
Durante mucho tiempo, la tradición filosófica occidental ha situado a la cultura en oposición a la naturaleza. Este pensamiento dual ha moldeado el canon de las ciencias y las humanidades, y la arquitectura no ha sido la excepción. Bajo esa lógica, todo lo que no es humano existe para ser explotado por el ser humano y recibe el nombre de "recurso natural". Esta mentalidad extractivista ha moldeado el desarrollo de muchas partes del mundo en los últimos siglos, dejando huellas profundas —a veces irreparables— en el planeta. Sin embargo, siempre han existido otras formas de habitar. Desde las prácticas religiosas de África occidental basadas en el animismo hasta las ciencias herbolarias de quienes custodian la Jurema Sagrada en Brasil; desde las comunidades indígenas en la India cuyo ritmo de vida refleja los monzones, hasta los inuit del Ártico que pueden ver decenas de tonalidades de blanco: entre los seres humanos y la naturaleza no hay distinción, lo que existe es la vida.
Pensadores y pensadoras contemporáneos llevan este debate a los ámbitos de la filosofía y, más específicamente, de la arquitectura. Donna Haraway, Antônio Bispo dos Santos, Achille Mbembe y Beatriz Colomina son solo algunas de las figuras cuyo trabajo ha ayudado a expandir la estrecha perspectiva occidental, arrojando luz sobre formas alternativas de convivencia —con otros seres humanos y más que humanos— en este planeta.

































