
En una era en la que la fabricación digital y la automatización están cada vez más presentes en la práctica arquitectónica, el oficio manual suele ser visto como un artículo de lujo —restringido a proyectos de alto estándar, cuyos clientes pueden costear plazos prolongados y procesos colaborativos que exigen diálogos constantes con artesanos y artesanas. Este escenario podría haber sonado contradictorio hace algunas décadas, cuando Lina Bo Bardi denunciaba que estaba en curso un proceso de "desculturación" y que era urgente realizar un balance de la civilización brasileña "popular" para enfrentar universalismos totalizadores y el folklore —este último visto por ella como un instrumento de alienación estatal para neutralizar el carácter subversivo y transformador de la cultura popular:




























