Lagos es una ciudad moldeada por el tiempo, la interacción humana, las fuerzas de la naturaleza y su relación cambiante y, a veces, conflictiva con estos tres elementos. No hay lugar donde esto resulte más evidente que cuando llega la lluvia.
Eko se asienta sobre una llanura aluvial. Su condición geográfica es anterior a la propia ciudad, remontándose a una época previa al trazado de la primera calle o a la delimitación de la primera frontera. Los sistemas de drenaje y los desarrollos inmobiliarios que paulatinamente se han convertido en frentes marítimos privatizados están construidos sobre un paisaje que, en su esencia, siempre ha estado en continuo diálogo con el agua. La inundación no es una anomalía; es el territorio que insiste en entablar un diálogo destinado a repetirse.
Casa Sobre el Arroyo, Amancio Williams. Imagen vía World Monuments Fund
¿Qué sucede con una casa cuando la vida para la que fue diseñada llega a su fin? En el caso de la Casa sobre el Arroyo, la respuesta se fue gestando de manera gradual a medida que la obra cambió de uso, de propiedad y de estado de conservación a lo largo de casi ocho décadas. Aun frente a estas transformaciones, la estructura, la circulación y la relación con el sitio mantuvieron un papel central en la manera de entender la vivienda y, finalmente, de restaurarla.
Diseñada a partir de 1943 por Amancio Williams y Delfina Gálvez Bunge de Williams para el padre de Amancio, Alberto Williams, la Casa sobre el Arroyo surgió directamente de las condiciones de su emplazamiento en Mar del Plata, Argentina. En lugar de tratar al arroyo Las Chacras como un obstáculo a esquivar, el proyecto lo utiliza para organizar la propia vivienda. Un arco de hormigón armado cruza el cauce y eleva los espacios habitables sobre este, transformando al arroyo en una pieza fundamental de la experiencia de recorrer y habitar la casa.
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Dornbracht Atelier Edition The Knot en colaboración con AB Concept. Imagen cortesía de Dornbracht
Los símbolos siempre han viajado a través de la arquitectura. Aparecen en la piedra tallada, los textiles tejidos, los techos y muros pintados, los herrajes de las puertas y los objetos cotidianos, portando las creencias, los rituales y las historias de las culturas que los crearon. En los interiores contemporáneos, el diseño continúa este diálogo con el lugar al reinterpretar símbolos históricos y traducirlos a través de nuevos materiales, técnicas de fabricación y formas arquitectónicas.
El nudo Ruyi es un claro ejemplo de esto. Durante siglos, este motivo entrelazado ha formado parte de la tradición del anudado chino, simbolizando la continuidad, la armonía y los buenos deseos. Su geometría de bucles suaves ha estado presente en objetos decorativos y artesanías ceremoniales, demostrando cómo las referencias culturales pueden integrarse en un vocabulario de diseño que va mucho más allá del ornamento.
Filippo Brunelleschi y la cúpula de Santa Maria del Fiore, terminada en 1436 en la ciudad italiana de Florencia, representan un capítulo importante en la historia de la arquitectura, a menudo asociado con el distanciamiento progresivo entre el dibujo y la construcción. Esta separación, consolidada gradualmente con el paso del tiempo, encuentra un punto de inflexión decisivo en el Renacimiento. El dibujo se convierte en un instrumento para anticipar y afirmar la autoridad sobre la construcción. La obra de construcción, que alguna vez fue un espacio de invención y toma de decisiones, pasó a entenderse principalmente como un lugar de ejecución.
Durante los siglos siguientes, esta distancia se volvió cada vez más pronunciada, particularmente con la construcción moderna. La industrialización, la especialización técnica y la organización corporativa fragmentan el proceso constructivo en etapas cada vez más diferenciadas. Quienes diseñan rara vez construyen; quienes construyen no siempre participan en la toma de decisiones; y quienes financian, gestionan y habitan ocupan posiciones aún más distanciadas entre sí. Si bien la eficiencia de este modelo permitió construir a escala, también concentró el conocimiento y el poder de decisión en manos de unos pocos actores.
Bazar en Hyderabad, India. Foto de Kanishq Kancharla en Unsplash
Este artículo es parte de "Thresholds", un periódico impreso de edición especial de Cobe Notes x ArchDaily.
Por lo general, la arquitectura se representa como un objeto estable: un edificio capturado en un momento de claridad visual, aislado de las contingencias de su entorno. Los planos, secciones y fotografías prometen legibilidad al suspender el tiempo. Sin embargo, muchos de los entornos públicos más perdurables del mundo se resisten por completo a este modo de representación. No están diseñados para leerse de forma instantánea, ni revelan su lógica únicamente a través de la forma. Su inteligencia espacial emerge gradualmente, a través de la repetición, la ocupación y la duración.
