Cómo la escasez de mano de obra está reconfigurando la arquitectura

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Construir una ciudad desde cero no es tarea fácil. Nunca lo ha sido y nunca lo será. La sola idea de crear algo que de otro modo se desarrollaría y crecería gradualmente exige recursos, organización y, sobre todo, mano de obra. Así ocurrió en 1958, cuando la Meseta Central de Brasil se convirtió en uno de los mayores sitios de construcción del siglo XX para la edificación de Brasilia. Decenas de miles de candangos (migrantes provenientes principalmente del nordeste de Brasil, muchos de ellos sin capacitación técnica previa) llegaron para levantar una capital entera en poco más de tres años, bajo el lema del entonces presidente Juscelino Kubitschek de alcanzar "cincuenta años de progreso en cinco". La arquitectura de Oscar Niemeyer y el plano de Lúcio Costa no habrían sido posibles sin dar por sentado que había suficiente mano de obra disponible y dispuesta a soportar salarios bajos y condiciones extremadamente duras para transformar el hormigón y las curvas en un símbolo nacional.

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Casi setenta años después, Brasil se enfrenta a la situación opuesta. Incluso con los incentivos gubernamentales y la expansión del crédito hipotecario, la industria de la construcción tiene dificultades para cubrir sus vacantes. Según datos de la Cámara Brasileña de la Industria de la Construcción (CBIC), el 94% de las empresas constructoras se enfrenta a la escasez de mano de obra, y más de tres de cada cuatro tienen que revisar los cronogramas de sus proyectos debido a la falta de personal. Faltan albañiles, peones, electricistas, fierreros y soldadores. El Mapa del Trabajo Industrial del SENAI proyecta que para 2027 será necesario cubrir 4,4 millones de puestos en el sector.

Sin embargo, la escasez de profesionales de la construcción es un fenómeno global. En Estados Unidos, la asociación Associated Builders and Contractors (ABC) calcula que la industria necesitará atraer a cerca de 450.000 trabajadores y trabajadoras en 2027. La propia organización señala que gran parte de esta demanda inmediata se asocia con el reemplazo de quienes abandonan la industria, sobre todo por jubilación. Al mismo tiempo, aunque el interés de la población joven por los oficios de la construcción se ha duplicado en el país durante la última década, una encuesta de la NAHB publicada en 2026 reveló que solo el 6% de las personas estadounidenses de entre 18 and 25 años que ya han definido un campo profesional declaran querer seguir una carrera en el sector.

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El Congreso Nacional en construcción, visto desde el STF (Supremo Tribunal Federal), 1959. Imagen de la Colección de la Agencia Nacional, Archivo Nacional, Dominio Público

El patrón se repite, con variantes locales, en prácticamente todos los principales mercados de la construcción. Un estudio global de Turner & Townsend revela que alrededor del 71% de los 112 mercados analizados en 44 países se enfrenta a la escasez de mano de obra, una cifra que supera el 93% en la Unión Europea y alcanza el 100% de los mercados encuestados en Australia y Nueva Zelanda. Detrás de estas cifras se encuentra una combinación recurrente de factores: el envejecimiento de la fuerza laboral, la dificultad para atraer a las nuevas generaciones a los oficios de la construcción y las restricciones en el flujo de mano de obra migrante en ciertos mercados.

El modelo de la abundancia

Volviendo al contexto brasileño, la construcción del siglo XX se cimentó sobre el supuesto estructural de que el país disponía de una oferta de mano de obra rural prácticamente inagotable y lista para migrar a las ciudades. El éxodo rural que se intensificó a partir de la década de 1950 no solo impulsó a Brasilia, sino también el auge generalizado de la construcción en altura en las ciudades brasileñas, dando origen a edificios que hoy se reconocen como parte del legado arquitectónico modernista del país.

