Diogo Borges Ferreira

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Del ocultamiento a la presencia cívica: cómo las plantas de tratamiento de aguas residuales entraron a la ciudad

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Tras la finalización del sistema principal de drenaje de Londres al norte del Támesis en 1868, la Junta Metropolitana de Obras Públicas conmemoró la ocasión con un banquete celebrado en el interior de una estación de bombeo de aguas residuales. La estación Abbey Mills había sido construida durante los tres años anteriores por el ingeniero Joseph Bazalgette en colaboración con el arquitecto Charles Driver, bajo un esquema de planta cruciforme con ocho motores de balancín, dispuestos de a dos en cada brazo. Su estilo ha sido interpretado como bizantino, medieval italiano, ruso, gótico ruskiniano y morisco, y sus chimeneas gemelas de ventilación, profusamente decoradas, se elevaban a más de sesenta metros. El constructor la describió como una estructura elegante en medio de un pantano, sugiriendo que bien podría pasar por una mezquita o un templo.

Casi todo lo demás que construyó Bazalgette fue enterrado, y esta excepción no sobrevivió al siglo siguiente. En 1933, el vapor dio paso a los motores eléctricos en Abbey Mills, y las chimeneas, que desde entonces resultaban redundantes, fueron demolidas en 1941 por temor a que un bombardeo las derribara sobre la estación. La ingeniería sanitaria se consolidó en torno a criterios cuantificables —como la capacidad de procesamiento, la calidad del efluente y el gradiente hidráulico—, ámbitos en los que la apariencia estética no tenía cabida alguna. De este modo, el tratamiento de aguas se desplazó hacia llanuras aluviales, estuarios y periferias municipales donde el suelo era económico y la gravedad facilitaba el proceso.

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Aprendizaje a través de la práctica: por qué el estudiantado de arquitectura participa en concursos

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Sobre el papel, participar en un concurso de arquitectura es una de las tareas más desafiantes que un/a estudiante de arquitectura puede emprender. Lo que atrae a los y las estudiantes hacia ellos es la oportunidad de experimentar, abordando un programa vagamente definido que deja margen para poner a prueba ideas poco convencionales y herramientas desconocidas fuera del ritmo del semestre. Esa distancia respecto a la evaluación académica es un desarrollo relativamente reciente, ya que en su momento los concursos fueron fundamentales para la educación arquitectónica.

En la École des Beaux-Arts, la enseñanza se dividía entre el taller (*atelier*), donde los y las estudiantes desarrollaban proyectos bajo la dirección de un/a arquitecto/a en ejercicio, y el concurso, donde un jurado de profesores evaluaba el trabajo de los alumnos sin haber seguido su desarrollo. Más tarde, instructores formados en Francia llevaron este modelo a escuelas como el MIT, Penn, y Cornell. Con el tiempo, la mayoría de las escuelas conservaron el taller —que se convirtió en el taller de diseño— y relegaron los concursos a los márgenes del plan de estudios.

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Desenterrar el suelo: arquitectura y la política de los residuos

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En 1948, Robert Moses estableció el vertedero Fresh Kills en la costa occidental de Staten Island. El sitio, elegido por sus humedales remotos y el bajo valor de la tierra, estaba destinado a ser temporal; sin embargo, para 1955 ya era el vertedero más grande del mundo, llegando a recibir hasta 29.000 toneladas de desechos al día en su punto máximo en 1991. Para 2001, tras más de cincuenta años de funcionamiento continuo, Fresh Kills abarcaba 2.200 acres (unas tres veces la superficie de Central Park) y era, de manera poco espectacular, visible desde el espacio. En sus inicios, Moses no esperaba diseñar un basurero sino, sin llamarlo así, un nuevo accidente geográfico con cuatro colinas artificiales que se elevaban hasta sesenta metros sobre el nivel del mar, construidas enteramente a partir de los residuos acumulados de ocho millones de vidas cotidianas.

