Cuando pensamos en las fachadas, rara vez las imaginamos como hábitats. Las vemos como los elementos que separan el interior del exterior, regulan la temperatura, reducen el ruido y protegen a los edificios de las condiciones externas. Si bien le otorgan a la arquitectura su lenguaje visual, también se espera que mantengan el mundo exterior a distancia. Al hacerlo, a menudo se las ha entendido como barreras: superficies que definen dónde comienza el confort humano y dónde debe permanecer el medio ambiente.
Sin embargo, el exterior de un edificio nunca está vacío. Durante siglos, la arquitectura ha generado, de manera involuntaria, oportunidades para otras formas de vida. Las aves anidaban bajo las tejas, los insectos ocupaban las grietas de los muros de mampostería, y el musgo o las plantas echaban raíces en repisas, canaletas y superficies de piedra rugosa. Aunque estas condiciones rara vez se diseñaron pensando en otras especies, crearon pequeñas oportunidades para que la vida se abriera paso en ellas.
La vivienda moderna fue uno de los ámbitos donde el movimiento moderno planteó su promesa más audaz: que la arquitectura podía transformar no solo la ciudad, sino también la forma en que la gente vivía en ella. Como ha señalado el historiador de la arquitectura argentino Ramón Gutiérrez, la vivienda popular es "la gran asignatura pendiente, que habitualmente no figura en las historias de la arquitectura". En América Latina, esta ausencia es significativa. A lo largo del siglo XX, la expansión de las ciudades convirtió a la vivienda en una de las formas más claras de proyectar el cambio urbano, y el modernismo se introdujo no solo en planos y dibujos, sino también en departamentos, barrios, calles y rutinas domésticas.
Sin embargo, una vez construidos, estos proyectos se insertaron en ciudades configuradas por la política, la memoria, la desigualdad y dinámicas de ocupación en constante evolución. Sus significados ya no dependían únicamente del plano original, sino de las formas en que fueron habitados, alterados y transformados con el paso del tiempo. Lo que esta historia revela no es una simple adaptación, sino una fricción: ese momento en que la arquitectura deja de ser un modelo ideal y se enfrenta a una ciudad que no puede controlar por completo.
La mayoría de las personas rara vez recuerdan un pasillo. Recuerdan el aula, el departamento, la galería o la plaza al final del trayecto. Por lo general, los pasillos se diseñan para fundirse con el fondo, guiando el movimiento de un destino a otro. Sin embargo, algunas de las experiencias más memorables de la arquitectura ocurren al transitar por un lugar, más que al llegar a él.
A menudo, la circulación se aborda como uno de los elementos más pragmáticos de la arquitectura. Los pasillos conectan habitaciones, las galerías facilitan el acceso y las pasarelas organizan el movimiento a través de un edificio. Su propósito parece sencillo: ayudar a las personas a ir de un punto a otro. Debido a esto, los espacios de circulación se han considerado tradicionalmente secundarios en relación con los programas a los que sirven. La atención suele centrarse en los destinos, mientras que los espacios intermedios pasan desapercibidos en gran medida.
Vista aérea de exuberantes colinas verdes y casas tradicionales en Cauca, Colombia, que muestra la naturaleza y el turismo rural. Imagen de Jhampier Giron M, vía Shutterstock
Antes de que un edificio pueda habitarse, deben ocurrir muchas otras cosas. El agua tiene que llegar, la energía debe generarse, los alimentos tienen que cultivarse o transportarse y los residuos deben ir a alguna parte. Por lo general, estos procesos se tratan como algo ajeno a la arquitectura, a pesar de que configuran las condiciones más básicas de la vida cotidiana.
De ahí que la idea de las comunidades autosuficientes sea más compleja de lo que parece a primera vista. Puede sugerir un lugar que provee una mayor parte de lo que necesita: energía, agua, alimentos, refugio y gestión de residuos. No obstante, en muchos contextos latinoamericanos, la autonomía no implica una separación absoluta del mundo. Se trata, más bien, de una forma de acercar los sistemas de la vida cotidiana a las personas que los utilizan, mantienen y cuidan.
