En lo que respecta al Covid, es más probable que el 2022 se parezca a 1920 que a 2020 o 2021. “Cambiar o morir” es un cliché, pero a menudo resulta cierto. Los últimos dos años de pandemia han forzado diversos cambios en la sociedad que podrían haber ayudado a prevenir muchas muertes. No obstante, muchos otros aspectos de nuestra cultura ya venían transformándose desde antes de la pandemia; giros graduales que, con la llegada del Covid, se volvieron instantáneos y ubicuos: el trabajo remoto, el aprendizaje a distancia, el dominio de las compras en línea y la muerte de las tiendas físicas, así como el enfoque obsesivo en la salud y el bienestar. Todo esto, y más, es ahora un aspecto fundamental de nuestra vida cotidiana.
Casi nadie compra un automóvil al contado por su precio de lista; por ello, quienes buscan adquirir un vehículo se fijan en el costo mensual que implicará mantenerlo. Las viviendas representan nuestra inversión más profunda, y la mayoría de las personas se enorgullecen tanto de su hogar como de su automóvil, al tiempo que les aterra lo que cuesta. Por lo tanto, no sorprende que las casas “Net Zero” recurran a la misma táctica de venta, demostrando su valor bajo la promesa de no pagar facturas de energía mensuales.
“Hope for Architecture” (“Esperanza para la arquitectura”) es la vocación de Clay Chapman, descrita por él mismo como “una iniciativa de construcción para hacer frente a los desafíos de un futuro incierto”. En realidad, “Hope for Architecture” es una tecnología de mampostería y madera, reinventada y adaptada desde la antigüedad para el momento actual. Clay y su joven familia se mudaron a Carleton Landing, Oklahoma, hace quince años con el propósito de cumplir una misión: crear una comunidad y explorar dicha tecnología.
La arquitectura refleja la cultura de la que surge, al mismo tiempo que aspira a guiarla. Esto resulta casi una contradicción, ya que reflejar y proyectar nuestros valores es una parte esencial de toda vida humana, y la arquitectura es exquisitamente humana. Nuestros edificios nos encarnan, con todos nuestros mensajes contradictorios.
¿Qué hace que algo sea sagrado? ¿Cuándo un edificio llega a significar para nosotros más que casi cualquier otro lugar, espacio, objeto o actividad en nuestras vidas? Los/las arquitectos/as se esfuerzan por alcanzar lo sagrado en las edificaciones, pero somos el resto de nosotros quienes lo percibimos o no, independientemente de la estética. Creo que el significado de lo que consideramos sagrado se puede ver y sentir con mayor profundidad cuando las cosas cambian.
Han pasado unos 200 años desde que la École des Beaux-Arts de París creó la arquitectura como disciplina académica y, por ende, como profesión. El papel central de el/la arquitecto/a como agente definitorio de la creación trascendió al del maestro de obras, un rol que definía a quienes diseñaban edificios no como expertos o celebridades, sino como custodios de las tradiciones constructivas.
Lo que construimos puede ser metafórico; a menudo de manera intencionada, a veces de forma subliminal. Sin embargo, la arquitectura rara vez es el comentario intencionado de los/las arquitectos/as que buscan plasmar un simbolismo; con mayor frecuencia, es un reflejo directo de su época y de la cultura que la originó.
Algunos celebran el fracaso de "Make It Right", el proyecto de mecenazgo de Brad Pitt en Nueva Orleans. Después de que el huracán Katrina azotara Nueva Orleans en 2005, destacados/as arquitectos/as como Frank Gehry, David Adjaye y Thom Mayne crearon propuestas artísticas para la fundación establecida por Pitt. Se contrató a un arquitecto local, John C. Williams, para transformar los diseños de estas estrellas de la arquitectura en edificios reales, con la instrucción de utilizar los mejores materiales sostenibles disponibles.
Nos guste o no, cada arquitecto/a es un/a reciclador/a.
La expresión «Swamp Yankee» no es un insulto ni un estereotipo. Los «Swamp Yankees» habitaban la Nueva Inglaterra anterior al siglo XX; eran personas de bajos recursos que solo podían permitirse vivir cerca del agua, donde las enfermedades, las plagas y el mal tiempo arruinaban vidas de forma habitual. Nunca tiraban nada que pudiera ser reutilizado en el futuro. El trueque y la recuperación de materiales eran su forma de vida. No existía el desperdicio (bajo la máxima de «no desperdiciar para no carecer»). Hicieron del reciclaje un estilo de vida: la sustentabilidad no era una opción ecologista, sino su manera de sobrevivir.
Las quejas de los/las arquitectos/as son en vano. El edificio de entramado de madera sobre podio —el llamado 5-over-1— llegó para quedarse. "La Caja", como me gusta llamarle, utiliza la tecnología híbrida de una base de concreto y acero bajo una estructura de entramado de madera, y se emplea predominantemente para viviendas a precio de mercado. A pesar de la habitual reacción negativa ante su estética banal, su atractivo para un gran sector de consumidores de departamentos es innegable. También es un éxito evidente entre los desarrolladores.
Cortesía de Atelier Cho, vía CommonEdge. Imagen: Atelier Cho Thompson diseñó las oficinas para Food Corps, una organización sin fines de lucro en Portland, Oregón.
