En el diseño contemporáneo de jardines de niños en Japón y China, los equipos de arquitectura están transformando los espacios interiores, pasando de ser un simple contenedor a convertirse en un entorno multisensorial activo. Este cambio parece alinearse con estudios en psicología del desarrollo que sugieren que la experiencia espacial de los niños y las niñas comienza con una interacción sensorio-motriz a través del tacto y la manipulación. Por lo tanto, se hace un fuerte énfasis en el uso de materiales y en el enfoque del aprendizaje a través del juego. Los equipos de arquitectura parecen ir más allá de las aulas tradicionales para dar paso a entornos táctiles, estimulantes y arraigados en sus contextos específicos. Los edificios mismos se convierten en herramientas pedagógicas, incentivando a la niñez a aprender y explorar mediante una interacción física directa.
Me encanta armar listas de declaraciones originales, a modo de manifiesto, de arquitectos/as que buscan perpetuamente abrir nuevos caminos. Nos provocan a imaginar posibilidades que no nos habíamos atrevido a considerar antes. Cuestionar las convenciones debería ser el objetivo primordial de la crítica para entablar una conversación con un/a creador/a. De lo contrario, ¿qué queda realmente por discutir? Por eso, conversar con Elizabeth Diller sobre el trabajo y las intenciones de su estudio es como un soplo de aire fresco, especialmente hoy en día, cuando tantos/as arquitectos/as se conforman con alinearse en la búsqueda de lo esperado. En una de nuestras conversaciones anteriores, Diller lo expresó sin rodeos: «No nos tomamos en serio los límites profesionales. Cada vez que nos entregan un programa, lo desarmamos y nos planteamos constantemente nuevas preguntas. Nada está predeterminado». En esta ocasión, conversamos sobre la nueva monografía de Diller Scofidio + Renfro, «Architecture, Not Architecture». El libro, un proyecto en sí mismo, se propone replantear los límites mismos de la disciplina. En el proceso, reinventa lo que puede ser un libro. Durante nuestra charla de una hora y media por Zoom —formato que prefiero por su grabación dual frontal—, me dijo con entusiasmo: «Siempre estábamos criticando; siempre estábamos lanzando granadas a las cosas».
Una Bienal Panafricana de Arquitectura está planificada para 2026 en Nairobi, Kenia. Según su curador, esta "representa una oportunidad sin precedentes para recuperar la narrativa arquitectónica de África, reafirmando el papel del continente como líder global en resiliencia urbana, sostenibilidad y expresión cultural".
Omar Degan, el curador en alianza con la Asociación de Arquitectos de Kenia, es un arquitecto en ejercicio, profesor y docente. Dirige una oficina de arquitectura conocida como DO Architecture Group, establecida entre Italia y Somalia, dos lugares profundamente vinculados a su identidad. Su trabajo se enfoca en lo que describe como "contextos frágiles" en todo el mundo, incluyendo áreas afectadas por desastres naturales, campos de refugiados, mejoramiento de asentamientos informales y barrios vulnerables.
El espacio público ha sido crucial para el pensamiento arquitectónico durante mucho tiempo, a menudo estructurado en torno a la planificación, la infraestructura y la regulación. Desde el París de Haussmann hasta los planes maestros contemporáneos, los/las arquitectos/as han trabajado para definir y formalizar la vida colectiva a través de herramientas espaciales. Sin embargo, fuera de estos marcos, los/las artistas han ofrecido continuamente formas alternativas de entender e habitar el espacio público; formas que no dependen de la construcción o la permanencia, sino de la presencia, la percepción y la participación. A través de acciones, objetos o atmósferas, los/las artistas abordan la ciudad como un escenario de fricción e imaginación. Estos gestos desafían las convenciones arquitectónicas e invitan a los/las artistas a reconsiderar el espacio público no como una forma resuelta, sino como un proceso contingente y abierto.
La arquitectura nunca se ha limitado al acto de construir. Constantemente negocia entre la práctica material y la reflexión intelectual; sin embargo, a lo largo de los siglos XX y XXI, muchos/as arquitectos/as sintieron que el proyecto construido por sí solo resultaba insuficiente para abordar el espectro completo de cuestionamientos que enfrentaba la disciplina. Las presiones económicas, los contextos políticos y las exigencias programáticas solían acotar el alcance de la práctica profesional.
