Imaginar un orden social diferente resulta más sencillo cuando se sitúa lejos de aquel que ya existe. En América Latina, esa distancia ha sido a menudo territorial. Diversas zonas de la región han sido tratadas, una y otra vez, como lugares donde un nuevo mundo podría comenzar. Sin embargo, estos lugares nunca estuvieron vacíos.
En el ámbito de la arquitectura, esta idea tiene un punto de partida familiar: el plano. Visto desde arriba, un territorio puede parecer una hoja en blanco, lista para un eje o una cuadrícula. A nivel de suelo, sin embargo, ese mismo territorio ya está lleno de personas y de los senderos que recorren.
En 1948, Robert Moses estableció el vertedero Fresh Kills en la costa occidental de Staten Island. El sitio, elegido por sus humedales remotos y el bajo valor de la tierra, estaba destinado a ser temporal; sin embargo, para 1955 ya era el vertedero más grande del mundo, llegando a recibir hasta 29.000 toneladas de desechos al día en su punto máximo en 1991. Para 2001, tras más de cincuenta años de funcionamiento continuo, Fresh Kills abarcaba 2.200 acres (unas tres veces la superficie de Central Park) y era, de manera poco espectacular, visible desde el espacio. En sus inicios, Moses no esperaba diseñar un basurero sino, sin llamarlo así, un nuevo accidente geográfico con cuatro colinas artificiales que se elevaban hasta sesenta metros sobre el nivel del mar, construidas enteramente a partir de los residuos acumulados de ocho millones de vidas cotidianas.
Ese accidente geográfico se está convirtiendo ahora, lentamente, en un parque. James Corner Field Operations ganó el concurso internacional de diseño convocado por la ciudad en 2001, desarrollando un plan maestro llamado Lifescape, cuya ejecución tomará treinta años. Los cuatro montículos del vertedero se están sellando, reforestando y abriendo gradualmente al público. El metano proveniente de los residuos en descomposición se captura y se canaliza hacia un sistema de energía, mientras se restauran los humedales alrededor de las colinas diseñadas por ingeniería. La evidencia del consumo de Nueva York se transforma así en una hazaña de ingeniería ecológica y en un acto de gestión de la memoria institucional (una manera de hacer que el paisaje más vergonzoso de una ciudad parezca, poco a poco, algo que siempre debió ser).
En muchas ciudades asiáticas, el clima estival se puede experimentar cada vez más a la distancia. En Hong Kong, es posible trasladarse desde una torre de departamentos a través de un centro comercial en podio, ingresar al sistema de tránsito rápido ferroviario (MTR), llegar debajo de otro complejo comercial y continuar por puentes peatonales cerrados o pasajes subterráneos, percibiendo muy poco de la atmósfera exterior. El calor, la humedad, la lluvia y las variaciones estacionales siguen presentes, pero se pueden esquivar en gran medida gracias a una red continua de interiores climatizados.
A lo largo de varias décadas, el aire acondicionado ha pasado de ser una tecnología para enfriar habitaciones individuales a convertirse en una infraestructura capaz de producir un entorno urbano alternativo. Esto resulta especialmente visible en zonas de Asia Oriental y el Sudeste Asiático, donde el desarrollo orientado al transporte combina frecuentemente estaciones de tren, centros comerciales, viviendas, oficinas y otros servicios cotidianos en complejos interconectados. El modelo "Ferrocarril más Propiedad" (Railway plus Property) ha ayudado a institucionalizar esta relación entre transporte y desarrollo, creando distritos donde el movimiento a través de la ciudad es a menudo inseparable del tránsito por interiores de gestión privada.
Por segundo año consecutivo, Copenhague fue elegida como la ciudad más habitable del mundo en el Índice Global de Habitabilidad 2026 de la Economist Intelligence Unit. Según el Centro de Arquitectura Danés, parte de este avance en la calidad de vida urbana se debe al trabajo del arquitecto y urbanista danés Jan Gehl, quien celebra su 90.º cumpleaños este año. Gehl ha dedicado su carrera profesional al estudio de la vida pública y al desarrollo urbano centrado en las personas; fundó Gehl Architects (ahora Gehl Studio) en el año 2000 y ha publicado extensamente sobre metodologías de diseño para crear entornos urbanos dinámicos, saludables y con un enfoque humano. En homenaje a su trayectoria, el Centro de Arquitectura Danés presenta una exposición y una serie de actividades enfocadas en el papel que ha desempeñado en el desarrollo urbano a nivel mundial.
Colaje de mapa conceptual de Kampala, Jartum y Kinsasa. Ilustración de Maisa Elamein vía Wikimedia Commons y fuentes de dominio público.
