Panorama al atardecer de una gran comunidad residencial cerrada (Aparna's Elixir) vista desde las colinas de Khajaguda, India. Foto de iMahesh. Licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International
Uno aprende cómo comportarse mucho antes de llegar a casa. En el acceso, se disminuye la velocidad y se espera. Una mirada nos observa y luego nos da paso. Se verifica una credencial, se levanta una barrera, una cámara parpadea. No ocurre nada dramático, y ese es precisamente el punto. El trabajo más trascendental de las comunidades cerradas no lo realizan sus muros, sino la coreografía de ingreso que enseña silenciosamente a sus habitantes qué esperar, en quién confiar y a dónde pertenecen.
En la capital de Irán, Teherán, el movimiento define a la ciudad. Cada día, millones de personas transitan por un paisaje moldeado por autopistas, corredores viales y densas manzanas urbanas. Tras décadas de rápida expansión, la infraestructura se ha convertido en el lenguaje dominante del desarrollo. Las calles priorizan a los vehículos, las aceras funcionan como estrechos canales de paso y muchos espacios públicos operan principalmente como zonas de tránsito en lugar de lugares de encuentro. En varias zonas de Asia Occidental, los conflictos en curso también han reconfigurado los paisajes urbanos de la región, donde entornos arquitectónicos de gran valor han resultado dañados o transformados. En este contexto más amplio, la preservación y creación de espacios cívicos cotidianos adquiere un significado cada vez mayor. Reconocido con el Premio Aga Khan de Arquitectura, el proyecto Jahad Metro Plaza, diseñado por KA Architecture Studio, demuestra cómo las intervenciones de infraestructura modestas pueden reconfigurar la vida cívica de una ciudad.
La red de metro desempeña un papel central en la vida cotidiana de Teherán. Conecta distritos lejanos y sostiene los ritmos de la metrópoli. Sin embargo, los lugares donde la ciudad subterránea se encuentra con la superficie rara vez se conciben como entornos cívicos. Los accesos al metro suelen aparecer como fragmentos de infraestructura: escaleras que descienden bajo tierra, rodeadas de barandillas, quioscos y rutas de circulación improvisadas. Funcionan de manera eficiente como umbrales, pero rara vez como lugares de permanencia.
En la periferia de la mayoría de las ciudades, más allá de las autopistas de circunvalación y los distribuidores viales, está cobrando forma un tipo de arquitectura diferente. No está diseñada para ser vista, visitada o recordada. No congrega personas; mueve objetos. En su interior, miles de paquetes viajan de manera continua: se clasifican, elevan, escanean y despachan con mínimas interrupciones. Estos edificios rara vez entran en el discurso arquitectónico; sin embargo, se encuentran entre los espacios más trascendentales de nuestro tiempo. La tipología que define al siglo XXI es, cada vez más, el almacén.
La escala de esta transformación es difícil de asimilar porque se despliega horizontalmente, a lo largo de territorios en lugar de perfiles urbanos. La superficie global de almacenamiento ahora supera las decenas de miles de millones de pies cuadrados, expandiéndose rápidamente a la par del auge del comercio electrónico. Durante la pandemia de COVID-19, la demanda de infraestructura logística se aceleró varios años, comprimiendo el crecimiento futuro en un presente que ya de por sí estaba bajo presión. En India, el sector del almacenamiento sigue creciendo a tasas de dos dígitos, reconfigurando el suelo periurbano en corredores de almacenamiento y distribución. La logística ya no es un sistema de fondo; es una condición territorial.
Durante la mayor parte de la historia humana, la noche llegaba como una certeza planetaria. La oscuridad se extendía sobre los paisajes y el cielo revelaba miles de estrellas. Hoy en día, ese cielo está desapareciendo. La luz artificial se proyecta hacia arriba desde las ciudades, dispersándose por la atmósfera y transformando la noche en una bruma permanente. Investigaciones que mapean el brillo global del cielo muestran que más del 80 por ciento de la humanidad vive hoy bajo cielos con contaminación lumínica, y la Vía Láctea ha desaparecido de la vista de más de un tercio de la población mundial. La pérdida de los cielos oscuros suele debatirse en el ámbito de la astronomía; sin embargo, las causas de este cambio están profundamente arraigadas en el entorno construido. Los edificios emiten luz, la reflejan a través de fachadas de vidrio y extienden la iluminación mucho más allá de sus muros. En la tecnosfera —el vasto sistema de infraestructuras y materiales que la humanidad ha construido—, la arquitectura moldea actualmente tanto el espacio físico como las condiciones sensoriales que lo rodean.
