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Arquitectos: Ariel André-GOLEM
- Área: 960 m²
- Año: 2026


La arquitectura contemporánea ha aprendido a celebrar la materia viva. Paneles de micelio, sistemas de algas, muros vivos; hoy en día se da la bienvenida a la vida en los edificios, presentándola como innovación. Sin embargo, la misma disciplina que celebra estos organismos trata al moho como contaminación. Ambos procesos son biológicos. Ambos responden a la humedad, la temperatura y las condiciones de los materiales. La diferencia no es científica, sino que radica en qué formas de vida está dispuesta a aceptar la arquitectura y cuáles prefiere eliminar.
El moho no se limita a edificios abandonados o a interiores con un mantenimiento deficiente. Aparece en hogares, escuelas, oficinas, estructuras históricas y obras nuevas, en diversos climas y contextos. Esto hace que resulte difícil ignorarlo como un problema menor o aislado. Si el moho regresa constantemente, ¿qué nos está diciendo sobre los entornos que crean los edificios?

Lo que alguna vez fue un asentamiento najdi definido por muros de adobe y casas con patio, hoy Riad ha experimentado una de las transformaciones urbanas más radicales de los siglos XX y XXI. El descubrimiento de reservas de petróleo, la consolidación del poder político y la rápida expansión de la infraestructura remodelaron la ciudad, que pasó de ser una capital regional a convertirse en una metrópoli en constante crecimiento en casi una sola generación. Como resultado, el tejido urbano de Riad está marcado por discontinuidades, donde los fragmentos de arquitectura vernácula coexisten con el modernismo institucional de mediados de siglo y un perfil contemporáneo en rápida evolución.
En las últimas décadas, esta condición de estratificación se ha intensificado aún más debido a estrategias de desarrollo a gran escala y programas de inversión cultural que posicionan a la arquitectura como una herramienta para redefinir la identidad nacional. Firmas internacionales han desempeñado un papel decisivo en la configuración de instituciones, infraestructuras y puntos de referencia clave, mientras que las oficinas locales aportan cada vez más proyectos que reinterpretan el clima, la materialidad y el espacio social bajo un enfoque contemporáneo.

Tradicionalmente, la arquitectura se ha descrito como una disciplina preocupada por el espacio, la forma y la presencia material. Sin embargo, esta comprensión resulta cada vez más limitada al enfrentarse a las condiciones que configuran la construcción contemporánea. Los edificios ya no surgen de una relación estable entre sitio, programa y material. En cambio, se producen dentro de una densa red de sistemas tecnológicos que operan a través de escalas territoriales, ecológicas y temporales. Las redes de energía, las infraestructuras de datos, los procesos de extracción y la logística global configuran la arquitectura de manera tan decisiva como el clima o el contexto urbano.
Visto desde este prisma, la arquitectura es menos un objeto discreto que un momento dentro de un campo técnico más amplio. Las cadenas de suministro, los sistemas de datos, el mantenimiento automatizado y las redes de energía no se encuentran "detrás" del entorno construido. En cierto modo, influyen en lo que se puede construir, en lo que es asequible, en cómo se comportan los edificios a lo largo del tiempo y en qué tipo de residuos producen. Al evaluar la arquitectura principalmente a través de la forma, se corre el riesgo de pasar por alto los sistemas que condicionan su producción y su vida posterior.

Tras dos semanas y más de 85.000 nominaciones, ya se conocen los finalistas de los Premios Building of the Year de este año. La selección refleja fielmente a la audiencia de ArchDaily que la eligió: diversa en su geografía, generosa en ideas y precisa en sus intenciones. Con proyectos de 46 países, abarcando una gran variedad de tipologías y escalas, el conjunto ofrece una excelente instantánea del momento arquitectónico actual.
Te invitamos a tomarte un momento, explorar y votar por tus favoritos definitivos. A continuación, encontrarás a los 75 finalistas en sus respectivas categorías. La votación estará abierta hasta el 18 de febrero a las 18:00 EST. Muchas gracias; tu participación es fundamental para hacer de este el premio de arquitectura impulsado por la comunidad más grande del mundo.

