In las décadas posteriores a la independencia, algunos de los experimentos arquitectónicos más ambiciosos del mundo no surgieron a través de museos, monumentos o palacios de gobierno. Surgieron a través de las universidades. A lo largo del sur de Asia y de África, las naciones recién formadas convirtieron los campus en campos de prueba para formas completamente nuevas de imaginar la vida colectiva. Estos campus funcionaron como algo más que instituciones educativas. Se convirtieron en territorios donde los Estados pusieron a prueba cómo organizar la modernidad, para el encuentro de la ciudadanía, el funcionamiento de las instituciones, la influencia del clima en la arquitectura y la transformación de las realidades locales a partir de ideas importadas.
"¿Café o té?" es una de esas frases que nos acompañan en los contextos más diversos: se escucha en aviones, después de una comida, en salones de hoteles y en salas de reuniones. Parece una pregunta menor —una mera preferencia, un desvío rápido en el guion de servicio—. Sin embargo, también encierra una silenciosa herencia cultural. El té llega con la larga historia del ritual y el ritmo doméstico, vinculado a antiguas geografías comerciales y a la etiqueta cotidiana. El café, en cambio, llega con un linaje diferente de circulación, que más tarde se industrializó en la cafetería moderna y sus rituales de cara al público. En cualquiera de los dos casos, la bebida nunca es solo una bebida; es una relación ensayada con el tiempo y el espacio.
En el este de Asia contemporáneo, no obstante, la pregunta entre "café o té" se lee cada vez más de otra manera: de forma imperceptible o subconsciente, se está convirtiendo en una elección sobre dónde se quiere estar. Cada bebida conlleva ahora una expectativa espacial. El café implica un espacio que se puede ocupar, a menudo un lugar para hacer una pausa, trabajar, reunirse o refrescarse. El té, a pesar de estar culturalmente omnipresente, aparece de forma más difusa por la ciudad: a veces como un destino específico, a veces como un quiosco de alta frecuencia y, muy a menudo, como un elemento predeterminado e integrado dentro de las tipologías gastronómicas. Como resultado, una pregunta planteada en términos de gusto ha comenzado a funcionar como un sutil indicador de preferencia espacial: si se busca permanencia o velocidad, resguardo o flujo, un tercer lugar o un nodo rápido en la calle.
Sentados en bancos bajos, conversando de manera informal, vestidos con ropa cómoda y rodeados de libros, objetos de diseño y obras de arte, Charles y Ray Eames aparecen en una de las imágenes más emblemáticas de la domesticidad moderna de posguerra en los Estados Unidos. La casa no se presenta como un manifiesto arquitectónico explícito, sino más bien como un espacio habitado, apropiado y cotidiano. Con todo, casi todo en esa escena funciona como la condensación de un ideal cuidadosamente construido: la informalidad moderna, la integración entre la arquitectura y la vida cotidiana con la coexistencia de la producción industrial. Más que representar una residencia, la fotografía proyecta un modo de vida. Y tal vez esa haya sido, desde un principio, la ambición central detrás de las Case Study Houses.
El modernismo suele experimentarse a través de la forma construida, fachadas fotografiadas, planos canónicos o manifiestos de concreto. Para la mayoría de las personas, sin embargo, el primer encuentro fue mucho más inmediato: se trató de una silla en una oficina, un estante en una sala de estar, una unidad compacta que reorganizó la forma de sentarse, almacenar o dormir. Mucho antes de que la arquitectura moderna pudiera encargarse a gran escala, fue el mobiliario el que ingresó al espacio cotidiano, trayendo consigo una nueva lógica de habitar. La promesa del modernismo de transformar la vida se cumplió, a menudo, a través de estos objetos más pequeños y repetibles.
