Licenciada en Arquitectura y Máster en Arquitectura por la Escuela Knowlton del Estado de Ohio. Máster en Desarrollo Inmobiliario por la Universidad de Columbia. Senior Contributor en en ArchDaily. Interesada en el desarrollo estratégico de las ciudades a escala intangible. Reside en Nueva York
A medida que la pandemia de COVID-19 obliga a muchas oficinas de arquitectura a realizar una rápida transición al trabajo desde casa, los equipos de diseño deben descubrir nuevas formas de trabajar sin compartir un mismo espacio. Las conversaciones casuales, las ideas captadas al vuelo y las visitas a obra —que antes eran parte fundamental de nuestra labor— se han puesto en pausa, dejando a muchos/as arquitectos/as preguntándose cómo están gestionando los demás el desarrollo de sus proyectos.
La noción romántica de la pasión por viajar (*wanderlust*) y la capacidad de alejarse libremente de lo conocido con un mínimo de pertenencias es un deseo que casi todo el mundo ha experimentado en algún momento de su vida. El estilo de vida nómada resulta tan atractivo porque representa la posibilidad de rebelarse contra los símbolos de estabilidad y permanencia en favor de la exploración del entorno natural y de la capacidad de adaptarse con facilidad a diversas condiciones de vida. Este anhelo ha dado lugar a estructuras móviles para el/la vagabundo/a urbano/a que pueden transformarse en una oficina temporal, un hogar o incluso en una comunidad entera.
Muchos de nosotros pasamos más tiempo que nunca en nuestras oficinas y, a veces, vemos más a nuestros colegas que a nuestras propias familias. Los espacios de trabajo pueden considerarse un segundo hogar, razón por la cual la forma en que los diseñamos de manera deliberada en la actualidad ha despertado tanto interés. El diseño integral de los espacios de trabajo busca crear un equilibrio perfecto entre el trabajo de concentración individual y la colaboración a distintos niveles, con el fin de mejorar la productividad y el bienestar general del personal. A medida que las tendencias de oficina van y vienen, hay una nueva evolución en la mente de todos, la cual predice cómo podría ser una oficina post-COVID-19 tanto a corto como a largo plazo. Aunque no existe una respuesta definitiva, muchas firmas de arquitectura, grupos de investigación y empresas inmobiliarias han sido convocados para idear e implementar soluciones de diseño con visión de futuro y políticas de seguridad sanitaria que serán fundamentales para redefinir cómo utilizaremos nuestros espacios de trabajo en los próximos años.
La Habana es un deleite para quienes romantizan la idea de una ciudad que parece haberse detenido en el tiempo. El tejido urbano de la capital cubana exhibe con orgullo las huellas de su historia, desde su fundación por los españoles, pasando por la influencia de la arquitectura morisca y, posteriormente, la soviética. Sin embargo, más allá de este imaginario kitsch que impregna a este pequeño país insular en medio del Caribe, caracterizado por una arquitectura colorida y vehículos mayoritariamente de los años 50, lo que resulta evidente al visitar Cuba por primera vez es la privación que el país ha experimentado a lo largo de su historia.
Cuando un antiguo cliente contactó a Rashed Singaby, director en HOK, para consultarle sobre cómo adaptar un estadio existente para albergar eventos de esports, supo de inmediato que se trataba de una oportunidad para sentar las bases de una tipología espacial inédita. Singaby y su equipo conformaron un pequeño grupo de investigación con el fin de analizar y comprender los estándares de cada tipo de videojuego de esports, para luego clasificarlos en subestructuras operativas. Puesto que cada juego exige una configuración particular, resultaba fundamental conceptualizar las ideas de diseño y proponer recomendaciones para modificar los espacios existentes, garantizando así una experiencia óptima de consumo e interacción con las actividades de esports.
Pocas tipologías arquitectónicas poseen la capacidad de evocar una naturaleza dual de manera tan marcada como la piscina modernista. El propio diseño de las piscinas implica la existencia de momentos de actividad tanto por encima como por debajo del agua. En la superficie, en su sentido más obvio y visible, funcionan como espacios de ocio y entrenamiento deportivo. Sin embargo, bajo la superficie, las piscinas tienen una larga trayectoria como símbolos de vigilancia, muerte y condiciones sociales asociadas a una clase económica.
