¿Qué sucede cuando la materialidad se convierte en el motor del diseño? ¿Cómo puede una infraestructura cultural expresar su propia identidad? El Pabellón de Diseño de España para la Capital Mundial del Diseño Frankfurt Rhein-Main 2026 reúne la innovación creativa del país para abordar desafíos contemporáneos a través de una reinterpretación del legado arquitectónico de Gaudí. Concebido como una infraestructura cultural reversible, el proyecto activa el espacio público al mismo tiempo que amplía el debate en torno al uso de materiales, la circularidad y la reutilización. En lugar de reproducir formas históricas, el pabellón adopta un enfoque contemporáneo y operativo. Así, destaca la colaboración entre la industria, el diseño y la cultura de España, explorando principios estructurales y constructivos arraigados en la geometría, la eficiencia material y la relación entre forma y sistema.
La reconversión de templos religiosos en desuso mediante programas culturales constituye una de las estrategias de reutilización adaptativa más atractivas de la planificación urbana contemporánea. Esta compatibilidad funcional parece radicar en las características específicas de las iglesias: sus naves centrales ofrecen plantas libres de gran escala y secciones transversales monumentales que albergan con facilidad los requerimientos volumétricos de museos, teatros o centros comunitarios. Asimismo, las propiedades acústicas inherentes a sus techos abovedados, combinadas con una iluminación natural intencionada que se filtra a través de vitrales o cúpulas, generan las condiciones espaciales óptimas para actividades que van desde las artes escénicas hasta la exhibición de objetos culturales. Al asumir un rol público y cultural, estos edificios no solo evitan la demolición o el abandono físico, sino que también preservan su condición de hitos urbanos y de identidad dentro de la trama de la ciudad, revitalizando su entorno inmediato sin alterar su significado histórico.
Pico House, parte del Distrito Histórico de Los Ángeles Plaza. Imagen de Daniel L. Lu - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0
Hoy en día, la forma urbana de Los Ángeles se caracteriza por la dispersión urbana del siglo XX y una extensa infraestructura automotriz. Sin embargo, la realidad física del núcleo original de la ciudad revela una historia más compleja profundamente arraigada en el legado hispano. De hecho, Los Ángeles no se originó a partir del sistema de parcelamiento estadounidense estandarizado que define la mayor parte del territorio de los Estados Unidos. Por el contrario, es producto de la tradición urbana española en América, que siguió una estructura repetida en las principales ciudades del continente. La intersección de estos sistemas creó una geometría e historia urbana superpuesta que sigue siendo visible en el trazado vial contemporáneo de la ciudad.
Cuando Los Ángeles fue fundado en 1781 como pueblo por Felipe de Neve, era un asentamiento fronterizo del Virreinato de la Nueva España. Los virreinatos eran las divisiones políticas de los territorios españoles en América y, a finales del siglo XVIII, la Nueva España era un territorio vasto. Se extendía desde el sur de Costa Rica hasta el norte en la Alta California, limitando al este con el río Misisipi y los recientemente independizados Estados Unidos de América. En aquella época, la Ciudad de México funcionaba como el principal centro administrativo y económico, lo que obligaba a las regiones fronterizas como la Alta California a depender de una tríada específica de asentamientos: misiones (religiosas), presidios (militares) y pueblos (civiles).
Quienes ejercen la arquitectura suelen recibir el crédito por las edificaciones mucho después de concluida la construcción. Los nombres permanecen vinculados a los proyectos a través de fotografías, publicaciones e historias, a menudo décadas después de que se realizaron los planos originales. Las edificaciones, por el contrario, rara vez se mantienen fieles a esa narrativa por mucho tiempo. Las familias crecen, las tecnologías cambian, surgen comercios y la vida cotidiana impone exigencias que ningún plano puede anticipar por completo. Con el tiempo, la arquitectura acumula modificaciones, reparaciones, ampliaciones e improvisaciones que, paulatinamente, la alejan de su estado original.