La muerte es una certeza, pero su arquitectura nunca ha permanecido estática. Cada época y cultura ha inventado una manera distinta de situar a los muertos en el mundo (cerca o lejos, a la vista o resguardados, de forma monumental o casi anónima), y esas decisiones siempre han tenido un peso social y político. Los cementerios son los lugares donde ese peso se vuelve legible en el espacio, transformando creencias y normativas en límites, senderos y nombres.
En ese sentido, un cementerio se comporta como una pieza de construcción de ciudad. Requiere accesos, límites y un orden interno que pueda crecer sin perder claridad. Depende tanto de la gestión del suelo y del agua como del simbolismo, y de la administración tanto como de la forma. Sin embargo, su verdadero desafío arquitectónico consiste en cómo hacer legible un territorio extenso y en constante evolución, preservando al mismo tiempo la intimidad de la visita. Los nombres deben ser localizables; las rutas deben seguir siendo legibles; los árboles crecen, los senderos cambian, las piedras se desgastan y los registros se acumulan. Lo que parece inmutable es, en la práctica, un sistema vivo diseñado para ser usado y recorrido de nuevo, mucho después de que el primer duelo haya pasado.

La iluminación, ya sea natural o artificial, es uno de los elementos más importantes de la arquitectura, ya que impacta directamente en la percepción de los espacios en general. A partir de ella se comprende la relación entre dimensión, proporción y contrastes. A través de su acción podemos leer las texturas, definir volúmenes y enfatizar colores. Uno de los desafíos de la arquitectura es moldear espacios a partir de la luz y la sombra, por lo que a menudo resulta necesario llevar la iluminación más allá de lo natural, introduciendo y controlando otras fuentes de luz.

"Dancen, dancen... de lo contrario, estamos perdidos". Esta frase tantas veces citada de Pina Bausch sintetiza no solo la urgencia del movimiento, sino también su capacidad para revelar el espacio mismo. En sus coreografías, el espacio nunca es un telón de fondo neutro: se convierte en un interlocutor, un obstáculo, una memoria. Los suelos se inclinan, las sillas se acumulan, las paredes oprimen o liberan. Se trata de condiciones arquitectónicas, escenificadas y cuestionadas a través del cuerpo. Lo que Bausch expone —y lo que la arquitectura a menudo olvida— es que el espacio no se limita a construirse, sino que se performa. Su obra invita a quienes ejercen la arquitectura a pensar no solo en términos de materiales y formas, sino también de gestos, relaciones y ritmos. Sugiere que la arquitectura, al igual que la danza, consiste en última instancia en cómo habitamos, estructuramos y cargamos de emoción los espacios por los que nos movemos.
Históricamente, la arquitectura y la danza han operado en paralelo, moldeando la experiencia humana a través de la orientación del cuerpo en el espacio y el tiempo. Desde los rituales coreografiados de los templos clásicos hasta las lógicas axiales de los palacios barrocos, el espacio construido siempre ha implicado movimiento. La Bauhaus llevó esto más allá: el Ballet Triádico de Oskar Schlemmer visualizó el espacio como una extensión geométrica del cuerpo. No se trataba de escenografía, sino de pensamiento espacial hecho movimiento. Durante el siglo XX, figuras de la coreografía como William Forsythe y Anne Teresa De Keersmaeker integraron las limitaciones arquitectónicas en sus partituras, mientras que arquitectos y arquitectas como Steven Holl, Diller Scofidio + Renfro y Toyo Ito diseñaron edificios que se despliegan como secuencias espaciales, invitando al movimiento, la deriva y la pausa.

