las visiones más singulares de la arquitectura contemporánea. Su obra privilegia la intensidad del momento a través de una arquitectura frágil. En ella, el edificio opera como un refugio temporal y táctil que sitúa a quien contempla en un estado de incertidumbre estética, oscilando entre la ruina ancestral y el artefacto de vanguardia.
En medio del rápido despliegue de centros de datos y economías de IA en toda la Gran Área de la Bahía —y junto a la celebración de la IA como herramienta y "autora", tal como se presenta en la Bienal de Urbanismo\Arquitectura Bi-City de Hong Kong-Shenzhen 2025 (Hong Kong)— surge una pregunta inevitable: ¿cómo empiezan realmente la planificación y la construcción de la infraestructura de IA a dar forma a la vida cotidiana? Muchas de las instalaciones ya construidas se mantienen deliberadamente distantes de la experiencia diaria. Aunque la "nube" se comercialice como algo inmaterial, su arquitectura es profundamente física: entornos de alta potencia, alta temperatura y gran densidad de servicios que a menudo se ubican en zonas remotas o de baja densidad para aprovechar los menores costos del suelo y minimizar las fricciones con las comunidades vecinas. La seguridad y la gestión de riesgos no hacen sino reforzar esta lógica. Los centros de datos albergan información sensible y privilegiada —activos corporativos, registros legales, datos gubernamentales e institucionales—, por lo que el aislamiento geográfico se convierte en parte de su modelo operativo, manteniendo las infraestructuras de la IA espacial y socialmente fuera de la vista.
Si le pedimos a un niño o niña que dibuje una casa, casi con seguridad aparecerá una silueta triangular, con dos planos inclinados que se encuentran en una cumbrera. Pocas formas arquitectónicas son tan universalmente reconocibles como la casa con cubierta inclinada. Desde una perspectiva semiótica, esta imagen elemental funciona como un signo condensado de cobijo que, en apenas unos trazos, sintetiza protección, interioridad y pertenencia. Sin embargo, lo que hoy leemos como un símbolo universal surgió de una necesidad concreta. Desde los chalets alpinos que desalojan la nieve hasta las tejas mediterráneas que mitigan el calor estival, la pendiente respondió a desafíos climáticos y constructivos mucho antes de convertirse en un código estético.
Aunque la arquitectura moderna ha privilegiado los planos horizontales y las plantas ortogonales, la cubierta inclinada exige concebir el proyecto desde la sección. Su ángulo permite un aprovechamiento eficiente del volumen bajo el techo e introduce variaciones de altura, compresión y expansión espacial. Cuando se incorporan aberturas en este plano, esta condición se intensifica. A diferencia de las ventanas verticales, que captan la luz lateral, las aberturas en la cubierta reciben una mayor porción del cielo visible y una luminancia significativamente más alta que el horizonte, ofreciendo hasta tres veces más luz que el acristalamiento vertical en días nublados.
En Light + Building 2026 en Frankfurt, OPPLE Lighting conmemoró su 30.º aniversario con una propuesta arquitectónica en lugar de una retrospectiva. Bajo el concepto "Hi Light!", la empresa presentó Light as Cloud, un pabellón diseñado por OMA. La instalación sirvió asimismo de plataforma para el debut internacional de OLL, la nueva marca de diseño de alta gama de OPPLE. Lejos de funcionar como una exhibición convencional de productos, el proyecto posicionó la luz como un sistema espacial que da forma a la arquitectura, la circulación y la percepción.
Durante sus primeros días de vida, la abeja permanece dentro del nido, limpiando celdas y recibiendo alimento de otras obreras. Con el tiempo, comienza a organizar las reservas de polen, a regular la temperatura de la colmena y a custodiar la entrada. Solo en las últimas semanas de su vida abandona el refugio para volar. Es precisamente en el momento del vuelo cuando su trayectoria comienza a cruzarse con la arquitectura y la ciudad. En busca de néctar, se desplaza por un territorio configurado no solo por su memoria espacial y la disponibilidad de flores, sino también por la manera en que construimos el entorno habitado. Así, cada movimiento se convierte en una negociación con el espacio urbano: superficies impermeables que alteran los ciclos naturales, corrientes de aire que se intensifican entre los edificios, vacíos sin vegetación, fragmentos verdes dispersos entre lotes y azoteas técnicas.
Casa con Siete Jardines / Civil Architecture. Imagen cortesía de Civil Architecture
Durante siglos, la arquitectura residencial en todo el Golfo se ha organizado en torno al patio. Las viviendas presentaban muros exteriores gruesos y aberturas limitadas hacia la calle, volcándose hacia el interior, hacia un jardín sombreado que estructuraba la vida cotidiana. Esta disposición espacial respondía tanto al clima como a la cultura. El patio introducía la luz natural en plantas profundas, permitía la ventilación cruzada y ofrecía un ambiente exterior protegido dentro de tejidos urbanos densos. En la Casa de los Siete Jardines, en Diyar Al Muharraq, Baréin, el estudio local Civil Architecture —uno de los ganadores de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards— revisita esta tradición espacial a partir de las condiciones de la vivienda suburbana contemporánea. En lugar de reproducir la casa patio como un modelo histórico, el proyecto reinterpreta su lógica ambiental dentro de los marcos regulatorios y las condiciones espaciales que configuran gran parte del desarrollo urbano actual en el Golfo.