El crítico y arquitecto Sergio Ferro sostiene que gran parte de la libertad formal de la arquitectura moderna (incluyendo losas en voladizo, curvas libres y formas escultóricas de hormigón visto) dependía directamente de la disponibilidad de mano de obra manual intensiva, poco calificada y mal pagada, capaz de ejecutar físicamente lo que exigían los planos. No se trataba propiamente de artesanía en el sentido de un conocimiento transmitido y valorado de generación en generación, sino de una abundancia de mano de obra que hacía innecesario replantearse el proceso constructivo en sí: siempre había más personas disponibles para cargar encofrados, armar estructuras de refuerzo y compactar el hormigón.

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Brasilia en construcción. Imagen de la Colección de la Agencia Nacional, Archivo Nacional, Dominio Público

Hoy en día, Brasil es un país predominantemente urbano, al igual que gran parte del mundo. La fuerza laboral de la construcción envejece más rápido de lo que se renueva, y ya son muchos quienes describen el problema como una verdadera crisis laboral, agravada por el hecho de que las generaciones más jóvenes suelen asociar las obras con un trabajo físicamente exigente y poco atractivo, prefiriendo ocupaciones que perciben como más cómodas o vinculadas a la tecnología, como los empleos en plataformas digitales.

La consecuencia arquitectónica

Es aquí donde la escasez deja de ser un simple problema de construcción para convertirse en un problema de diseño. La edificación siempre ha sido un sector especialmente resistente a los cambios en sus procesos. Mientras que las fábricas se han transformado una y otra vez gracias a la mecanización, la automatización y la digitalización, muchas obras en construcción siguieron funcionando durante décadas bajo una lógica similar: materiales que llegan por separado, grandes equipos que realizan operaciones manuales y edificios que se ensamblan lentamente en el sitio. Una fotografía de una fábrica de automóviles de hace cincuenta años revelaría probablemente un sistema de producción muy distinto al actual; en cambio, una de una obra en construcción de la misma época podría no resultarnos tan ajena.

Esta persistencia no se explica únicamente por el conservadurismo o el retraso tecnológico. Durante mucho tiempo, existieron pocas razones económicas para alterar radicalmente un sistema sustentado en la disponibilidad de un gran número de trabajadores y trabajadoras. Particularmente en Brasil, la rápida urbanización, la migración interna y una abundante oferta de mano de obra poco calificada contribuyeron a la viabilidad de este modelo.

Es esta condición la que empieza a desaparecer, lo que obliga a las empresas constructoras a acelerar los procesos de industrialización: sistemas prefabricados, componentes manufacturados fuera de la obra, soluciones modulares, mecanización y gestión de obra asistida por inteligencia artificial. La industrialización ya no significa simplemente construir más rápido o con mayor precisión. Implica también diseñar edificios que puedan construirse con menos personal.

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Hospital Sarah / João Filgueiras Lima. Imagen © Joana França

Hay una ironía que vale la pena señalar. Al mismo tiempo que ciertos sectores de la cultura arquitectónica contemporánea celebran el regreso del ladrillo visto, la tierra apisonada, la piedra labrada o el bambú tejido como expresiones de autenticidad material, saberes locales y responsabilidad ambiental, el sistema que realmente produce la mayoría de los edificios avanza en la dirección opuesta: menos operaciones artesanales en obra, más componentes industrializados, mayor ensamblaje y más automatización. Esto no responde necesariamente a una preferencia estética o ideológica, sino a que las condiciones sociales que alguna vez sostuvieron ciertas formas de construir están cambiando.

Esto no significa la desaparición del trabajo artesanal. Más bien, podría señalar un cambio en su posición económica. El trabajo artesanal sobrevive principalmente allí donde su valor cultural, material o arquitectónico justifica el tiempo y el costo necesarios para realizarlo, y donde los presupuestos, los plazos y los clientes pueden asumirlos. Se trata de una tensión similar a la que se observa en el contexto de la India: preservar las técnicas tradicionales hoy en día exige no solo conservar el conocimiento, sino también construir nuevos modelos económicos capaces de sostenerlas.