Entre finales de la década de 1940 y la de 1980, Toronto, Canadá, experimentó un acelerado ritmo de crecimiento y desarrollo que dio lugar a una gran riqueza de edificios de estilo modernista. Debido al incremento de la población, los espacios de las parroquias resultaban insuficientes ante el aumento de la feligresía, por lo que se vieron en la necesidad de contar con nuevas instalaciones. Como consecuencia, comenzaron a surgir numerosas iglesias modernistas de gran diseño por todo Toronto. Esta serie de fotografías en blanco y negro, titulada Fifty/50, de la fotógrafa Amanda Large, es una oda a estos templos y una celebración de su trascendencia en la ciudad, a más de cincuenta años de su construcción.
Cuando la célebre Jane Jacobs afirmó: “Las ciudades tienen la capacidad de ofrecer algo para todo el mundo, solo porque, y solo cuando, son creadas por todo el mundo”, bien podría haber estado anticipando la exitosa alianza formada entre SHoP Architects, James Corner Field Operations y Two Trees Management. El equipo, que colaboró en el plan maestro de 11 acres (4.5 hectáreas) para el Domino Park en Williamsburg, Brooklyn, ha sido elogiado por establecer un estándar de referencia al perfeccionar el proceso de diseño y la comprensión de lo que significa mantener un parque que participa activamente en un diálogo bidireccional con la comunidad.
Tal vez la parte más ardua en la carrera de quienes aspiran a la arquitectura es el pesimismo y la angustia acumulados que rodean el proceso de prepararse mentalmente y, de hecho, presentar el Examen de Registro de Arquitectos/as, también conocido como el ARE. Lo que idealmente debería ser un proceso para evaluar la aplicación práctica y los conocimientos de la profesión en el mundo real, se ha transformado poco a poco en un desafío mentalmente agotador que consiste en buscar información sumamente específica solo para sobrevivir a cada examen. Lo único más difícil que estudiar para las evaluaciones en sí es navegar por la oferta cada vez más saturada de exámenes de práctica en línea, foros de consejos, guías de estudio aisladas y sugerencias informales que parecen envolver esta búsqueda de la licencia —dividida en seis partes— en un halo de misterio, en lugar de aportar claridad u orientación.
La economía colaborativa, un sistema económico donde las personas comparten alquileres y bienes personales —incluyendo propiedades y vehículos—, se vio severamente afectada por la crisis del COVID-19. Empresas que mueven miles de millones al año como Uber, Airbnb, redes de bicicletas compartidas, así como una gran variedad de espacios de coworking, se han visto obligadas a adaptarse y crear nuevas estrategias para garantizar que sus clientes se sientan seguros, redefiniendo el rumbo de sus negocios en un momento de gran incertidumbre.
El Servicio Postal de los Estados Unidos (USPS, por sus siglas en inglés), el cual desempeña un papel fundamental en la logística de distribución de correo y paquetes en todo el país, se ha convertido en tema de debate durante los últimos meses. A medida que la pandemia se prolonga y coincide con una de las elecciones presidenciales más cruciales en la historia de la nación, han surgido diversas especulaciones y controversias sobre la necesidad continua y los propósitos del USPS, así como sobre su capacidad de transformarse y prosperar bajo condiciones sociales en constante evolución. Esta situación ha llevado a que muchas personas se pregunten si ha llegado el momento de redefinir su propósito y entender cómo puede seguir adaptándose para mantener su relevancia en el futuro.
Surface Ex-Tension por Jonathan Craig, Luis Arjona, Marco Nieto y Philip Elmore. Imagen cortesía de Arch Out Loud
Desde su instalación a finales de la década de 1990, un gran reloj en Union Square, Nueva York, ha estado contando las 24 horas del día mostrando el número de horas, minutos, segundos y milisegundos. No obstante, la pantalla digital fue adaptada recientemente para funcionar como un Reloj Climático (Climate Clock) y ahora proyecta el tiempo que le queda al mundo para tomar medidas a gran escala contra el cambio climático; la alarmante realidad, basada en un Informe Especial del IPCC sobre el Calentamiento Global, muestra una cuenta regresiva de poco más de siete años antes de alcanzar el punto de no retorno.
Más del 55% de la población mundial vive en ciudades, y se espera que esa cifra no haga más que aumentar en las próximas décadas. A pesar del crecimiento demográfico en las zonas urbanas, los gobiernos locales siguen alertando sobre la insuficiencia de la infraestructura y el deterioro de la calidad de vida en las ciudades. Tal vez los problemas a gran escala que solemos categorizar bajo los conceptos de innovación urbana, inclusión e infraestructura puedan resolverse si atacamos la raíz de los inconvenientes más pequeños, aquellos cuya existencia incluso podríamos ignorar. Es hora de dejar de postergar los asuntos urbanos y mejorar las ciudades no solo para el presente, sino para el futuro a largo plazo.
