Una guerra puede borrar la silueta de una ciudad de la noche a la mañana. Los techos se derrumban, las calles se vuelven intransitables y los hitos que alguna vez orientaron la vida cotidiana quedan reducidos a escombros. Sin embargo, la pérdida más profunda suele ser invisible. Los edificios se pueden relevar, fotografiar, escanear y, eventualmente, reconstruir. El conocimiento que los produjo es mucho más frágil. Sobrevive en manos de canteros y canteras que comprenden cómo una bóveda de piedra caliza soporta su carga, de carpinteros y carpinteras que saben cómo responden las uniones de madera al movimiento estacional, de yeseros y yeseras que mezclan la cal de memoria en lugar de usar medidas, y de los y las residentes cuyos rituales cotidianos mantienen estos edificios en uso. Cuando estas personas son desplazadas, asesinadas o forzadas a abandonar sus oficios, la reconstrucción hereda un problema que ningún plano o modelo digital puede resolver. La piedra siempre se puede volver a extraer. Recuperar el conocimiento para darle forma toma mucho más tiempo.
Durante mucho tiempo, la arquitectura se ha definido por la permanencia. Los edificios se celebran porque perduran, las ciudades porque establecen estabilidad frente a la incertidumbre y los monumentos porque resisten el paso del tiempo. Algunas de las tradiciones urbanas más antiguas de la humanidad surgieron en paisajes donde la permanencia por sí sola nunca habría podido garantizar la supervivencia. A lo largo de los desiertos del norte de África y la península arábiga, los asentamientos en oasis se desarrollaron no como refugios aislados en medio de un páramo vacío, sino como pausas cuidadosamente mantenidas dentro de paisajes que ya estaban moldeados por el movimiento. Mucho antes de que las autopistas y los aeropuertos conectaran continentes, caravanas, personas dedicadas al pastoreo, la peregrinación y el comercio recorrían estos territorios a través de redes de pozos, sistemas de riego, arboledas cultivadas y ciudades de mercado. El oasis nunca fue el final del viaje. Los pozos, los palmerales sombreados, los campos de cultivo irrigados y los mercados de caravanas permitían que comenzara la siguiente etapa del trayecto.
La arquitectura suele heredar una paradoja: los edificios que acaban definiendo un lugar rara vez son los únicos que lo moldearon. Al contrario, se convierten en símbolos que se repiten en guías turísticas, campañas de turismo, agendas de conservación e historias de la arquitectura hasta representar a toda una región. Con el tiempo, la riqueza de un paisaje construido se comprime en un puñado de imágenes familiares. Lo que queda fuera de ese encuadre rara vez desaparece; simplemente se desvanece del discurso arquitectónico.
Pocos lugares ilustran esto con tanta claridad como Odisha. Durante décadas, su identidad arquitectónica ha estado representada por los monumentales templos de piedra de Bhubaneswar, Konark y Puri. La sofisticación escultórica de la tradición Kalinga ha ganado con justicia el reconocimiento internacional, convirtiéndose en uno de los legados arquitectónicos más célebres de la India. Sin embargo, este protagonismo también ha traído una consecuencia imprevista: con frecuencia se entiende a Odisha únicamente como una tierra de templos, dejando otras historias arquitectónicas relativamente inexploradas. Las residencias reales, los edificios administrativos, los encuentros coloniales, los asentamientos vernáculos y las antiguas capitales ocupan un lugar mucho menor en el imaginario arquitectónico, a pesar de revelar historias igualmente complejas de gobernanza, diplomacia, ecología e intercambio cultural.
Rara vez un material de construcción comienza en el punto donde la arquitectura se encuentra con él. Para cuando el concreto llega a una obra, su piedra caliza ya ha sido extraída de la cantera, procesada y transformada. La madera llega mucho después de haber dejado atrás el bosque. El vidrio parece desvinculado de la arena con la que fue fabricado. Para cuando los materiales se incorporan a la construcción, gran parte del paisaje y de la industria que los produjo ya ha desaparecido de la vista.
