En un escenario donde las ciudades luchan por ofrecer viviendas adecuadas y asequibles, analizar casos construidos de vivienda colectiva ayuda a tomar decisiones informadas sobre qué construir y cómo hacerlo. Estos proyectos brindan la oportunidad de evaluar soluciones, comprender sus límites y considerar qué aspectos podrían replicarse en otros contextos. En París, dos obras recientes combinan departamentos de diferentes tamaños con acceso a jardines, patios y otros espacios al aire libre, interviniendo sobre estructuras preexistentes.
En Uruguay, los proyectos residenciales a pequeña escala ocupan cada vez más los paisajes rurales y costeros, desde las sierras de Villa Serrana hasta los bosques marítimos a lo largo de la costa atlántica. Construir en estas zonas suele requerir materiales estructurales que equilibren durabilidad, eficiencia térmica y viabilidad de transporte. En estos entornos, las obras dependen en gran medida de sistemas como entramados de madera de ingeniería, elementos estructurales de acero, revestimientos exteriores de madera o la prefabricación en taller. Estas decisiones de diseño no solo ayudan a reducir el peso de las materias primas que deben transportarse por caminos de acceso sin pavimentar, sino que también hacen que la construcción sea más viable en ubicaciones remotas. Asimismo, el contexto de los proyectos de esta selección parece haber jugado un papel limitante respecto a las superficies cubiertas, las cuales se mantuvieron en un máximo de 60 m² para reducir el requerimiento de materiales estructurales y el impacto sobre el terreno.
Al recorrer el frente marítimo de Barcelona, el litoral da la impresión de haber estado allí desde siempre: arena, palmeras, un largo paseo, restaurantes, tiendas y hoteles modernos; sin embargo, la realidad es que no siempre ha sido así. Hasta la década de 1980, la fachada marítima de Barcelona era una barrera activa de vías ferroviarias, fábricas y viviendas informales, y las aguas residuales desembocaban directamente en el Mediterráneo. A partir de 1987, Barcelona comenzó a crear de manera continua grandes paseos y corredores entre la ciudad y el mar, configurando un entorno que hoy en día muchos podrían interpretar como un espacio previamente vacío, pero que en realidad es el resultado de décadas de infraestructura y complejidad social, junto con un esfuerzo municipal por transformar el territorio de la ciudad y su relación con el agua. Analizar esta transformación plantea tres preguntas que estructuran este artículo: ¿quién fue desplazado para abrir el frente marítimo, quién lo gobierna hoy y quién lo mantiene en pie?
La oficina de arquitectura HENN ha lanzado CarbonBudget, una herramienta digital que calcula presupuestos de CO2 específicos para proyectos de edificación. La nueva plataforma, de acceso gratuito, busca contribuir a que los/las profesionales del diseño ayuden a alcanzar el objetivo de 1.5°C, una meta global del Acuerdo de París para limitar el calentamiento global a largo plazo a 1.5°C por encima de los niveles preindustriales. Dado que la industria de la construcción es responsable de aproximadamente un tercio de las emisiones globales de CO2, las decisiones de diseño arquitectónico pueden contribuir de manera efectiva a contener el calentamiento global. La herramienta está diseñada para calcular si las emisiones de un proyecto de edificación ubicado en Europa son compatibles con el objetivo del Acuerdo de París, a partir de datos específicos como la ubicación y la superficie del edificio. Esta nueva plataforma se suma a otros proyectos de oficinas internacionales como CarbonSpace de MVRDV NEXT, Minoro de Grimshaw y OpenDetail de Henning Larsen, los cuales abordan la descarbonización mediante el intercambio de información digital.
En 1948, Robert Moses estableció el vertedero Fresh Kills en la costa occidental de Staten Island. El sitio, elegido por sus humedales remotos y el bajo valor de la tierra, estaba destinado a ser temporal; sin embargo, para 1955 ya era el vertedero más grande del mundo, llegando a recibir hasta 29.000 toneladas de desechos al día en su punto máximo en 1991. Para 2001, tras más de cincuenta años de funcionamiento continuo, Fresh Kills abarcaba 2.200 acres (unas tres veces la superficie de Central Park) y era, de manera poco espectacular, visible desde el espacio. En sus inicios, Moses no esperaba diseñar un basurero sino, sin llamarlo así, un nuevo accidente geográfico con cuatro colinas artificiales que se elevaban hasta sesenta metros sobre el nivel del mar, construidas enteramente a partir de los residuos acumulados de ocho millones de vidas cotidianas.