Las exposiciones y las plataformas curatoriales, por el contrario, crearon espacios de experimentación y crítica, abriendo escenarios donde la arquitectura podía interrogarse a sí misma, donde su pasado podía ser reinterpretado, su presente cuestionado y su futuro proyectado. En medio de esta tensión emergió la figura del/de la arquitecto/a-curador/a, que asumió la curaduría misma como una forma de diseño: no de muros ni fachadas, sino de discursos, narrativas y marcos de significado.
Crear una atmósfera que potencie las exposiciones y enriquezca la experiencia de quienes visitan y utilizan el espacio requiere un cuidadoso equilibrio entre preservar el carácter único de un lugar y adaptarlo para satisfacer las necesidades de la producción artística y cultural. El desafío radica en mantener la atmósfera industrial de un edificio y, al mismo tiempo, dar cabida a los requisitos específicos del diseño de exposiciones o a los diversos usos que requerirá la nueva edificación. Esta delicada tarea implica considerar detenidamente la distribución espacial, la selección de materiales y las soluciones de iluminación; aspectos que, en su conjunto, desempeñan un papel fundamental en la configuración del nuevo entorno.
El sector inmobiliario y quienes formulan las políticas urbanas catalogan cada vez más sus proyectos como temporales, implementando proyectos piloto de parques emergentes, instalaciones artísticas y estructuras provisionales en ciudades de todo el mundo. Estas iniciativas suelen presentarse como intervenciones experimentales que activan espacios vacíos. Sin embargo, en la práctica, con frecuencia funcionan como estrategias provisionales para gestionar terrenos subutilizados hasta que se materialicen formas de desarrollo más rentables. La etiqueta de "temporal" opera así como un camuflaje urbano que oculta agendas permanentes detrás de una retórica provisional.
El hábito de sentarse a la mesa y compartir un momento específico con otras personas ha estado presente durante siglos en las más diversas culturas. El simposio griego, el convivium romano, los banquetes y festines medievales y los salones parisinos son solo algunos ejemplos de cómo esta costumbre se construyó históricamente y ha sido relevante en negociaciones sociales y políticas, discusiones intelectuales y debates filosóficos.
La comensalidad suele funcionar como un ritual para estrechar lazos, negociar y celebrar acontecimientos importantes. En muchas culturas hispanohablantes, el tiempo que transcurre después de comer, en el que toda la familia permanece sentada conversando, está tan arraigado que existe una palabra específica para definirlo: sobremesa (que literalmente se traduce como "sobre la mesa", aunque en la práctica refiere a la conversación posterior a la comida). Sin embargo, a pesar de asociarse frecuentemente con el hecho de compartir alimentos, la mesa puede considerarse una plataforma flexible abierta a múltiples posibilidades de apropiación e interacción.
El modernismo surgió a principios del siglo XX como un movimiento revolucionario que rechazó los estilos históricos, priorizando la funcionalidad, la innovación y la racionalidad. Basados en la promesa del progreso industrial, arquitectos de la talla de Walter Gropius, Le Corbusier y Ludwig Mies van der Rohe promovieron el uso de nuevos materiales y métodos de construcción, en busca de un lenguaje arquitectónico universal. Su obra introdujo ideas radicales: plantas libres, amplios acristalamientos para captar luz natural y pilotes que elevaban las estructuras, simbolizando una nueva era arquitectónica. No obstante, a la par de estas ideas revolucionarias, la relación del modernismo con la sostenibilidad ha suscitado continuos debates.
Si bien los/las arquitectos/as modernistas buscaron abordar los desafíos sociales y económicos mediante viviendas asequibles y un diseño eficiente, su dependencia de materiales con un alto consumo energético, como el hormigón y el acero, generó consecuencias ambientales imprevistas. La industrialización a gran escala, tan celebrada por el movimiento, a menudo ignoró los climas locales y los sistemas ecológicos, lo que derivó en ineficiencias. Sin embargo, los principios de funcionalidad y adaptabilidad intrínsecos de la arquitectura modernista sentaron las bases de lo que hoy reconocemos como prácticas sostenibles. Desde las azoteas ajardinadas de Le Corbusier hasta la integración con la naturaleza de Frank Lloyd Wright, las semillas de un diseño consciente del medio ambiente estuvieron innegablemente presentes, aunque su ejecución resultara limitada.