Seleccionado como uno de los ganadores de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards, NAAW representa a una nueva generación de estudios de arquitectura que están reconfigurando la práctica contemporánea en Asia Central. Fundado en 2019 por Elvira Bakubayeva y Aisulu Uali, el estudio opera en la intersección de la investigación, la colaboración interdisciplinaria y la experimentación espacial, posicionando a la arquitectura como una herramienta de reflexión y un agente activo en la configuración de la identidad contemporánea de Kazajistán.
Ganador del Primer Premio: A Thread Through Time. Imagen cortesía de Buildner
Buildner ha anunciado los resultados del Dubai Urban Elements Challenge, un destacado concurso internacional de diseño organizado en colaboración estratégica con la Autoridad de Carreteras y Transportes de Dubái (RTA). Con una bolsa total de premios de 2,000,000 AED (aproximadamente €500,000), la iniciativa representa uno de los concursos globales de diseño con financiamiento público más importantes centrados en la transformación urbana.
El concurso fue concebido como una plataforma de innovación y contratación con visión de futuro para uno de los entornos metropolitanos de más rápida evolución en el mundo. Se invitó a los y las participantes a proponer elementos urbanos modulares y sensibles al clima —sistemas de asientos, dispositivos de sombreado, infraestructura de iluminación, componentes de orientación, áreas de descanso y estructuras de microcomercio— diseñados para mejorar la vida peatonal y fortalecer la identidad del espacio público de Dubái.
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Villa Tai. Imagen cortesía de ARK Architects
La vivienda unifamiliar sigue siendo uno de los territorios más complejos de la arquitectura contemporánea. A la vez íntima y técnica, cotidiana y simbólica, concentra los debates en torno al confort, la sostenibilidad, el paisaje y los modos de habitar, al tiempo que funciona como un instrumento para proyectar la identidad de sus habitantes. Es en este campo donde opera ARK Architects. Con sede en Marbella y Sotogrande, el trabajo del estudio, bajo la dirección creativa de su cofundador Manuel Ruiz Moriche, se desarrolla a partir de una relación directa entre la arquitectura, la luz natural y el contexto ambiental.
Restauración de Bir Ettin / Bled El Abar Collective. Imagen cortesía de Bled El Abar Collective
En algunos idiomas, la palabra misma para edificio alude a su carácter inamovible. La disciplina de la ingeniería vinculada a la edificación se conoce como estática. Por lo tanto, la arquitectura se asocia estrechamente con lo fijo y lo inmóvil. Sin embargo, para millones de personas nómadas en todo el mundo, los refugios deben poseer una estructura ligera y claramente móvil, mientras que el hogar es el vasto paisaje en el que habitan. Estos estilos de vida, herederos de siglos de tradición, se encuentran bajo la constante amenaza de los factores de atracción de la vida sedentaria en pueblos y ciudades. En Túnez, un proyecto reconoce el riesgo de perder este patrimonio e intenta mejorar las condiciones de vida de quienes se dedican al pastoreo nómada.
La arquitectura comienza como un encuentro con la gravedad. Es el ancestral acto de colocar peso sobre la tierra, de persuadir a la materia para que se sostenga, permanezca de pie y ofrezca cobijo. Sin embargo, bajo esta condición de pesadez fundamental subyace una posibilidad más silenciosa: la densidad misma puede generar una sensación de ligereza, una condición perceptiva en la que el cuerpo, plenamente convencido del peso de la materia, comienza a experimentar el espacio como una suspensión.
Gran parte de la arquitectura contemporánea ha buscado la ligereza por medio de la reducción: estructuras más delgadas, superficies más tersas y transiciones cada vez más fluidas entre el interior y el exterior. En este enfoque, la ligereza se equipara con la desaparición, como si la gravedad pudiera superarse al retirar la presencia material. No obstante, existe otra dimensión en la que la ligereza no resulta de la ausencia, sino de la intensificación. Esta surge cuando la presencia material se vuelve tan precisa, tan plenamente afirmada, que empieza a alterar la percepción misma: cuando la masa sigue siendo pesada, pero deja de comportarse como algo meramente inerte.
