Jane Drew y Maxwell Fry con una maqueta de uno de sus muchos edificios para la Costa de Oro, 1945. / Modernismo Tropical: Arquitectura e Independencia en el V&A South Kensington. Imagen cortesía de RIBA
Al reflexionar sobre el año 2024, numerosas exposiciones de arquitectura abrieron sus puertas en todo el mundo para abordar diversos temas, formatos de exhibición y figuras destacadas de la arquitectura. El diseño y la práctica de la arquitectura influyen en nuestra vida cotidiana de formas sutiles y a menudo imperceptibles, en las que las personas usuarias finales aceptan los entornos construidos tal como son. Esta reacción puede surgir de una combinación de factores, como la sensación de impotencia para realizar cambios significativos una vez construido un edificio, o la experiencia de crecer en entornos sobre cuya configuración las personas tuvieron poca o ninguna capacidad de incidir. Por tales motivos, las exposiciones de arquitectura cumplen un propósito fundamental, al ofrecer a la sociedad la oportunidad de hacer una pausa, reflexionar y examinar de manera crítica la multiplicidad de problemáticas que surgen durante el diseño y la construcción. Estos temas suelen pasarse por alto o bien requieren ser reconocidos, ya que quienes ejercen la profesión a menudo priorizan la entrega de proyectos dentro de plazos estrictos antes que adentrarse en reflexiones más profundas.
En 2024, museos, galerías y equipos curatoriales respondieron a los constantes desafíos del entorno construido mediante diversos enfoques. Algunas exposiciones cuestionaron la ética de los materiales de construcción y las prácticas detrás de las cadenas de suministro, llamando la atención sobre las implicaciones más amplias de la selección de materiales. Otras se enfocaron en documentar movimientos arquitectónicos de todo el mundo, destacando su importancia cultural e histórica, así como la necesidad urgente de preservarlos y adaptarlos en lugar de reemplazarlos por construcciones completamente nuevas. Estos esfuerzos ponen de relieve el papel de las exposiciones a la hora de concientizar sobre problemáticas urgentes, al tiempo que fomentan un diálogo más crítico en torno a la disciplina arquitectónica.
Los proyectos de infraestructura a gran escala suelen tener como objetivo conectar ubicaciones distantes dentro de las áreas urbanas, facilitando un transporte, una logística y actividades comerciales más rápidos a lo largo de sus rutas. Sin embargo, aunque estos proyectos vinculan destinos lejanos, su imponente presencia física puede afectar significativamente a las comunidades locales. Esto puede provocar la desconexión y fragmentación de barrios que antes estaban integrados, la alteración de los espacios públicos y, en general, experiencias negativas al aire libre debido al ruido, la contaminación y la falta de atención y mantenimiento de estas infraestructuras.
No obstante, diversos proyectos exitosos del entorno construido han logrado reintegrar infraestructuras conflictivas a la comunidad mediante un diseño reflexivo de los espacios al aire libre; la Coulée verte René-Dumont de París es uno de los primeros ejemplos y el High Line de Nueva York, uno de los más destacados. El High Line demuestra cómo los proyectos al aire libre bien concebidos pueden mitigar la alienación causada por las grandes infraestructuras, fomentar la reconexión comunitaria, funcionar como centros culturales y económicos e incluso impulsar la revitalización económica, como ocurrió en Hudson Yards.
Nuestra sociedad contemporánea ha sido testigo de un auge en la construcción de rascacielos en centros urbanos de todo el mundo por diversas razones; entre ellas, los avances en ingeniería, la creciente densidad urbana, la escasez de espacio y, posiblemente, una competencia constante por construir las estructuras más altas. Sin embargo, el atractivo de las fachadas totalmente acristaladas y la búsqueda de muros cortina con paneles de vidrio continuo cada vez más grandes a menudo han ido en detrimento de la funcionalidad.