Representación de la Gateway vía Flickr bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0. Imagen cortesía de la NASA
El concepto de la tecnosfera proporciona un marco de referencia para comprender la escala del impacto humano en la Tierra. El término fue acuñado por Peter K. Haff y se define como la red global de artefactos creados por el ser humano: una capa física de infraestructura, edificios, vehículos y maquinaria que funciona de manera conjunta con la biosfera y la atmósfera. Con un peso estimado actualmente en 30 billones de toneladas, esta masa construida por el ser humano está dominada por el entorno construido. En este contexto, la arquitectura sirve como la interfaz principal, modelando la manera en que la tecnología interactúa con las ecologías locales. Sin embargo, todo parece indicar que, pronto, la tecnosfera ya no estará confinada a la superficie terrestre. A través del programa Artemis de la NASA, esta red de masa de origen humano se está expandiendo más allá de la atmósfera terrestre, buscando establecer una nueva infraestructura orbital que representará la primera extensión permanente fuera del planeta de este sistema artificial.
Más allá de ser una fuente de vida, el poder del sol en la arquitectura ha estado vinculado desde hace mucho tiempo a la necesidad de la humanidad de aprovecharlo y controlarlo como un recurso vital. Desde la antigüedad, la energía solar se ha utilizado para medir el tiempo, apoyar la siembra y la cosecha, y ofrecer protección contra el frío y el calor. Hoy en día, la radiación solar desempeña un papel fundamental en el consumo energético global. Las soluciones arquitectónicas basadas en materiales, tecnologías y análisis ambientales se desarrollan a partir de la comprensión de la capacidad de la energía solar para transformar el ambiente interior de los edificios. Sin embargo, ¿cómo pueden transformarse los edificios en fuentes de energía limpia?
Nicolás Valencia conversa con el arquitecto chileno Sebastián Irarrázaval, a raíz deEscritos y arquitectura, la primera monografía sobre su trayectoria, curada por Fernanda de Maio, publicado por Lettera Ventidue Edizioni en una edición bilingüe en español e italiano y financiado por el Fondo Nacional de las Artes y la Cultura 2023.
¿Quién es Sebastián Irarrázaval? Es arquitecto por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fundó Sebastián Irarrázaval Arquitectos, oficina desde la cual ha desarrollado proyectos de vivienda, arquitectura pública y equipamiento cultural en Chile y el extranjero. Ha sido académico de la Escuela de Arquitectura UC, donde impartió docencia en talleres y cursos de proyecto. Su obra ha sido ampliamente publicada y expuesta, y ha recibido diversos reconocimientos nacionales e internacionales, destacando por una aproximación experimental al uso de materiales, sistemas constructivos y reutilización de estructuras existentes.
https://www.archdaily.cl/es/1039465/sebastian-irarrazaval-el-arquitecto-como-traductorArchDaily Team
Al explorar el arte de la robótica en la construcción, los avances en las tecnologías arquitectónicas moldean cada vez más múltiples aspectos de la vida humana. Desde brazos robóticos y drones hasta robots que se desplazan por grandes superficies e incluso robots de impresión 3D, su uso en la edificación está acelerando la investigación y el desarrollo de nuevos métodos de trabajo, así como la experimentación estructural y material. En colaboración con múltiples disciplinas y abarcando diversas facetas de la arquitectura, el papel de los robots en el panorama contemporáneo demuestra un potencial que va más allá de la mera automatización de procesos o la reducción de tiempos y costos de construcción. Esto plantea la pregunta: ¿estamos construyendo arquitectura para servir a la tecnología, o tecnología para servir a la arquitectura?
Los espacios de retiro siguen ofreciendo un terreno fértil para la exploración de proyectos no construidos, revelando cómo la arquitectura puede propiciar el descanso, la reflexión y la inmersión en la naturaleza en medio de condiciones ambientales y culturales cambiantes. En esta edición de Arquitectura no construida, presentada por la comunidad de ArchDaily, los proyectos seleccionados reúnen una diversa gama de propuestas que replantean la hospitalidad bajo la perspectiva del refugio. Estas obras conciben el alojamiento no como un espectáculo o un exceso, sino como estructuras espaciales configuradas por el paisaje, el clima, la sobriedad material y la experiencia compartida.
A lo largo de geografías diversas —desde las laderas de la región del sudeste asiático y las costas indonesias hasta la naturaleza salvaje de África, el territorio alpino, los paisajes de Medio Oriente y los bosques de América del Norte—, las propuestas demuestran variadas respuestas arquitectónicas ante sitios de alta sensibilidad. Entre ellas se encuentran estructuras elevadas que flotan sutilmente sobre terrenos escarpados, sistemas de refugios temporales integrados en ecologías remotas, albergues de montaña reconstruidos a partir de la memoria y la reutilización, estancias comunitarias organizadas en torno a patios y definidas por culturas de estilo de vida, retiros desérticos contemplativos y campamentos forestales inclusivos diseñados bajo criterios de accesibilidad y equilibrio ambiental.
