
En algunas de las ciudades más densas del mundo, encontrar un espacio cómodo para vivir se ha convertido en un desafío cada vez mayor, y lo mismo ocurre al morir. Se calcula que cada año fallecen 55 millones de personas y, por cada persona viva en la actualidad, existen 15 veces más personas fallecidas. Sin embargo, quienes se dedican a la planificación urbana y al desarrollo arquitectónico suelen interesarse más por atender a los vivos que por involucrarse en los asuntos de la muerte. Esto ha generado tensiones entre ambos mundos paralelos y, con el paso del tiempo, surgen cada vez más preguntas sobre cómo abordar el diseño del espacio público para que los vivos y los muertos puedan coexistir.






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