En estas torres, las ventanas operables se sacrifican en favor de la estética y las vistas panorámicas, mediante una distribución de núcleo central que maximiza las visuales de 360 grados pero que, al mismo tiempo, crea verdaderos "monstruos arquitectónicos de ganancia de calor solar". Al carecer de ventilación natural o cruzada, estos rascacielos de vidrio atrapan una cantidad significativa de radiación solar en los espacios habitables, dependiendo casi exclusivamente de sistemas mecánicos de climatización (HVAC) para enfriar los ambientes. Esto plantea una interrogante: ¿está quedando obsoleta la estrategia de ventilación pasiva en el diseño de gran altura, o es posible integrar eficazmente sistemas operables en nuestras torres de alta tecnología?
A medida que dejamos atrás el Día de Acción de Gracias y nos adentramos en diciembre, la temporada festiva se acerca rápidamente. Esta época del año pone en marcha celebraciones, vacaciones y planes de viaje en su máxima expresión. Particularmente en el hemisferio norte, existe una estrecha relación entre las festividades de fin de año y el clima frío y nevado.
Entre las muchas tradiciones que celebran la temporada, una de las más desafiantes a nivel logístico y arquitectónico es la instalación del colosal árbol de Navidad del Rockefeller Center en la ciudad de Nueva York. Este espectáculo que implica trasladar un árbol de más de 21 metros de altura y más de 10 toneladas a uno de los centros urbanos más transitados del mundo continúa capturando el espíritu festivo año con año.
La sobreprovisión puede entenderse como una estrategia arquitectónica desde la perspectiva de la resiliencia, que consiste en hacer que los espacios sean adaptables a los cambios, las reinterpretaciones y las necesidades futuras. Sin embargo, ¿podría la sobreprovisión ofrecer también una perspectiva productiva para replantear el diseño espacial? ¿Existen paralelismos en la teoría o la práctica de la arquitectura que se alineen con este concepto, tal como lo han explorado figuras notables en el discurso sobre el espacio?
Esta cuestión adquiere una relevancia particular en el diseño residencial, especialmente en regiones como Hong Kong o Tokio, donde la exigencia de maximizar el espacio constituye una norma tanto cultural como práctica. Con frecuencia, a los/las diseñadores/as se les encomienda la tarea de "aprovechar cada centímetro" para almacenamiento o funcionalidad, lo que refleja una tendencia de los/las habitantes a acumular pertenencias de manera desproporcionada en relación con sus espacios habitables.
En el siglo XXI, el vidrio se ha convertido en un material fundamental para la arquitectura. Si bien en el pasado su uso se limitaba a vanos y aberturas, hoy en día domina fachadas enteras, especialmente en edificios de gran altura donde se prefieren los revestimientos transparentes para maximizar las vistas. Los avances tecnológicos del vidrio han sido notables, transitando desde paneles de un solo vidrio —como los utilizados en las carpinterías de hierro de la Bauhaus— hasta los sistemas actuales de triple vidriado con cámaras de gas especializado, como el argón, diseñados para mitigar sus históricas limitaciones térmicas.
¿De qué manera la arquitectura y el diseño de edificios se han adaptado a usos futuros imprevistos? A medida que las ciudades evolucionan, sus necesidades edilicias cambian inevitablemente. Los edificios pueden transitar entre funciones culturales, comerciales, industriales y de oficinas, según la identidad y la actividad económica de cada ciudad. En un mundo cada vez más dinámico y acelerado, resulta fundamental reflexionar sobre los desafíos que enfrentan las estructuras estáticas cuando deben responder a nuevas demandas. Las ciudades han reconvertido estas estructuras estáticas de formas que no se previeron en su diseño original, sumando numerosos casos de éxito en la reutilización de edificios industriales. A diferencia de las estructuras proyectadas bajo criterios de flexibilidad, la mayoría de las instalaciones fabriles no se concibieron originalmente para albergar múltiples usos. Sin embargo, ¿cómo han aprovechado estos espacios las ciudades, las comunidades y sus ocupantes, y cuáles son los retos que implica transformar el uso existente de un edificio?
