
La arquitectura se ha sentido atraída desde hace mucho tiempo por la idea de la ligereza. Desde los primeros experimentos modernistas que buscaban preservar el paisaje, elevar los edificios se ha entendido como una forma de proteger el suelo a la vez que se mantiene la continuidad del terreno. Los volúmenes se elevan sobre columnas, las infraestructuras separan la circulación de la superficie y programas enteros quedan suspendidos sobre el nivel del suelo.
Esta premisa se formalizó a principios del siglo XX a través del concepto de los pilotis de Le Corbusier, que proponía liberar la planta baja de los cerramientos. Al elevar los edificios sobre columnas, los/las arquitectos/as buscaban mantener la continuidad con el terreno, permitiendo que la circulación, la vegetación y el uso colectivo se desarrollaran bajo los volúmenes construidos. El edificio ocuparía el aire, mientras que el suelo permanecería abierto, accesible y compartido.
