Ese accidente geográfico se está convirtiendo ahora, lentamente, en un parque. James Corner Field Operations ganó el concurso internacional de diseño convocado por la ciudad en 2001, desarrollando un plan maestro llamado Lifescape, cuya ejecución tomará treinta años. Los cuatro montículos del vertedero se están sellando, reforestando y abriendo gradualmente al público. El metano proveniente de los residuos en descomposición se captura y se canaliza hacia un sistema de energía, mientras se restauran los humedales alrededor de las colinas diseñadas por ingeniería. La evidencia del consumo de Nueva York se transforma así en una hazaña de ingeniería ecológica y en un acto de gestión de la memoria institucional (una manera de hacer que el paisaje más vergonzoso de una ciudad parezca, poco a poco, algo que siempre debió ser).

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Libertad y arquitectura: Anneke Abhelakh sobre "The Albanian Files"

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Durante los últimos veinte años, Albania ha sido uno de los territorios con mayor actividad constructiva en Europa. Decenas de arquitectos y arquitectas internacionales han estado trabajando allí en proyectos que prometen alterar el trazado, la estructura y las ciudades de un país que aún se recupera de los regímenes del siglo pasado. Reconocer ese crecimiento, y esos cambios en el paisaje, implica también reconocer que detrás de cada forma hay una historia, y que existen archivos que nos revelan mucho más que la propia arquitectura.

Editado por Anneke Abhelakh y publicado por Lars Müller Publishers, con un prólogo del primer ministro Edi Rama, The Albanian Files compila dos décadas de trabajo de sesenta oficinas internacionales de arquitectura que operan en Albania en una densa publicación cuyo formato, color y contundente presencia constituyen toda una declaración en la lectura de la historia reciente del país. El volumen funciona como un documento ampliado, una cartografía de lo que estos procesos han dejado atrás. Gran parte de lo que toma forma en sus páginas describe estructuras de poder, patrones de contratación y posturas cuyas consecuencias han resultado polémicas. Revelar es una muestra de transparencia, pero también evidencia que ciertas cosas nunca debieron haberse ocultado en primer lugar. Albania, más que nunca, con sus aspiraciones de abrir un territorio y su creciente deseo de vincularse con el mundo (a través del turismo y la perspectiva de incorporarse a la Unión Europea), necesita esta claridad.

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Por encima de la línea de nieve: 11 refugios construidos en los límites de la construcción

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No hay lugar más difícil para construir que la alta montaña, y ninguno donde una edificación se sienta más provisional. Desde los Andes hasta el Himalaya y los Alpes, la construcción a gran altitud reduce la arquitectura a sus transacciones más elementales. La roca se percibe como la permanencia misma; sin embargo, una estructura emplazada cerca del límite de la habitabilidad existe en una constante negociación con casi todo lo que la rodea: con un viento que llega sin obstáculos, con un terreno demasiado empinado y congelado para ser excavado, y con todo lo necesario proviniendo desde muy abajo. Lo que se puede transportar hacia arriba, lo que se puede ensamblar con pocas manos y lo que puede sostenerse por sí mismo son algunas de las variables del problema.

Estas limitaciones han producido una cultura constructiva notablemente consistente a lo largo de cordilleras que, de otro modo, no tendrían relación entre sí. El refugio, la cabaña, el vivac y el observatorio pertenecen a una tipología compartida en la que el resguardo es inseparable de la logística, y donde la ligereza, la prefabricación y la autosuficiencia constituyeron necesidades estructurales mucho antes de convertirse en virtudes.

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¿De qué escapan los/las arquitectos/as? Ambición y evasión en el diseño para sitios remotos

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Si se le pregunta a un/a arquitecto/a cuál es el problema más difícil de la disciplina en este momento, rara vez mencionará el bloque de viviendas de posguerra sin mantenimiento a dos calles de su oficina. Lo que se le viene a la mente son los diferenciales de presión en Marte o las cargas de tracción en una plataforma flotante; y es que un suelo sin reclamar no tiene con quién negociar, no tiene una historia a la cual responder ni inquilinos/as que recuerden la última renovación, lo que facilita considerablemente el diseño.