En los últimos años, la arquitectura ha adoptado cada vez más la adaptabilidad, la flexibilidad y la capacidad de respuesta como principios fundamentales de diseño. Esta evolución refleja una transición desde las nociones tradicionales de estructuras estáticas y permanentes hacia entornos dinámicos capaces de ajustarse a necesidades y condiciones cambiantes. En el centro de esta transformación se encuentra el concepto de "arquitectura blanda", que aprovecha materiales flexibles y sistemas innovadores para crear espacios funcionales, sostenibles y centrados en las personas usuarias. La arquitectura blanda toma forma a través de membranas que respiran, fachadas en movimiento, estructuras que se inflan o se pliegan, y superficies que se doblan en lugar de romperse. Implica diseñar para la transformación — no solo en términos del rendimiento ambiental de un edificio, sino también en cómo este puede albergar funciones cambiantes, interacciones de las personas usuarias u ocupaciones temporales. Este enfoque constructivo desafía las nociones tradicionales de durabilidad y control, proponiendo en su lugar una arquitectura más receptiva y de final abierto. Refleja una conciencia cada vez mayor de que los edificios, al igual que las sociedades a las que sirven, deben ser capaces de evolucionar.
La configuración de la mezquita, el lugar de culto para la comunidad musulmana, remonta sus orígenes al patio del fundador de esta religión. En consecuencia, las primeras mezquitas eran simples espacios abiertos destinados a la oración ritual. Con el paso de los años y los siglos, fueron adquiriendo múltiples características funcionales estandarizadas, como el mihrab, un nicho que indica la dirección de la oración, y el minbar, un púlpito para que quien predica imparta el sermón. También se popularizaron otros elementos, como las cúpulas y los minaretes, utilizados históricamente para el llamado a la oración. Estos tenían el propósito adicional de señalar la función del edificio como mezquita, y eran empleados por gobernantes y benefactores para realzar su majestuosidad.
En la actualidad, las mezquitas no están exentas del debate arquitectónico. Se cuestionan tanto los elementos que carecen de función religiosa como la relación entre la mezquita y su contexto. La discusión es especialmente intensa en regiones del mundo con comunidades musulmanas relativamente nuevas, donde ciertos sectores de la teoría defienden la eliminación de los elementos simbólicos bajo el argumento de que constituyen un "pastiche", mientras que otras posturas añoran la carga sentimental asociada a las formas históricas. No obstante, el diseño contemporáneo ha logrado elevar la arquitectura de las mezquitas, cumpliendo de manera creativa con sus requisitos funcionales y permitiendo que sea el contexto del edificio el que determine su forma.
En una época de colapso ecológico y creciente inseguridad alimentaria, la arquitectura se ve cada vez más llamada a comprometerse no solo con los paisajes, sino también con los sistemas que los sostienen y regeneran. Entre estos sistemas, la agricultura ocupa un papel paradójico, al ser tanto uno de los principales factores de la degradación ambiental como un agente potencial de recuperación ecológica. La agricultura industrial ha agotado los suelos, fragmentado los hábitats y acelerado el cambio climático a través de los monocultivos, la dependencia de los combustibles fósiles y la estandarización territorial. Como respuesta, la agroecología ha surgido como una práctica alternativa arraigada en la biodiversidad, los saberes locales y los ritmos cíclicos de la naturaleza. Esta disciplina redefine la agricultura no como una actividad extractiva, sino como la regeneración de los ecosistemas, las comunidades y el suelo mismo.
Esta nueva perspectiva abre un espacio para que la arquitectura realice una contribución significativa. Alinearse con la agroecología no significa únicamente apoyar la producción de alimentos, sino también comprometerse con las condiciones culturales, espaciales y ecológicas más amplias que la sostienen. Esto implica diseñar considerando las variaciones estacionales, fomentar el uso compartido y construir de manera que se respete tanto a la tierra como a quienes la trabajan. Así, la arquitectura va más allá del simple cerramiento: se convierte en un mediador del cultivo, la reciprocidad y la coexistencia.
En 2025, el campo de la arquitectura ha estado marcado por un denso calendario de exhibiciones, una desaceleración moderada de la construcción en múltiples regiones y un período de reflexión que examina con rigor el impacto de la inteligencia (tanto artificial como natural), no solo en la práctica profesional y en la cultura de los espacios de trabajo, sino también en su uso como herramienta pedagógica. A lo largo de este año, ArchDaily ha publicado más de 30 entrevistas en diversos formatos: sesiones de preguntas y respuestas, conversaciones presenciales, reportajes en video y más. Estos intercambios han abordado temas de sostenibilidad y naturaleza, vivienda y desarrollo urbano, inteligencia artificial e inteligencia humana, reutilización adaptativa y vida pública, y han seguido de cerca las principales plataformas de exhibición, como la Bienal de Venecia, la Expo 2025 de Osaka, la Semana del Diseño de Milán y Concéntrico, entre otras.
