
El arquitecto chileno Smiljan Radić Clarke ha sido anunciado como el galardonado con el Premio Pritzker de Arquitectura 2026, considerado uno de los máximos honores en el campo de la arquitectura. El galardón reconoce a Radić por una obra que explora la arquitectura a través de la experimentación material, la percepción espacial y un diálogo atento con el paisaje y el contexto. Nacido en Santiago, Chile, donde sigue viviendo y trabajando, Radić dirige la oficina Smiljan Radić Clarke, fundada en 1995. Al convertirse en el segundo chileno en recibir este premio, después de Alejandro Aravena en 2016, se une a una distinguida lista de galardonados previos, que incluye a Liu Jiakun en 2025, Riken Yamamoto en 2024, David Chipperfield en 2023 y Diébédo Francis Kéré en 2022.
La arquitectura de Radić opera en un territorio donde la experiencia fenomenológica del espacio precede a la explicación. Sus edificios suelen mostrarse silenciosos, elementales y reacios a una interpretación verbal sencilla, propiciando que quienes los recorren los experimenten a través del movimiento, la atmósfera y la percepción, en lugar de recurrir a la expresión formal.
Asimismo, su trabajo demuestra una aguda sensibilidad hacia la presencia material, yuxtaponiendo componentes industriales con elementos en bruto o de origen local para producir construcciones que resultan tanto precisas como táctiles. En sus diversas obras, las estructuras suelen presentarse como provisionales, frágiles o sutilmente ancladas al suelo, sugiriendo una aceptación deliberada de la incertidumbre y la impermanencia. Su arquitectura privilegia la presencia corpórea, la inteligencia material y una sutil pero poderosa sensación de fragilidad.

Nos esforzamos por crear experiencias que tengan una presencia emocional, alentando a las personas a detenerse y reconsiderar un mundo que con tanta frecuencia les pasa de largo con indiferencia. — Smiljan Radić
Desde la fundación de su estudio en Santiago en 1995, Radić ha mantenido una práctica intencionadamente compacta, desarrollando proyectos de escalas muy diversas pero conservando un compromiso constante con la experimentación y la especificidad contextual. Su obra abarca residencias privadas, instituciones culturales, instalaciones y edificios públicos, caracterizados a menudo por su cuidadosa relación con el paisaje, la luz y la estructura. Si bien gran parte de sus proyectos se localizan en Chile, Radić también ha recibido reconocimiento internacional a través de encargos y exposiciones en el extranjero, entre los que destaca el Pabellón de la Serpentine Gallery de 2014 en Londres. Con el tiempo, su práctica se ha expandido para abarcar instalaciones, muestras y proyectos colaborativos que extienden la búsqueda arquitectónica más allá de las tipologías de edificación convencionales. A pesar de su creciente renombre global, Radić ha seguido trabajando principalmente desde Santiago, sosteniendo una práctica arraigada en la observación atenta más que en la producción institucional a gran escala.


Nacido en Santiago en 1965, Smiljan Radić creció en una familia marcada por la migración y el desplazamiento cultural. Sus abuelos paternos emigraron de Brač, Croacia, mientras que la familia de su madre provenía del Reino Unido, lo que configuró un contexto personal en el que la pertenencia se entendía como algo en construcción constante y no como una herencia fija. Radić ha descrito a menudo esta experiencia como formativa, pues fomentó en él una concepción de la identidad como un proceso de ensamblaje en lugar de una condición estática.

Estudió arquitectura en la Pontificia Universidad Católica de Chile, para luego viajar y realizar estudios en el Istituto Universitario di Architettura di Venezia, una experiencia que considera fundamental para su desarrollo intelectual. Durante sus primeros años profesionales, Radić inició un intercambio constante con la escultora Marcela Correa, cuya obra influiría en su pensamiento arquitectónico y con quien ha colaborado en múltiples proyectos. Juntos construyeron la Casa Chica en Vilches en 1997, un experimento temprano que reveló el interés de Radić por la arquitectura tanto en su dimensión de construcción física como de indagación conceptual. Estas primeras influencias —la migración, el diálogo artístico y la observación minuciosa del paisaje— continuarían definiendo el rumbo de su práctica.
A través de una obra situada en la encrucijada entre un lenguaje iconoclasta, la exploración material y la memoria cultural, Smiljan Radić privilegia la fragilidad frente a cualquier pretensión infundada de certeza. — Jurado del Premio Pritzker de Arquitectura 2026
Una arquitectura de lo tácito
La arquitectura de Radić suele desplegarse como una experiencia espacial que se resiste a la verbalización inmediata. En lugar de proponer un lenguaje formal rígido, sus edificios invitan a la interpretación a través de la atmósfera, el movimiento y la percepción. La Casa para el Poema del Ángulo Recto en Vilches ejemplifica este enfoque. Emplazada en un paisaje boscoso, la vivienda se organiza en torno a muros de gran espesor y aberturas dispuestas minuciosamente que capturan los patrones cambiantes de la luz y el tiempo, transformando el habitar en un acto contemplativo de observación.