Brasilia, sin embargo, ya apuntaba hacia otro modelo. João Filgueiras Lima, conocido como Lelé, llegó a la capital cuando aún estaba en construcción y, a través de experimentos en la Universidad de Brasilia en la década de 1960, comenzó a explorar la prefabricación y la racionalización de los procesos constructivos. Estos principios darían forma a su carrera y alcanzarían quizás su expresión más sofisticada décadas más tarde en la Red Sarah de hospitales.

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Hospital Regional de Taguatinga / João Filgueiras Lima. Imagen © Joana França

La presencia de Lelé hace que la historia sea menos lineal: la industrialización de la construcción brasileña no comenzó con la escasez de mano de obra actual. Ya existía como un proyecto preocupado por la racionalización, la rapidez y la calidad arquitectónica. Lo que ha cambiado es su urgencia. Lo que para Lelé era una elección deliberada sobre cómo construir, hoy se está convirtiendo, en muchos casos, en una necesidad económica. El hormigón prefabricado, la gestión de obra asistida por algoritmos y los edificios diseñados para reducir la demanda de mano de obra pueden entenderse, por lo tanto, no simplemente como el triunfo de la tecnología sobre el oficio, sino como parte de una respuesta más amplia a un panorama laboral en transformación, apuntando tal vez hacia lo que podría describirse como una arquitectura de la escasez.

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Construcción de la cubierta del Hospital Sarah en Brasilia, diseñado por João Filgueiras Lima. Cortesía de Escola da Cidade
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Construcción de la cubierta del Hospital Sarah en Brasilia, diseñado por João Filgueiras Lima. Cortesía de Escola da Cidade

Sin embargo, hay un giro interesante en marcha. A medida que la inteligencia artificial avanza en tareas cognitivas y de oficina —precisamente el tipo de empleos que durante décadas parecieron ofrecer mayor seguridad—, muchos trabajos manuales calificados siguen siendo difíciles de automatizar por completo. Las obras de construcción requieren la capacidad de interpretar condiciones irregulares, adaptarse a imprevistos, coordinar movimientos físicos complejos y tomar decisiones en tiempo real. La escasez de este tipo de profesionales ya está empezando a aumentar su valor económico y, en algunos contextos, también su visibilidad cultural.

Esto no implica un retorno romántico a la artesanía. Los salarios más altos impulsados por la escasez no equivalen a valorar el *oficio* como tradición, lentitud o conocimiento transmitido. El escenario más probable es una bifurcación: la automatización y la robótica absorberán las tareas repetitivas y físicamente exigentes, mientras que el trabajo humano se concentrará en aquello que sigue siendo difícil de estandarizar, como los acabados, las adaptaciones y las soluciones a medida. Por lo tanto, el *oficio* podría sobrevivir no como la regla de la obra, sino como una habilidad cada vez más rara, especializada y costosa.

Este artículo es parte del Tema de ArchDaily: La arquitectura del oficio: Historias de lo hecho a mano en la era digital. Cada mes exploramos un tema en profundidad a través de artículos, entrevistas, noticias y obras de arquitectura. Te invitamos a conocer más sobre nuestros Temas de ArchDaily. Y, como siempre, en ArchDaily valoramos las contribuciones de nuestros lectores y lectoras; si quieres presentar un artículo o proyecto, contáctanos.

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Sobre este autor/a
Cita: Souza, Eduardo. "Cómo la escasez de mano de obra está reconfigurando la arquitectura" [How Labor Shortages Are Reshaping Architecture] 26 ago 2026. ArchDaily en Español. (Trad. Romullo Baratto) Accedido el . <https://www.archdaily.cl/es/1183958/como-la-escasez-de-mano-de-obra-esta-reconfigurando-la-arquitectura> ISSN 0719-8914

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