Para comprender este cambio, el mobiliario debe leerse como una forma condensada de arquitectura y no como mera decoración. Quienes diseñaban a principios del siglo XX lo abordaron precisamente de esta manera. Le Corbusier describió el mobiliario como équipement de l'habitation (equipamiento de la vivienda), situándolo dentro del sistema operativo del edificio en lugar de dejarlo fuera de este. Del mismo modo, la Bauhaus abordó las sillas y mesas como prototipos industriales, integrando principios de estandarización, eficiencia y producción en serie en su diseño. Como ha argumentado la historiadora de la arquitectura Beatriz Colomina, la arquitectura moderna no circuló únicamente a través de los edificios, sino mediante medios y objetos que tradujeron sus ideas a la vida cotidiana. El mobiliario se convirtió en arquitectura en miniatura: portátil, reproducible y capaz de reorganizar el espacio sin necesidad de reconstruirlo.
Al escribir estas líneas, un artículo de Martyn Evans se preguntaba '¿Está la arquitectura en crisis?'. Ese mismo año, Reinier de Graaf publicó el libro 'Architecture Against Architecture', donde planteaba catorce problemas de la profesión y la disciplina. La cuestión sobre la crisis en la arquitectura es un tema recurrente. Al referirse a ella como profesión, esta interrogante asoma sobre todo cuando se prevén o se sufren crisis económicas. Al mismo tiempo, persisten las dudas sobre la eficacia de la arquitectura para hacer frente a los problemas más urgentes del planeta y de la sociedad: vivienda, cambio climático y desarrollo humano. Una de las iniciativas que intenta responder a estas interrogantes es MASS, fundada en Ruanda poco después de la crisis financiera de 2008. La clave está en su nombre, cuyas siglas en inglés significan Modelo de Arquitectura al Servicio de la Sociedad (Model of Architecture Serving Society). MASS nació como una forma diferente de ejercer la arquitectura.
En Gabrovo, Bulgaria, la municipalidad invita a arquitectos y arquitectas a diseñar el Centro de Arte Contemporáneo Christo y Jeanne-Claude mediante la transformación, adaptación y modernización de la antigua Escuela Técnica Textil y su terreno colindante. El cofinanciamiento de la Unión Europea, un presupuesto público, un jurado designado y una estructura en dos fases enmarcan este concurso, reflejando el espíritu de la práctica artística de Christo and Jeanne-Claude: una creación artística audaz y accesible. Más que el encargo de un edificio cultural, la convocatoria exige una propuesta de diseño que comprenda el carácter específico de su obra, añadiendo una dimensión curatorial a lo que de otro modo podría ser un simple proyecto de reutilización adaptativa.
Casa del Vino en Berneck. Imagen cortesía de Faruk Pinjo + Carlos Martinez Architekten
Las puertas plegables inundan de luz las habitaciones, ofreciendo una flexibilidad espacial que permite entablar un diálogo con el entorno. La serie Woodline de Solarlux integra calidad de fabricación y experiencia técnica con libertad de diseño arquitectónico, proporcionando soluciones de fachadas transparentes para una arquitectura versátil y sostenible. Asimismo, las superficies naturales enriquecen la envolvente del edificio aportando una cualidad táctil única.
En los últimos años se ha observado un cambio de paradigma en la arquitectura residencial multifamiliar, a medida que cada vez más proyectos nuevos se construyen con madera de ingeniería, específicamente madera contralaminada (CLT) y madera laminada encolada (glulam). Debido a que la madera es un material liviano, estos sistemas pueden reducir la carga muerta y aliviar las exigencias sobre la cimentación, lo que resulta especialmente útil en terrenos con capacidad portante limitada o sobre infraestructuras existentes. Desde el punto de vista de la sostenibilidad, la madera puede almacenar carbono durante la vida útil del edificio y, a menudo, reduce el carbono embebido en comparación con los sistemas convencionales de concreto y acero. En el diseño contra incendios, los elementos de madera de gran sección pueden diseñarse para carbonizarse a un ritmo predecible, lo que permite que el núcleo estructural permanezca protegido durante un período definido si se realizan los detalles adecuados.
Buildner ha anunciado los resultados de su concurso, Last Nuclear Bomb Memorial No.6. Este certamen se celebra anualmente para apoyar la prohibición universal de las armas nucleares. En 2017, al cumplirse el 75.º aniversario de los bombardeos de 1945 sobre Nagasaki e Hiroshima —que se cobraron la vida de más de 100,000 personas—, las Naciones Unidas adoptaron el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares.