Quienes ejercen la arquitectura suelen creer que están resolviendo un problema más complejo que el de al lado. Un proyecto como The Line, una ciudad de 170 kilómetros diseñada para albergar a nueve millones de habitantes en un terreno sin reclamantes previos, no es arquitectónicamente más difícil que un sitio con un siglo de ocupación, disputas de propiedad y un departamento de planificación urbana que recuerda a las últimas tres desarrolladoras que usaron la palabra "comunidad" para referirse a algo muy distinto. Es, de hecho, considerablemente más sencillo. No hay nadie a quien persuadir, ni historia a la cual responder, ni discusiones que perder. Esto plantea una interrogante: si el problema verdaderamente difícil está a dos calles de la oficina, sin resolver, mientras que el más sencillo se queda con los renders y las rondas de financiamiento, entonces "ambición" no es la palabra adecuada para describir lo que ocurre. Hay algo que se está evitando, y es momento de empezar a reflexionar sobre qué es.

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El derecho a la ingenuidad: cómo la arquitectura convirtió la inocencia en una postura

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Desde la crisis de 2008, un puñado de oficinas pequeñas (ninguna de más de quince años de antigüedad y ninguna lo suficientemente grande como para necesitar un manifiesto en el sentido tradicional) ha llegado, de manera independiente, a alguna versión del mismo rechazo: sonar demasiado seguras de sí mismas, demasiado pronto, en una disciplina que se había pasado la década anterior vendiendo la certeza como un acabado. Probablemente se resistirían a ser agrupadas bajo una misma etiqueta, pero la coincidencia misma radica en que algo en el ejercicio de la arquitectura después de 2008 hizo que la inocencia pareciera la única postura que valía la pena intentar.

Al menos desde 2019 en adelante, Fala ha difundido una descripción de sí misma de dos palabras, repetida textualmente en docenas de medios de arquitectura: una "oficina de arquitectura ingenua". Sin notas al pie, sin ironía; simplemente una oficina, fundada en 2013, que construyó una década de casas, casitas para pájaros y encargos institucionales sobre un término que la arquitectura había pasado un siglo intentando superar. La pregunta que plantea la frase no es si los edificios son buenos (que, por lo general, lo son), sino qué significa para una oficina elegir la inocencia como una postura pública. ¿Dónde termina la postironía y comienza el marketing?

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Desenterrar el suelo: arquitectura y la política del petróleo

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Este artículo forma parte de "Thresholds", una edición impresa especial de Cobe Notes x ArchDaily.

Bajo el suelo yace un material que, en silencio, ha moldeado la arquitectura del mundo moderno. Rara vez se discute sobre el petróleo dentro del discurso arquitectónico; sin embargo, la extracción, circulación y consumo de crudo han reorganizado profundamente la lógica espacial de los territorios. Oleoductos, refinerías, plataformas de perforación, puertos, autopistas y complejos petroquímicos forman un vasto paisaje infraestructural que sostiene la vida contemporánea, configurando una arquitectura dispersa de la energía.

A lo largo de los siglos XX y XXI, el petróleo se convirtió en la base material de la sociedad industrial. Alimentó el transporte, impulsó fábricas y sostuvo el crecimiento de ciudades cuya organización espacial dependía de flujos continuos de energía. No obstante, las infraestructuras que facilitan estos flujos rara vez son objeto de investigación arquitectónica. La atención sigue dirigiéndose, en gran medida, hacia la forma, la tipología o la densidad urbana, mientras que los sistemas materiales que sustentan estos entornos tienden a quedar relegados a un segundo plano dentro de la disciplina.

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Guía de arquitectura de Tallin: 13 proyectos en una capital que recupera su frente marítimo

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Vista desde el agua, Tallinn presenta la silueta de una ciudad mercantil hanseática. Durante el periodo soviético, la mayor parte del frente marítimo era una zona militar restringida, lo que convirtió al puerto en uno de los pocos puntos de encuentro entre la ciudad y el mar. Incluso Linnahall, el enorme recinto de concreto construido para las competencias de vela de los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, se ubicó en parte para preservar la vista del casco antiguo desde las embarcaciones que se aproximaban al puerto. Durante medio siglo, Tallinn creció de espaldas al agua que la había convertido en una ciudad comercial. Por ello, cuando se restauró la independencia en 1991, algunos de los terrenos más valiosos de la capital se encontraban también entre los menos conocidos por sus habitantes.

