A finales de 2024, se llevó a cabo un evento en los jardines del recientemente restaurado Palais de Lomé, de la época colonial, en la capital de Togo. Estudiantes de la universidad de arquitectura de Lomé asistieron a los primeros Encuentros de Arquitectura de Lomé (RAL #1), curados por el equipo transdisciplinar de Studio NEiDA, que incluyeron conferencias, proyecciones de películas, talleres y visitas a obras. Una exposición paralela mostró la arquitectura más significativa del país a lo largo de su historia. El propósito del evento era explorar el patrimonio arquitectónico de Togo, marcando el inicio de un viaje transfronterizo que plantea interrogantes sobre la conservación del patrimonio moderno. A diferencia de los edificios coloniales como el propio Palais de Lomé, que gozan de mayor valoración y se restauran con facilidad, las obras modernas abandonadas, como el Hôtel de la Paix, requieren enfoques creativos y comunitarios para recuperar su antigua vitalidad.
En medio del rápido despliegue de centros de datos y economías de IA en toda la Gran Área de la Bahía —y junto a la celebración de la IA como herramienta y "autora", tal como se presenta en la Bienal de Urbanismo\Arquitectura Bi-City de Hong Kong-Shenzhen 2025 (Hong Kong)— surge una pregunta inevitable: ¿cómo empiezan realmente la planificación y la construcción de la infraestructura de IA a dar forma a la vida cotidiana? Muchas de las instalaciones ya construidas se mantienen deliberadamente distantes de la experiencia diaria. Aunque la "nube" se comercialice como algo inmaterial, su arquitectura es profundamente física: entornos de alta potencia, alta temperatura y gran densidad de servicios que a menudo se ubican en zonas remotas o de baja densidad para aprovechar los menores costos del suelo y minimizar las fricciones con las comunidades vecinas. La seguridad y la gestión de riesgos no hacen sino reforzar esta lógica. Los centros de datos albergan información sensible y privilegiada —activos corporativos, registros legales, datos gubernamentales e institucionales—, por lo que el aislamiento geográfico se convierte en parte de su modelo operativo, manteniendo las infraestructuras de la IA espacial y socialmente fuera de la vista.
Aprender algo nuevo es, biológicamente, una transformación del cerebro. Con cada experiencia, las conexiones neuronales se reorganizan, creando y fortaleciendo sinapsis. Mucho más que la simple acumulación de información, el aprendizaje consiste en la reconfiguración de estructuras internas, un proceso capaz de transformar tanto a las personas como a las sociedades. El entorno en el que esto ocurre puede cultivar la curiosidad, la adaptabilidad y la resiliencia emocional, apoyando así a nuestra próxima generación de líderes, o bien reprimir esas cualidades, lo que conduce al retraimiento y al aislamiento.
Con el auge de la escolarización moderna durante la Revolución Industrial, surgió un modelo estandarizado, definido por filas de pupitres, instrucción simultánea y supervisión visual. Comparado a menudo con un sistema de producción en fábrica, este modelo aún persiste en muchos lugares a pesar de los profundos cambios tecnológicos. Estos entornos rígidos permanecen incluso cuando el aprendizaje moderno exige experimentación y adaptabilidad.
Construcción de la Represa y Central Hidroeléctrica de Belo Monte en Brasil. Imagen de burakyalcin, vía Shutterstock
Algunas de las transformaciones más significativas de los paisajes sudamericanos no han sido producidas por las ciudades, sino por grandes infraestructuras construidas para extraer y distribuir recursos naturales. Las operaciones mineras, los sistemas energéticos y las redes de transporte han conectado paisajes remotos con estructuras económicas más amplias, al tiempo que han transformado los territorios rurales y los asentamientos urbanos en todo el continente. Estas infraestructuras no se limitan a ocupar el espacio; lo reorganizan. No solo han respaldado el crecimiento económico, sino que también han reconfigurado los territorios de maneras que continúan generando debates políticos, ambientales y sociales en todo el continente. Desde esta perspectiva, los territorios pueden entenderse no como áreas geográficas fijas, sino como sistemas socioecológicos moldeados por relaciones culturales, ambientales y políticas, un punto enfatizado por el antropólogo Arturo Escobar en su trabajo sobre el pensamiento territorial en América Latina.