En medio de la retícula ordenada de los Giardini della Biennale, el Pabellón Suizo se muestra casi reservado. Sus bajos volúmenes blancos, terminados en 1952 por Bruno Giacometti, parecen distanciarse de la demostración de orgullo nacional que los rodea. El edificio encarna una vertiente del modernismo que se resiste a la monumentalidad, donde la precisión y la sobriedad reemplazan al espectáculo, y la arquitectura se convierte menos en un objeto y más en un marco para el encuentro.
Surgido de una Europa en plena reconstrucción, el pabellón refleja una época en la que las naciones reimaginaban su manera de presentarse ante el mundo. Para Suiza, la neutralidad había sido durante mucho tiempo tanto una postura política como una condición cultural, y Giacometti tradujo esta identidad en una secuencia de salas mesuradas dispuestas alrededor de un patio abierto, definidas no por lo que contienen, sino por cómo albergan la luz, el movimiento y la pausa. El resultado es una arquitectura que no proclama a viva voz su pertenencia, sino que invita a la atención a través del equilibrio y el cuidado.

Shenzhen es la primera Zona Económica Especial (ZEE) de China, y funciona como ventana para la Reforma y Apertura del país, además de ser una emergente ciudad de migrantes. Ha evolucionado hasta convertirse en una metrópolis internacional, moderna e influyente, creadora de la mundialmente famosa "Velocidad de Shenzhen" y acreedora al título de "Ciudad del Diseño". El diseño arquitectónico constituye la expresión más intuitiva del espíritu de integración e innovación de Shenzhen. Durante la última década (2015-2025), el desarrollo de la arquitectura urbana en Shenzhen se ha integrado estrechamente con su carácter urbano abierto e inclusivo, sus ventajas ecológicas de estar enclavada entre las montañas y el mar, y el espíritu local que fusiona la cultura tradicional con la tecnología innovadora, mostrando el encanto único y la sólida vitalidad de la ciudad a través de múltiples dimensiones.

Los debates recientes a nivel federal en los Estados Unidos en torno a la reclasificación de la arquitectura como un título que ya no ostenta un estatus profesional han intensificado la necesidad de articular con claridad el propósito y la estructura de los programas acreditados. Esta coyuntura política ha propiciado un escenario en el que la coherencia interna de los planes de estudio en arquitectura se cruza con cuestionamientos más amplios sobre el bienestar público, la responsabilidad técnica y los compromisos éticos que definen la competencia profesional. La educación arquitectónica en los Estados Unidos exige, por lo tanto, un análisis que reconozca tanto su lógica pedagógica interna como las presiones externas que moldean su recepción contemporánea.

A medida que el solsticio marca el día más corto del año en el hemisferio norte, también dirige la atención hacia algo con lo que la arquitectura ha dialogado durante mucho tiempo, pero que a menudo ha pasado por alto: el tiempo. Más allá de la forma o la función, los edificios y los espacios se ven continuamente moldeados por los ciclos de luz y oscuridad, los cambios estacionales y los ritmos ambientales que afectan la manera en que se habitan.
En los últimos años, un número creciente de proyectos arquitectónicos ha comenzado a trabajar explícitamente con estos ciclos. En lugar de diseñar espacios para que funcionen de una sola manera fija, los/as arquitectos/as están creando entornos que cambian a lo largo del día, las estaciones o en respuesta a fenómenos naturales como la trayectoria del sol, las fases lunares, los patrones del viento o los ritmos circadianos. Estos proyectos operan en diálogo con el tiempo, apareciendo, transformándose y activándose de manera diferente según las condiciones ambientales.