Surgida en ciudades portuarias y barrios de clase trabajadora a lo largo del siglo XIX, la casa shotgun se convirtió en una respuesta duradera a la densidad, el clima y los lotes urbanos acotados, consolidándose como una de las formas domésticas que definieron el sur de los Estados Unidos. Su huella estrecha, su planta secuencial y sus pórticos profundamente sombreados generaron una lógica espacial económica y de gran sensibilidad ambiental mucho antes de que ambos términos se volvieran centrales en el discurso arquitectónico. Desde Nueva Orleans y Mobile hasta Houston y Louisville, las casas shotgun conformaron el tejido físico de barrios moldeados por la migración, el trabajo, la comunidad y la vida cultural. Aunque a menudo se las descartó como construcciones vernáculas ordinarias, esta tipología de vivienda ha encarnado durante mucho tiempo ideas sofisticadas sobre la adaptación al clima, la proximidad social y el crecimiento urbano incremental, convirtiéndose en una de las formas domésticas más influyentes en la historia de la ciudad estadounidense.
La arquitectura suele presentarse como la expresión visible de su época: sus deseos, su fe en el progreso, su idea del orden. Sin embargo, esta lectura tiende a simplificar las condiciones en las que se producen los edificios, sugiriendo que la arquitectura va a la zaga de la historia cuando, en muchos casos, participa activamente en ella. Pocos períodos lo hacen más evidente que el siglo XX, época en la que la arquitectura se entrelajó profundamente con programas políticos, sistemas económicos y visiones contrapuestas sobre cómo debía organizarse la vida colectiva.
Lo que comúnmente se agrupa bajo la etiqueta del modernismo suele describirse como un proyecto coherente, definido por la claridad formal, el optimismo tecnológico y la ruptura con los estilos históricos. No obstante, esta aparente coherencia se disuelve cuando miramos más allá de sus centros canónicos. Los mismos principios espaciales (la estandarización, la zonificación funcional y la producción industrial) se adoptaron en contextos políticos y económicos que diferían significativamente en sus estructuras y objetivos. Así, un movimiento aparentemente estático se desplegó como un sistema flexible que se reorientaba continuamente según las prioridades de cada régimen. Lo que parecía un lenguaje compartido era, en la práctica, un conjunto de herramientas aplicadas a agendas distintas.
Antes de cualquier diseño o decisión formal, ya pulsaba, en el lugar donde hoy se encuentra la Plaza del Mercado, en el Parque Realengo, Río de Janeiro, un espacio en permanente movimiento. Puestos improvisados, encuentros informales, música, niños y niñas corriendo y personas adultas reunidas bajo cubiertas provisorias componían un paisaje vivo, que delineaba una arquitectura efímera.
En este contexto se inserta el trabajo desarrollado por Carlos Zebulun, Helena Meirelles, Larissa Monteiro, Rodrigo Messina, Francisco Rivas y Juliana Ayako, una de las propuestas ganadoras de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards. La gestión y los proyectos urbanos y paisajísticos fueron realizados por el estudio Ecomimesis Soluções Ecológicas, ganador de la licitación realizada por la Alcaldía de Río de Janeiro en 2023.
"No hay espacio sin acontecimiento, ni arquitectura sin acción". Cuando Bernard Tschumi escribió estas palabras, estaba articulando un principio fundamental de la práctica de la arquitectura. La arquitectura se trata del comportamiento. Cada trazo sobre un plano es una propuesta de cómo se moverán los/las ocupantes o qué acciones serán posibles.
Dibujar es proyectar arquitectónicamente una realidad. Sin embargo, aun con este poder, la arquitectura no impone órdenes. No dicta instrucciones ni exige obediencia, sino que opera a través de un control sutil: un modo de influencia que moldea el comportamiento al estructurar la percepción y guiar la atención.