La arquitectura suele presentarse como la expresión visible de su época: sus deseos, su fe en el progreso, su idea del orden. Sin embargo, esta lectura tiende a simplificar las condiciones en las que se producen los edificios, sugiriendo que la arquitectura va a la zaga de la historia cuando, en muchos casos, participa activamente en ella. Pocos períodos lo hacen más evidente que el siglo XX, época en la que la arquitectura se entrelajó profundamente con programas políticos, sistemas económicos y visiones contrapuestas sobre cómo debía organizarse la vida colectiva.
Lo que comúnmente se agrupa bajo la etiqueta del modernismo suele describirse como un proyecto coherente, definido por la claridad formal, el optimismo tecnológico y la ruptura con los estilos históricos. No obstante, esta aparente coherencia se disuelve cuando miramos más allá de sus centros canónicos. Los mismos principios espaciales (la estandarización, la zonificación funcional y la producción industrial) se adoptaron en contextos políticos y económicos que diferían significativamente en sus estructuras y objetivos. Así, un movimiento aparentemente estático se desplegó como un sistema flexible que se reorientaba continuamente según las prioridades de cada régimen. Lo que parecía un lenguaje compartido era, en la práctica, un conjunto de herramientas aplicadas a agendas distintas.
La arquitectura se ha sentido atraída desde hace mucho tiempo por la idea de la ligereza. Desde los primeros experimentos modernistas que buscaban preservar el paisaje, elevar los edificios se ha entendido como una forma de proteger el suelo a la vez que se mantiene la continuidad del terreno. Los volúmenes se elevan sobre columnas, las infraestructuras separan la circulación de la superficie y programas enteros quedan suspendidos sobre el nivel del suelo.
Esta premisa se formalizó a principios del siglo XX a través del concepto de los pilotis de Le Corbusier, que proponía liberar la planta baja de los cerramientos. Al elevar los edificios sobre columnas, los/las arquitectos/as buscaban mantener la continuidad con el terreno, permitiendo que la circulación, la vegetación y el uso colectivo se desarrollaran bajo los volúmenes construidos. El edificio ocuparía el aire, mientras que el suelo permanecería abierto, accesible y compartido.
Fachada de cadenas de aluminio de la tienda Disney Glamour / SRA Architectes – Etienne Jacquin. Imagen cortesía de Kriskadecor
En entornos sumamente curados como Disneyland París, la arquitectura opera bajo un conjunto de expectativas diferente. A los edificios no solo se les exige un rendimiento funcional, sino que también deben comunicar, a menudo de forma instantánea. En este contexto, la fachada se convierte en un marcador visual que puede funcionar como umbral, mediando entre la luz, el aire y la percepción. Una de las estrategias que ha ganado terreno en estos escenarios es el uso de sistemas de envolventes semiopacas. Sin ser completamente transparentes ni del todo cerrados, estos sistemas de fachada introducen profundidad y variabilidad.
La visualización arquitectónica ha desempeñado desde hace tiempo un papel clave en la comunicación y definición de las ideas de diseño. Hoy en día, esa función se está expandiendo. Con el auge de la inteligencia artificial, la visualización se está integrando de manera más profunda en todo el flujo de trabajo de diseño, lo que permite una iteración más rápida y una toma de decisiones mejor informada.
La imagen es familiar: una fachada revestida de parasoles, la luz suavizada en una sombra con patrones, e interiores que se mantienen frescos sin maquinaria. Se presenta como inteligencia hecha visible: una arquitectura que comprende el sol. Sin embargo, esta imagen rara vez se examina de cerca. Los mismos dispositivos que mitigan el calor también organizan el acceso, distribuyen el confort y dependen de formas específicas de mano de obra. Lo que parece una respuesta climática es, en realidad, una decisión sobre quién recibe alivio frente al calor y de qué manera. El modernismo tropical, a menudo reducido a un lenguaje visual de sombra y porosidad, emerge en cambio como un conjunto de prácticas situadas donde el clima, el trabajo y el poder se negocian de forma distinta según el contexto.
