En muchos hogares, el acceso se trata como un espacio residual o una estrecha franja de transición antes de que comience la sala de estar. Sin embargo, en los densos interiores de la región de Asia-Pacífico, a veces a pesar de sus dimensiones reducidas, la entrada suele cumplir una función mucho mayor de lo que su tamaño sugiere. Es el umbral que dicta la transición: se filtra la calle, el cuerpo se adapta, se retiran los zapatos, se recibe a las visitas, se negocia la privacidad y comienza el orden doméstico. Antes de que la sala de estar fuera reconocible como espacio interior, la secuencia y el espacio de entrada ya habían escenificado el primer acto del habitar.
El *genkan* japonés es quizás la versión más conocida de esta condición, pero su lógica se extiende mucho más allá de Japón. En departamentos, casas en hilera, viviendas sociales y hogares urbanos compactos, el umbral de entrada se convierte en un dispositivo arquitectónico pequeño pero cargado de sentido. Gestiona tanto la higiene como la secuencia espacial a través de diversos elementos arquitectónicos deliberados. Puede ser un piso rebajado, un muro ensanchado, un pasillo comprimido, un biombo o un pequeño vestíbulo entre la circulación pública y la vida privada. Su importancia no radica en su tamaño, sino en la cantidad de transiciones que alberga.
Colección Glora de VitrA. Imagen cortesía de VitrA
¿Qué define la calidad de un baño más allá de sus funciones básicas? Al ser uno de los espacios más privados del hogar, el baño está estrechamente vinculado a los rituales diarios y a los momentos de pausa. Si bien las instalaciones, la circulación y los requisitos técnicos establecen la base práctica, la atmósfera surge de una combinación de decisiones espaciales: el modo en que el mobiliario se apoya en el suelo o lo evita deliberadamente, cómo los materiales interactúan con la luz, cómo se integra el almacenamiento y cómo la forma y la proporción configuran la percepción.
La Antártida no tiene gobierno, población permanente ni economía. Además, desde 1959 carece de un propietario reconocido legalmente, ya que el Tratado Antártico congela cualquier reclamación territorial sobre el continente. Sobre el papel, esto la convierte en lo más parecido en la Tierra a un verdadero bien común. En la práctica, cerca de treinta países operan actualmente más de setenta estaciones de investigación allí, varias de ellas a corta distancia en avión unas de otras, y una de esas estaciones cuenta con una escuela, una capilla, un cementerio y una oficina de registro civil que ha registrado once nacimientos desde 1978.
Nada en esa arquitectura es fortuito, y muy poco se explica únicamente por la ciencia. Construir y abastecer una estación de investigación cuesta millones de dólares en uno de los lugares más hostiles del planeta desde el punto de vista logístico; ningún país asume semejante gasto solo para medir un ozono atmosférico que, en muchos casos, podría medir en un lugar más cercano. Lo que una estación hace, de manera infalible, es reclamar derechos sobre un territorio en el que, por ley, está estrictamente prohibido hacerlo.
Grabado en vivo en la Semana del Diseño de Milán 2026 en colaboración con INDX|GLOBAL, el noveno episodio del podcast Room For Dreams reúne a Rajiv Parekh de Red Architects, Hiren Patel de HPAD y Rudraksh Charan de 42mm Architecture para debatir cómo el diseño puede servir como una herramienta poderosa para la resiliencia emocional y la sanación colectiva.
Las imágenes de las bancas en el parque High Line de Nueva York se difundieron por todo el mundo cuando el proyecto se inauguró en 2009. Surgiendo en diagonal a partir de la misma materialidad y modulación del pavimento, estas piezas pasan de manera fluida del concreto a la madera, evocando las vías del tren que alguna vez ocuparon el lugar. Para resistir décadas de exposición a la intemperie, el proyecto requería una especie de madera de durabilidad excepcional, por lo que se seleccionó el ipé, proveniente de la Amazonia brasileña. Su lento crecimiento produce una madera dura, densa y de baja porosidad, naturalmente resistente al desgaste, la humedad y el deterioro biológico. Sin embargo, la elección desató controversia en su momento debido a las preocupaciones sobre la certificación del manejo forestal de la madera. Esta perspectiva más amplia transforma nuestra manera de pensar sobre los materiales: su origen sigue siendo importante, pero también lo es qué ocurre una vez que la vida útil del edificio llega a su fin.
Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un formato para ensayos basados en argumentos sobre las cuestiones críticas que dan forma a nuestra disciplina.