La arquitectura reciente de Tallinn es, en gran medida, una arquitectura de reconexión. La ciudad ha ido reabriendo lo que había quedado aislado y adaptando aquello que perdió su función original, al tiempo que construye nuevas estructuras donde los límites entre ciudad, infraestructura y paisaje aún se están negociando. Las fábricas situadas alrededor del centro medieval, desde los molinos de Rotermann cerca del puerto hasta los astilleros de submarinos de Noblessner, habían perdido su función original. Desde entonces, su conversión gradual se ha convertido en una de las historias definitorias de la Tallinn contemporánea. Gran parte de esta arquitectura es deliberadamente sobria y basa su impacto en la manera en que las estructuras antiguas, los nuevos usos y el frente marítimo se han reintegrado a la vida de la ciudad.

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Alcatraz en la colina: el auge y la vida posterior de Rozzol Melara en Trieste

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El patio de Rozzol Melara mide doscientos metros por lado, lo que lo convierte en un espacio más grande que cualquier plaza de Trieste. Dos bloques de concreto expuesto en forma de L lo delimitan —uno de ellos con el doble de altura que el otro—, elevándose de siete a quince pisos a medida que la ladera desciende hacia el golfo, a cuatro kilómetros de distancia. Pilares de concreto espaciados cada quince metros sostienen los bloques sobre una pendiente que nunca llegan a tocar, abriendo pórticos lo suficientemente profundos como para transitarlos, y sobre ellos las fachadas se resuelven en logias a la escala de una habitación individual. Desde la carretera costera, nada de esto resulta legible; solo se aprecia una línea gris dibujada sobre las colinas.

En el interior del recinto, el Istituto Autonomo Case Popolari de Trieste construyó el resto de la ciudad. Los 648 departamentos ocupan menos espacio en la planificación que las escuelas, la oficina de correos, el centro de salud, el salón parroquial, las más de veinte tiendas y el garaje de dos niveles. A todos estos servicios se accede a través de calles cubiertas que recorren longitudinalmente los bloques y cruzan el patio mediante una pasarela elevada, de modo que el trayecto desde la puerta de un hogar hasta una tienda o un aula transcurre por el espacio colectivo sin necesidad de salir al exterior. Un equipo de veintinueve arquitectos y arquitectas trabajó en el proyecto bajo la coordinación de Carlo Celli, basándose en estudios sociológicos encargados de manera previa al diseño.

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La construcción de una imagen nacional: arquitectura, capital y poder político

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La Pirámide de Tirana abrió sus puertas como museo dedicado a Enver Hoxha en octubre de 1988, tres años después de su muerte y tres años antes del colapso del régimen. En las décadas posteriores, funcionó como estación de radio, sede de conferencias, club nocturno y base de la OTAN durante la guerra de Kosovo. En 2023, MVRDV la reabrió como parque y escuela de tecnología, añadiendo escalones a las fachadas para permitir que la gente pudiera caminar sobre la estructura. La inauguración se programó para coincidir con la Cumbre de los Balcanes Occidentales el 16 de octubre, una fecha que, según señalaron algunos críticos, coincidía con el cumpleaños de Hoxha. Dos proyectos de autodefinición nacional, distanciados por treinta y cinco años y construidos sobre premisas políticas opuestas, han utilizado la misma estructura.

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El nuevo paisaje arquitectónico de Hungría: Construir desde el pasado

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El paisaje arquitectónico de Hungría pasó las décadas socialistas siendo rediseñado desde arriba, con sus granjas cooperativas consolidadas a partir de parcelas familiares y sus bloques de vivienda estandarizados distribuidos por el territorio en un formato que habría sido idéntico en cualquier otra parte. La socióloga Virág Molnár, cuyo libro Building the State rastrea los usos políticos de la arquitectura en la Hungría y la Alemania Oriental de posguerra, sostiene que esta reconfiguración del entorno construido fue uno de los instrumentos principales del proyecto político y no un mero subproducto de este; una movilización que se extendió a lo largo de la modernización socialista y continuó en la transición posterior. Por su parte, el crítico británico Owen Hatherley, cuya obra Landscapes of Communism explora los conjuntos habitacionales de Budapest junto con los de Varsovia y Kiev, describe el extremo final de ese mismo legado, donde los edificios han sobrevivido a la ideología que los encargó y siguen estando habitados por personas con muy poco interés en defender los argumentos que los originaron.

