Oficina en Sanno / Studio Velocity. Imagen cortesía de Studio Velocity
A lo largo de la historia, la arquitectura y el entorno construido han insistido en crear superficies planas y duras. En épocas anteriores, caminar por un suelo sin pavimentar significaba calzado lleno de lodo, pasos inestables, riesgos de tropiezos, agua estancada después de la lluvia y un alto mantenimiento. Por ello, al dar forma a las ciudades, priorizamos un plano horizontal de referencia liso, continuo y sólido. Los beneficios son reales: un caminar más fácil, una limpieza más sencilla y una distribución espacial directa; después de todo, el mobiliario, el equipamiento y las tabiquerías prefieren una base nivelada. Esta preferencia universal por construir sobre terreno plano sigue siendo la norma y, por muchas razones prácticas, es probable que lo siga siendo.
Lo que se reconoce menos es que crear una superficie verdaderamente plana es sorprendentemente difícil, y muchos pisos "planos" bien ejecutados no lo son en absoluto. Con frecuencia suelen estar ligeramente inclinados, calibrados con gradientes precisos para el drenaje. Si bien los espacios interiores no siempre lo requieren, muchas plantas bajas y zonas húmedas sí incorporan inclinaciones sutiles como medida de protección, ya sea ante inundaciones menores o para gestionar el agua que se desborda de la calle o de las tuberías cuando falla alguno de los sistemas de desagüe.
La arquitectura nunca se ha limitado al acto de construir. Constantemente negocia entre la práctica material y la reflexión intelectual; sin embargo, a lo largo de los siglos XX y XXI, muchos/as arquitectos/as sintieron que el proyecto construido por sí solo resultaba insuficiente para abordar el espectro completo de cuestionamientos que enfrentaba la disciplina. Las presiones económicas, los contextos políticos y las exigencias programáticas solían acotar el alcance de la práctica profesional.
Las exposiciones y las plataformas curatoriales, por el contrario, crearon espacios de experimentación y crítica, abriendo escenarios donde la arquitectura podía interrogarse a sí misma, donde su pasado podía ser reinterpretado, su presente cuestionado y su futuro proyectado. En medio de esta tensión emergió la figura del/de la arquitecto/a-curador/a, que asumió la curaduría misma como una forma de diseño: no de muros ni fachadas, sino de discursos, narrativas y marcos de significado.
El hábito de sentarse a la mesa y compartir un momento específico con otras personas ha estado presente durante siglos en las más diversas culturas. El simposio griego, el convivium romano, los banquetes y festines medievales y los salones parisinos son solo algunos ejemplos de cómo esta costumbre se construyó históricamente y ha sido relevante en negociaciones sociales y políticas, discusiones intelectuales y debates filosóficos.
La comensalidad suele funcionar como un ritual para estrechar lazos, negociar y celebrar acontecimientos importantes. En muchas culturas hispanohablantes, el tiempo que transcurre después de comer, en el que toda la familia permanece sentada conversando, está tan arraigado que existe una palabra específica para definirlo: sobremesa (que literalmente se traduce como "sobre la mesa", aunque en la práctica refiere a la conversación posterior a la comida). Sin embargo, a pesar de asociarse frecuentemente con el hecho de compartir alimentos, la mesa puede considerarse una plataforma flexible abierta a múltiples posibilidades de apropiación e interacción.
El primer lunes de octubre se celebra el Día Mundial de la Arquitectura. Este año, la Unión Internacional de Arquitectos (UIA) ha establecido el tema "Diseño para la Fortaleza", un poderoso llamado a la acción que resuena profundamente con el enfoque de la ONU sobre la respuesta a crisis urbanas. En un mundo que enfrenta interrupciones ambientales y sociales sin precedentes, este tema nos desafía a ir más allá de soluciones temporales. Cabe preguntarse, ¿cómo pueden nuestros edificios y ciudades no solo resistir los impactos, sino también fomentar la equidad, la continuidad y la resiliencia?
Aunque el concepto de fortaleza en arquitectura puede evocar fácilmente imágenes de concreto reforzado y acero, está surgiendo una interpretación más profunda, una que define la fortaleza no como mera rigidez, sino como una capacidad holística para resistir y adaptarse. Esto incluye muchas facetas, desde la resiliencia ecológica y el cuidado hasta los conceptos duraderos de resiliencia social o la conservación de estructuras urbanas existentes, todas contribuyendo a un entorno construido más capaz de responder a la multitud de crisis que enfrentan las ciudades en todo el mundo.
La arquitecta francolibanesaLina Ghotmehha sido incluida en la lista TIME100 Next 2025, un ranking anual de líderes e innovadores emergentes de diversas disciplinas. Reconocida por su enfoque sensible al contexto y la materialidad, Ghotmeh ha consolidado un portafolio internacional que tiende puentes entre la tradición y la modernidad. En su perfil de TIME, escrito por el arquitecto danés Bjarke Ingels, se destaca a Ghotmeh por combinar la conciencia histórica con una experimentación orientada al futuro. Este reconocimiento la posiciona como la única arquitecta en la lista de este año, lo que resalta la presencia continua de las voces del diseño en un ranking que suele abarcar el entretenimiento, la política, la ciencia y los negocios.