El bazar pertenece firmemente a esta categoría. No puede comprenderse mediante un solo dibujo o un alzado terminado. Su organización no es fija, sino ensayada. Lo que lo sostiene no es la mera composición arquitectónica, sino la sincronía compartida, la memoria colectiva y los patrones de uso largamente establecidos. La convivencia en el bazar no surge de decisiones de diseño formales; se produce mediante encuentros repetidos, proximidades negociadas y una familiaridad social acumulada a lo largo del tiempo.
Este artículo es parte de nuestra nueva sección de Opinión, un espacio para ensayos de base argumentativa sobre las preguntas críticas que definen nuestra disciplina.
Durante siglos, la mayor parte del mundo se ha mirado a sí misma a través de un instrumento de representación espacial del siglo XVI. El pasado 4 de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas votó para cambiar esto al aprobar una resolución que insta a gobiernos, escuelas, medios de comunicación y empresas tecnológicas a retirar la proyección de Mercator en todos los contextos donde el tamaño relativo de los países sea realmente relevante, en favor de alternativas de áreas equivalentes como la proyección Equal Earth de 2018. La votación se aprobó por 164 votos contra 1. Estados Unidos fue el único en votar en contra.
En términos generales, una estructura es un testimonio de su tiempo. La propuesta y la escala material de un proyecto arquitectónico a menudo superan la vida útil de un solo ser humano, convirtiéndose, de este modo, en parte de una narrativa histórica. Esta característica transversal es particularmente evidente en tipologías de proyectos específicas: sitios conmemorativos, cementerios, museos e incluso centros educativos y comunitarios. Recientemente, este valor se ha extendido no solo a los edificios, sino también a las técnicas de construcción, las formas y geometrías ancestrales, y a la naturaleza misma. Este valor histórico y su connotación simbólica se representan en esta selección de cinco edificios diseñados por la comunidad de lectores y lectoras de ArchDaily, aún no construidos, en Kosovo, Canadá, China, Egipto y Bangladés.
Este artículo forma parte de "Thresholds", una edición impresa especial de Cobe Notes x ArchDaily.
Lanzada en septiembre de 2024, la serie Redescubriendo el modernismo en África se sumó a un creciente interés global sobre este tema. Históricamente subestimado en los debates arquitectónicos, el trabajo de arquitectos/as e investigadores/as —tanto dentro como fuera del continente— ha continuado narrando la historia de estas valiosas obras de arquitectura moderna. Estos edificios representan el esfuerzo de los/las diseñadores/as por crear una arquitectura adaptada al contexto de cada territorio a partir de conceptos y tecnologías globales, coincidiendo con las profundas transformaciones políticas que supuso la independencia de la mayoría de los países africanos.
Históricamente, la manera en que diseñamos ha estado estrechamente vinculada a la forma en que construimos. La arquitectura avanzaba mediante pruebas físicas, procesos de ensayo y error, dibujos de proyección, maquetas a escala real y modelos físicos; si bien cada recurso introducía una nueva capa de abstracción, todos permanecían vinculados al material, la escala y la construcción. La llegada del CAD modificó significativamente esta dinámica. En un principio, se entendió en gran medida como la digitalización de una geometría precisa para la construcción. Sin embargo, con el tiempo, las herramientas digitales se incorporaron en etapas cada vez más tempranas del proceso de diseño, desplazando al boceto, el ensayo y error físico, la elaboración de maquetas y otras formas de pensamiento que solían mantener la escala y la materia al alcance de la mano.
Por lo tanto, el linaje del diseño arquitectónico puede entenderse, en parte, como una evolución de las abstracciones. Algunas de ellas han sido extraordinariamente productivas. Las plantas y secciones, por ejemplo, aíslan dimensiones particulares de la arquitectura sin dejar de permitir que la mente reconstruya la totalidad. Aplanan, cortan y reducen, pero no abandonan el edificio. Mediante la combinación de dibujos, es posible comprender las habitaciones, las circulaciones, la estructura, las aberturas y las relaciones espaciales sin perderse en la complejidad del proyecto. Su abstracción es disciplinada porque permanece ligada a una realidad arquitectónica que, eventualmente, deberá ser medida, construida y habitada.