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Artesanía e imperfección: 10 proyectos entre la mano y la máquina

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En 1968, el diseñador de mobiliario y profesor del RCA David Pye publicó The Nature and Art of Workmanship, un libro estructurado en torno a la distinción entre el "oficio de riesgo" y el "oficio de certeza". Pye no escribía sobre arquitectura y, a pesar de cómo se suele emplear hoy en día este concepto, en realidad tampoco se refería a la dicotomía entre las manos y las máquinas. De hecho, señaló que una imprenta, aun siendo completamente mecánica, sigue dependiendo de que una persona evalúe la tinta y el registro, mientras que en el torneado manual de madera se puede seguir una plantilla con tanta precisión que prácticamente nada queda al azar.

El oficio de riesgo, según la definición de Pye, es cualquier proceso en el que el resultado no está predeterminado, sino que depende del juicio, la destreza y la atención de quien lo ejecuta mientras el trabajo está en marcha. El oficio de certeza representa la condición opuesta, ya que el resultado se define antes de que comience la producción, fijado en una plantilla, un molde o un programa, de modo que todo el proceso posterior se limita a la ejecución. Pye se encargó de señalar que ninguno de los dos modos es inherentemente superior, y que una máquina de control numérico, calibrada para dejar margen a la variación, puede estar más cerca del riesgo que una herramienta manual guiada por una plantilla fija.

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¿Qué es la arquitectura metamoderna? Entre la ironía posmoderna y una nueva sinceridad

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En un volumen delgado de cubiertas con bordes amarillos, publicado recientemente por la editorial de Oporto Circo de Ideias, el arquitecto Paulo Martins Barata (socio fundador de Promontório) plantea una afirmación engañosamente audaz: que la arquitectura producida en Europa desde la Gran Recesión no pertenece a ninguno de los dos bandos que estructuraron el debate disciplinar más feroz del siglo XX.

The Language of Metamodern Architecture toma prestado su título, con evidente ironía, de la obra de Charles Jencks de 1977, The Language of Post-Modern Architecture, el libro que declaró célebremente la muerte de la arquitectura moderna a las 15:32 del 15 de julio de 1972, con la demolición de Pruitt-Igoe. Su apuesta es que otra muerte, nunca certificada oficialmente, ocurrió alrededor de 2008, y que la arquitectura ha estado viviendo, en su gran mayoría sin percatarse de ello, en lo que creció alrededor de esa tumba.

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Al sur de todo: arquitectura y presencia territorial en la Antártida

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La Antártida no tiene gobierno, población permanente ni economía. Además, desde 1959 carece de un propietario reconocido legalmente, ya que el Tratado Antártico congela cualquier reclamación territorial sobre el continente. Sobre el papel, esto la convierte en lo más parecido en la Tierra a un verdadero bien común. En la práctica, cerca de treinta países operan actualmente más de setenta estaciones de investigación allí, varias de ellas a corta distancia en avión unas de otras, y una de esas estaciones cuenta con una escuela, una capilla, un cementerio y una oficina de registro civil que ha registrado once nacimientos desde 1978.

Nada en esa arquitectura es fortuito, y muy poco se explica únicamente por la ciencia. Construir y abastecer una estación de investigación cuesta millones de dólares en uno de los lugares más hostiles del planeta desde el punto de vista logístico; ningún país asume semejante gasto solo para medir un ozono atmosférico que, en muchos casos, podría medir en un lugar más cercano. Lo que una estación hace, de manera infalible, es reclamar derechos sobre un territorio en el que, por ley, está estrictamente prohibido hacerlo.

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Desenterrar el suelo: arquitectura y la política de la extracción

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Todo edificio comienza en otro lugar. La arena de su concreto, la piedra de su fachada, el litio que algún día podría alimentar sus sistemas. Llega tras haber sido arrancado de una montaña, del lecho de un río o de un salar a miles de kilómetros de distancia, pasando por una cadena de camiones, barcos y declaraciones de aduana que borran casi todo rastro de su origen. La arquitectura suele tratar al material como un punto de partida, algo simplemente disponible; sin embargo, es en la extracción donde realmente comienza la construcción.

