
La resiliencia urbana fue puesta en jaque con la llegada de la pandemia de forma acelerada y drástica en las ciudades. La limitación de desplazamientos, contactos y acceso a los espacios públicos fue la estrategia más eficaz de contención del virus. Sin embargo, la estructura de la ciudad, sumada a la falta de políticas públicas de emergencia, demostró no ser nada resiliente cuando una gran parte de la población tuvo que seguir recorriendo trayectos largos en transporte público para trabajar en servicios esenciales, y también cuando la salud mental y física de la población se vio afectada por la falta de acceso a lugares que permitieran la práctica de ejercicio físico en condiciones de seguridad, evidenciando la precaria oferta de estos espacios en la ciudad.


