En el ámbito de la arquitectura y el diseño, se suelen identificar dos enfoques constructivos principales: la construcción sólida frente a la construcción hueca. Estos métodos varían significativamente según la cultura y la región, de manera específica en los sistemas de tabiquería interior, aun cuando a primera vista parezcan intercambiables. Cada uno cuenta con prácticas consolidadas que reciben la influencia de los materiales locales, las preferencias de la mano de obra, las condiciones climáticas y las tradiciones culturales. Cuando los/las arquitectos/as y diseñadores/as se enfocan únicamente en su contexto local, es fácil que pasen por alto premisas constructivas más amplias, lo que termina por limitar la flexibilidad y la metodología de diseño. Esto plantea una interrogante fundamental: ¿en qué se diferencian realmente ambos enfoques constructivos?
Si nos enfocamos principalmente en los sistemas interiores, las diferencias entre la construcción sólida y la hueca se derivan, en gran medida, de la disponibilidad de materiales y de las preferencias de la mano de obra. Por ejemplo, en Estados Unidos y Japón, los tabiques de entramado —ya sea de madera o de metal— son frecuentemente utilizados para la división de espacios. Por el contrario, el ladrillo sigue siendo el material predominante para los muros divisorios en regiones como Hong Kong y el sur de China. ¿Por qué construimos de manera tan distinta y cuáles son los beneficios y desafíos de cada metodología?
A medida que las grandes ciudades continúan desarrollándose, nos enfrentamos a desafíos intrigantes en torno a la preservación y el reúso adaptativo de edificios, sitios y objetos significativos. Esto plantea una cuestión compleja que involucra la historia política, la teoría de la arquitectura y el significado cultural. El reúso adaptativo va más allá de los diseños arquitectónicos y espaciales; permite a las ciudades y comunidades reflexionar, reevaluar y reinterpretar su historia desde diferentes perspectivas. No obstante, a diferencia de los libros y las palabras, los edificios no siempre resisten el paso del tiempo para servir como evidencia de primera mano de las historias que albergan. ¿Cómo deberíamos cuestionarnos qué preservar y qué demoler? ¿Cómo pueden involucrarse las comunidades en la restauración o adaptación activa de los edificios históricos?
En 2024, se ha explorado de manera integral una amplia variedad de temas, algunos enfocados específicamente en los detalles arquitectónicos y los sistemas constructivos. Estos artículos ofrecen una valiosa perspectiva sobre aspectos técnicos y funcionales de la arquitectura que suelen pasarse por alto. Al desviar la atención de la estética, los materiales y la volumetría espacial, revelan la importancia de los detalles intrincados y de los sistemas constructivos que sustentan la visión arquitectónica general de los proyectos contemporáneos.
La ejecución de estos elementos, en apariencia menores, es fundamental para definir cómo se percibe y se experimenta la arquitectura. Especificar y dibujar un detalle cuidadosamente diseñado no difiere mucho de determinar el tornillo adecuado al fabricar un auto —su paso de rosca, material y longitud—; puede influir de manera drástica no solo en el éxito de un diseño arquitectónico, sino también en la calidad de la experiencia humana que este propicia. Estos detalles, aunque a menudo se descartan por considerarse triviales y no siempre figuran entre los rasgos más reconocibles de los proyectos más destacados, tienen un impacto profundo en la cohesión y funcionalidad de las obras de arquitectura.
En los últimos años, los acabados de materiales continuos que envuelven los espacios interiores han cobrado un protagonismo cada vez mayor, en especial en entornos comerciales enfocados en el branding. Un interior continuo se refiere al uso de materiales que típicamente se aplican en estado líquido y luego se curan para crear superficies homogéneas y sin interrupciones, lo que elimina la apariencia de juntas y uniones, al menos durante la aplicación inicial. Actualmente, una gama cada vez más amplia de productos ofrece diversas opciones de color, texturas y propiedades prácticas, lo que aporta una mayor versatilidad a estos acabados. Curiosamente, el efecto estético de tales interiores se asemeja de manera sorprendente al auge del software de renderizado 3D, donde el aspecto fluido y continuo evoca los espacios pulidos e idealizados propios de las representaciones digitales. Este efecto también contribuye a una sensación de pérdida de escala, ya que la ausencia de juntas o uniones visibles dificulta percibir el tamaño real de un espacio, lo que suele generar la ilusión de que el interior es más amplio de lo que en realidad es.