En América Latina, el suelo rara vez es una simple superficie sobre la cual construir. Puede ser la orilla de un río, una pendiente pronunciada, el suelo húmedo de un bosque, un paisaje inundable o un territorio bajo presión ecológica y, en muchos casos, alberga una historia de comunidades que ya sabían cómo responder a él, construyendo sobre pilotes, plataformas o sobre el agua, mucho antes de que la arquitectura contemporánea se planteara las mismas preguntas.
Estos proyectos continúan esa conversación. Se relacionan con condiciones dinámicas que fluyen, absorben, erosionan y crecen, en lugar de tratar al suelo como algo que se debe nivelar o controlar. La elevación permite que la arquitectura se adapte sin imponerse por completo: el agua puede pasar por debajo, la vegetación puede permanecer y las pendientes pueden conservar su estado original. En cada caso, la decisión de elevarse está vinculada a un factor específico: el agua, la humedad, la topografía, la vegetación o la restauración ecológica, sumado al conocimiento de cómo construir dentro del entorno y no en su contra.
El espacio público suele diseñarse en torno a una idea estrecha de cómo las personas se mueven, interactúan y responden a su entorno. ParkTEA parte de una postura diferente: la ciudad también puede dar cabida a quienes experimentan el espacio a través de diferentes condiciones sensoriales y sociales.
Desarrollado por Ignacio Martínez Pardo en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM), el proyecto fue concebido dentro del programa de Trabajo de Fin de Máster (Habilitante) durante el curso académico 2024-2025, bajo la tutoría de Héctor Fernández Elorza, Jesús Aparicio, Carlos García Fernández y Jaime Daroca Guerrero. Reconocido como uno de los ganadores de la primera edición de los ArchDaily Student Project Awards, ParkTEA aborda el tema de la coexistencia a través de una propuesta que integra el cuidado, la infraestructura y la vida urbana.
La arquitectura suele entenderse como una cuestión de cerramiento. Los muros definen el espacio, separando el interior del exterior y estableciendo límites claros. Sin embargo, en muchos proyectos en América Latina, esta distinción se vuelve menos precisa. En lugar de funcionar como objetos cerrados, los edificios suelen permanecer abiertos, permitiendo que el aire, la luz y el movimiento los atraviesen.
Esta condición trasciende la mera forma. A lo largo de la región, la arquitectura ha respondido históricamente a climas caracterizados por el calor, la humedad, una fuerte exposición solar y lluvias estacionales, así como a culturas constructivas definidas por la adaptación, el trabajo colectivo y un vínculo directo con el entorno. En estos contextos, los interiores completamente sellados no siempre representan la respuesta más eficaz. El espacio suele organizarse a través de la sombra, la ventilación y zonas intermedias que regulan en lugar de aislar.
La arquitectura suele evaluarse a través de lo que se construye. Sin embargo, en muchos casos, lo que realmente importa ocurre después: cómo se usan, adaptan e integran los espacios en la vida cotidiana. Para Región Austral, oficina ganadora de los 2025 Next Practices Awards de ArchDaily, es precisamente ahí donde comienza el diseño. Con una trayectoria que abarca diversos contextos, la oficina aborda el espacio público no como un objeto aislado, sino como algo que debe activarse, negociarse y sostenerse en el tiempo. Sus proyectos se centran menos en definir la forma y más en generar las condiciones para el uso, entendiendo el diseño como un punto de partida.
Este enfoque se manifiesta en distintos contextos, desde la Plaza del Barrio Olímpico hasta la red del Playón de Chacarita. Si bien cada proyecto responde a una situación específica, ambos exploran cómo el espacio público puede sostener la vida colectiva en áreas marcadas por la fragmentación y la desigualdad. En lugar de seguir una metodología predefinida, el trabajo se adapta a las diferentes condiciones urbanas, recurriendo a la participación y a estrategias incrementales para moldear el funcionamiento de los espacios a lo largo del tiempo.
Ubicado en el paisaje montañoso de Zabbougha, Líbano, el Refugio Cápsula de EAST Architecture Studio se define a través de su propio proceso de creación. El proyecto se despliega mediante decisiones materiales, ajustes en obra y condiciones cambiantes, permitiendo que la construcción misma guíe su lógica espacial.