Exposición "At the Table with Nature", ambiente 2026. Crédito de la foto: Jürgen Baumhauer
La conocida frase “el ser humano es lo que come” (Der Mensch ist, was er isst), de Ludwig Feuerbach, afirma que la constitución física, mental e incluso moral de las personas está directamente vinculada a lo que consumen. Hoy en día, esta idea está ampliamente interiorizada y existe una conciencia creciente en torno a la alimentación, la nutrición y el impacto de lo que ingerimos en nuestro organismo. Sin embargo, este mismo nivel de conciencia no se extiende a los entornos que habitamos, donde los materiales se siguen abordando como decisiones técnicas en lugar de agentes activos en la relación entre el cuerpo y el espacio. Si se considera que una gran parte de la población mundial pasa alrededor del 90% de su tiempo en espacios interiores, rara vez se debate qué compone realmente estos lugares en su nivel más fundamental: los materiales. Los muros, pisos y acabados se suelen considerar elecciones técnicas o estéticas, cuando en realidad pueden funcionar como fuentes continuas de exposición a sustancias potencialmente nocivas.
Incluso el transeúnte más distraído queda cautivado por la presencia monumental de esta estructura situada en el consolidado barrio valenciano de Benimaclet. Ante ella, cualquier intento de aprehensión racional se desvanece. La lógica constructiva parece escapar a medida que el espacio se despliega en tensiones y desvíos donde nada se ofrece de inmediato. Entre masas de concreto y la insurgencia de la vegetación, emerge un juego casi coreográfico de planos, ángulos y rotaciones. En el vértigo de este encuentro, se percibe que el edificio no fue hecho para ser comprendido, sino para ser experimentado.
Los dibujos arquitectónicos operan a través de la abstracción. Los planos, secciones y elevaciones condensan información espacial, constructiva y dimensional en un conjunto de códigos que tienen sentido dentro de la disciplina, pero que no siempre son legibles de inmediato para quienes no están familiarizados/as con este lenguaje. En algunos proyectos, esta condición puede generar una tensión recurrente entre lo que se diseña y lo que se puede comprender. Esta situación se intensifica cuando las herramientas utilizadas no corresponden a la escala y complejidad del diseño. En contextos como viviendas unifamiliares, remodelaciones o ampliaciones, el uso de softwares excesivamente complejos puede introducir ruido, retrasos y dependencias innecesarias, dificultando el desarrollo y la transmisión de las propuestas.
Entre el momento en que se especifica un material en un proyecto y el momento de su instalación, existe una capa invisible que juega un papel decisivo en el resultado final: la fabricación, la logística y la coordinación. Estos factores moldean los plazos y los costos pero, fundamentalmente, determinan si la intención original del diseño se preserva o se diluye en la ejecución. Los sistemas de revestimiento, especialmente aquellos que funcionan como componentes visibles y expresivos de la envolvente del edificio, hacen que esta brecha sea particularmente evidente, al ser la capa más expuesta de un proyecto.
La selección de un sistema de revestimiento nunca es una decisión puramente estética. Esta activa una cadena de dependencias: disponibilidad de perfiles, sistemas de fijación, tolerancias, secuenciación y cumplimiento de normativas locales. Cuando los elementos no se alinean correctamente, las consecuencias de ese desajuste rara vez son sutiles. Los sistemas de revestimiento integrados —aquellos que anticipan tanto el montaje como la apariencia— tienden a cerrar esta brecha, incorporando la coordinación en su propia lógica y reduciendo la necesidad de improvisar en la obra.
Perros callejeros en Estambul. Imagen de istanbulphotos, vía Shutterstock
La arquitectura sigue dibujando las ciudades como si la humanidad las ocupara en solitario. Los planos trazan rutas de circulación, los mapas de zonificación asignan funciones y los edificios se evalúan en función del confort, la seguridad y la eficiencia humana. Sin embargo, recorrer las ciudades de la India y el suroeste de Asia revela una realidad mucho más compleja. Los perros duermen bajo los puestos de los mercados, los monos se desplazan por los tejados, las aves anidan en las torres de los templos y en las fachadas de las mezquitas, y los insectos polinizan paisajes urbanos ocultos a plena vista. Estas especies están entretejidas en la vida urbana cotidiana con la misma constancia que la población humana. Calles, patios, techos, sistemas de drenaje, mercados y lotes baldíos ya están ocupados por múltiples especies de forma simultánea. El pensamiento arquitectónico, por su parte, ha tardado más en asimilar esta realidad.