Cada año trae consigo nuevas ideas, proyectos y cambios en la cultura arquitectónica, pero también marca la pérdida de voces que han dado forma a la disciplina a lo largo de décadas. La arquitectura avanza, pero también progresa a través de la ausencia. Cuando desaparecen aquellas figuras que ayudaron a articular su lenguaje y sus ambiciones, dejan tras de sí algo más que obras terminadas o textos influyentes. Su ausencia se convierte en un umbral, un momento en el que la disciplina se detiene para comprender qué permanece, qué evoluciona y qué sigue guiándonos. Estos momentos de pérdida nos recuerdan que la arquitectura es una construcción colectiva de largo aliento, impulsada no solo por quienes dan forma al presente, sino también por aquellas personas cuyas visiones siguen orientando nuestra manera de pensar las ciudades y los paisajes.
Los/las arquitectos/as y pensadores/as que perdimos en 2025 provenían de mundos notablemente diversos; sin embargo, los interrogantes que definieron su trabajo coincidieron a menudo. Hubo quienes abordaron la ciudad desde la identidad, el simbolismo y la continuidad histórica, buscando arraigar el entorno construido en la memoria cultural. Otros/as, por el contrario, la interpretaron a través de la precisión de la ingeniería, los sistemas ecológicos o la experimentación radical, expandiendo los límites de lo que la arquitectura podía ser y cómo podía experimentarse. Sus trayectorias abarcan contextos tan diversos como la Gran Bretaña de posguerra, una China en acelerada urbanización, las vanguardias de Europa Central y las cambiantes instituciones culturales de Berlín y Nueva York. En conjunto, conforman un abanico de respuestas que definieron —y continúan definiendo— la cultura arquitectónica del último medio siglo, revelando la multiplicidad de formas en que la arquitectura puede comprometerse con la sociedad, la tecnología y el medio ambiente.
A medida que la arquitectura navega por un mundo en rápida transformación, marcado por la urgencia ecológica, la transformación social y la aceleración tecnológica, la noción de inteligencia se está redefiniendo. Lejos de limitarse a la cognición individual o a la computación artificial, la inteligencia hoy puede emerger de la memoria cultural, las prácticas colectivas y los sistemas adaptativos. En este sentido más amplio, la arquitectura se convierte en un campo de convergencia donde las inteligencias natural, artificial y social se cruzan para ofrecer nuevas formas de diseñar y construir.
Las tradiciones vernáculas incorporan generaciones de conocimiento ambiental, a menudo transmitido a través de materiales, técnicas constructivas y lógicas espaciales finamente adaptadas a las condiciones locales; por su parte, las plataformas participativas amplían la toma de decisiones a comunidades más amplias para que formen parte de la configuración de sus entornos, redistribuyendo la agencia en el proceso de diseño; y, finalmente, los procesos computacionales simulan y responden a datos complejos en tiempo real, aportando la capacidad de analizar, simular y reaccionar ante variables complejas —ya sean ambientales, sociales o conductuales—, lo que ofrece nuevas formas de adaptabilidad.
Oficina en Sanno / Studio Velocity. Imagen cortesía de Studio Velocity
A lo largo de la historia, la arquitectura y el entorno construido han insistido en crear superficies planas y duras. En épocas anteriores, caminar por un suelo sin pavimentar significaba calzado lleno de lodo, pasos inestables, riesgos de tropiezos, agua estancada después de la lluvia y un alto mantenimiento. Por ello, al dar forma a las ciudades, priorizamos un plano horizontal de referencia liso, continuo y sólido. Los beneficios son reales: un caminar más fácil, una limpieza más sencilla y una distribución espacial directa; después de todo, el mobiliario, el equipamiento y las tabiquerías prefieren una base nivelada. Esta preferencia universal por construir sobre terreno plano sigue siendo la norma y, por muchas razones prácticas, es probable que lo siga siendo.
Lo que se reconoce menos es que crear una superficie verdaderamente plana es sorprendentemente difícil, y muchos pisos "planos" bien ejecutados no lo son en absoluto. Con frecuencia suelen estar ligeramente inclinados, calibrados con gradientes precisos para el drenaje. Si bien los espacios interiores no siempre lo requieren, muchas plantas bajas y zonas húmedas sí incorporan inclinaciones sutiles como medida de protección, ya sea ante inundaciones menores o para gestionar el agua que se desborda de la calle o de las tuberías cuando falla alguno de los sistemas de desagüe.