El proceso de construcción desempeñó un papel central en la definición del proyecto. Construida durante un período marcado por el colapso económico, la escasez de materiales y la constante inestabilidad en el Líbano, la vivienda se desarrolló mediante una adaptación continua. Ante la falta de una empresa constructora principal, el equipo de arquitectura asumió un rol más amplio: coordinar a los artesanos, probar ideas directamente en la obra y responder a limitaciones cambiantes. En este contexto, las condiciones sociopolíticas se convirtieron no solo en un desafío, sino en un catalizador para replantear el diseño. "Estábamos constantemente probando ideas en el lugar", comentan Charles Kettaneh y Nicolas Fayad, fundadores de EAST Architecture Studio, "adaptando estas decisiones a nivel económico mientras explorábamos lo que la artesanía local podía ofrecer".
Para DB Studios, la arquitectura no se trata únicamente de construir, sino de pertenecer. Se trata de crear una práctica situada, capaz de responder a su contexto, a su gente y a su identidad local, expresada a través de materiales, colores y decisiones espaciales. En este sentido, el diseño se convierte en una forma de articular un lenguaje arraigado en su entorno y moldeado por las personas a las que sirve.
Esta postura se hace especialmente evidente en Vision Pakistan, un proyecto de DB Studios recientemente galardonado con el Premio Aga Khan de Arquitectura 2025. Más allá de reconocer las cualidades arquitectónicas del proyecto, el premio destaca un compromiso más amplio: crear un entorno de apoyo para jóvenes de escasos recursos en el que la educación, la formación profesional y el diseño espacial colaboren para fomentar la independencia y la movilidad social. A través de su forma, fachada y organización interior, el edificio responde estrechamente a su contexto, reforzando el sentido de pertenencia entre sus usuarios y usuarias, al tiempo que fomenta el orgullo en la comunidad circundante y entre los/las profesionales locales emergentes.
Los árboles suelen ser lo primero en desaparecer cuando comienza la construcción. Despejar el terreno ha sido durante mucho tiempo uno de los actos más inmediatos de la arquitectura: eliminar lo existente para dar cabida a algo nuevo. Cuando se preserva la vegetación, por lo general se la trata como una capa secundaria, reincorporada como paisaje en lugar de estructurar el proyecto en sí mismo.
Sin embargo, algunos proyectos parten de un punto de partida distinto. En lugar de comenzar desde un terreno en blanco, trabajan con lo que ya está allí. Los árboles permanecen en su lugar, no como elementos para encuadrar, sino como condicionantes que influyen en la organización del espacio, el ingreso de la luz y la manera en que la arquitectura toma forma.
Durante siglos, la infraestructura a gran escala operó en un segundo plano. Los puertos, las centrales eléctricas y las instalaciones de energía se ubicaban en las periferias urbanas, diseñados principalmente en función de la eficiencia y rara vez considerados parte de la vida cívica. Aunque su función era indispensable, su presencia arquitectónica seguía siendo secundaria. Estas estructuras daban soporte al crecimiento urbano y al intercambio global, al tiempo que mantenían una distancia espacial respecto a la experiencia urbana cotidiana.
Hoy en día, esta condición se está transformando paulatinamente. A medida que el comercio global se intensifica y los sistemas energéticos ganan en complejidad, los edificios que coordinan y albergan estas redes cobran una mayor visibilidad dentro del paisaje urbano. En lugar de permanecer como contenedores neutros de operaciones técnicas, comienzan a reivindicar una identidad espacial. La infraestructura ya no es meramente operativa; adquiere, cada vez más, un carácter institucional, simbólico y urbano. Así, la arquitectura que sustenta estos sistemas ahora participa activamente en la forma en que las ciudades se proyectan a sí mismas.