Ese accidente geográfico se está convirtiendo ahora, lentamente, en un parque. James Corner Field Operations ganó el concurso internacional de diseño convocado por la ciudad en 2001, desarrollando un plan maestro llamado Lifescape, cuya ejecución tomará treinta años. Los cuatro montículos del vertedero se están sellando, reforestando y abriendo gradualmente al público. El metano proveniente de los residuos en descomposición se captura y se canaliza hacia un sistema de energía, mientras se restauran los humedales alrededor de las colinas diseñadas por ingeniería. La evidencia del consumo de Nueva York se transforma así en una hazaña de ingeniería ecológica y en un acto de gestión de la memoria institucional (una manera de hacer que el paisaje más vergonzoso de una ciudad parezca, poco a poco, algo que siempre debió ser).
Ganador del Primer Premio + Premio de Estudiantes Buildner: Linear Ritual. Imagen cortesía de Buildner
Buildner ha anunciado los resultados del concurso de arquitectura Iceland Slow Sauna, desarrollado en colaboración con Slow Travel Mývatn. Situado junto a Þúfa – Private Homestay, en el paisaje volcánico del lago Mývatn, al norte de Islandia, el certamen invitó a arquitectos/as y diseñadores/as a crear un refugio compacto que combinara un sauna y un invernadero en una única experiencia arquitectónica. Con raíces en la tradición islandesa del baño como un ritual de quietud y renovación, las bases del concurso pedían a los/as participantes explorar cómo el calor, la luz, la vegetación y el paisaje podían dar forma a un lugar íntimo de recuperación y conexión con la naturaleza.
Los paisajes volcánicos hacen que los cambios geológicos resulten inusualmente visibles. La lava se solidifica para dar forma a un nuevo suelo, sobre el cual la vegetación echa raíces lentamente. Las cenizas pueden permanecer en el entorno durante años. En las inmediaciones de los volcanes activos, estos procesos siguen en marcha, condicionando dónde y cómo se construye.
A pesar de ello, estos entornos continúan atrayendo viviendas y refugios. Su aislamiento y su singular topografía suelen ser parte de su atractivo. Edificar en estos sitios implica integrar la vida cotidiana en un territorio que aún es susceptible de transformarse.
No hay lugar más difícil para construir que la alta montaña, y ninguno donde una edificación se sienta más provisional. Desde los Andes hasta el Himalaya y los Alpes, la construcción a gran altitud reduce la arquitectura a sus transacciones más elementales. La roca se percibe como la permanencia misma; sin embargo, una estructura emplazada cerca del límite de la habitabilidad existe en una constante negociación con casi todo lo que la rodea: con un viento que llega sin obstáculos, con un terreno demasiado empinado y congelado para ser excavado, y con todo lo necesario proviniendo desde muy abajo. Lo que se puede transportar hacia arriba, lo que se puede ensamblar con pocas manos y lo que puede sostenerse por sí mismo son algunas de las variables del problema.
Estas limitaciones han producido una cultura constructiva notablemente consistente a lo largo de cordilleras que, de otro modo, no tendrían relación entre sí. El refugio, la cabaña, el vivac y el observatorio pertenecen a una tipología compartida en la que el resguardo es inseparable de la logística, y donde la ligereza, la prefabricación y la autosuficiencia constituyeron necesidades estructurales mucho antes de convertirse en virtudes.
El arquitecto japonés Kengo Kuma ha sido seleccionado para recibir el Premio Andrée Putman a la Trayectoria en los Créateurs Design Awards (CDA) de 2027. Este galardón, uno de los dos Premios Legacy otorgados por la organización, reconoce una trayectoria que ha influido en la arquitectura y el entorno construido a través de generaciones y contextos geográficos. Kuma recibirá la distinción durante la ceremonia de premiación de los CDA, que se llevará a cabo en el Shangri-La París el 16 de enero de 2027.
