
Cuando pensamos en las fachadas, rara vez las imaginamos como hábitats. Las vemos como los elementos que separan el interior del exterior, regulan la temperatura, reducen el ruido y protegen a los edificios de las condiciones externas. Si bien le otorgan a la arquitectura su lenguaje visual, también se espera que mantengan el mundo exterior a distancia. Al hacerlo, a menudo se las ha entendido como barreras: superficies que definen dónde comienza el confort humano y dónde debe permanecer el medio ambiente.
Sin embargo, el exterior de un edificio nunca está vacío. Durante siglos, la arquitectura ha generado, de manera involuntaria, oportunidades para otras formas de vida. Las aves anidaban bajo las tejas, los insectos ocupaban las grietas de los muros de mampostería, y el musgo o las plantas echaban raíces en repisas, canaletas y superficies de piedra rugosa. Aunque estas condiciones rara vez se diseñaron pensando en otras especies, crearon pequeñas oportunidades para que la vida se abriera paso en ellas.


