MTM—Made to Measure diseñado por Herzog & de Meuron para UniFor, dirección creativa de Studio Klass. Imagen cortesía de UniFor
¿Qué permite que un único principio arquitectónico genere resultados tan diversos? La respuesta reside en los sistemas que organizan la arquitectura: la geometría, la proporción, la estructura y la construcción. En conjunto, estos elementos pueden establecer un conjunto de reglas capaces de albergar diferentes programas, contextos y condiciones espaciales, al tiempo que mantienen una identidad coherente. Una cuadrícula estructural, por ejemplo, puede organizar una gran variedad de usos, del mismo modo que un único detalle constructivo puede repetirse en todo un edificio sin generar espacios idénticos. ¿Puede esta misma forma de pensar trasladarse al diseño de mobiliario sin perder su identidad? MTM—Made to Measure, desarrollado por Herzog & de Meuron para UniFor, explora esta interrogante. En lugar de diseñar cada pieza de manera independiente, la colección surge de un único principio estructural que puede extenderse, adaptarse y repetirse en diferentes funciones, manteniendo siempre su coherencia interna.
En la costa caribeña de Honduras se encuentra el valle de Leán, una estrecha franja costera delimitada por la cordillera Nombre de Dios al sur y el mar Caribe al norte. Durante mucho tiempo, esta fue la última frontera: una selva densa, pantanos, sin infraestructura y de difícil acceso hacia el interior. No obstante, este panorama comenzó a cambiar con la llegada del pueblo garífuna, que se estableció en la zona entre los ríos Danto y Cangrejal, sentando las bases de lo que se convertiría en la ciudad de La Ceiba, un núcleo urbano en el Caribe hondureño cuya historia ha estado definida por olas de migración: personas de Centroamérica, afrocaribeñas, europeas y del sector corporativo norteamericano. Estos movimientos provenientes de todo el mundo no solo contribuyeron al crecimiento económico, sino que produjeron activamente la lógica espacial, la identidad y la forma arquitectónica de la ciudad.
¿Qué significa el lujo cuando los productos están diseñados para una rápida obsolescencia? Grabado en vivo en la Semana del Diseño de Milán 2026 en colaboración con INDX|GLOBAL, el octavo episodio del podcast Room For Dreams reúne a los/las arquitectos/as Priyanka Mehra, Simran Boparai, Ashmit Singh Alag y Adreesh Chakraborty para analizar la evolución y, a menudo, las contradicciones en la relación entre exclusividad, sostenibilidad y una artesanía con propósito.
La arquitectura suele heredar una paradoja: los edificios que acaban definiendo un lugar rara vez son los únicos que lo moldearon. Al contrario, se convierten en símbolos que se repiten en guías turísticas, campañas de turismo, agendas de conservación e historias de la arquitectura hasta representar a toda una región. Con el tiempo, la riqueza de un paisaje construido se comprime en un puñado de imágenes familiares. Lo que queda fuera de ese encuadre rara vez desaparece; simplemente se desvanece del discurso arquitectónico.
Pocos lugares ilustran esto con tanta claridad como Odisha. Durante décadas, su identidad arquitectónica ha estado representada por los monumentales templos de piedra de Bhubaneswar, Konark y Puri. La sofisticación escultórica de la tradición Kalinga ha ganado con justicia el reconocimiento internacional, convirtiéndose en uno de los legados arquitectónicos más célebres de la India. Sin embargo, este protagonismo también ha traído una consecuencia imprevista: con frecuencia se entiende a Odisha únicamente como una tierra de templos, dejando otras historias arquitectónicas relativamente inexploradas. Las residencias reales, los edificios administrativos, los encuentros coloniales, los asentamientos vernáculos y las antiguas capitales ocupan un lugar mucho menor en el imaginario arquitectónico, a pesar de revelar historias igualmente complejas de gobernanza, diplomacia, ecología e intercambio cultural.
Todo edificio comienza en otro lugar. La arena de su concreto, la piedra de su fachada, el litio que algún día podría alimentar sus sistemas. Llega tras haber sido arrancado de una montaña, del lecho de un río o de un salar a miles de kilómetros de distancia, pasando por una cadena de camiones, barcos y declaraciones de aduana que borran casi todo rastro de su origen. La arquitectura suele tratar al material como un punto de partida, algo simplemente disponible; sin embargo, es en la extracción donde realmente comienza la construcción.