Una condición de introspección similar se manifiesta en la ampliación del Museo Chileno de Arte Precolombino en Santiago, donde la intervención de Radić se desarrolla en gran medida bajo el patio colonial existente. Al excavar una sala subterránea iluminada cenitalmente, el proyecto prioriza los objetos arqueológicos y la continuidad histórica, evidenciando una arquitectura que se repliega para intensificar la experiencia del espacio. En NAVE, un centro de artes escénicas creado a partir de una residencia de principios del siglo XX que se encontraba deteriorada, Radić conserva la estructura original e inserta nuevos espacios de ensayo y representación en su interior. El entorno resultante funciona menos como un objeto terminado y más como un escenario flexible para la creación artística y el encuentro colectivo.

Inteligencia material
La experimentación con los materiales desempeña un papel central en la obra de Radić, donde la construcción suele revelar relaciones inesperadas entre la fabricación industrial y la materia prima. En el Teatro Regional del Bío-Bío en Concepción, una envolvente de policarbonato semitraslúcido montada sobre una estructura de acero filtra la luz natural diurna, mientras genera una presencia luminosa junto a la costanera por las noches. El edificio demuestra cómo la arquitectura pública puede alcanzar una gran intensidad espacial sin depender de la monumentalidad convencional.


En el Parque Bicentenario de Santiago, el Restaurante Mestizo explora una estrategia material distinta. En este caso, una cubierta horizontal soportada por enormes rocas de cantera se extiende sobre el paisaje, funcionando simultáneamente como refugio, horizonte y gesto cívico. La yuxtaposición de la piedra pesada con elementos estructurales esbeltos diluye el límite entre la arquitectura y el terreno. Por su parte, el Pabellón de la Serpentine Gallery de Radić en Londres profundiza en este diálogo material. Una estructura translúcida de fibra de vidrio parece flotar sobre el césped de Kensington Gardens, apoyada de manera improbable sobre un anillo de grandes piedras portantes. El proyecto combina el peso geológico con la ligereza industrial, dando lugar a una estructura que se percibe al mismo tiempo ancestral y provisional.
Fragilidad y monumentalidad provisional
En gran parte de los proyectos de Radić, la arquitectura se manifiesta de forma deliberadamente inestable o temporal, asumiendo la fragilidad como una condición espacial en lugar de ocultarla. La instalación Guatero, creada para la XXII Bienal de Arquitectura de Chile en Santiago, encarna este enfoque mediante una estructura neumática definida por la presión del aire. Su membrana translúcida transforma una forma aparentemente delicada en un entorno inmersivo donde la luz, el sonido y el movimiento reconfiguran continuamente la atmósfera interior.


Sus obras tempranas ya sugerían esta sensibilidad. La Casa Carbonero en Melipilla, construida con madera y malla oscurecida, permite que el viento, las sombras y el sonido atraviesen su envolvente porosa, desdibujando los límites entre la edificación y el paisaje. En la Casa Pite, en la costa central de Chile, la arquitectura se incrusta en el terreno rocoso, organizándose mediante terrazas y muros de contención que enmarcan el vasto horizonte del Océano Pacífico. En ambos casos, Radić demuestra cómo la arquitectura puede transformar la exposición a la intemperie en intimidad, generando espacios que se sienten protegidos y provisionales a la vez.


La amplitud de la obra de Radić ilustra la diversidad de sus búsquedas arquitectónicas. La Bodega VIK Millahue, en la región de O'Higgins, se extiende horizontalmente a lo largo del valle, integrando las instalaciones de producción y los espacios públicos dentro de una secuencia de muros de contención de hormigón que estabilizan el terreno circundante. En contraste, la Casa para el Poema del Ángulo Recto (2013) en Vilches, Chile, plantea una escala doméstica, organizando el habitar a través de muros gruesos y aberturas cuidadosamente orientadas que encuadran la luz, el silencio y el bosque cercano. Por otra parte, sus instalaciones temporales, como la cúpula transparente creada para el desfile de moda Primavera/Verano 2022 de Alexander McQueen en Londres y Guatero, examinan el potencial atmosférico de las estructuras inflables, convirtiendo la presión del aire y la luz en experiencia espacial. Estos proyectos evidencian el persistente interés de Radić por la arquitectura como un marco de mediación entre el paisaje, el clima y la ocupación humana.