Oslo, Noruega. Foto de Collection Maykova, vía Shutterstock
Oslo es la capital de Noruega, además de su ciudad más grande, y funciona como el centro político, económico y cultural del país. Ubicada al fondo del fiordo de Oslo y rodeada de colinas boscosas, alberga a cerca de 700.000 personas en el área urbana, con más de un millón de habitantes en su área metropolitana. Fundada hace aproximadamente mil años, Oslo tiene una larga historia como puesto comercial y sede administrativa. Sin embargo, gran parte de su carácter moderno se configuró después de que un gran incendio en el siglo XVII llevara a una reconstrucción total bajo el dominio danés, época en la que fue rebautizada temporalmente como Christiania. Hoy en día, se sitúa de manera constante entre las ciudades con mejor calidad de vida del mundo, valorada por su equilibrio entre el dinamismo urbano y el fácil acceso a la naturaleza.
Puerta de seguridad pivotante Di.Big. Imagen cortesía de Porte Blindate
¿Qué transforma un espacio habitable en un hogar? Más allá de la propiedad o el refugio, el hogar está ligado a una sensación de certeza más silenciosa: la convicción de que uno puede retirarse, descansar y alejarse momentáneamente de la imprevisibilidad del mundo. El hogar es el escenario donde se acumulan las rutinas, los recuerdos se asientan en los espacios y objetos, y la identidad personal toma forma física a través del habitar y los rituales cotidianos. Sin embargo, este sentido de pertenencia depende de otra condición que suele pasar desapercibida hasta que se ve alterada: la seguridad. Sentirse "en casa" implica una condición de confort y estabilidad. Cuando los entornos domésticos no logran ofrecer esto, los espacios diseñados para el descanso se convierten en fuentes de inquietud, afectando sutilmente las rutinas y el bienestar.
Por lo general, los/las profesionales especialistas son quienes tienen el poder de decisión, ya sean historiadores/as, museólogos/as, arquitectos/as o geógrafos/as. ¿Pero con base en qué se toman estas decisiones? ¿Cabe la complejidad de la historia en un checklist? ¿O, de manera aún más elemental, en qué versión de la historia se basan estas decisiones?
A lo largo de la historia de la arquitectura, el círculo ha estado asociado a múltiples significados: desde la geometría cósmica de los templos antiguos y el óculo de las construcciones clásicas hasta los rosetones de las catedrales góticas y los ojos de buey de los barcos. No obstante, en el siglo XX, el círculo adquirió un nuevo sentido cultural. A medida que la aviación, la exploración espacial y la innovación tecnológica transformaban la forma en que la sociedad imaginaba el futuro, las formas circulares comenzaron a evocar máquinas, naves espaciales, cápsulas e incluso nuevas formas de habitar.
La promesa original del BIM (Building Information Modeling) iba mucho más allá de la representación tridimensional de un edificio. Su ambición consistía en convertir el modelo en una estructura de información coordinada, en la que la geometría, los componentes, los sistemas y los datos permanecieran conectados a medida que evolucionaba el proyecto. Así, los cambios en un elemento se reflejarían en los planos, secciones, alzados y tablas de cantidades correspondientes; las interferencias entre las distintas disciplinas podrían identificarse antes de la construcción; y la información asociada a los componentes del edificio acompañaría al proyecto a lo largo de las distintas etapas de su ciclo de vida.
Desde la crisis de 2008, un puñado de oficinas pequeñas (ninguna de más de quince años de antigüedad y ninguna lo suficientemente grande como para necesitar un manifiesto en el sentido tradicional) ha llegado, de manera independiente, a alguna versión del mismo rechazo: sonar demasiado seguras de sí mismas, demasiado pronto, en una disciplina que se había pasado la década anterior vendiendo la certeza como un acabado. Probablemente se resistirían a ser agrupadas bajo una misma etiqueta, pero la coincidencia misma radica en que algo en el ejercicio de la arquitectura después de 2008 hizo que la inocencia pareciera la única postura que valía la pena intentar.
Al menos desde 2019 en adelante, Fala ha difundido una descripción de sí misma de dos palabras, repetida textualmente en docenas de medios de arquitectura: una "oficina de arquitectura ingenua". Sin notas al pie, sin ironía; simplemente una oficina, fundada en 2013, que construyó una década de casas, casitas para pájaros y encargos institucionales sobre un término que la arquitectura había pasado un siglo intentando superar. La pregunta que plantea la frase no es si los edificios son buenos (que, por lo general, lo son), sino qué significa para una oficina elegir la inocencia como una postura pública. ¿Dónde termina la postironía y comienza el marketing?
Este artículo forma parte de "Thresholds", una edición impresa especial de Cobe Notes x ArchDaily.
Bajo el suelo yace un material que, en silencio, ha moldeado la arquitectura del mundo moderno. Rara vez se discute sobre el petróleo dentro del discurso arquitectónico; sin embargo, la extracción, circulación y consumo de crudo han reorganizado profundamente la lógica espacial de los territorios. Oleoductos, refinerías, plataformas de perforación, puertos, autopistas y complejos petroquímicos forman un vasto paisaje infraestructural que sostiene la vida contemporánea, configurando una arquitectura dispersa de la energía.