Construcción de la Represa y Central Hidroeléctrica de Belo Monte en Brasil. Imagen de burakyalcin, vía Shutterstock
Algunas de las transformaciones más significativas de los paisajes sudamericanos no han sido producidas por las ciudades, sino por grandes infraestructuras construidas para extraer y distribuir recursos naturales. Las operaciones mineras, los sistemas energéticos y las redes de transporte han conectado paisajes remotos con estructuras económicas más amplias, al tiempo que han transformado los territorios rurales y los asentamientos urbanos en todo el continente. Estas infraestructuras no se limitan a ocupar el espacio; lo reorganizan. No solo han respaldado el crecimiento económico, sino que también han reconfigurado los territorios de maneras que continúan generando debates políticos, ambientales y sociales en todo el continente. Desde esta perspectiva, los territorios pueden entenderse no como áreas geográficas fijas, sino como sistemas socioecológicos moldeados por relaciones culturales, ambientales y políticas, un punto enfatizado por el antropólogo Arturo Escobar en su trabajo sobre el pensamiento territorial en América Latina.
En toda Sudamérica, la arquitectura perdura a través de los materiales que emplea, aquellos que persisten a lo largo del tiempo. El bambú, el ladrillo, la madera y el hormigón aparecen en distintas regiones, conectando el clima, la mano de obra y la cultura de formas que aseguran su permanencia de generación en generación. Su continuidad no depende únicamente de la preservación o del patrimonio, sino del uso.
Bajo esta perspectiva, la memoria cultural no reside principalmente en monumentos o imágenes, sino en la práctica misma. Sobrevive en los gestos repetidos: colocar ladrillos, amarrar uniones de guadua, ensamblar entramados de madera o vaciar losas que anticipan un nuevo piso. Estas acciones se transmiten menos a través de manuales que mediante la participación directa. Con el tiempo, estructuran sistemas de conocimiento arraigados en el hábito y la necesidad. Los materiales perduran no porque simbolicen el pasado, sino porque siguen funcionando.
En los últimos años, la construcción con tierra ha vuelto a captar la atención de la arquitectura. Materiales como el adobe, la tierra apisonada y los bloques de tierra comprimida, que alguna vez se asociaron principalmente con las tradiciones vernáculas, son cada vez más explorados por los/las arquitectos/as contemporáneos/as. Lejos de representar un simple retorno al pasado, este renovado interés refleja una reconsideración más profunda sobre cómo la arquitectura se vincula con los materiales, los recursos locales y las condiciones ambientales. Durante siglos, la edificación con tierra formó parte de la construcción cotidiana en muchas regiones del mundo. Técnicas como el adobe, la tierra apisonada, el *cob* y otros sistemas a base de tierra se desarrollaron gradualmente mediante la adaptación al clima, los recursos disponibles y las prácticas constructivas locales. Estos métodos respondían de manera directa a las condiciones ambientales, al tiempo que moldeaban las formas culturales de construir. Este conocimiento se transmitía a través de prácticas colectivas en lugar de una educación arquitectónica formal, lo que permitió que las técnicas evolucionaran mediante una experimentación continua. Sin embargo, durante gran parte del siglo XX, la expansión de los materiales industriales de construcción transformó la producción arquitectónica. El concreto, el acero y los sistemas estandarizados se volvieron dominantes en el desarrollo urbano y los proyectos de infraestructura. Como consecuencia, muchas técnicas con tierra perdieron presencia en la producción arquitectónica formal y se asociaron cada vez más con la autoconstrucción rural o informal. A pesar de su larga trayectoria de excelente desempeño ambiental, los materiales a base de tierra solían percibirse como incompatibles con las normas de construcción modernas y los marcos regulatorios. Hoy en día, esta percepción está empezando a cambiar. La creciente conciencia sobre el impacto ambiental de la industria de la construcción, en particular las emisiones de carbono asociadas a la producción de cemento, ha impulsado a profesionales de la arquitectura y la investigación a reconsiderar estrategias materiales alternativas. En este contexto, la tierra está cobrando un nuevo protagonismo gracias a su baja energía incorporada, su disponibilidad local y su capacidad para responder a las condiciones climáticas. Un ejemplo de este renovado interés es la Residencia Earth by the River, diseñada por Luigi Rosselli Architects en Australia. El proyecto incorpora muros de tierra apisonada que anclan la vivienda tanto visual como térmicamente al paisaje circundante. Más allá de su presencia material, estos muros ayudan a regular la temperatura interior gracias a su masa térmica, lo que ilustra cómo los métodos constructivos tradicionales pueden complementar el diseño ambiental pasivo. De manera similar, la Casa Bama de L'Africaine d'Architecture en Ghana explora el uso de la tierra de origen local como principal recurso constructivo. El suelo extraído directamente del terreno se compacta para formar espesos muros portantes