Tan solo el comercio mundial de arena para la construcción se mueve hoy a una escala que rivaliza con los mercados ilegales de madera, oro y pesca combinados, operado a través de redes lo suficientemente violentas como para costarles la vida a periodistas y activistas. Una sola montaña en la Toscana ha producido más mármol en las últimas décadas que en los dos mil años anteriores, vaciada por una fuerza de trabajo cuya propia historia de rebelión ha sido casi por completo olvidada. Bajo los salares de tres países sudamericanos y el cinturón de cobre de África Central, los minerales que supuestamente alimentarán un futuro más limpio son extraídos de tierras que las comunidades indígenas han habitado por generaciones y que, en algunos casos, niños y niñas extraen a mano. Cada una de estas operaciones se vende como comercio ordinario; sin embargo, cada una constituye también una transacción territorial cuyos términos se fijaron muy lejos del lugar donde se extrajo el material.

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Memoria de concreto: 12 monumentos de posguerra en Europa del Este

Un monumento suele ser la edificación más conservadora que un Estado pueda encargar. Se espera de él que estabilice la memoria, haga legible la historia y otorgue una forma pública a una narrativa compartida. El siglo XX en Europa del Este produjo un corpus de obras completo, desde el Báltico hasta los Balcanes, que se resistió precisamente a esas expectativas, desafiando la relación convencional entre monumento, memoria y representación. Agrupados comúnmente bajo el nombre de spomeniks, estos ejercicios arquitectónicos son tal vez los ejemplos más conocidos de un panorama mucho más amplio de arquitectura conmemorativa que surgió en toda la región. Se trataba de sociedades que salían de periodos de ocupación, conflictos civiles o revoluciones, y ninguna de ellas poseía un lenguaje simbólico único capaz de albergar la complejidad de sus historias. En lugar de buscar nuevos héroes o nuevos íconos, muchos/as arquitectos/as y artistas recurrieron al propio espacio como el medio a través del cual construir la memoria.

Estos monumentos ocupan una posición inusual entre la escultura y la arquitectura. En una escala, se interpretan como composiciones abstractas deliberadas, dispuestas con la claridad de un dibujo de Kandinsky. En otra, parecen menos resueltos, como si estuvieran poniendo a prueba los límites de un lenguaje espacial aún en formación. Sus formas a menudo parecen suspendidas entre la certeza y la experimentación: un mismo monumento puede leerse tanto como un objeto geométrico controlado como una búsqueda abierta sobre cómo la memoria colectiva podría habitar el espacio. Sin embargo, estas lecturas coexisten, otorgando a muchas de estas obras su duradera ambigüedad.

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Rumbo al este: lo que el Festival del Pan y el Corazón de Tirana revela sobre la arquitectura y el paisaje

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Algo ha estado ocurriendo en Tirana para lo cual el mundo de la arquitectura aún no ha encontrado el lenguaje adecuado. En el lapso de unos pocos años, una ciudad de menos de un millón de habitantes en uno de los países menos conocidos de Europa se ha convertido en el escenario de una extraordinaria concentración de ambición arquitectónica; un lugar donde oficinas que rara vez trabajan en la misma ciudad, y mucho menos en la misma década, están construyendo de manera simultánea, y donde las preguntas que preocupan a la arquitectura contemporánea parecen plantearse con una urgencia inusual.

La segunda edición del Festival Bread & Heart, celebrado en Tirana del 3 al 5 de junio, reunió a más de doscientos/as arquitectos/as, planificadores/as urbanos/as, desarrolladores/as y profesionales de Europa, América, Asia y otras regiones para debatir sobre "Paisajes de abundancia" (Landscapes of Abundance), un tema organizado en torno a la premisa curatorial de pasar del retrato al paisaje, del edificio individual al territorio en su conjunto. El foro que convocó sería difícil de replicar en cualquier otra fecha del calendario arquitectónico: Francis Kéré, Jeanne Gang, Sumayya Vally, Pierre de Meuron, Bjarke Ingels, Reinier de Graaf, Stefano Boeri, Kersten Geers, Benedetta Tagliabue y Ma Yansong, entre otros/as.

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