Una catedral gótica puede tardar siglos en completarse. El pabellón de una exposición mundial puede permanecer en pie seis meses. Una estructura ritual en Calcuta se erige y desaparece en cinco días. Aun así, cada una de ellas atrae peregrinajes, moldea la memoria colectiva y reorganiza la vida urbana. Si bien el patrimonio se ha definido durante mucho tiempo por aquello que perdura, la arquitectura demuestra repetidamente que la autoridad cultural también puede pertenecer a lo que convoca a las personas.
Durante gran parte del siglo XX, los marcos de conservación privilegiaron la permanencia.La Carta de Venecia, adoptada por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, se centró en salvaguardar los monumentos y su autenticidad material. El valor cultural estaba ligado a la materialidad física, como la piedra, el ladrillo y la madera. Proteger el patrimonio significaba preservar lo que seguía en pie. Esta lógica resultaba sólida, incluso evidente por sí misma.
Perros callejeros en Estambul. Imagen de istanbulphotos, vía Shutterstock
La arquitectura sigue dibujando las ciudades como si la humanidad las ocupara en solitario. Los planos trazan rutas de circulación, los mapas de zonificación asignan funciones y los edificios se evalúan en función del confort, la seguridad y la eficiencia humana. Sin embargo, recorrer las ciudades de la India y el suroeste de Asia revela una realidad mucho más compleja. Los perros duermen bajo los puestos de los mercados, los monos se desplazan por los tejados, las aves anidan en las torres de los templos y en las fachadas de las mezquitas, y los insectos polinizan paisajes urbanos ocultos a plena vista. Estas especies están entretejidas en la vida urbana cotidiana con la misma constancia que la población humana. Calles, patios, techos, sistemas de drenaje, mercados y lotes baldíos ya están ocupados por múltiples especies de forma simultánea. El pensamiento arquitectónico, por su parte, ha tardado más en asimilar esta realidad.
En el centro del discurso arquitectónico sobre la arquitectura sagrada, la atención casi siempre se centra en el monumento. Los templos, mezquitas, monasterios e iglesias dominan tanto la historia de la arquitectura como la crítica de diseño y la fotografía, convirtiéndose en los símbolos físicos a través de los cuales se comprende la fe. Sin embargo, para millones de personas en peregrinación en toda la India, la experiencia arquitectónica más trascendental comienza mucho antes de que el santuario aparezca a la vista. Se despliega a lo largo de caminos de montaña, *ghats* fluviales, calles sombreadas, campamentos temporales, sistemas de filas, puentes, puestos de agua, centros de atención médica e innumerables elementos de infraestructura común a través de los cuales se realiza verdaderamente la peregrinación. La labor arquitectónica de la peregrinación podría residir menos en el santuario mismo que en los entornos que permiten a millones de personas llegar a él.
In las décadas posteriores a la independencia, algunos de los experimentos arquitectónicos más ambiciosos del mundo no surgieron a través de museos, monumentos o palacios de gobierno. Surgieron a través de las universidades. A lo largo del sur de Asia y de África, las naciones recién formadas convirtieron los campus en campos de prueba para formas completamente nuevas de imaginar la vida colectiva. Estos campus funcionaron como algo más que instituciones educativas. Se convirtieron en territorios donde los Estados pusieron a prueba cómo organizar la modernidad, para el encuentro de la ciudadanía, el funcionamiento de las instituciones, la influencia del clima en la arquitectura y la transformación de las realidades locales a partir de ideas importadas.
El patio suele recordarse como una figura del pasado, un espacio introspectivo de nostalgia, cultura y ritual doméstico. Sin embargo, este enfoque pasa por alto su función primordial. Antes de ser un elemento simbólico, el patio era operativo: organizaba el aire, moderaba la luz y absorbía el calor. No decoraba la arquitectura; la hacía habitable. En la vivienda contemporánea, estas funciones suelen delegarse en sistemas mecánicos que se aplican una vez definida la forma. En las casas con patio, estas cuestiones se resuelven espacialmente, mucho antes de levantar el primer muro.
Lo que a primera vista parece una tipología recurrente en distintas regiones es, en realidad, un conjunto de respuestas sumamente específicas al clima. El patio en Egipto no se comporta como el patio en Marruecos, ni como el de la India. Cada uno está calibrado para resolver un problema ambiental distinto utilizando el mismo dispositivo espacial. Interpretarlos como una tipología única equivale a restarles inteligencia; compararlos permite entender cómo el clima puede integrarse de manera directa en la forma arquitectónica.