La economía y la tecnología afectan a todas las profesiones. Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial, quizás ninguna ha experimentado cambios tecnológicos tan profundos como la arquitectura. Paradójicamente, estas transformaciones ocurrieron dentro de un modelo de desarrollo profesional fuertemente consolidado: la estructura gremial de aprendizaje en la academia, seguida de la profesionalización mediante prácticas que conducen a la habilitación, ha sido el eje de la práctica durante casi dos siglos.
Hubo una época en que el dibujo técnico manual con grafito o tinta era realizado por hombres blancos, y una única lámina matriz se reproducía incorporando especificaciones mecanografiadas para luego dar paso a la construcción de los edificios.
Las personas perciben la arquitectura de diferentes maneras. El “estilo” —ya sea tradicional o moderno— suele ser una clasificación sencilla. Por su parte, las obras residenciales de carácter popular suelen ser catalogadas con desdén por los/las arquitectos/as como “vernáculas”. La proyección comercial de la producción de la disciplina —una obra plasmada en edificios y su significado en nuestra cultura, celebrada por el American Institute of Architects— cuenta con múltiples niveles de reconocimiento, desde los premios de las delegaciones locales del AIA hasta los galardones nacionales.
Ningún galardón del AIA goza de mayor trascendencia ni prestigio dentro de la profesión que el “Premio de los Veinticinco Años”, otorgado a obras que han “resistido el paso del tiempo”. El premio se ha entregado de manera ininterrumpida durante los últimos 56 años. Este año, sin embargo, el jurado de diseño encargado de seleccionar una obra fundamental optó por no otorgar el premio a ninguna obra con una antigüedad de entre 25 y 35 años.
Desde el advenimiento del Modernismo, los/las arquitectos/as han desarrollado una actitud esquizofrénica al lidiar con la realidad del tiempo. Esto representa un problema, ya que el tiempo y la gravedad son dos fuerzas universales. En la arquitectura se domina de forma exquisita el manejo de la gravedad; esta se encuentra presente en todo lo que diseñamos. Estudiamos sus implacables exigencias y las resolvemos mediante la ingeniería. La gravedad danza de manera simbiótica con la estructura. No importa cuánto intente un diseño fingir ingravidez, su masa es innegable. Quienes ejercen la arquitectura deben enfrentarse a la gravedad, ya sea ante los balcones caídos de Frank Lloyd Wright en Fallingwater o los edificios paramétricos actuales, potenciados como con esteroides.
Si has estado en la profesión de la arquitectura el tiempo suficiente, llegas a conocer a un cierto subconjunto selecto de profesionales: aquellos que se llaman a sí mismos "arquitectos", que tienen un título, e incluso pueden estar licenciados y ser miembros de la AIA, pero que no practican la arquitectura. Simplemente les gusta ser "arquitectos".
Cada evaluación de "Resumen del año" de cualquier cosa es miope y oportuna. Dicho esto, 2022 fue un momento de "boom" para los arquitectos (y la industria de la construcción en general). Esta reflexión cambiará en 2023, cuando los saltos fabricados en las tasas de interés de este año maten este auge breve e intenso.
Pero algunas cosas tienen más significado del que se puede encontrar en el momento. 2022 demostró que el modelo de "Mad Men" en la profesión como una casa club de hombres blancos ha terminado. Las desigualdades de género y raza permanecen en la arquitectura, pero son fallas reconocidas que necesitan una corrección urgente. Más allá de estas evoluciones y revoluciones, una nueva generación de arquitectos está cambiando la profesión.
"Nosotros damos forma a nuestros edificios; después, ellos nos dan forma a nosotros". A pesar de las palabras de Winston Churchill, los arquitectos estamos moldeados por nuestra cultura, y nuestro trabajo reacciona ante ella. Como nuestra cultura evoluciona, la práctica de la arquitectura evoluciona. Lo que es "nuevo" en la práctica arquitectónica ha tenido un cambio acelerado, que ha explotado en el siglo XXI porque las nuevas tecnologías lo han cambiado todo al nivel de la Revolución Industrial, hace 200 años.
La arquitectura es humana. Entonces, cuando ingresé a la Facultad de Arquitectura, Arte y Planificación de Cornell en 1973 y toda la facultad era tan blanca y masculina como yo, no tenía sentido para mí, pero reflejaba el fin de los tiempos del dominio masculino total en mi profesión elegida. En ese mundo, algunos profesores a menudo comentaban como las estudiantes miraban a los jurados, y algunos victimizaban sexualmente a algunos estudiantes (ninguno de los cuales era hombre).
La arquitectura no es simplemente construir. Hace más de 2000 años, el arquitecto romano Marcus Vitruvius Pollio definió dos realidades básicas en la construcción: “Firmeza” (Seguridad) y “Mercancía” (Uso) y luego ofreció lo que convierte la construcción en arquitectura: “Deleite” (Belleza).
La “Firmeza” ha sido acuñada en este siglo como “Resiliencia”. Después de salir ileso de cinco huracanes durante treinta años, ¿este edificio tiene “Deleite” más allá de su “Firmeza”? La propiedad de “Mercancía” se encuentra en la utilidad y adecuación de cualquier diseño: ¿este archivo, en constante uso, tiene “Deleite” más allá de su “Mercancía”?