A escala del elemento, el modernismo tropical comienza como un problema técnico. En climas cálidos, la radiación solar no es incidental sino constante, lo que exige que los edificios medien la luz, el calor y el aire antes de que alcancen el interior. Profesionales de la arquitectura como Maxwell Fry y Jane Drew abordaron esto con un nivel de precisión que impide interpretar estos elementos como meramente decorativos. Los dispositivos de sombreado se calibran en función de los ángulos solares, la orientación y la variación estacional. Los parasoles se dimensionan para bloquear el sol de ángulo alto mientras permiten el paso de la luz difusa; los voladizos se extienden lo justo para evitar la ganancia térmica directa en las horas pico; las aberturas se alinean para favorecer la ventilación cruzada. Las investigaciones de mediados de siglo pusieron a prueba estas estrategias, midiendo las reducciones de temperatura y las mejoras en el flujo de aire. En este sentido, el lenguaje del modernismo tropical no es simbólico, sino performativo: cada proyección, vacío y celosía forma parte de un sistema ambiental.
Un monumento suele ser la edificación más conservadora que un Estado pueda encargar. Se espera de él que estabilice la memoria, haga legible la historia y otorgue una forma pública a una narrativa compartida. El siglo XX en Europa del Este produjo un corpus de obras completo, desde el Báltico hasta los Balcanes, que se resistió precisamente a esas expectativas, desafiando la relación convencional entre monumento, memoria y representación. Agrupados comúnmente bajo el nombre de spomeniks, estos ejercicios arquitectónicos son tal vez los ejemplos más conocidos de un panorama mucho más amplio de arquitectura conmemorativa que surgió en toda la región. Se trataba de sociedades que salían de periodos de ocupación, conflictos civiles o revoluciones, y ninguna de ellas poseía un lenguaje simbólico único capaz de albergar la complejidad de sus historias. En lugar de buscar nuevos héroes o nuevos íconos, muchos/as arquitectos/as y artistas recurrieron al propio espacio como el medio a través del cual construir la memoria.
Estos monumentos ocupan una posición inusual entre la escultura y la arquitectura. En una escala, se interpretan como composiciones abstractas deliberadas, dispuestas con la claridad de un dibujo de Kandinsky. En otra, parecen menos resueltos, como si estuvieran poniendo a prueba los límites de un lenguaje espacial aún en formación. Sus formas a menudo parecen suspendidas entre la certeza y la experimentación: un mismo monumento puede leerse tanto como un objeto geométrico controlado como una búsqueda abierta sobre cómo la memoria colectiva podría habitar el espacio. Sin embargo, estas lecturas coexisten, otorgando a muchas de estas obras su duradera ambigüedad.
Símbolos del desarrollo tecnológico y de la densidad urbana, los edificios en altura, tal como los conocemos hoy, surgieron a finales del siglo XIX, principalmente en los Estados Unidos, como respuesta al crecimiento acelerado del comercio urbano y a la necesidad de expandir las ciudades sin ocupar más territorio. El término rascacielos, por ejemplo, fue acuñado en la década de 1880 y originalmente se refería a edificios de entre 10 y 20 pisos —una altura impresionante para la época.
Sin embargo, la idea de construir verticalmente es mucho más antigua de lo que sugieren los rascacielos de acero y vidrio. Mucho antes de la revolución industrial, algunas sociedades ya experimentaban con formas de urbanización vertical como solución a las limitaciones de espacio, la defensa territorial o la adaptación ambiental.
No hace mucho tiempo —lo suficientemente reciente como para parecer actual— la arquitectura entró en un momento en el que los edificios comenzaron a leerse como productos. Este enfoque aportó disciplina y una perspectiva renovada a una industria que suele valorar la novedad por encima de la claridad operativa. Al orientar los ejercicios formales hacia la repetibilidad, la experiencia de usuario, el rendimiento y la escalabilidad, se preparó a los edificios para convertirse en un "producto" evaluable. Hoy en día, la arquitectura debe responder con mayor rigor a cómo funciona, con qué claridad comunica su uso y qué tan consistente es al ofrecer la experiencia proyectada.