En Delirious New York, Rem Koolhaas describe vívidamente el Downtown Athletic Club, un ejemplo sorprendente de cómo el exterior sobrio de un edificio puede ocultar una vibrante mezcla de programas distintos e independientes. En el interior de la fachada uniforme de este rascacielos, un club deportivo privado alberga una gama ecléctica de instalaciones —gimnasios de boxeo junto a bares de ostras y campos de golf interiores debajo de piscinas—, todas segregadas pero sumamente accesibles. El Downtown Athletic Club personificaba el dinamismo de los rascacielos de Nueva York de la época, exhibiendo la emoción del capitalismo a través de un mundo selectivo y orientado hacia el interior, de ocio y privilegios para un grupo selecto. Esta "máquina de programas" funcionaba de manera independiente de la ciudad exterior, como un ecosistema aislado dentro de sus propios muros. No obstante, cabe preguntarse: ¿podría un modelo similar, diseñado para el uso público, generar una experiencia comunitaria y barrial más inclusiva y vibrante? De este modo, se activaría el edificio desde su interior en lugar de servir únicamente a las élites, influyendo y transformando a su vez el tejido y las formas urbanas a su alrededor. En Hong Kong, se puede trazar un paralelismo lejano con los Edificios de Servicios Municipales (MSB, por sus siglas en inglés): estructuras financiadas con fondos públicos que sirven a la comunidad integrando diversas funciones dentro de una sola y vasta masa edificada, de manera muy similar al Downtown Athletic Club.
"Para 2050, casi todos los niños y niñas del mundo —cerca de 2.200 millones— estarán expuestos a olas de calor frecuentes". La advertencia de UNICEF suele leerse como un pronóstico de salud pública, pero también representa un desafío para la arquitectura y la forma en que se construyen las ciudades. A medida que el calor extremo se intensifica en Asia, Europa y más allá, el confort térmico no debería reducirse a un simple servicio interior provisto por máquinas. El aire acondicionado se ha convertido en un sistema de soporte vital para muchas ciudades, especialmente en regiones densas, húmedas y en rápido proceso de urbanización. No obstante, depender de él como respuesta predeterminada equivale a tratar el calor como algo que simplemente se puede trasladar a otra parte (generando calor adicional en el proceso): expulsado de los interiores hacia las calles, los callejones de servicio, las redes de energía y la atmósfera. Su expansión incrementa la demanda energética, produce calor residual y refuerza la desigualdad en el acceso al confort.
El calor, sin embargo, no se limita al cuerpo humano. Reorganiza el ecosistema urbano en su totalidad: los árboles luchan contra el suelo compactado y los pavimentos radiantes; las aves y los insectos pierden su hábitat cuando la vegetación se reduce a un elemento decorativo; los sistemas acuáticos se calientan, la vida microbiana se altera y los materiales absorben y liberan calor mucho después del atardecer. El calor no es meramente un problema climático del que se deba huir hacia los interiores. Es un agente urbano que redefine el espacio público, el trabajo, la movilidad, la vegetación, la elección de materiales y las frágiles relaciones entre la vida humana y la no humana.
A medida que la inteligencia artificial continúa disrumpiendo sectores de la economía y reconfigurando industrias enteras, tanto las instituciones como los individuos se preparan —y se adaptan rápidamente— a los cambios que las máquinas parecen imponer sobre nuestras cabezas. Sin embargo, la presión más precisa no proviene simplemente de la IA alterando la forma en que las personas trabajan y viven, sino de los modelos de negocios y las lógicas de inversión de las empresas que desarrollan estos sistemas: la concentración del capital, los nuevos requerimientos de procesamiento de datos, la carrera por el talento especializado y la huella de infraestructura necesaria para sostenerlo. En la Gran Bahía (GBA) —articulada por Cantón, Shenzhen y Hong Kong— esta dinámica es especialmente pronunciada. Las iniciativas gubernamentales están acelerando activamente el crecimiento del sector, mediante políticas y mecanismos de planificación que comienzan a traducir un campo ostensiblemente intangible en formas físicas: actualizaciones de zonificación, asignación de terrenos y el surgimiento de tipologías edilicias orientadas a la IA, desde laboratorios de investigación hasta centros de datos a gran escala.