En una calurosa tarde de mayo, cuando el aire sobre el oeste de la India se vuelve metálico por el calor, nadie recuerda la composición de la fachada. Se recuerda dónde cae la sombra. Se recuerda qué corredor respiraba. Se recuerda la casa que era más fresca que la calle. Lo que permanece en la memoria es el confort que trasciende la forma. La preferencia térmica repetida se estabiliza en una configuración espacial y, con el tiempo, esas configuraciones se convierten en tipologías arquitectónicas.
La arquitectura suele hablar del diseño ecológico como si fuera un descubrimiento reciente. Los corredores de biodiversidad, los paisajes regenerativos, las ciudades esponja y el urbanismo más que humano se presentan como respuestas emergentes a las crisis ambientales contemporáneas. Sin embargo, a lo largo de la India y la región SWANA, los paisajes moldeados por la práctica religiosa han organizado desde hace mucho tiempo las relaciones entre las personas, el agua, la vegetación y los animales. Mucho antes de que el rendimiento ecológico se convirtiera en una métrica de diseño, los estanques de los templos almacenaban el agua de los monzones, los bosques sagrados protegían la biodiversidad y los asentamientos de oasis sostenían la vida en algunos de los entornos más áridos del mundo. Pocos de estos lugares surgieron de agendas ambientales explícitas; más bien, nacieron de prácticas culturales y espirituales. No obstante, su lógica ambiental sigue siendo sumamente relevante en la actualidad. Muchas de las condiciones que hoy se debaten bajo el concepto de diseño más que humano han existido durante siglos en paisajes que los/las arquitectos/as rara vez estudian como infraestructura ecológica.
La elevación suele presentarse como sinónimo de progreso, al elevar el movimiento por encima de la fricción de la ciudad y suavizar la circulación en un flujo ininterrumpido. Sin embargo, cada acto de elevación produce a su paso una condición secundaria. Bajo pasos elevados, líneas de metro y viaductos ferroviarios, surge un segundo plano del suelo: sombreado, ambiguo y rara vez planificado con la misma intención que aquello que transita por encima. Estos espacios no son remanentes incidentales. Son la consecuencia espacial de una decisión de diseño que privilegia la velocidad, la altura libre y la eficiencia, redistribuyendo en el proceso el valor y la visibilidad a lo largo de la ciudad.
Lo que se encuentra debajo no está vacío. Está estructurado, condicionado y definido por la infraestructura, pero desprovisto de un papel claro. Los estudios sobre autopistas elevadas suelen describir estas zonas bajo las estructuras como espacios residuales, que se originan cuando los sistemas de transporte se conciben de manera independiente del suelo que atraviesan. Un informe de Arup sobre los espacios bajo los viaductos señala que a menudo interrumpen la continuidad peatonal, al tiempo que permanecen al margen de los marcos de planificación formal. Asimismo, revisiones académicas recientes sobre los entornos bajo pasos elevados destacan que estas áreas rara vez se integran en las estrategias de diseño urbano. El resultado es una condición peculiar: un espacio físicamente presente y estructuralmente determinado, pero programáticamente indefinido.
Al pasar del calor de Dubái al vestíbulo de una torre de vidrio, el desierto parece desaparecer. Afuera, las temperaturas superan los 45 grados Celsius; adentro, el aire es frío, hermético y está perfectamente controlado. Durante décadas, este contraste constituyó la imagen definitoria de la modernidad en el Golfo. La arquitectura dejó de ser una negociación con el clima para convertirse en una demostración de que este podía ser superado. Torres de vidrio reflectante se alzaron en el desierto como símbolos de consolidación, proyectando poder financiero, confianza tecnológica y ambición global. Bajo esta imagen urbana subyacía una infraestructura construida sobre el petróleo, la energía barata y la continua supresión mecánica del calor.
Panorama al atardecer de una gran comunidad residencial cerrada (Aparna's Elixir) vista desde las colinas de Khajaguda, India. Foto de iMahesh. Licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International
Uno aprende cómo comportarse mucho antes de llegar a casa. En el acceso, se disminuye la velocidad y se espera. Una mirada nos observa y luego nos da paso. Se verifica una credencial, se levanta una barrera, una cámara parpadea. No ocurre nada dramático, y ese es precisamente el punto. El trabajo más trascendental de las comunidades cerradas no lo realizan sus muros, sino la coreografía de ingreso que enseña silenciosamente a sus habitantes qué esperar, en quién confiar y a dónde pertenecen.