Fundada en 2015 en Ahmedabad por Anand Sonecha, SEAlab es una oficina moldeada por un compromiso lento y contemplativo con el lugar, la proporción y la participación. Reconocido como uno de los ganadores de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards, el estudio construye con materiales sencillos y técnicas locales, buscando crear entornos que se experimenten tanto como se ven. Esta filosofía se hizo particularmente tangible en Gandhinagar, donde la Escuela para Niños y Niñas con Discapacidad Visual y Ceguera no comenzó como una institución construida específicamente para ese fin. La escuela operaba en el edificio de una escuela primaria existente, con aulas dispuestas sobre los dormitorios y doce niños y niñas compartiendo una sola habitación. El espacio era limitado, al igual que las oportunidades de crecimiento. El nuevo edificio académico debía ampliar la capacidad, mejorar las condiciones de vida y fomentar una mayor independencia de los/las estudiantes.
Fundado como una práctica que trabaja de manera transversal en arquitectura y proyectos con enfoque comunitario, pk_iNCEPTiON tiene su sede en Maharashtra, India. El estudio, uno de los ganadores de los Premios Next Practices de ArchDaily 2025, desarrolla escuelas rurales, viviendas, bibliotecas y edificios públicos, con un fuerte enfoque en la organización espacial y la adaptabilidad. Al operar en diversos contextos sociales y climáticos, pk_iNCEPTiON aborda el diseño prestando una meticulosa atención al movimiento, la escala y la relación entre la forma construida y el espacio abierto.
Una celosía perforada suele considerarse un elemento secundario; algo que se aplica para matizar la luz, decorar una fachada o añadir textura allí donde un muro, de otro modo, resultaría plano. Se fotografía como una superficie, se dibuja como un patrón y se analiza como una artesanía. Sin embargo, en muchos edificios del subcontinente indio y el mundo islámico, la celosía nunca fue un mero añadido. Era el muro en sí. Si se elimina, el edificio no solo cambia de aspecto, sino que pierde su capacidad para regular el calor, hacer circular el aire y mediar entre el interior y el exterior.
Esta interpretación errónea revela más sobre los hábitos contemporáneos que sobre la propia celosía. Desde hace tiempo, el pensamiento arquitectónico ha separado la estructura de la envolvente, y el desempeño de la expresión. Dentro de ese marco, elementos como el jaali o la mashrabiya resultan fáciles de catalogar como ornamentales: visualmente ricos, pero técnicamente secundarios. No obstante, estas celosías fueron concebidas como sistemas integrados en los que la geometría, el material y el clima funcionan en conjunto. Su inteligencia radica en lo que hacen.
Quienes ejercen la arquitectura suelen recibir el crédito por las edificaciones mucho después de concluida la construcción. Los nombres permanecen vinculados a los proyectos a través de fotografías, publicaciones e historias, a menudo décadas después de que se realizaron los planos originales. Las edificaciones, por el contrario, rara vez se mantienen fieles a esa narrativa por mucho tiempo. Las familias crecen, las tecnologías cambian, surgen comercios y la vida cotidiana impone exigencias que ningún plano puede anticipar por completo. Con el tiempo, la arquitectura acumula modificaciones, reparaciones, ampliaciones e improvisaciones que, paulatinamente, la alejan de su estado original.
La imagen es familiar: una fachada revestida de parasoles, la luz suavizada en una sombra con patrones, e interiores que se mantienen frescos sin maquinaria. Se presenta como inteligencia hecha visible: una arquitectura que comprende el sol. Sin embargo, esta imagen rara vez se examina de cerca. Los mismos dispositivos que mitigan el calor también organizan el acceso, distribuyen el confort y dependen de formas específicas de mano de obra. Lo que parece una respuesta climática es, en realidad, una decisión sobre quién recibe alivio frente al calor y de qué manera. El modernismo tropical, a menudo reducido a un lenguaje visual de sombra y porosidad, emerge en cambio como un conjunto de prácticas situadas donde el clima, el trabajo y el poder se negocian de forma distinta según el contexto.