Tan solo el comercio mundial de arena para la construcción se mueve hoy a una escala que rivaliza con los mercados ilegales de madera, oro y pesca combinados, operado a través de redes lo suficientemente violentas como para costarles la vida a periodistas y activistas. Una sola montaña en la Toscana ha producido más mármol en las últimas décadas que en los dos mil años anteriores, vaciada por una fuerza de trabajo cuya propia historia de rebelión ha sido casi por completo olvidada. Bajo los salares de tres países sudamericanos y el cinturón de cobre de África Central, los minerales que supuestamente alimentarán un futuro más limpio son extraídos de tierras que las comunidades indígenas han habitado por generaciones y que, en algunos casos, niños y niñas extraen a mano. Cada una de estas operaciones se vende como comercio ordinario; sin embargo, cada una constituye también una transacción territorial cuyos términos se fijaron muy lejos del lugar donde se extrajo el material.
Propuesta para el Museo Nacional del Ecuador (MuNA). Imagen cortesía de Studio Campo Baeza
El anuncio de la propuesta ganadora para el nuevo Museo Nacional de Ecuador (MuNA) desató uno de los debates arquitectónicos más significativos del país en los últimos años. Desde entonces, la respuesta del público ha reformulado el concurso mismo, al tiempo que plantea interrogantes más amplias sobre cómo un museo nacional otorga forma arquitectónica a la interpretación de una nación. Si bien la discusión comenzó con un único diseño, terminó por exponer un desafío que trasciende las fronteras de Ecuador.
A los museos nacionales no se les pide simplemente representar a una nación, sino darle forma arquitectónica. No obstante, la identidad no se puede construir de manera directa: antes de convertirse en arquitectura, debe ser interpretada y traducida mediante decisiones de diseño.
El 24 de junio de 2026, un severo evento sísmico que consistió en dos grandes terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudió el centro-norte de Venezuela con apenas 39 segundos de diferencia. La destrucción generalizada se concentró a lo largo de la costa norte del país, afectando gravemente a la ciudad capital de Caracas y al vecino estado de La Guaira, donde la frágil infraestructura urbana y la vulnerabilidad de las viviendas provocaron el colapso o graves daños en miles de estructuras residenciales. Este desastre evoca eventos devastadores previos ocurridos durante otros grandes sismos, como el terremoto de Wenchuan de 2008 y los deslizamientos de tierra de 2011 en Sichuan, el terremoto de Ludian de 2014 en Yunnan y el sismo de 2017 en el centro de México. Cuando desastres naturales de gran magnitud afectan a comunidades enteras, los/las arquitectos/as tienen la oportunidad de colaborar proponiendo una arquitectura post-desastre con modelos estratégicos de recuperación. En lugar de depender de refugios de emergencia genéricos y estandarizados, un diseño arquitectónico consciente puede aportar infraestructura residencial de bajo costo y rápido despliegue que preserve la dignidad humana a través de espacios dignos y contextualizados culturalmente.
Para la mayoría de los niños y niñas, el camino a la escuela constituye una geografía cotidiana de vida callejera y tráfico; una rutina que se repite tanto que se vuelve casi invisible, diluyéndose en el trasfondo de la infancia y el crecimiento. Sin embargo, para los y las estudiantes transfronterizos que viven en Shenzhen y asisten a la escuela en Hong Kong, la jornada escolar comienza mucho antes y mucho más lejos del salón de clases. Comienza en la frontera.
Su trayecto diario no es simplemente una cuestión de distancia, sino que está moldeado por dos sistemas legales, dos culturas administrativas y un conjunto de infraestructuras diseñadas para hacer que el cruce diario sea un poco más viable para menores de 18 años. En una mañana cualquiera, la ruta hacia la escuela puede pasar por un punto de control en el límite fronterizo antes de llegar al aula. Puede involucrar un autobús escolar autorizado por el gobierno, una vía de acceso restringido, una sala de migración, un escáner de huellas dactilares o un procedimiento de control migratorio que se realiza mientras los niños y niñas permanecen sentados en el autobús. Lo que a la distancia parece un simple trayecto escolar es, en términos espaciales, un corredor arquitectónico cuidadosamente gestionado entre dos ciudades.
A medida que el co-living se asocia cada vez más con estudiantes, profesionales jóvenes y otras personas residentes con un estilo de vida móvil, surge una pregunta arquitectónica más amplia: si el hogar ya no está vinculado a la residencia a largo plazo, ¿qué debería esperar la arquitectura que provea la vivienda privada?
La gente se muda por estudios, por un trabajo temporal o por una trayectoria profesional que la lleva constantemente a nuevos destinos. Hoy en día, muchas personas contemplan pasar un período definido en un lugar antes de marcharse. La vivienda construida para ellas debe ir más allá de ofrecer refugio: tiene que dar soporte a las rutinas mediante las cuales alguien se adapta a un entorno desconocido en el breve tiempo que sabe que pasará allí. Un año en una ciudad le exige a un departamento algo muy diferente a lo que le exigiría una vida entera, aunque en los planos los metros cuadrados parezcan los mismos.