El sector inmobiliario y quienes formulan las políticas urbanas catalogan cada vez más sus proyectos como temporales, implementando proyectos piloto de parques emergentes, instalaciones artísticas y estructuras provisionales en ciudades de todo el mundo. Estas iniciativas suelen presentarse como intervenciones experimentales que activan espacios vacíos. Sin embargo, en la práctica, con frecuencia funcionan como estrategias provisionales para gestionar terrenos subutilizados hasta que se materialicen formas de desarrollo más rentables. La etiqueta de "temporal" opera así como un camuflaje urbano que oculta agendas permanentes detrás de una retórica provisional.
"Dancen, dancen... de lo contrario, estamos perdidos". Esta frase tantas veces citada de Pina Bausch sintetiza no solo la urgencia del movimiento, sino también su capacidad para revelar el espacio mismo. En sus coreografías, el espacio nunca es un telón de fondo neutro: se convierte en un interlocutor, un obstáculo, una memoria. Los suelos se inclinan, las sillas se acumulan, las paredes oprimen o liberan. Se trata de condiciones arquitectónicas, escenificadas y cuestionadas a través del cuerpo. Lo que Bausch expone —y lo que la arquitectura a menudo olvida— es que el espacio no se limita a construirse, sino que se performa. Su obra invita a quienes ejercen la arquitectura a pensar no solo en términos de materiales y formas, sino también de gestos, relaciones y ritmos. Sugiere que la arquitectura, al igual que la danza, consiste en última instancia en cómo habitamos, estructuramos y cargamos de emoción los espacios por los que nos movemos.
Históricamente, la arquitectura y la danza han operado en paralelo, moldeando la experiencia humana a través de la orientación del cuerpo en el espacio y el tiempo. Desde los rituales coreografiados de los templos clásicos hasta las lógicas axiales de los palacios barrocos, el espacio construido siempre ha implicado movimiento. La Bauhaus llevó esto más allá: el Ballet Triádico de Oskar Schlemmer visualizó el espacio como una extensión geométrica del cuerpo. No se trataba de escenografía, sino de pensamiento espacial hecho movimiento. Durante el siglo XX, figuras de la coreografía como William Forsythe y Anne Teresa De Keersmaeker integraron las limitaciones arquitectónicas en sus partituras, mientras que arquitectos y arquitectas como Steven Holl, Diller Scofidio + Renfro y Toyo Ito diseñaron edificios que se despliegan como secuencias espaciales, invitando al movimiento, la deriva y la pausa.
En el diseño contemporáneo de jardines de niños en Japón y China, los equipos de arquitectura están transformando los espacios interiores, pasando de ser un simple contenedor a convertirse en un entorno multisensorial activo. Este cambio parece alinearse con estudios en psicología del desarrollo que sugieren que la experiencia espacial de los niños y las niñas comienza con una interacción sensorio-motriz a través del tacto y la manipulación. Por lo tanto, se hace un fuerte énfasis en el uso de materiales y en el enfoque del aprendizaje a través del juego. Los equipos de arquitectura parecen ir más allá de las aulas tradicionales para dar paso a entornos táctiles, estimulantes y arraigados en sus contextos específicos. Los edificios mismos se convierten en herramientas pedagógicas, incentivando a la niñez a aprender y explorar mediante una interacción física directa.
En una época de colapso ecológico y creciente inseguridad alimentaria, la arquitectura se ve cada vez más llamada a comprometerse no solo con los paisajes, sino también con los sistemas que los sostienen y regeneran. Entre estos sistemas, la agricultura ocupa un papel paradójico, al ser tanto uno de los principales factores de la degradación ambiental como un agente potencial de recuperación ecológica. La agricultura industrial ha agotado los suelos, fragmentado los hábitats y acelerado el cambio climático a través de los monocultivos, la dependencia de los combustibles fósiles y la estandarización territorial. Como respuesta, la agroecología ha surgido como una práctica alternativa arraigada en la biodiversidad, los saberes locales y los ritmos cíclicos de la naturaleza. Esta disciplina redefine la agricultura no como una actividad extractiva, sino como la regeneración de los ecosistemas, las comunidades y el suelo mismo.
Esta nueva perspectiva abre un espacio para que la arquitectura realice una contribución significativa. Alinearse con la agroecología no significa únicamente apoyar la producción de alimentos, sino también comprometerse con las condiciones culturales, espaciales y ecológicas más amplias que la sostienen. Esto implica diseñar considerando las variaciones estacionales, fomentar el uso compartido y construir de manera que se respete tanto a la tierra como a quienes la trabajan. Así, la arquitectura va más allá del simple cerramiento: se convierte en un mediador del cultivo, la reciprocidad y la coexistencia.
Studio Gang es una oficina de arquitectura y diseño urbano fundada en 1997 por Jeanne Gang y con sede en Chicago, con oficinas adicionales en Nueva York, San Francisco y París. Integrado por más de 100 profesionales de la arquitectura, el diseño y la planificación urbana, el estudio es conocido por su enfoque de diseño basado en la investigación. El viernes 11 de julio, el Aedes Architecture Forum de Berlín inaugurará una exposición sobre el trabajo de Studio Gang, organizada en colaboración con la revista AW Architektur & Wohnen. Bajo el título Studio Gang: The Art of Architectural Grafting, la muestra explora la metodología de diseño de la oficina a través de seis proyectos recientes.