¿Qué relatos transmiten los materiales y cómo pueden las "huellas" visibles de los/las artesanos/as entablar un diálogo con los procesos de fabricación y la industrialización?Entre el diseño y la construcción, el acto de pensar a través del hacer puede convertirse en el principio rector de una filosofía de diseño. Combinando madera, materiales industriales y objetos reutilizados, el enfoque de Atelier CRAFT se arraiga en la arquitectura reversible, bajo el principio de su manifiesto: "Transformar el diseño a través del hacer". Con sede en Saint-Ouen, París, el estudio explora las relaciones entre los seres humanos y los materiales, el acto de hacer y los procesos de fabricación.
En medio de la transformación de las ciudades de Uzbekistán, ARC Architects desarrolla una arquitectura que busca conectar el pasado y el presente. Fundado en 2017 por Bobir Klichev, el estudio surgió de la comunidad arquitectónica de Bujará y se mantiene estrechamente vinculado a las particularidades culturales y climáticas del país. Con oficinas en Taskent y Bujará, ARC combina el minimalismo y las referencias étnicas para desarrollar un lenguaje contemporáneo arraigado en su contexto.
En lugar de reproducir una imagen tradicional de la arquitectura uzbeka, el estudio busca comprender cómo se puede reinterpretar este patrimonio hoy en día, un ejercicio que dialoga necesariamente con las capas históricas superpuestas de todo el país. Durante siglos, ciudades como Samarcanda y Bujará fueron importantes centros comerciales y culturales de Asia Central. Su arquitectura se desarrolló en torno a patios interiores y calles estrechas, conformando tejidos urbanos en los que los edificios y los espacios colectivos resultan inseparables.
A lo largo del Golfo, el patrimonio beduino suele ingresar a la arquitectura en primer lugar como una imagen. Las terminales aeroportuarias recuerdan las siluetas de las tiendas de campaña, los centros de visitantes incorporan celosías tejidas y los pabellones reinterpretan los textiles tradicionales como fachadas decorativas. Estas referencias se han convertido en un lenguaje visual familiar para expresar la identidad regional. Sin embargo, también corren el riesgo de reducir una de las tradiciones constructivas vernáculas más sofisticadas del mundo a un mero motivo arquitectónico. Mucho antes de que la tienda beduina se convirtiera en un símbolo cultural, era una tecnología ambiental: una estructura ligera y adaptable, capaz de generar confort en uno de los climas más exigentes del planeta. Lo que la infraestructura contemporánea puede heredar no es la silueta de la tienda, sino la inteligencia constructiva tejida en ella.
En un volumen delgado de cubiertas con bordes amarillos, publicado recientemente por la editorial de Oporto Circo de Ideias, el arquitecto Paulo Martins Barata (socio fundador de Promontório) plantea una afirmación engañosamente audaz: que la arquitectura producida en Europa desde la Gran Recesión no pertenece a ninguno de los dos bandos que estructuraron el debate disciplinar más feroz del siglo XX.
The Language of Metamodern Architecture toma prestado su título, con evidente ironía, de la obra de Charles Jencks de 1977, The Language of Post-Modern Architecture, el libro que declaró célebremente la muerte de la arquitectura moderna a las 15:32 del 15 de julio de 1972, con la demolición de Pruitt-Igoe. Su apuesta es que otra muerte, nunca certificada oficialmente, ocurrió alrededor de 2008, y que la arquitectura ha estado viviendo, en su gran mayoría sin percatarse de ello, en lo que creció alrededor de esa tumba.
Durante mucho tiempo, la arquitectura se ha definido por la permanencia. Los edificios se celebran porque perduran, las ciudades porque establecen estabilidad frente a la incertidumbre y los monumentos porque resisten el paso del tiempo. Algunas de las tradiciones urbanas más antiguas de la humanidad surgieron en paisajes donde la permanencia por sí sola nunca habría podido garantizar la supervivencia. A lo largo de los desiertos del norte de África y la península arábiga, los asentamientos en oasis se desarrollaron no como refugios aislados en medio de un páramo vacío, sino como pausas cuidadosamente mantenidas dentro de paisajes que ya estaban moldeados por el movimiento. Mucho antes de que las autopistas y los aeropuertos conectaran continentes, caravanas, personas dedicadas al pastoreo, la peregrinación y el comercio recorrían estos territorios a través de redes de pozos, sistemas de riego, arboledas cultivadas y ciudades de mercado. El oasis nunca fue el final del viaje. Los pozos, los palmerales sombreados, los campos de cultivo irrigados y los mercados de caravanas permitían que comenzara la siguiente etapa del trayecto.