A escala del elemento, el modernismo tropical comienza como un problema técnico. En climas cálidos, la radiación solar no es incidental sino constante, lo que exige que los edificios medien la luz, el calor y el aire antes de que alcancen el interior. Profesionales de la arquitectura como Maxwell Fry y Jane Drew abordaron esto con un nivel de precisión que impide interpretar estos elementos como meramente decorativos. Los dispositivos de sombreado se calibran en función de los ángulos solares, la orientación y la variación estacional. Los parasoles se dimensionan para bloquear el sol de ángulo alto mientras permiten el paso de la luz difusa; los voladizos se extienden lo justo para evitar la ganancia térmica directa en las horas pico; las aberturas se alinean para favorecer la ventilación cruzada. Las investigaciones de mediados de siglo pusieron a prueba estas estrategias, midiendo las reducciones de temperatura y las mejoras en el flujo de aire. En este sentido, el lenguaje del modernismo tropical no es simbólico, sino performativo: cada proyección, vacío y celosía forma parte de un sistema ambiental.
En el discurso arquitectónico contemporáneo, a menudo se confunde la escala con la influencia. Las grandes firmas, los proyectos emblemáticos y los desarrollos planificados a gran escala dominan la visibilidad. Esto refuerza la idea de que la ambición arquitectónica se mide por su tamaño, alcance o espectacularidad. Sin embargo, a lo largo de la India y contextos similares, está surgiendo un corpus de obra más silencioso pero igualmente trascendental. Está liderado por oficinas pequeñas pero potentes que operan con recursos limitados, relaciones cercanas con sus clientes y una comprensión íntima de las condiciones locales.
El modernismo indio suele narrarse desde una perspectiva estrecha: un puñado de instituciones icónicas, maestros y maestras de la arquitectura y experimentos formalmente radicales que pasaron a simbolizar las aspiraciones de la nación tras su independencia. Sin embargo, esta versión de la historia pasa por alto un corpus mucho más amplio de arquitectura modernista que, de manera silenciosa, moldeó la vida cotidiana en todo el país. Más allá de los célebres campus y edificios canónicos, existe un vasto y disperso paisaje de bloques de viviendas, oficinas, residencias, hospitales, mercados y asentamientos planificados: estructuras diseñadas para funcionar y perdurar.
En toda Europa y más allá, los/las arquitectos/as se enfrentan a un punto de inflexión. A medida que las crecientes metas de reducción de emisiones chocan con el desabasto de materiales y la urgencia cada vez mayor de los compromisos climáticos, el entorno construido se ve obligado a reflexionar profundamente sobre cómo consume, circula y desecha sus recursos. Lo que alguna vez se consideró residuo se revela hoy como un archivo arquitectónico latente, un ecosistema urbano de materiales a la espera de ser recuperados, revalorizados o reimaginados. En medio de esta transición, los/las arquitectos/as comienzan a desempeñar un papel radicalmente distinto: no solo como diseñadores/as de edificios, sino también como orquestadores/as de los flujos que los sustentan.
Esta mentalidad emergente está transformando los cimientos de la práctica profesional. En lugar de depender de cadenas de suministro largas y extractivas, los equipos de diseño están empezando a construir sus propias redes de circuito cerrado: establecen bancos de materiales, negocian protocolos de deconstrucción y participan en nuevas formas de minería urbana.
Casa tradicional de bambú Mishing, Majuli. Foto de Rumi Borah. Licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International
A lo largo de las diversas geografías de la India, desde los remansos costeros hasta las ciudades fortaleza del desierto, la arquitectura evolucionó con una conexión profunda e instintiva con el clima. No se trataba de tradiciones artesanales aisladas, sino de sistemas ecológicos completos en los que los ciclos de materiales, el confort térmico y el conocimiento comunitario eran interdependientes. A medida que la COP30 dirige la atención mundial hacia los vínculos entre el patrimonio y la resiliencia climática, las prácticas vernáculas de la India se revelan no tanto como artefactos históricos, sino como tecnologías climáticas perfeccionadas a lo largo de los siglos.
El Castillo de Edimburgo en la capital de Escocia. Imagen de 瑞丽江的河水, vía Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Edimburgo, la capital de Escocia, ha sido reconocida desde hace tiempo por su rica historia cultural y su intrincado tejido urbano. La ciudad cobra vida en sus museos, sus viviendas colectivas tradicionales y los comercios que albergan sus edificios georgianos. En 2022, la revista Time Out clasificó a Edimburgo como la mejor ciudad del mundo, destacando su eficiencia en la cohesión comunitaria y en sistemas urbanos como el transporte público. No obstante, a medida que los efectos del cambio climático se hacen cada vez más visibles a escala urbana, la ciudad se enfrenta inevitablemente a un dilema urgente: cómo mantener esta calidad de vida bajo condiciones cada vez más complejas.
