
Algunas ciudades crecen a través de la continuidad; otras se construyen mediante momentos de aceleración. Bakú, en Azerbaiyán, parece operar en un punto intermedio. Su núcleo histórico, el Icherisheher, aún conserva una lógica espacial que se resiste a la expansión: denso, cerrado, definido por la proximidad y la repetición. Sin embargo, justo más allá de sus murallas, la ciudad comienza a transformarse. La escala aumenta, las distancias se dilatan y la relación entre los edificios deja de ser una cuestión de continuidad para convertirse en una de visibilidad.
Durante las últimas dos décadas, Bakú ha sido el escenario de un esfuerzo deliberado por construir una imagen de sí misma. La riqueza petrolera proporcionó los medios, pero la arquitectura se convirtió en una de sus herramientas principales. Proyectos como el Centro Heydar Aliyev de Zaha Hadid Architects o las Torres Flama son símbolos de esta transformación, con formas diseñadas para circular tanto en los medios de comunicación como en la propia ciudad. Se trata de objetos precisos, controlados y sumamente resueltos. No obstante, también introducen una lógica urbana diferente, que privilegia la singularidad sobre la continuidad y posiciona a la arquitectura como un agente de representación.
























































