A lo largo de los siglos XX y XXI, el petróleo se convirtió en la base material de la sociedad industrial. Alimentó el transporte, impulsó fábricas y sostuvo el crecimiento de ciudades cuya organización espacial dependía de flujos continuos de energía. No obstante, las infraestructuras que facilitan estos flujos rara vez son objeto de investigación arquitectónica. La atención sigue dirigiéndose, en gran medida, hacia la forma, la tipología o la densidad urbana, mientras que los sistemas materiales que sustentan estos entornos tienden a quedar relegados a un segundo plano dentro de la disciplina.
Un invernadero es una construcción diseñada para crear un clima dentro de otro. Al controlar la luz solar, el calor y la ventilación a través de su envolvente, genera condiciones distintas a las del exterior. Tradicionalmente, ese ambiente controlado se diseñaba en función de las plantas; sin embargo, en el ámbito de la vivienda, este mismo principio se utiliza cada vez más para configurar espacios para las personas.
Incorporar la construcción de invernaderos en una vivienda ofrece mucho más que un simple cerramiento adicional. Permite crear espacios protegidos sin necesidad de climatizarlos como si fueran habitaciones interiores convencionales, captar el calor solar cuando resulta útil, ventilar cuando suben las temperaturas y prolongar las épocas del año en las que ciertas zonas del hogar resultan cómodas de habitar.
De izquierda a derecha: Oanh Nguyen Henriksen (Foto: Tuala Hjarnø), Susana Rojas Saviñón (Foto: Estudio Ome), Javier Ors Ausín, Sumayya Vally (Foto: Lou Jasmine), Charles Kettaneh y Nicolas Fayad (EAST Architecture Studio, Foto: Julien Lanoo)
Desde su lanzamiento en 2020, los ArchDaily Next Practices Awards han destacado a oficinas de arquitectura de vanguardia que están redefiniendo los límites de la disciplina. A lo largo de cinco ediciones, la iniciativa ha reconocido a 105 oficinas de 44 países, amplificando voces de todo el mundo y fomentando una conversación global sobre el papel en constante evolución de la arquitectura en la sociedad. Entre las oficinas ganadoras emergen valores recurrentes: sensibilidad contextual, uso sostenible de materiales, cocreación con las comunidades, enfoques experimentales e interdisciplinarios, memoria y patrimonio, responsabilidad social e intervenciones a escala humana.
El programa refleja lo que viene: las ideas, prácticas y proyectos que deben impulsarse hacia el futuro. El concepto "Next" encarna a aquellas oficinas que encuentran soluciones a los desafíos urgentes de hoy mientras anticipan las necesidades del mañana. Al destacar estas prácticas, buscamos iluminar los caminos que pueden conducir a un futuro más significativo y resiliente para la arquitectura y más allá.
Toda crisis de vivienda se convierte tarde o temprano en una cuestión de suelo, y toda cuestión de suelo termina siendo una cuestión de valores. La costa oeste de los Estados Unidos ha llegado a ese punto. A medida que las ciudades, desde Los Ángeles hasta Seattle, buscan terrenos para construir la vivienda asequible que prometen desde hace años, no dejan de toparse con la misma respuesta: el parque o el cinturón verde. Lo que parece una decisión de zonificación es, en realidad, un referéndum sobre qué forma de bienestar está dispuesta a sacrificar una ciudad en favor de otra.
En las viviendas compactas, la cocina rara vez es solo un espacio para cocinar. Suele operar como un borde: un muro de servicios o un límite entre el trabajo doméstico y la vida social. Su importancia no radica únicamente en la preparación de alimentos, sino en cómo organiza el resto del hogar, en particular debido a las limitaciones impuestas por las instalaciones de plomería y los requisitos de ventilación. Antes de que una estancia pueda sentirse abierta, la cocina a menudo debe absorber la intensidad práctica de la vida cotidiana: agua, calor, olores, electrodomésticos, provisiones y almacenamiento.
Esto es especialmente evidente en los densos interiores de Asia Oriental, donde el espacio doméstico suele estar condicionado por superficies reducidas, transformaciones en las estructuras familiares, el trabajo híbrido y las particularidades culturales de la cocina. Si bien la cocina abierta suele presentarse como una característica de estilo de vida, en muchos departamentos constituye también un problema de planificación. Debe negociar el trabajo doméstico, propiciar encuentros informales y, en ocasiones, como estrategia para optimizar el espacio, reemplazar al pasillo o al recibidor. Así, más que un simple gesto de diseño, el borde de la cocina se convierte en un acuerdo espacial entre el servicio y el habitar.