A medida que las ciudades continúan desarrollándose, somos testigos de enfoques cada vez más planificados, rigurosamente ejecutados y estrictamente regulados para dar forma a los centros urbanos y sus espacios circundantes, para bien y para mal. Conforme las normativas, restricciones y directrices mejoran y se vuelven más estrictas, los entornos urbanos se tornan más seguros, equilibrados y menos propensos a lo imprevisto. No obstante, la otra cara de la moneda es que los distritos altamente planificados pueden derivar hacia un exceso de orden e higienización, perdiendo ese carácter caótico y acumulativo que alguna vez generó callejones, espacios residuales y secuencias de movimiento inesperadas; condiciones que a menudo nacen de la constante improvisación comunitaria en las zonas grises de la regulación.
Ante este escenario, un número creciente de iniciativas en todo el mundo propone instalaciones urbanas temporales que ponen a prueba futuros alternativos para la ciudad. Estas obras buscan provocar un diálogo entre lo que la ciudad es y lo que podría ofrecer a sus comunidades a través de prácticas espaciales reflexivas y específicas para cada contexto. Un ejemplo destacado es Concéntrico, el festival internacional de Logroño (España), concebido como un laboratorio de innovación urbana. En el marco de su décima edición, el festival está por publicar Concéntrico: Laboratorio de innovación urbana, un libro que recorre una década de diseño urbano y transformación colectiva moldeados a lo largo de sus sucesivas ediciones. Su lanzamiento coincide con una gira internacional diseñada para compartir una década de aprendizajes sobre el diseño y la transformación colectiva.

Durante siglos, la infraestructura a gran escala operó en un segundo plano. Los puertos, las centrales eléctricas y las instalaciones de energía se ubicaban en las periferias urbanas, diseñados principalmente en función de la eficiencia y rara vez considerados parte de la vida cívica. Aunque su función era indispensable, su presencia arquitectónica seguía siendo secundaria. Estas estructuras daban soporte al crecimiento urbano y al intercambio global, al tiempo que mantenían una distancia espacial respecto a la experiencia urbana cotidiana.
Hoy en día, esta condición se está transformando paulatinamente. A medida que el comercio global se intensifica y los sistemas energéticos ganan en complejidad, los edificios que coordinan y albergan estas redes cobran una mayor visibilidad dentro del paisaje urbano. En lugar de permanecer como contenedores neutros de operaciones técnicas, comienzan a reivindicar una identidad espacial. La infraestructura ya no es meramente operativa; adquiere, cada vez más, un carácter institucional, simbólico y urbano. Así, la arquitectura que sustenta estos sistemas ahora participa activamente en la forma en que las ciudades se proyectan a sí mismas.

Los sitios patrimoniales constituyen complejos archivos espaciales en los que convergen la arquitectura, la historia y la memoria colectiva. Abarcan un amplio espectro de contextos: desde restos arqueológicos, paisajes urbanos antiguos e históricos y paisajes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, hasta estructuras cívicas de principios de la era moderna e infraestructuras industriales. Sin embargo, estos entornos se enfrentan a diversos desafíos: el cambio climático, la transformación urbana, los desastres, las cambiantes necesidades sociales y la erosión gradual de su tejido material. Los proyectos de revitalización y restauración responden a estas condiciones al posicionar la práctica arquitectónica y espacial como un mediador activo entre la preservación y las topologías contemporáneas.
En la práctica actual, la conservación se entiende como un proceso creativo de adaptación y reinterpretación que beneficia tanto a las comunidades como a sus habitantes. Al mismo tiempo, la arquitectura monumental sigue definiendo la identidad y el paisaje de un lugar para un público más amplio y para las generaciones futuras. Quienes ejercen la arquitectura y la planificación tienen el desafío de dialogar con contextos históricos sensibles, al tiempo que introducen nuevos programas, técnicas y experiencias espaciales. De este modo, ejemplifican diversos enfoques de diseño, que abarcan desde intervenciones estructurales precisas, estrategias adaptadas al clima y una meticulosa restauración material, hasta la cuidadosa inserción de nuevos elementos arquitectónicos. De igual importancia es su compromiso con el conocimiento vernáculo y la materialidad, lo que preserva la identidad local y la especificidad cultural de cada sitio.