Existe una creciente conciencia sobre la sostenibilidad—y el costo ambiental de demoler prematuramente edificios seguros y estructuralmente sólidos solo para reemplazarlos con nuevas construcciones. En la carrera más amplia por reducir las emisiones de carbono, las corporaciones e instituciones están poniendo mayor énfasis en el desempeño ESG (impacto ambiental, responsabilidad social y gobernanza). Muchos ahora requieren contabilidad de carbono, establecen objetivos de "neutralidad de carbono", o compran créditos de carbono para compensar sus huellas.
Este cambio, junto con una ola de proyectos ejemplares de reutilización adaptativa en todo el mundo—el Tai Kwun de Herzog & de Meuron en Hong Kong, Powerhouse Arts en Brooklyn, The Ned Doha de David Chipperfield, y las transformaciones de fábricas de Xu Tiantian, canteras, y fortalezas de tierra apisonada en China—ha acelerado una seria reconsideración de la reutilización como una estrategia de desarrollo primaria. Sin embargo, a pesar de sus muchos beneficios, la reutilización adaptativa aún no es tan predominante como podría ser. ¿Por qué y cuáles podrían ser los principales obstáculos y tensiones?
Históricamente—al igual que otras formas culturales—la arquitectura ha sido documentada, compartida y promovida principalmente a través de la impresión. Libros, revistas y periódicos llevaron los argumentos e imágenes de la disciplina, y debido a que la práctica arquitectónica depende en gran medida de la comunicación visual, las revistas impresas crearon un puente entre las publicaciones académicas y las revistas comerciales. A lo largo de las décadas posteriores a la guerra, volúmenes bellamente producidos curaron un punto de vista colectivo, señalando lo que el campo consideraba en términos generales digno de discusión o ejemplar.
A través de los principales centros culturales, un puñado de publicaciones moldeó este discurso: sus perspectivas eran típicamente sofisticadas, profesionales y cuidadosamente editadas—destilando una producción global indisciplinada en una pequeña constelación de proyectos notables. El sistema privilegiaba ciertas prácticas y geografías, pero también amplificaba la arquitectura para audiencias más amplias. Los edificios comenzaron a instalarse en la imaginación pública; los viajes culturales—viajes realizados expresamente para experimentar la arquitectura—pasaron de ser una rareza a convertirse en un ritual.
Cuando pensamos en las ciudades y la vida urbana, solemos enfocarnos en la infraestructura, la cultura, el comercio, la vida nocturna y la densidad. En las metrópolis donde parece existir una oferta infinita de actividades —sobre todo para adultos—, el juego rara vez entra en la conversación. Sin embargo, jugar debería considerarse una parte vital de la vida urbana. El juego influye directamente en cómo imaginamos y construimos las ciudades del futuro, comenzando por la manera en que los niños interactúan con su entorno. La experiencia de jugar —y, más específicamente, el diseño y la existencia de áreas de juego— deja huellas profundas en la forma en que las personas crecen en contextos urbanos. Estos espacios constituyen el primer vínculo físico de un niño con el paisaje urbano. Por eso, el juego merece mucha más atención en las discusiones sobre bienestar urbano, habitabilidad y diseño del espacio público.
Al diseñar un espacio—ya sea a la escala de interiores, arquitectura o infraestructura—la materialidad es una preocupación central. Más allá de la estética, los materiales determinan cómo funciona un proyecto, envejece y perdura. Algunos arquitectos—como Wang Shu y Kengo Kuma—han construido sus prácticas sobre una profunda sensibilidad hacia el potencial y los límites de los materiales. Pero incluso en el sentido más pragmático, surge la pregunta: ¿Qué perdura y qué no? ¿Cómo cambian los materiales con el tiempo? Naturalmente, los materiales dan forma a la atmósfera y la apariencia—cualidades que a menudo importan más a los clientes. Sin embargo, cada vez más, el discurso en torno a la materialidad ha cambiado de la sustancia estructural al tratamiento de la superficie. ¿Cuándo comenzamos a centrarnos más en "decorar" nuestros espacios superponiendo un material sobre otro, en lugar de confiar en la belleza inherente y el rendimiento del tejido del edificio en sí?