Al pasar del calor de Dubái al vestíbulo de una torre de vidrio, el desierto parece desaparecer. Afuera, las temperaturas superan los 45 grados Celsius; adentro, el aire es frío, hermético y está perfectamente controlado. Durante décadas, este contraste constituyó la imagen definitoria de la modernidad en el Golfo. La arquitectura dejó de ser una negociación con el clima para convertirse en una demostración de que este podía ser superado. Torres de vidrio reflectante se alzaron en el desierto como símbolos de consolidación, proyectando poder financiero, confianza tecnológica y ambición global. Bajo esta imagen urbana subyacía una infraestructura construida sobre el petróleo, la energía barata y la continua supresión mecánica del calor.
Las ciudades del sudeste de Europa no esperan a ser leídas. Acumulan, capa sobre capa, la planificación socialista, las perturbaciones post-socialistas y el trabajo más silencioso y menos legible de la ciudadanía que reconstruye el espacio desde abajo. Aquí, el espacio y el legado se imponen bajo sus propios términos. ¿Qué ocurre con la investigación arquitectónica cuando las ciudades que observamos ya parecen saber algo que nuestra disciplina aún no ha aprendido a ver?
San Diego, California. Foto de Samuel Ramos en Unsplash
Muy cerca de la frontera con México, en el extremo suroeste de los Estados Unidos, se encuentra la ciudad de San Diego. Su historia urbana comenzó en 1769 con la llegada de una expedición militar española al mando de Gaspar de Portolá, lo que marcó el primer asentamiento permanente en el territorio que entonces se conocía como Alta California. Sin embargo, a diferencia de las capitales administrativas y poblaciones formalmente urbanizadas de México y Centroamérica, San Diego se concibió como un puesto de avanzada fronterizo. En la actualidad, se ha convertido en la segunda ciudad más grande de California, solo por detrás de Los Ángeles, y su traza urbana narra una historia de herencia hispana que se entrelaza con el entorno cultural contemporáneo de los Estados Unidos.
La arquitectura de gran altura sigue siendo una herramienta fundamental para albergar la densidad en entornos urbanos en rápida evolución. Definida tradicionalmente por la eficiencia y la repetición, la torre se reexamina cada vez más como un sistema espacial y organizativo más complejo. En diversas geografías, los/las arquitectos/as están probando cómo las estructuras verticales pueden ir más allá de las funciones únicas para incorporar programas superpuestos, estrategias ambientales y nuevas formas de ocupación.
La siguiente selección reúne proyectos no construidosenviados por la comunidad de ArchDaily, destacando una variedad de enfoques para la torre contemporánea. Desde desarrollos de uso mixto y rascacielos residenciales hasta propuestas ecológicas especulativas, estas obras reflejan un cambio continuo en la forma en que se concibe la arquitectura vertical. Estas torres abordan cuestiones más amplias de privacidad, convivencia, adaptabilidad e integración urbana.
Aprender algo nuevo es, biológicamente, una transformación del cerebro. Con cada experiencia, las conexiones neuronales se reorganizan, creando y fortaleciendo sinapsis. Mucho más que la simple acumulación de información, el aprendizaje consiste en la reconfiguración de estructuras internas, un proceso capaz de transformar tanto a las personas como a las sociedades. El entorno en el que esto ocurre puede cultivar la curiosidad, la adaptabilidad y la resiliencia emocional, apoyando así a nuestra próxima generación de líderes, o bien reprimir esas cualidades, lo que conduce al retraimiento y al aislamiento.
Con el auge de la escolarización moderna durante la Revolución Industrial, surgió un modelo estandarizado, definido por filas de pupitres, instrucción simultánea y supervisión visual. Comparado a menudo con un sistema de producción en fábrica, este modelo aún persiste en muchos lugares a pesar de los profundos cambios tecnológicos. Estos entornos rígidos permanecen incluso cuando el aprendizaje moderno exige experimentación y adaptabilidad.
Con sede en la Ciudad de México, Estudio Ome, fundado por Susana Rojas Saviñón y Hortense Blanchard, es una práctica de arquitectura y paisaje que trabaja en bosques, terrenos volcánicos, fragmentos urbanos y antiguos sitios industriales. Ganador de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards, el estudio desarrolla proyectos a través de la observación constante de las condiciones ecológicas y territoriales, donde las decisiones de diseño surgen directamente del comportamiento del suelo, el agua, la vegetación y la tierra.
