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Arquitectos: FAMM Arquitectura
- Área: 440 m²
- Año: 2024



El Premio Pritzker 2026 ha sido otorgado este año al arquitecto chileno de origen croata, Smiljan Radić Clarke. Nacido en Santiago de Chile en 1965, su práctica evoca una geografía de extremos, moldeada por la tensión tectónica entre el abrumador peso de la cordillera de los Andes y la inestabilidad sísmica del territorio. Tras graduarse de la Pontificia Universidad Católica de Chile y realizar estudios de posgrado en estética en Venecia, Smiljan Radić Clarke estableció su base en Santiago. Desde allí, ha desarrollado una de las visiones más singulares de la arquitectura contemporánea. Su obra privilegia la intensidad del momento a través de una arquitectura frágil. En ella, el edificio opera como un refugio temporal y táctil que sitúa a quien contempla en un estado de incertidumbre estética, oscilando entre la ruina ancestral y el artefacto de vanguardia.

El arquitecto chileno Smiljan Radić Clarke ha sido anunciado como el galardonado con el Premio Pritzker de Arquitectura 2026, considerado uno de los máximos honores en el campo de la arquitectura. El galardón reconoce a Radić por una obra que explora la arquitectura a través de la experimentación material, la percepción espacial y un diálogo atento con el paisaje y el contexto. Nacido en Santiago, Chile, donde sigue viviendo y trabajando, Radić dirige la oficina Smiljan Radić Clarke, fundada en 1995. Al convertirse en el segundo chileno en recibir este premio, después de Alejandro Aravena en 2016, se une a una distinguida lista de galardonados previos, que incluye a Liu Jiakun en 2025, Riken Yamamoto en 2024, David Chipperfield en 2023 y Diébédo Francis Kéré en 2022.
La arquitectura de Radić opera en un territorio donde la experiencia fenomenológica del espacio precede a la explicación. Sus edificios suelen mostrarse silenciosos, elementales y reacios a una interpretación verbal sencilla, propiciando que quienes los recorren los experimenten a través del movimiento, la atmósfera y la percepción, en lugar de recurrir a la expresión formal.

Smiljan Radić Clarke, ganador del Premio Pritzker 2026, es un arquitecto chileno contemporáneo conocido por su enfoque experimental del diseño, con una práctica que equilibra lo elemental con lo íntimo, lo monumental con lo frágil. A lo largo de más de tres décadas, Radić ha desarrollado una arquitectura que se resiste a la repetición y a las categorizaciones estilísticas convencionales, favoreciendo en su lugar intervenciones profundamente específicas del lugar, sintonizadas con la materia y culturalmente reflexivas.
Su obra dialoga entre la permanencia y la impermanencia, la memoria y la imaginación, para crear edificios que giran tanto en torno a la experiencia y la emoción humana como a la estructura y la forma. A través de residencias, instituciones culturales e instalaciones temporales, la arquitectura de Radić pone en primer plano la interacción entre el contexto, la materia y los sutiles gestos que definen cómo se habitan y perciben los espacios.




Toda normativa nace con una intención clara: establecer un punto de partida. Es una forma de fijar un mínimo, de ordenar aquello que antes quizá se asumió de forma implícita o carecía de un marco común. Pero, como todo lo que involucra a la arquitectura —y especialmente nuestra forma de habitar—, estos marcos también evolucionan: se amplían, se ajustan y se vuelven más detallados en torno a nuevos modelos de vivienda sostenible. Este es el caso de la nueva normativa térmica en Chile, que no surge de cero, sino que forma parte de un proceso continuo que ha ido incorporando progresivamente nuevos criterios de eficiencia energética, contenidos en la Ordenanza General de Urbanismo y Construcción (OGUC).


Del 28 de noviembre al 7 de diciembre, el festival pionero en cine y arquitectura en Chile y Latinoamérica vuelve en formato presencial tras seis años, invitando a públicos de todas las generaciones a sumarse a un enriquecedor cruce de perspectivas y expresiones.

Durante siglos, las prácticas funerarias en varias culturas han conectado el honor de los difuntos con la tierra, con cementerios firmemente asentados en el suelo como símbolo de paz eterna. Sin embargo, como se analiza en uno de nuestros artículos, No más espacio para los vivos o los muertos: explorando el futuro de los entierros en Asia, la escasez de tierra en áreas urbanas densamente desarrolladas presenta desafíos importantes para las prácticas funerarias tradicionales, especialmente cuando sociedades como Japón enfrentan una población envejecida. Dadas estas limitaciones espaciales, ¿cómo se pueden diseñar cementerios y columbarios sobre el suelo para proporcionar un lugar de descanso digno y tranquilo respetando al mismo tiempo los valores culturales?