La violencia colonial en las ciudades africanas se filtró de las dimensiones políticas al ámbito espacial. Se halla impregnada en los trazados de las calles, los sistemas de tenencia de la tierra, la infraestructura de drenaje y las zonas residenciales que, al día de hoy, siguen estructurando la desigualdad y el desplazamiento. Kinsasa, Jartum y Kampala arrastran esta herencia en su morfología urbana, funcionando a la vez como artefactos históricos y como estructuras activas. Este legado determina quién accede a los servicios y quién habita las tierras propensas a inundaciones, al tiempo que cataliza una creciente inestabilidad climática que empuja a este aparato hacia dimensiones completamente nuevas, incluidas las geológicas.
Edificios obsoletos. Imagen cortesía de Matt Van der Velde
A menudo se debate sobre la sustentabilidad en la arquitectura como si fuera un estándar universal y, en principio, debería serlo. Los edificios se evalúan cada vez más en función de su rendimiento energético, el carbono embebido, los sistemas de certificación, la eficiencia de los materiales, la biodiversidad y el impacto durante todo su ciclo de vida. Sin embargo, las normativas que determinan lo que realmente debe hacerse siguen siendo de carácter sumamente local. Un proyecto diseñado en Londres, Nueva York o Copenhague puede estar determinado por códigos energéticos estrictos, evaluaciones ambientales, requisitos de divulgación, controles de planificación y metas de carbono cada vez más ambiciosas. En cambio, esa misma oficina al trabajar en otro lugar puede encontrarse con un panorama normativo muy diferente.
Esto plantea un interrogante complejo para la arquitectura internacional: cuando la ley no exige la sustentabilidad con el mismo rigor, ¿qué estándares deberían mantener los/las arquitectos/as?
Bengasi 2050: Visión y Centro de Planificación Digital. Casco antiguo. Imagen cortesía de ZHA
Un equipo integrado por ZHA, A&O TEC, Prior + Partners, Homa, Buro Happold, Systematica y Fichtner presentó recientemente su propuesta conceptual para el "Plan de la Ciudad de la Próxima Generación" (Next Generation City Plan) para Bengasi, Libia. El proyecto busca conjugar los rasgos identitarios de esta histórica ciudad portuaria con las tecnologías de planificación necesarias para guiar su desarrollo hacia el año 2050, en un contexto de rápida urbanización. La propuesta, desarrollada para A&O TEC, incluye una "Visión y Estrategia Espacial" (Vision and Spatial Strategy) —que consiste en una interpretación del carácter y la memoria colectiva de la ciudad traducida en un marco de desarrollo adaptable— y un "Centro de Planificación Digital" (Digital Planning Hub), un modelo basado en evidencia que mapea la urbe para identificar su potencial y los fenómenos que configuran su crecimiento.
El Monumento Continuo, 1969. Imagen cortesía de Superstudio
Si se le pregunta a un/a arquitecto/a cuál es el problema más difícil de la disciplina en este momento, rara vez mencionará el bloque de viviendas de posguerra sin mantenimiento a dos calles de su oficina. Lo que se le viene a la mente son los diferenciales de presión en Marte o las cargas de tracción en una plataforma flotante; y es que un suelo sin reclamar no tiene con quién negociar, no tiene una historia a la cual responder ni inquilinos/as que recuerden la última renovación, lo que facilita considerablemente el diseño.
Quienes ejercen la arquitectura suelen creer que están resolviendo un problema más complejo que el de al lado. Un proyecto como The Line, una ciudad de 170 kilómetros diseñada para albergar a nueve millones de habitantes en un terreno sin reclamantes previos, no es arquitectónicamente más difícil que un sitio con un siglo de ocupación, disputas de propiedad y un departamento de planificación urbana que recuerda a las últimas tres desarrolladoras que usaron la palabra "comunidad" para referirse a algo muy distinto. Es, de hecho, considerablemente más sencillo. No hay nadie a quien persuadir, ni historia a la cual responder, ni discusiones que perder. Esto plantea una interrogante: si el problema verdaderamente difícil está a dos calles de la oficina, sin resolver, mientras que el más sencillo se queda con los renders y las rondas de financiamiento, entonces "ambición" no es la palabra adecuada para describir lo que ocurre. Hay algo que se está evitando, y es momento de empezar a reflexionar sobre qué es.
Oslo, Noruega. Foto de Collection Maykova, vía Shutterstock
Oslo es la capital de Noruega, además de su ciudad más grande, y funciona como el centro político, económico y cultural del país. Ubicada al fondo del fiordo de Oslo y rodeada de colinas boscosas, alberga a cerca de 700.000 personas en el área urbana, con más de un millón de habitantes en su área metropolitana. Fundada hace aproximadamente mil años, Oslo tiene una larga historia como puesto comercial y sede administrativa. Sin embargo, gran parte de su carácter moderno se configuró después de que un gran incendio en el siglo XVII llevara a una reconstrucción total bajo el dominio danés, época en la que fue rebautizada temporalmente como Christiania. Hoy en día, se sitúa de manera constante entre las ciudades con mejor calidad de vida del mundo, valorada por su equilibrio entre el dinamismo urbano y el fácil acceso a la naturaleza.