Cada proyecto comienza con encuentros repetidos. El primer acercamiento al terreno se realiza a través del caminar y la observación prolongada, permitiendo que los patrones de drenaje, la erosión y los cambios estacionales se vuelvan legibles antes de que ocurra cualquier medición formal. Estas visitas constituyen la base para interpretar tanto las capas visibles como las subterráneas: la hidrología y las transformaciones históricas que continúan ejerciendo fuerza sobre la superficie.
Interpretar el hábitat contemporáneo es una prioridad para los y las profesionales de la arquitectura y el diseño en todo el mundo. En medio de tendencias cambiantes, fusiones estilísticas y el resurgimiento de diversas técnicas, el diseño de interiores contemporáneo reúne materiales, texturas y colores para transformar la experiencia de las personas usuarias. En el ámbito doméstico se despliega una serie de realidades, tensiones y actividades, donde el diseño sirve como una base sólida y un sistema de soporte para satisfacer las necesidades de sus habitantes. En el marco de la Semana del Diseño de Milán 2026, el ICEX y Elle Decor Italia presentaron la cuarta edición de Appartamento Spagnolo—un marco espacial concebido para exhibir el diseño de interiores español contemporáneo dentro de un contexto histórico.
El patrimonio, en el diseño de interiores, rara vez se limita a una cuestión de mera preservación. Con mayor frecuencia se presenta como una fricción: el encuentro entre lo que un edificio ya es —la lógica de su planta, sus cicatrices, sus inconsistencias estructurales— y lo que la vida contemporánea le exige.
Algunos de los proyectos más convincentes de hoy en día no son aquellos que «restauran» un interior para devolverlo a un momento único, ni los que borran el pasado bajo una nueva piel homogénea. Son aquellos que orquestan una relación entre lo antiguo y lo nuevo, permitiendo que el contraste haga más que simplemente contar una historia, y transformando ese choque en una herramienta pragmática para la construcción, el presupuesto y los tiempos de ejecución.
Vana Vasa Resort por MJ Kanny Architect, ganador de los Steel Architectural Awards ASEAN 2024. Imagen cortesía de NS BlueScope
Los Steel Architectural Awards ASEAN 2026 son un programa regional de premios de arquitectura presentado por NS BlueScope para reconocer proyectos construidos que demuestren excelencia arquitectónica mediante el uso de soluciones de acero revestido. Bajo el lema Shaping Resilient Futures: Timeless Design with Coated Steel, el programa destaca proyectos en Indonesia, Malasia, Tailandia y Vietnam, avanzando desde los Premios Nacionales (Country Awards) hasta el reconocimiento a nivel de la ASEAN. Este artículo explica cómo funciona el proceso de dos etapas, qué categorías se incluyen y cómo se evalúan los proyectos a través de la Excelencia en el Diseño, la Innovación y la Sostenibilidad.
En América Latina, el suelo rara vez es una simple superficie sobre la cual construir. Puede ser la orilla de un río, una pendiente pronunciada, el suelo húmedo de un bosque, un paisaje inundable o un territorio bajo presión ecológica y, en muchos casos, alberga una historia de comunidades que ya sabían cómo responder a él, construyendo sobre pilotes, plataformas o sobre el agua, mucho antes de que la arquitectura contemporánea se planteara las mismas preguntas.
Estos proyectos continúan esa conversación. Se relacionan con condiciones dinámicas que fluyen, absorben, erosionan y crecen, en lugar de tratar al suelo como algo que se debe nivelar o controlar. La elevación permite que la arquitectura se adapte sin imponerse por completo: el agua puede pasar por debajo, la vegetación puede permanecer y las pendientes pueden conservar su estado original. En cada caso, la decisión de elevarse está vinculada a un factor específico: el agua, la humedad, la topografía, la vegetación o la restauración ecológica, sumado al conocimiento de cómo construir dentro del entorno y no en su contra.