que organizan espacialmente el edificio. Este enfoque reduce la necesidad de transportar materiales, al tiempo que refuerza el vínculo entre la arquitectura y su contexto geográfico. Un enfoque semejante se observa en la Casa Entre Muros de Al Borde en Ecuador. Construido con tierra local y técnicas sencillas, el proyecto explora cómo los materiales térreos pueden definir tanto la organización espacial como el confort ambiental. Los gruesos muros configuran la estructura y, a su vez, contribuyen a la regulación térmica, demostrando cómo los recursos disponibles localmente pueden sustentar soluciones arquitectónicas contemporáneas. Asimismo, numerosos proyectos contemporáneos exploran el potencial expresivo de la tierra como material. La Casa circular de ladrillo con muro de tierra apisonada de AST77 Architecten en Bélgica sitúa un muro de tierra apisonada como el elemento espacial central de la vivienda. La composición estratificada del muro revela el proceso de compactación, generando sutiles variaciones de color y textura que se convierten en un rasgo distintivo del interior. Otros proyectos experimentan con sistemas constructivos híbridos que combinan materiales de tierra con estructuras contemporáneas. La Frammed Earth House de D'WELL en Estados Unidos integra muros de tierra apisonada dentro de un marco estructural moderno, lo que permite al proyecto beneficiarse del desempeño térmico y las cualidades táctiles de la tierra, al tiempo que cumple con las exigencias normativas y de ingeniería actuales. Más allá de las obras individuales, los/las arquitectos/as también están reconsiderando el papel del suelo excavado en el propio proceso de construcción. En lugar de desecharse como residuo, la tierra extraída durante la excavación puede reutilizarse directamente para fabricar muros, bloques o elementos estructurales. Este enfoque no solo reduce el transporte y los residuos de obra, sino que también refuerza la continuidad material entre la arquitectura y el suelo del que emerge. Por otra parte, diversos proyectos experimentales amplían las posibilidades espaciales y sociales de la arquitectura de tierra. En la isla de Ormuz, en Irán, el proyecto Presencia en Ormuz de ZAV Architects utiliza tierra local para construir una serie de pequeñas estructuras abovedadas destinadas a programas culturales y comunitarios. Construido con la técnica del superadobe, el proyecto demuestra cómo la edificación con tierra puede fomentar tanto la adaptabilidad ambiental como las formas colectivas de habitar. En todos estos ejemplos, la construcción con tierra no se aborda como una simple referencia nostálgica a la arquitectura tradicional. Al contrario, se explora como parte de una reconsideración más amplia de las prácticas materiales. Los/las arquitectos/as muestran un interés creciente en cómo los materiales a base de tierra pueden mejorar el desempeño ambiental y, simultáneamente, generar nuevas posibilidades espaciales y tectónicas. Los muros de tierra desempeñan un papel fundamental en el diseño ambiental pasivo. Gracias a su elevada masa térmica, las paredes gruesas de tierra pueden absorber el calor durante el día y liberarlo gradualmente por la noche, lo que ayuda a estabilizar la temperatura interior. En climas cálidos, esta característica permite reducir significativamente la dependencia de sistemas de climatización artificial. Al combinarse con estrategias pasivas como el sombreado, la ventilación cruzada y una orientación adecuada, la construcción con tierra favorece el desarrollo de edificaciones más eficientes desde el punto de vista energético. Más allá de estas virtudes ambientales, la tierra aporta un lenguaje arquitectónico singular. Las capas estratificadas de la tierra apisonada registran el proceso de compactación, mientras que el adobe y los bloques de tierra comprimida conservan las huellas de su manufactura. Estas texturas revelan el proceso físico de la construcción y estrechan la relación táctil entre la obra y el material. Asimismo, la renovada exploración de la construcción con tierra propicia nuevas formas de colaboración. En muchos proyectos, los/las arquitectos/as trabajan estrechamente con constructores/as locales que preservan el conocimiento de las técnicas tradicionales. Estas sinergias permiten que los métodos constructivos históricos evolucionen dentro de marcos de diseño contemporáneos, fusionando la tradición artesanal con la experimentación arquitectónica. Visto así, el creciente interés por construir con tierra refleja un cambio más amplio en el pensamiento arquitectónico. En lugar de depender exclusivamente de materiales industriales, los/las arquitectos/as investigan cada vez más cómo los recursos disponibles localmente y los saberes tradicionales pueden enriquecer los procesos de diseño contemporáneos. De este modo, la tierra —uno de los materiales de construcción más antiguos de la humanidad— deja de verse como una reliquia del pasado para ser reconsiderada como un campo dinámico de experimentación. Al reinterpretar las técnicas tradicionales mediante enfoques de diseño contemporáneos, los/las arquitectos/as expanden las posibilidades de relación entre los edificios, sus materiales, el paisaje y el patrimonio cultural.