Cuando pensamos en las fachadas, rara vez las imaginamos como hábitats. Las vemos como los elementos que separan el interior del exterior, regulan la temperatura, reducen el ruido y protegen a los edificios de las condiciones externas. Si bien le otorgan a la arquitectura su lenguaje visual, también se espera que mantengan el mundo exterior a distancia. Al hacerlo, a menudo se las ha entendido como barreras: superficies que definen dónde comienza el confort humano y dónde debe permanecer el medio ambiente.
Sin embargo, el exterior de un edificio nunca está vacío. Durante siglos, la arquitectura ha generado, de manera involuntaria, oportunidades para otras formas de vida. Las aves anidaban bajo las tejas, los insectos ocupaban las grietas de los muros de mampostería, y el musgo o las plantas echaban raíces en repisas, canaletas y superficies de piedra rugosa. Aunque estas condiciones rara vez se diseñaron pensando en otras especies, crearon pequeñas oportunidades para que la vida se abriera paso en ellas.
Una catedral gótica puede tardar siglos en completarse. El pabellón de una exposición mundial puede permanecer en pie seis meses. Una estructura ritual en Calcuta se erige y desaparece en cinco días. Aun así, cada una de ellas atrae peregrinajes, moldea la memoria colectiva y reorganiza la vida urbana. Si bien el patrimonio se ha definido durante mucho tiempo por aquello que perdura, la arquitectura demuestra repetidamente que la autoridad cultural también puede pertenecer a lo que convoca a las personas.
Durante gran parte del siglo XX, los marcos de conservación privilegiaron la permanencia.La Carta de Venecia, adoptada por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, se centró en salvaguardar los monumentos y su autenticidad material. El valor cultural estaba ligado a la materialidad física, como la piedra, el ladrillo y la madera. Proteger el patrimonio significaba preservar lo que seguía en pie. Esta lógica resultaba sólida, incluso evidente por sí misma.
El patrimonio arquitectónico no es solo lo que un edificio fue, sino lo quecontinúa siendo y transformándose: un largo proceso de construcción, reconstrucción y reocupación a lo largo del tiempo. Cuando las oportunidades lo permiten, esta continuidad produce una condición estratificada, en la que los/las visitantes pueden presenciar, experimentar y sentir el cambio gradual del tejido del edificio, su materialidad, su orden espacial y sus patrones de uso, e incluso, ocasionalmente, participar en esa transformación.
Sin embargo, muchos proyectos —en particular aquellos impulsados principalmente por imperativos comerciales— no optan por valorar, ni siquiera reconocer, esta labor más pausada de reutilización adaptativa y continuidad patrimonial. Los desarrollos regidos por una lógica puramente cuantitativa suelen elegir el camino más fácil de la demolición y la reconstrucción: maximizar el coeficiente de ocupación del suelo, el área construida y la superficie rentable con la eficiencia de una página en blanco. A pesar de esto, de vez en cuando surge una oportunidad que nos permite ver —y disfrutar— el proceso de "patrimonialización" arquitectónica de la ciudad en tiempo real.
Situada a lo largo de la histórica Ruta de la Seda en Asia Central, Taskent es una ciudad con una larga historia que abarca miles de años. Su arquitectura histórica es conocida por sus patios, cúpulas y cerámica azul, elementos típicos de su herencia timúrida. Capital del actual Uzbekistán, fue absorbida por el Imperio ruso en el siglo XIX antes de convertirse en una república soviética. Durante su periodo como parte de la Unión Soviética, la ciudad se transformó en un ejemplo de modernización que celebraba los logros socialistas en Asia. Un devastador terremoto en 1966 aceleró esta modernización a través de la reconstrucción urbana, dando lugar a muchos de los monumentos modernistas por los que Taskent es conocida hoy en día.
La magia de la arquitectura india reside en un orden invisible en medio del caos visceral. Cuando un futuro incierto llama a la puerta de quienes ejercen la profesión a nivel local, se podría empezar a mirar dentro de las cuatro paredes que ocupan para descubrir una oportunidad de reinterpretación.