La disciplina del diseño de productos renueva las perspectivas de los/las arquitectos/as que proyectan para un futuro en constante cambio. Además de ofrecer un nuevo vocabulario y una pauta para el diseño, este campo introduce la rendición de cuentas: un producto debe funcionar de manera confiable a lo largo del tiempo y en diversos contextos. Debe sostenerse como un sistema de decisiones y no como una mera colección de partes. Por lo tanto, la calidad ya no se mide únicamente por la singularidad, sino por la consistencia y la capacidad de generar una experiencia predecible para sus ocupantes.
Los programas vinculados a la hospitalidad, específicamente las cafeterías y los centros sociales, se definen en parte por su rol como "terceros lugares": anclajes sociales que tienden un puente entre la vida privada y la pública. A diferencia de los programas residenciales o de oficinas comerciales, que requieren compartimentaciones rígidas por privacidad y utilidad, estos espacios se apoyan en entornos amplios y de planta libre. Esto posibilita una estrategia arquitectónica de intervención mínima, lo que permite que la envolvente estructural permanezca intacta. Al evitar la subdivisión del espacio, se conservan visuales ininterrumpidas hacia la mampostería original, las estructuras de madera o los cielorrasos decorativos, garantizando que la narrativa histórica del edificio se mantenga como protagonista. Simultáneamente, la actividad comercial aporta el mantenimiento necesario y la interacción con el público para garantizar la permanencia en el tiempo del sitio.
En el campo da arquitectura, sin embargo, esta pregunta sigue siendo relativamente marginal. Muchas veces sabemos quién diseñó un edificio, conocemos sus acabados, el fabricante de sus carpinterías, la marca de sus revestimientos e incluso su rendimiento energético, pero casi nunca nos preguntamos de dónde provienen las toneladas de materia que hicieron posible su existencia.
¿Quién tiene derecho a la ciudad? Los escritos de Henri Lefebvre cuestionan las estructuras que controlan el espacio urbano y, en su lugar, sitúan a la ciudadanía en el centro de la toma de decisiones. Sus ideas han influido en la práctica de la arquitectura y el diseño urbano, impulsando la participación comunitaria y el codiseño. Estos han sido algunos de los temas más destacados en Utopian Hours 2026, el festival de hacer ciudad, cuya primera parte se celebró en la ciudad neerlandesa de Rotterdam para conmemorar su décima edición.
La cocina ha evolucionado de ser un espacio netamente funcional a convertirse en un entorno compartido y el corazón de muchos hogares. Al servir como escenario para los rituales cotidianos de innumerables familias —e incluso para prácticas colectivas en la vida urbana—, la comida une a las personas, lo que hace que el diseño de espacios capaces de responder a estas necesidades sea fundamental para la vida diaria. Más allá de las diversas distribuciones, estéticas y configuraciones de las cocinas, la integración de electrodomésticos y equipamiento juega un papel clave al dar soporte al almacenamiento, la conservación y el uso diario que exige la cocina. Desde tecnologías innovadoras hasta materiales avanzados, estos elementos dan forma a espacios de cocina contemporáneos que reúnen costumbres y culturas de diversos orígenes.
Debido a la gran demanda, reabrimos brevemente la convocatoria para el Programa de Embajadores/as Estudiantiles de ArchDaily 2026/2027.
ArchDaily nació en el entorno universitario, de la mano de dos estudiantes de arquitectura que creían que el conocimiento de nuestra disciplina debía llegar más lejos. Dieciocho años después, esa convicción se mantiene intacta, aunque las perspectivas, las herramientas y las oportunidades se han multiplicado. Con esto en mente, lanzamos el Programa de Embajadores/as Estudiantiles para brindar a la próxima generación de arquitectos/as un papel activo al conectar sus universidades con la conversación arquitectónica global.