En las ciudades de Estados Unidos, una dirección es mucho más que el nombre de una calle o el número de un edificio: es una marca que se traduce directamente en un símbolo de riqueza y prestigio. Un ejemplo de esto es la torre residencial más alta del país, 432 Park Avenue en Nueva York, que en realidad no se encuentra exactamente sobre Park Avenue. En su lugar, el lote vecino al este es el que da a Park Avenue, mientras que esta megaestructura en realidad se orienta hacia la calle 56, una vía considerablemente menos emblemática. Sin embargo, esta valoración inflada no ocurre en todas partes. En otras partes del mundo, las ciudades no conceden la misma importancia a una dirección y suelen referirse a los edificios o locaciones como puntos de referencia o por su aspecto físico, lo que evita que se imponga un valor monetario elevado basándose únicamente en una dirección o en una estrategia de marketing. ¿De qué manera difieren los distintos lugares del mundo en la forma de posicionar la identidad de sus edificios y calles, y qué nos revela esto sobre su cultura urbana?
A casi un año del inicio de la pandemia de COVID-19, se empieza a sentir que la vida podría recuperar cierta sensación de normalidad. Con el lento despliegue de vacunas prometedoras en todo el mundo, la atención está dejando de centrarse en lo inmediato para enfocarse en cómo será el futuro, incluyendo el lugar donde las personas desean vivir. Al principio de la pandemia, diversos medios de comunicación aseguraban que las ciudades estaban muertas, que la gente se marchaba de forma permanente en busca de seguridad y bienestar, y que el mercado inmobiliario experimentaría una recuperación larga y lenta para volver al auge de la era prepandémica. Sin embargo, se ha producido un cambio que está ocurriendo rápidamente: la población está regresando a las urbes casi con la misma rapidez con la que se fue.
WeWork South Bank en Londres. Imagen cortesía de WeWork
A medida que comenzamos a salir de la pandemia de COVID-19, ha surgido una gran especulación y debate sobre si volveremos a nuestros viejos hábitos de trabajar en la oficina cinco días a la semana, o si el trabajo desde casa genera una productividad igual o mayor. No obstante, existe una creciente convicción de que el futuro de la fuerza laboral se centrará, en gran medida, en un equilibrio entre el trabajo presencial en la oficina y alguna modalidad de trabajo remoto, confluyendo en un nuevo modelo híbrido. Pero si no se está en casa ni en el trabajo, entonces se debe estar en algún otro lugar: explorando el verdadero punto intermedio entre el espacio público y el privado. Es aquí donde entra el concepto del “tercer” lugar, un término utilizado para describir desde cafeterías hasta bancos, e incluso espacios de coworking. Si alguna vez ha estudiado para un examen en una librería, o incluso ha entrado a un restaurante de aeropuerto para adelantar algo de trabajo, entonces también ha visitado un "tercer" lugar.
Decir que la arquitectura es una profesión que refleja fielmente las condiciones económicas sería quedarse corto. En el ejercicio profesional, es común haber vivido de cerca o haber escuchado historias sobre recesiones que rápidamente se tradujeron en la suspensión de proyectos, una disminución en la cartera de nuevos negocios y el lamentable impacto de despidos y licencias temporales. La naturaleza cíclica del campo del diseño, sumada a la presión de satisfacer las necesidades espaciales de una población mundial en crecimiento en una época en la que el valor del suelo no ha dejado de dispararse, significa que la arquitectura está expuesta de manera natural a un fuerte impacto económico. Sin embargo, algunas teorías económicas plantean que, en lugar de que la economía dicte los altibajos del sector del diseño, la arquitectura podría ser, de hecho, una de las fuerzas que provocan las crisis económicas.
Casi 500,000 edificios llegaron al Puerto de Los Ángeles en 2021. Bueno, no exactamente. Aunque, en realidad, han llegado más de 490,000 contenedores de carga. Si existe una tendencia de diseño que ha arrasado en todo el mundo durante la última década, es el auge de transformar contenedores de carga en edificios como una forma de arquitectura. ¿Pero son los edificios de contenedores de carga solo una moda pasajera utilizada para impulsar ideas sobre la reutilización de elementos cotidianos, o hay un trasfondo más sólido en la creación de estas estructuras gigantes inspiradas en el Jenga?