Existe una gran diferencia entre mirar la imagen de un edificio y experimentar el espacio que representa. La atmósfera de un lugar, moldeada por su luz, sonidos, materialidad y relación con el paisaje circundante, ha pertenecido durante mucho tiempo al ámbito de la experiencia física. Hoy en día, las tecnologías de renderizado en tiempo real están comenzando a reducir esa brecha, permitiendo explorar y experimentar los proyectos antes de que sean construidos.
Mucho antes de que un edificio se construya, este existe como dibujos, maquetas físicas, perspectivas, fotografías y, más recientemente, renders fotorrealistas. Cada nueva herramienta de representación en la historia ha buscado comunicar no solo la apariencia de un proyecto, sino también la experiencia de habitarlo.
Se equivoca quien espere encontrar en las siguientes líneas un discurso sobre materialidade, técnicas constructivas sostenibles, formas de tallar la madera o métodos para trenzar la paja. Este artículo se propone justamente desplazar la mirada más allá de los aspectos que, con frecuencia, definen el debate sobre la cultura de los pueblos originarios cuando se trata de "arquitectura".
En un universo donde el propio término "arquitectura" resulta ajeno, abordar sus construcciones —si es que esta palabra alcanza a nombrarlas— desde un enfoque exclusivamente material o tecnológico no deja de ser un intento de encuadrar sus formas de producir espacio en categorías occidentales. De este modo, se reduce una cosmología compleja a un conjunto de atributos medibles, como si fuera posible transformarla en una lista de verificación aplicable a cualquier arquitectura, borrando precisamente aquello que la distingue: las relaciones entre territorio, cuerpo y memoria.
El bambú suele ser elogiado antes de ser comprendido. Crece rápidamente, posee una larga historia de culturas constructivas y parece ofrecer a la arquitectura un lenguaje ecológico inmediato. En las fotografías, puede parecer casi evidente por sí mismo: ligero, natural, renovable y ya alineado con un futuro más sostenible. Sin embargo, esta aparente claridad es también lo que dificulta hablar de él con precisión. Una vez que se convierte en un símbolo de responsabilidad ambiental, el material mismo puede llegar a desaparecer detrás de la imagen que proyecta.
Este es el riesgo del resurgimiento contemporáneo del bambú. Se le puede imaginar con demasiada facilidad como un sustituto verde de los materiales industriales, como una atmósfera regional o como una alternativa más blanda frente a los lenguajes más duros del acero y el concreto. En cada caso, el bambú se admira antes de comprender sus condiciones de base. La pregunta verdaderamente importante no es si el bambú es sostenible en un sentido general, sino qué tipo de cultura arquitectónica exige: qué formas de conocimiento, mantenimiento, regulación, mano de obra y tiempo son necesarias para que su sostenibilidad se vuelva real.
Los Andes a menudo se entienden como una cordillera continua, sin embargo, abarcan una amplia gama de climas y ecosistemas. En Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia y Chile, los páramos, tierras altas áridas, valles templados y paisajes cubiertos de nieve pueden existir a distancias relativamente cortas unos de otros. A medida que cambia la elevación, también lo hacen la temperatura, la radiación solar, la humedad, el viento, la vegetación y la topografía, produciendo entornos que requieren diferentes formas de construcción.
A diferencia de muchas regiones montañosas donde el frío es la condición ambiental definitoria, los entornos de alta altitud en los Andes combinan varias condiciones climáticas a la vez. A medida que aumenta la elevación, la radiación solar se vuelve más intensa. Algunas regiones permanecen húmedas durante todo el año, mientras que otras experimentan temporadas secas prolongadas. En muchos lugares, el terreno empinado, la nieve y los patrones cambiantes del clima se convierten en factores adicionales que influyen en cómo se diseñan los edificios.
La madera es uno de los materiales más antiguos y familiares de la arquitectura; sin embargo, su uso contemporáneo plantea interrogantes complejos sobre el impacto ambiental, la disponibilidad de recursos, la procedencia del material y la circularidad en relación con las economías locales. Al mismo tiempo, los avances en diseño computacional, mecanizado CNC y fabricación robótica también están reconfigurando la manera en que se diseña y ensambla la madera, abriendo nuevas posibilidades para la innovación estructural y la expresión formal, al tiempo que redefinen el equilibrio entre automatización, mano de obra y eficiencia.