Más allá de su obra construida, la práctica de Radić se extiende a exposiciones y colaboraciones con artistas e instituciones culturales. Sus proyectos se han presentado en muestras internacionales como Global Ends en la Gallery Ma (Tokio, Japón, 2010); Un Ruido Naranjo en el Museo de Arte Contemporáneo (Hiroshima, Japón, 2012); El ropero y el colchón en la Galería Hermès de Tokio, junto a Marcela Correa (Tokio, Japón, 2013); Bus Stop para Krumbach en la Kunsthaus Bregenz (Bregenz, Austria, 2013) y Smiljan Radić: BESTIARY en la TOTO Gallery Ma (Tokio, Japón, 2016). Su trayectoria ha sido reconocida con numerosos galardones internacionales, entre los que destacan el premio al Mejor Arquitecto Menor de 35 años por el Colegio de Arquitectos de Chile (Chile, 2001), el Premio Oris (Croacia, 2015), el Premio Memorial Arnold W. Brunner de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras (Estados Unidos, 2018) y el Gran Premio en la Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito (Ecuador, 2022). Asimismo, es Miembro Honorario del American Institute of Architects (AIA) y Miembro de Honor de la Academia Croata de Ciencias y Artes desde 2009 y 2020, respectivamente.
El jurado del Premio Pritzker de Arquitectura 2026 reconoció a Radić por una práctica arquitectónica que expande los límites de la disciplina a través de la experimentación, la exploración de los materiales y una profunda atención a las dimensiones emocionales del espacio. El jurado está presidido por Alejandro Aravena e integrado por Barry Bergdoll, Deborah Berke, Stephen Breyer, André Corrêa do Lago, Anne Lacaton, Hashim Sarkis, Kazuyo Sejima, y Manuela Lucá-Dazio como Directora Ejecutiva.

Acta del Jurado del Premio Pritzker de Arquitectura 2026
El Premio Pritzker de Arquitectura se otorga en reconocimiento al talento excepcional, la visión y el compromiso que, a lo largo del tiempo, han generado contribuciones profundas y duraderas para la humanidad y el entorno construido a través del arte de la arquitectura. La obra de Smiljan Radić encarna estos valores en su expresión más radical y esencial.
Traducir las cualidades de su obra arquitectónica al lenguaje verbal es intrínsecamente difícil, ya que en sus diseños trabaja con dimensiones de la experiencia que resultan palpables de inmediato pero que escapan a la palabra escrita o hablada, tal como ocurre con la percepción del tiempo: reconocible de inmediato, pero conceptualmente elusiva.

Sus edificios no están concebidos meramente como artefactos visuales, sino que exigen una presencia corpórea. Una primera paradoja fundamental en la arquitectura de Smiljan Radić radica en que establece un punto de entrada personal, casi introspectivo, sin que esto resulte en un repliegue. Al contrario, lo que comienza como un encuentro individual se expande hacia una resonancia colectiva más amplia. Tal vez sea esta la naturaleza del verdadero arte: interpelarnos como seres singulares, de uno a uno, para luego impulsarnos hacia un origen común; un lugar atávico más allá de la raza, el género o la cultura. Esta capacidad adquiere especial relevancia en tiempos de polarización y deshumanización, y bien podría constituir el valor real de un arquitecto cuya obra puede describirse, sin vacilaciones, como profundamente original: el arte de la arquitectura ejercido como un intento constante de reconectar a todas las personas con un origen más profundo. Es importante destacar que esto no debe confundirse con la nostalgia o el revivalismo histórico. Su acción de despojar las superficies se fundamenta en la experimentación radical y en un cuestionamiento implacable de la convención, el precedente y los caminos ya recorridos. Aquí reside otra paradoja: su aproximación poco ortodoxa al diseño puede parecer inicialmente inusual, inesperada —incluso rebelde—, pero lejos de producir alienación o distanciamiento, su postura anticanónica resulta fresca y sin precedentes. Transmite la sensación inequívoca de estar frente a algo nuevo.
A través de conexiones poco evidentes y patrones de circulación singulares, los edificios de Radić ofrecen una multiplicidad de escenarios para que las personas interactúen, actúen e incluso transformen las narrativas que allí se desarrollan. La composición magistral de los volúmenes y la calibración precisa de las escalas otorgan un sentido de monumentalidad a la vida cotidiana, ya sea que se experimente a nivel individual o colectivo. En la arquitectura de Radić, la presencia monumental se reformula a través de la fragilidad, la ligereza y una aparente inestabilidad, logradas no solo mediante las dimensiones físicas, sino a través de la atmósfera, la tensión material y la intensidad espacial. Esto permite que las acciones cotidianas —caminar, esperar, reunirse— adquieran trascendencia sin subordinarse a una gran narrativa ideológica. Gracias a su enfoque profundamente democrático, lo monumental se restituye así a la experiencia común en lugar de reservarse para momentos excepcionales.

