
Construir una ciudad desde cero no es tarea fácil. Nunca lo ha sido y nunca lo será. La sola idea de crear algo que de otro modo se desarrollaría y crecería gradualmente exige recursos, organización y, sobre todo, mano de obra. Así ocurrió en 1958, cuando la Meseta Central de Brasil se convirtió en uno de los mayores sitios de construcción del siglo XX para la edificación de Brasilia. Decenas de miles de candangos (migrantes provenientes principalmente del nordeste de Brasil, muchos de ellos sin capacitación técnica previa) llegaron para levantar una capital entera en poco más de tres años, bajo el lema del entonces presidente Juscelino Kubitschek de alcanzar "cincuenta años de progreso en cinco". La arquitectura de Oscar Niemeyer y el plano de Lúcio Costa no habrían sido posibles sin dar por sentado que había suficiente mano de obra disponible y dispuesta a soportar salarios bajos y condiciones extremadamente duras para transformar el hormigón y las curvas en un símbolo nacional.
