Este artículo forma parte de "Thresholds", una edición impresa especial de Cobe Notes x ArchDaily.
Bajo el suelo yace un material que, en silencio, ha moldeado la arquitectura del mundo moderno. Rara vez se discute sobre el petróleo dentro del discurso arquitectónico; sin embargo, la extracción, circulación y consumo de crudo han reorganizado profundamente la lógica espacial de los territorios. Oleoductos, refinerías, plataformas de perforación, puertos, autopistas y complejos petroquímicos forman un vasto paisaje infraestructural que sostiene la vida contemporánea, configurando una arquitectura dispersa de la energía.
A lo largo de los siglos XX y XXI, el petróleo se convirtió en la base material de la sociedad industrial. Alimentó el transporte, impulsó fábricas y sostuvo el crecimiento de ciudades cuya organización espacial dependía de flujos continuos de energía. No obstante, las infraestructuras que facilitan estos flujos rara vez son objeto de investigación arquitectónica. La atención sigue dirigiéndose, en gran medida, hacia la forma, la tipología o la densidad urbana, mientras que los sistemas materiales que sustentan estos entornos tienden a quedar relegados a un segundo plano dentro de la disciplina.
Toda crisis de vivienda se convierte tarde o temprano en una cuestión de suelo, y toda cuestión de suelo termina siendo una cuestión de valores. La costa oeste de los Estados Unidos ha llegado a ese punto. A medida que las ciudades, desde Los Ángeles hasta Seattle, buscan terrenos para construir la vivienda asequible que prometen desde hace años, no dejan de toparse con la misma respuesta: el parque o el cinturón verde. Lo que parece una decisión de zonificación es, en realidad, un referéndum sobre qué forma de bienestar está dispuesta a sacrificar una ciudad en favor de otra.
Los graves incendios forestales registrados a finales de agosto en el norte de Argelia han dejado zonas residenciales, tierras agrícolas y corredores de transporte clave directamente en la trayectoria de las llamas en rápida propagación. La destrucción en Jijel, Béjaïa y Tizi Ouzou cobró al menos 12 vidas y obligó al cierre de emergencia de las principales autopistas nacionales. Este último brote se produce tras un verano de incendios recurrentes en todo el país. En julio, las autoridades registraron casi 2,000 incendios a nivel nacional, mientras que los fuegos en la provincia nororiental de Annaba a finales de mes obligaron a más de 100 personas a evacuar sus hogares y dañaron cerca de 150 viviendas. Los incendios actuales han vuelto a poner zonas residenciales, carreteras y otras infraestructuras en el camino de las llamas en rápida propagación. Los incendios forestales ocurren de manera regular en el norte de Argelia durante el verano, donde la sequía cada vez más frecuente y los periodos de calor intenso contribuyen a condiciones de propagación más severas.
En la década de 1970, Cuba enfrentó una grave escasez nacional de vivienda debido al crecimiento demográfico, la migración del campo a la ciudad y el deterioro del fondo habitacional existente. La respuesta del gobierno fue un sistema que retiraba a trabajadores y trabajadoras de sus empleos habituales para destinarlos a las obras de construcción. Este programa, conocido como las Microbrigadas, transformó distritos enteros de La Habana al combinar la autoconstrucción colectiva y el conocimiento técnico respaldado por el Estado, dejando una huella en la trama urbana de la capital que perdura hasta hoy.
En muchas ciudades asiáticas, el acto de comer nunca ha pertenecido del todo al hogar privado. Se desborda hacia mercados, centros de comida callejera (hawker centers), puestos callejeros y distritos mayoristas integrados en edificios o zonas más amplias. Son lugares donde la ciudad intercambia información y observa el tránsito de las personas. No son restaurantes en el sentido convencional, ni tampoco simples mercados. En cierto modo, su dinamismo y uso reflejan las condiciones de la sociedad en ese momento. Son cocinas públicas: infraestructuras compartidas donde las rutinas domésticas se trasladan parcialmente al espacio colectivo.
Los Edificios de Servicios Municipales y la comida a pie de calle en Hong Kong son espacios donde la alimentación se entiende no solo como cultura, sino como organización urbana. Los centros de comida preparada de la ciudad integran el acto de comer en un engranaje cívico mayor que abarca mercados de productos frescos, bibliotecas y polideportivos. Por su parte, los dai pai dong y las mesas en las aceras transforman la acera en un comedor temporal. Más allá de Hong Kong, surgen preguntas similares en toda la región: ¿Cómo abren espacio las ciudades para el acto social de comer? ¿Dónde se cocina cuando el espacio doméstico es limitado? ¿Qué tipo de arquitectura soporta el desorden y el calor de la comida cotidiana?