A través de una obra situada en la encrucijada entre un lenguaje iconoclasta, la exploración de los materiales y la memoria cultural, Smiljan Radić privilegia la fragilidad frente a cualquier pretensión infundada de certeza. Sus edificios pueden parecer temporales, inestables o deliberadamente inconclusos —casi a punto de desaparecer—; sin embargo, brindan un refugio estructurado, optimista y silenciosamente alegre, asumiendo la vulnerabilidad como una condición intrínseca de la experiencia vivida.
No están anclados con firmeza al suelo; al contrario, se posan delicadamente sobre él, a menudo flotando apenas por encima de la superficie y haciendo contacto solo de manera ocasional. Se evita minuciosamente cualquier alteración permanente del sitio, como si pudieran retirarse en cualquier momento devolviendo el terreno a su estado original. Inspirado por el imponente y sísmico entorno geográfico chileno, y transitando desde la lógica de dominación y propiedad —frecuentemente implícita en la construcción— hacia una de coexistencia, Radić presenta la arquitectura como un huésped y no como el amo del lugar, reconociendo la primacía del paisaje y, por extensión, de la memoria colectiva y el territorio compartido por encima de la autoría individual.
Esta noción de impermanencia arquitectónica se expresa con frecuencia a través de la elección de los materiales. Aunque varían de un proyecto a otro, estos son siempre objeto de una cuidadosa reflexión, responden al contexto y aprovechan los recursos locales disponibles.
Como refuerzo del carácter democrático de su obra, Radić emplea materiales —sean industriales o naturales, refinados o tradicionalmente considerados marginales— bajo una lógica que no es nostálgica ni puramente pragmática. Al contrario, desestabiliza las jerarquías de valor establecidas: lo alto y lo bajo, lo refinado y lo rudo, lo permanente y lo provisional coexisten sin distinciones claras. Esta equivalencia material refleja la apertura social de sus espacios, en los que ninguna persona es privilegiada por sobre otra. La carpa de circo que corona la azotea de NAVE en Santiago, la membrana blanca que envuelve el Teatro Regional del Bío-Bío en Concepción —que brilla con una luz cálida y acogedora al atardecer— y el monumental pabellón inflable Guatero diseñado para la Bienal de Arquitectura de Santiago se convierten en escenarios de sofisticación estructural pero de carácter lúdico, donde texturas y colores inesperados dialogan con volúmenes de formas igualmente singulares.

Si la arquitectura da forma a los modos de vida humanos, la obra de Radić produce experiencias espaciales que resultan a la vez sorprendentes e íntegramente naturales. Sorprendentes por su flexibilidad para combinar, cuestionar y desmantelar tipologías establecidas; naturales por el modo en que surgen tanto de su historia personal como de la de quienes finalmente habitarán sus edificios.
A pesar de responder plenamente a su función, cada proyecto contiene un elemento inesperado: experimentar los edificios de Smiljan Radić implica mantener la curiosidad en constante estímulo. Lleva las estrategias espaciales coherentes hasta sus límites, desarrollándolas con rigor para involucrar activamente a quien los experimenta: no se requiere un conocimiento especializado para "understand" el espacio, porque el entendimiento nunca es definitivo. Su obra desafía las limitaciones de un concepto único: los espacios que crea son a menudo ambiguos, a veces incluso inquietantes, jamás predefinidos. Se resisten a una comprensión total desde un único punto de vista, y es precisamente esa resistencia la que devuelve la profundidad y la complejidad a la arquitectura.
Grandes rocas dispuestas verticalmente —como en el Restaurante Mestizo en Santiago—, edificios que apenas parecen tocar el suelo —como la Casa Pite en Papudo— y el frecuente rechazo a los ejes coordenados cartesianos convencionales —como en la Casa para el Poema del Ángulo Recto en Vilches— invitan a la interpretación en lugar del consumo.
Este artículo fue escrito por Romullo Baratto. La traducción fue realizada mediante IA.




