Mumbai, Delhi, Bengaluru y otras grandes metrópolis se describen a menudo como entornos que necesitan soluciones habitacionales masivas para millones de personas. La respuesta instintiva es predecible: planes maestros, torres densas y unidades estandarizadas dispersas sobre urbanizaciones desordenadas. Sin embargo, esta terminología ignora una verdad más profunda sobre cómo la población ya vive, trabaja y construye en la India. Las simplificaciones utilizadas en la política y la planificación —asentamiento informal, colonia no autorizada, tugurio— implican un estado temporal que debe corregirse. Por el contrario, la mirada del diseño contempla estos lugares como historias urbanas superpuestas, formadas por la necesidad.
Los miradores son estructuras destinadas a la observación del paisaje desde puntos elevados. Emplazados en medio de la naturaleza o en el entorno urbano, funcionan como dispositivos que organizan la mirada y establecen una relación directa entre el cuerpo y el territorio. En esta frontera entre quien observa y el paisaje, los miradores pueden asumir diferentes configuraciones, desde pequeños gestos hasta estructuras monumentales, siempre en respuesta al contexto en el que se insertan. Independientemente de su escala, son —en cierta medida— intentos de domesticar la vastedad, recortes precisos que vuelven legible aquello que, sin mediación, podría presentarse como un exceso.
En el centro del discurso arquitectónico sobre la arquitectura sagrada, la atención casi siempre se centra en el monumento. Los templos, mezquitas, monasterios e iglesias dominan tanto la historia de la arquitectura como la crítica de diseño y la fotografía, convirtiéndose en los símbolos físicos a través de los cuales se comprende la fe. Sin embargo, para millones de personas en peregrinación en toda la India, la experiencia arquitectónica más trascendental comienza mucho antes de que el santuario aparezca a la vista. Se despliega a lo largo de caminos de montaña, *ghats* fluviales, calles sombreadas, campamentos temporales, sistemas de filas, puentes, puestos de agua, centros de atención médica e innumerables elementos de infraestructura común a través de los cuales se realiza verdaderamente la peregrinación. La labor arquitectónica de la peregrinación podría residir menos en el santuario mismo que en los entornos que permiten a millones de personas llegar a él.
Producido a escala industrial desde el siglo XIX, el acero ha transformado profundamente la manera en que construimos. El hierro, refinado mediante procesos metalúrgicos controlados, ha dado origen a un material capaz de combinar resistencia mecánica, ligereza relativa y precisión constructiva, haciendo posibles algunos de los mayores hitos de la ingeniería y la arquitectura modernas. Desde rascacielos y puentes hasta fachadas, cubiertas y sistemas industrializados, pocos materiales han tenido un impacto tan significativo en la configuración del entorno construido.
No obstante, la calidad de un material no puede medirse únicamente por su rendimiento estructural inicial o su aspecto al momento de la entrega. Si bien los edificios suelen evaluarse al finalizar la obra, su verdadero desempeño solo se revela con el paso del tiempo. Las fotografías registran fachadas impecables, superficies recién instaladas y espacios listos para su uso. Las décadas posteriores, en cambio, exponen estas construcciones a la radiación solar, la lluvia, la humedad, la salinidad, la contaminación atmosférica y las variaciones térmicas. Es en este contacto continuo con el medio ambiente donde las decisiones materiales se ponen verdaderamente a prueba.
En un contexto de creciente reconocimiento sobre la responsabilidad de la arquitectura hacia las ecologías ambientales y planetarias, la práctica contemporánea se orienta cada vez más a trabajar con lo existente: sus condiciones materiales, espaciales e históricas. En el marco de esta transición, la estética de la arquitectura y el diseño se centra cada vez más en remodelar los entornos heredados. Este enfoque sustenta el trabajo de SSdH, un estudio de arquitectura con sede en Melbourne fundado en 2020 por Todd de Hoog, Harrison Smart y Jean-Marie Spencer. A través de proyectos que abarcan diversas escalas de renovación, ampliación e inserción adaptativa, el estudio interactúa de manera constante con las edificaciones existentes como agentes activos. Ganadora de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards, la firma australiana prioriza la responsabilidad ambiental, la economía material y los procesos colaborativos fundamentados en las condiciones específicas de cada sitio.