En la capital de Irán, Teherán, el movimiento define a la ciudad. Cada día, millones de personas transitan por un paisaje moldeado por autopistas, corredores viales y densas manzanas urbanas. Tras décadas de rápida expansión, la infraestructura se ha convertido en el lenguaje dominante del desarrollo. Las calles priorizan a los vehículos, las aceras funcionan como estrechos canales de paso y muchos espacios públicos operan principalmente como zonas de tránsito en lugar de lugares de encuentro. En varias zonas de Asia Occidental, los conflictos en curso también han reconfigurado los paisajes urbanos de la región, donde entornos arquitectónicos de gran valor han resultado dañados o transformados. En este contexto más amplio, la preservación y creación de espacios cívicos cotidianos adquiere un significado cada vez mayor. Reconocido con el Premio Aga Khan de Arquitectura, el proyecto Jahad Metro Plaza, diseñado por KA Architecture Studio, demuestra cómo las intervenciones de infraestructura modestas pueden reconfigurar la vida cívica de una ciudad.
La red de metro desempeña un papel central en la vida cotidiana de Teherán. Conecta distritos lejanos y sostiene los ritmos de la metrópoli. Sin embargo, los lugares donde la ciudad subterránea se encuentra con la superficie rara vez se conciben como entornos cívicos. Los accesos al metro suelen aparecer como fragmentos de infraestructura: escaleras que descienden bajo tierra, rodeadas de barandillas, quioscos y rutas de circulación improvisadas. Funcionan de manera eficiente como umbrales, pero rara vez como lugares de permanencia.
En la periferia de la mayoría de las ciudades, más allá de las autopistas de circunvalación y los distribuidores viales, está cobrando forma un tipo de arquitectura diferente. No está diseñada para ser vista, visitada o recordada. No congrega personas; mueve objetos. En su interior, miles de paquetes viajan de manera continua: se clasifican, elevan, escanean y despachan con mínimas interrupciones. Estos edificios rara vez entran en el discurso arquitectónico; sin embargo, se encuentran entre los espacios más trascendentales de nuestro tiempo. La tipología que define al siglo XXI es, cada vez más, el almacén.
La escala de esta transformación es difícil de asimilar porque se despliega horizontalmente, a lo largo de territorios en lugar de perfiles urbanos. La superficie global de almacenamiento ahora supera las decenas de miles de millones de pies cuadrados, expandiéndose rápidamente a la par del auge del comercio electrónico. Durante la pandemia de COVID-19, la demanda de infraestructura logística se aceleró varios años, comprimiendo el crecimiento futuro en un presente que ya de por sí estaba bajo presión. En India, el sector del almacenamiento sigue creciendo a tasas de dos dígitos, reconfigurando el suelo periurbano en corredores de almacenamiento y distribución. La logística ya no es un sistema de fondo; es una condición territorial.
Durante la mayor parte de la historia humana, la noche llegaba como una certeza planetaria. La oscuridad se extendía sobre los paisajes y el cielo revelaba miles de estrellas. Hoy en día, ese cielo está desapareciendo. La luz artificial se proyecta hacia arriba desde las ciudades, dispersándose por la atmósfera y transformando la noche en una bruma permanente. Investigaciones que mapean el brillo global del cielo muestran que más del 80 por ciento de la humanidad vive hoy bajo cielos con contaminación lumínica, y la Vía Láctea ha desaparecido de la vista de más de un tercio de la población mundial. La pérdida de los cielos oscuros suele debatirse en el ámbito de la astronomía; sin embargo, las causas de este cambio están profundamente arraigadas en el entorno construido. Los edificios emiten luz, la reflejan a través de fachadas de vidrio y extienden la iluminación mucho más allá de sus muros. En la tecnosfera —el vasto sistema de infraestructuras y materiales que la humanidad ha construido—, la arquitectura moldea actualmente tanto el espacio físico como las condiciones sensoriales que lo rodean.