
La arquitectura contemporánea ha aprendido a celebrar la materia viva. Paneles de micelio, sistemas de algas, muros vivos; hoy en día se da la bienvenida a la vida en los edificios, presentándola como innovación. Sin embargo, la misma disciplina que celebra estos organismos trata al moho como contaminación. Ambos procesos son biológicos. Ambos responden a la humedad, la temperatura y las condiciones de los materiales. La diferencia no es científica, sino que radica en qué formas de vida está dispuesta a aceptar la arquitectura y cuáles prefiere eliminar.
El moho no se limita a edificios abandonados o a interiores con un mantenimiento deficiente. Aparece en hogares, escuelas, oficinas, estructuras históricas y obras nuevas, en diversos climas y contextos. Esto hace que resulte difícil ignorarlo como un problema menor o aislado. Si el moho regresa constantemente, ¿qué nos está diciendo sobre los entornos que crean los edificios?






