Invenção da cor, de Hélio Oiticica. Imagen vía Carlos Reis Wikimedia Commons, CC BY-NC-SA 2.0
Muchas de las ideas espaciales que hoy asociamos con la arquitectura contemporánea, el uso colectivo y la experiencia corporal no se originaron únicamente en los edificios. En América Latina, estas ideas a menudo se exploraron primero a través del arte, en un momento en que los/las artistas cuestionaban activamente cómo se podía ocupar, compartir y experimentar el espacio más allá de las formas tradicionales.
A mediados del siglo XX, la región experimentó una rápida urbanización y profundos cambios sociales. De la arquitectura se esperaba cada vez más que respondiera a la vida pública, la colectividad y nuevas formas de habitar el espacio. Al mismo tiempo, el arte ofrecía un terreno más flexible para la experimentación, menos condicionado por la función, la normativa o la permanencia. De este modo, muchas interrogantes espaciales se pusieron a prueba a través de prácticas artísticas antes de integrarse al pensamiento arquitectónico.
Tadao Ando se ha aliado con Cauny para diseñar el reloj más reciente de la serie The Architects of TimeSeries. Se trata de una colección de relojes diseñados por algunos/as de los/as arquitectos/as más destacados/as de nuestro tiempo—una iniciativa que la marca casi centenaria lanzó en 2019 de la mano del mismísimo Álvaro Siza. Desde entonces y hasta hoy, la colección se ha consolidado como un verdadero despliegue de ganadores del Premio Pritzker: Siza, Rafael Moneo, Eduardo Souto Moura y, este año, Tadao Ando.
Antes del giro digital, la memoria de la arquitectura era en gran medida tangible. Residía en el peso de los dibujos, la pátina de las maquetas y el grosor de los libros. Preservar la arquitectura significaba conservar sus huellas: los documentos, bocetos y fotografías a través de los cuales los edificios podían recordarse mucho después de que su forma material hubiera cambiado o desaparecido. El archivo de arquitectura moderna, tal como se desarrolló en el siglo XX, era a la vez un refugio y un dispositivo de legitimación. Instituciones como el Canadian Centre for Architecture, la Casa da Arquitectura o el Deutsches Architekturmuseum se erigieron sobre la convicción de que preservar la arquitectura consistía en preservar sus documentos.
Sin embargo, estos archivos no se limitaban a almacenar conocimiento. Determinaban qué se consideraba arquitectura, quién pertenecía a su canon y de qué manera se contaría la historia. Archivar es editar el pasado: decidir qué ingresa, qué se omite y cómo se interpretará. El archivo, según las teorías de Michel Foucault y, más tarde, de Jacques Derrida, nunca es neutral; es un instrumento de poder, un espacio de selección y exclusión. En la arquitectura, estas dinámicas resultan especialmente evidentes, ya que registran lo visible al tiempo que silencian aquello que queda fuera de sus categorías. El acto de coleccionar siempre ha sido, implícitamente, un acto de juicio.
En la historia de la arquitectura del territorio mexicano, el entorno construido ha funcionado no solo como un escenario humano, sino como una infraestructura biológica diseñada para organizar la proximidad entre especies. La lógica espacial resultante no es una representación individual, sino una coexistencia negociada entre cuerpos humanos y animales. Examinar este patrimonio hoy en día implica desplazar el foco analítico de la autoría estilística hacia un fenómeno más fundamental: la persistencia de prácticas espaciales que surgieron para sostener formas de vida compartidas.
Muchas de las características arquitectónicas que hoy se interpretan como rasgos culturales o estéticos —umbrales de gran tamaño, patios amplios y superficies duraderas— pueden entenderse, en cambio, como huellas materiales de un contrato entre especies. Durante siglos, los caballos, las mulas y el ganado no fueron ajenos a la arquitectura, sino habitantes esenciales cuya presencia física definió la escala, la circulación y la selección de materiales. Sus cuerpos dejaron huellas mensurables en el espacio, desde la altura de los accesos que daban paso a jinetes montados hasta los sistemas de pavimentación diseñados para resistir los cascos, la fricción y el desgaste biológico. En ningún lugar fue más visible este contrato que en la planta baja de la casa colonial.
Ganador del Primer Premio: Living on Groundwater. Imagen cortesía de Buildner
En colaboración con el fabricante de materiales de construcción Kingspan, Buildner ha lanzado MICROHOME 2026, la undécima edición de su concurso anual, que ofrece una bolsa de premios de €100,000. Esta convocatoria global invita a arquitectos/as, diseñadores/as y mentes creativas a redefinir el concepto de las microviviendas y a desarrollar soluciones sostenibles y de vanguardia para el hábitat compacto.