El camino hacia este equilibrio se articula a través de varias estrategias interconectadas, tales como la rehabilitación energética, la reutilización adaptativa, el diseño circular y la colaboración comunitaria; cada una de ellas contribuye a la evolución de la visión de Edimburgo hacia un futuro urbano sostenible.
En 2025, los proyectos de diseño más trascendentales de la India se desarrollaron, en su gran mayoría, fuera de la vista del público. Mientras la atención general se inclinaba hacia museos, hitos culturales y fachadas visualmente impactantes, la arquitectura que definió con mayor fuerza la vida cotidiana existía bajo tierra, en los límites de la ciudad o dentro de recintos resguardados a los que pocas personas entrarían jamás. Se reconstruyeron redes de alcantarillado, se excavaron túneles de inundación bajo barrios densos, se elevaron subestaciones sobre llanuras aluviales y se multiplicaron los centros de datos en los paisajes periurbanos. No se trataba de obras de ingeniería periféricas; eran los sistemas espaciales que permitieron a las ciudades indias seguir funcionando en medio de olas de calor históricas, monzones erráticos y un crecimiento urbano acelerado.
Fuerte de Mehrangarh, Jodhpur, Rajastán, India. Foto de Sanhitasinha. Licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International
Los palacios de la India y los antiguos almacenes coloniales son testigos de un nuevo tipo de restauración, una que ocurre bajo la superficie. Desde discretos soportes de acero ocultos tras centenarias mamposterías hasta sensores digitales integrados en techos con frescos, la tecnología está transformando silenciosamente la manera en que se protegen los edificios patrimoniales para el futuro. Estas mejoras apuestan más por la precisión sutil que por el espectáculo; son maravillas invisibles de la ingeniería.
A medida que el mundo avanza hacia la reutilización adaptativa, los/las arquitectos/as e ingenieros/as se enfrentan al desafío constante de garantizar la seguridad de las estructuras históricas para el acceso público, manteniendo al mismo tiempo la autenticidad de su arquitectura. Ya sea mediante la climatización eficiente de palacios o el refuerzo sísmico de almacenes victorianos, el objetivo va más allá de la preservación. Se trata de la coexistencia inteligente entre lo antiguo y lo nuevo.
Un bloque de viviendas en Nuevo Belgrado parece ordenado desde la distancia. Las losas de concreto se repiten con una consistencia disciplinada, las ventanas se alinean en cuadrículas medidas y los balcones se apilan con la confianza de un sistema seguro de sí mismo. No obstante, la cercanía altera esta interpretación. Un balcón aparece cerrado con acristalamiento de aluminio, otro suavizado por un sombreado improvisado. El aislamiento engrosa parte de una fachada, mientras que la ropa tendida enmarca otro extremo como si se tratara de un estudio de elevación accidental. El distrito todavía se lee como algo planificado, aunque la ocupación ha hecho que su orden sea menos uniforme. Dentro de ese orden, la repetición se ha ido reescribiendo paulatinamente a través de la ocupación.
El modernismo suele experimentarse a través de la forma construida, fachadas fotografiadas, planos canónicos o manifiestos de concreto. Para la mayoría de las personas, sin embargo, el primer encuentro fue mucho más inmediato: se trató de una silla en una oficina, un estante en una sala de estar, una unidad compacta que reorganizó la forma de sentarse, almacenar o dormir. Mucho antes de que la arquitectura moderna pudiera encargarse a gran escala, fue el mobiliario el que ingresó al espacio cotidiano, trayendo consigo una nueva lógica de habitar. La promesa del modernismo de transformar la vida se cumplió, a menudo, a través de estos objetos más pequeños y repetibles.
Para comprender este cambio, el mobiliario debe leerse como una forma condensada de arquitectura y no como mera decoración. Quienes diseñaban a principios del siglo XX lo abordaron precisamente de esta manera. Le Corbusier describió el mobiliario como équipement de l'habitation (equipamiento de la vivienda), situándolo dentro del sistema operativo del edificio en lugar de dejarlo fuera de este. Del mismo modo, la Bauhaus abordó las sillas y mesas como prototipos industriales, integrando principios de estandarización, eficiencia y producción en serie en su diseño. Como ha argumentado la historiadora de la arquitectura Beatriz Colomina, la arquitectura moderna no circuló únicamente a través de los edificios, sino mediante medios y objetos que tradujeron sus ideas a la vida cotidiana. El mobiliario se convirtió en arquitectura en miniatura: portátil, reproducible y capaz de reorganizar el espacio sin necesidad de reconstruirlo.