Invenção da cor, de Hélio Oiticica. Imagen vía Carlos Reis Wikimedia Commons, CC BY-NC-SA 2.0
Muchas de las ideas espaciales que hoy asociamos con la arquitectura contemporánea, el uso colectivo y la experiencia corporal no se originaron únicamente en los edificios. En América Latina, estas ideas a menudo se exploraron primero a través del arte, en un momento en que los/las artistas cuestionaban activamente cómo se podía ocupar, compartir y experimentar el espacio más allá de las formas tradicionales.
A mediados del siglo XX, la región experimentó una rápida urbanización y profundos cambios sociales. De la arquitectura se esperaba cada vez más que respondiera a la vida pública, la colectividad y nuevas formas de habitar el espacio. Al mismo tiempo, el arte ofrecía un terreno más flexible para la experimentación, menos condicionado por la función, la normativa o la permanencia. De este modo, muchas interrogantes espaciales se pusieron a prueba a través de prácticas artísticas antes de integrarse al pensamiento arquitectónico.
A menudo, la arquitectura se evalúa a través de sus formas acabadas; sin embargo, algunas prácticas operan en un registro diferente, uno donde el diseño se despliega a través de las relaciones, el tiempo y el uso, en lugar de limitarse a un único resultado. Para CatalyticAction, la participación no es una actividad social paralela, sino el medio a través del cual los espacios se conciben, se construyen y se sostienen a lo largo del tiempo.
Con sedes en Beirut y Londres, esta oficina ha trabajado en todo Oriente Medio y Europa, desarrollando espacios públicos, escuelas, patios de juego e infraestructuras urbanas cotidianas mediante la colaboración a largo plazo con comunidades locales. Basado en la investigación participativa y en la toma de decisiones colectiva, este enfoque fue reconocido en los ArchDaily's 2025 Next Practices Awards, destacando un modelo de práctica en el que la arquitectura se entiende como un proceso compartido y en evolución, más que como un objeto fijo. En este contexto, el valor arquitectónico se mide por la continuidad, el uso y la apropiación colectiva, y no únicamente a través de la forma.
Villa Olímpica de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (HARUMI FLAG). Imagen vía Wikimedia Commons CC 2.0
Con los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026 en marcha, vale la pena analizar cómo la Villa Olímpica ha evolucionado de ser una solución puramente funcional a convertirse en un proyecto urbano estratégico. De complejos habitacionales improvisados a piezas clave de regeneración urbana, las villas olímpicas han funcionado reiteradamente como experimentos a gran escala sobre cómo pueden construirse sectores de la ciudad en periodos muy cortos.
Diseñados bajo una intensa presión temporal y para una población sumamente específica, estos entornos revelan ideas cambiantes sobre la vivienda, la vida colectiva y el legado urbano de los megaeventos. A través de sus distintas ediciones, la Villa Olímpica refleja cómo se entrelazan los eventos, la vivienda y las ciudades bajo condiciones de urgencia.