Sistema de baño Lineadacqua de antoniolupi. Imagen cortesía de antoniolupi
¿Qué pasaría si los elementos más avanzados de un baño fueran aquellos que apenas se pueden ver? En espacios donde los muros, cielorrasos y pisos forman superficies ininterrumpidas, los artefactos se repliegan y el agua misma se convierte en el material primordial que define la experiencia. La cuidadosa disposición de los elementos en el baño —como lavamanos, grifos, cabezales de ducha y desagües— suele imponer su presencia tanto por su diseño como por su función. Sin embargo, ¿qué sucede cuando estos elementos comienzan a desaparecer?
En lugar de añadir elementos superpuestos al diseño del baño, algunas propuestas operan bajo la lógica de la sustracción. El espacio ya no se compone de objetos visibles, sino que se concibe como una superficie continua. Los artefactos se repliegan en muros y cielorrasos, permitiendo que el agua, la luz y la atmósfera cobren protagonismo. Lo que se configura es una forma de minimalismo que va más allá: una arquitectura que absorbe por completo sus sistemas técnicos, haciendo desaparecer los dispositivos para dejar únicamente sus efectos. La experiencia en sí se convierte en la protagonista, dejando de estar mediada por objetos visibles para ser moldeada directamente por el agua, la luz y el espacio.
Ubicado en el paisaje montañoso de Zabbougha, Líbano, el Refugio Cápsula de EAST Architecture Studio se define a través de su propio proceso de creación. El proyecto se despliega mediante decisiones materiales, ajustes en obra y condiciones cambiantes, permitiendo que la construcción misma guíe su lógica espacial.
El proceso de construcción desempeñó un papel central en la definición del proyecto. Construida durante un período marcado por el colapso económico, la escasez de materiales y la constante inestabilidad en el Líbano, la vivienda se desarrolló mediante una adaptación continua. Ante la falta de una empresa constructora principal, el equipo de arquitectura asumió un rol más amplio: coordinar a los artesanos, probar ideas directamente en la obra y responder a limitaciones cambiantes. En este contexto, las condiciones sociopolíticas se convirtieron no solo en un desafío, sino en un catalizador para replantear el diseño. "Estábamos constantemente probando ideas en el lugar", comentan Charles Kettaneh y Nicolas Fayad, fundadores de EAST Architecture Studio, "adaptando estas decisiones a nivel económico mientras explorábamos lo que la artesanía local podía ofrecer".
A menudo, la arquitectura se evalúa a través de sus formas acabadas; sin embargo, algunas prácticas operan en un registro diferente, uno donde el diseño se despliega a través de las relaciones, el tiempo y el uso, en lugar de limitarse a un único resultado. Para CatalyticAction, la participación no es una actividad social paralela, sino el medio a través del cual los espacios se conciben, se construyen y se sostienen a lo largo del tiempo.
Con sedes en Beirut y Londres, esta oficina ha trabajado en todo Oriente Medio y Europa, desarrollando espacios públicos, escuelas, patios de juego e infraestructuras urbanas cotidianas mediante la colaboración a largo plazo con comunidades locales. Basado en la investigación participativa y en la toma de decisiones colectiva, este enfoque fue reconocido en los ArchDaily's 2025 Next Practices Awards, destacando un modelo de práctica en el que la arquitectura se entiende como un proceso compartido y en evolución, más que como un objeto fijo. En este contexto, el valor arquitectónico se mide por la continuidad, el uso y la apropiación colectiva, y no únicamente a través de la forma.
La inteligencia artificial ya no es un concepto lejano en la práctica de la arquitectura. Se está convirtiendo rápidamente en una herramienta práctica utilizada por firmas de todo el mundo para acelerar los flujos de trabajo de diseño, generar visualizaciones y explorar nuevas posibilidades creativas.
Según una nueva encuesta del sector realizada por Chaos en colaboración con Architizer, los/las arquitectos/as ya están integrando la IA en su trabajo diario. Cerca de 800 arquitectos/as y diseñadores/as de todo el mundo participaron en el estudio, compartiendo sus perspectivas sobre cómo utilizan las herramientas de IA, cuánto tiempo les ahorra esta tecnología y cómo creen que la inteligencia artificial moldeará el futuro de la arquitectura.