Aproximadamente a una hora en auto de Nueva York, la Casa Corwin se emplaza en una zona boscosa y montañosa, muy por encima del río Saugatuck. Terminada por Richard Neutra en 1956, es una de las tres únicas casas que el arquitecto construyó en Connecticut. El diseñador de arquitectura Aziz Osko ha actualizado la casa, retomando detalles del diseño original de Neutra que nunca llegaron a construirse.
El encargo comenzó cuando Betty y Henry Corwin le preguntaron a Neutra si podía recomendarles a un/a arquitecto/a de la Costa Este que trabajara en un estilo similar. Neutra quedó tan cautivado por el terreno boscoso sobre el río que decidió asumir el encargo personalmente.
Seaside House / Koistinen Hellborg Architects. Imagen cortesía de Randers Tegl
El ladrillo y la madera pueden establecer un diálogo entre la permanencia arquitectónica y las texturas de los entornos costeros. En Höllviken, en la costa sur de Suecia, Seaside House, de Koistinen Hellborg Architects, explora cómo la materialidad, la luz y la organización espacial pueden dar forma a una vivienda en relación con su entorno natural. Ubicada en un terreno arenoso, entre brezales, musgo y pinos, y a poca distancia del mar, la casa responde a un paisaje definido por sutiles variaciones cromáticas, cambios estacionales y una fuerte conexión con el exterior.
En Uruguay, los proyectos residenciales a pequeña escala ocupan cada vez más los paisajes rurales y costeros, desde las sierras de Villa Serrana hasta los bosques marítimos a lo largo de la costa atlántica. Construir en estas zonas suele requerir materiales estructurales que equilibren durabilidad, eficiencia térmica y viabilidad de transporte. En estos entornos, las obras dependen en gran medida de sistemas como entramados de madera de ingeniería, elementos estructurales de acero, revestimientos exteriores de madera o la prefabricación en taller. Estas decisiones de diseño no solo ayudan a reducir el peso de las materias primas que deben transportarse por caminos de acceso sin pavimentar, sino que también hacen que la construcción sea más viable en ubicaciones remotas. Asimismo, el contexto de los proyectos de esta selección parece haber jugado un papel limitante respecto a las superficies cubiertas, las cuales se mantuvieron en un máximo de 60 m² para reducir el requerimiento de materiales estructurales y el impacto sobre el terreno.
El bienestar ya no se limita a resorts exclusivos, spas o entornos hoteleros. Hoy en día, se ha convertido en una parte esencial de la vida contemporánea, inspirando a las personas a crear espacios privados dedicados a la relajación y al cuidado personal. Colecciones como Home Spa Collection de LEMI exploran este creciente interés por el bienestar residencial a través de una selección de camillas de masaje y camastros de relajación.
El restaurante conceptual Social Playful. Imagen cortesía de Livit Design
Del 17 al 19 de noviembre de 2026, interihotel MAD26 reunirá a profesionales de la arquitectura, el diseño de interiores, la operación hotelera y marcas especializadas en IFEMA Madrid. Organizado por AMBIT Living Spaces Cluster, se espera que el evento reciba a más de 14,000 profesionales, 350 marcas expositoras y más de 200 ponentes internacionales. Bajo el lema *Creative Rebellion*, combinará conferencias, talleres, cinco foros especializados y espacios experimentales a escala real para explorar nuevos enfoques en el diseño de hoteles y restaurantes.
Tras una pausa de siete años, la Amman Design Week regresó a Jordania con una premisa que se siente estrechamente ligada a la ciudad misma: que nada es completamente nuevo. Bajo el lema "Acumulaciones", la cuarta edición del evento bienal reunió a más de 220 diseñadores/as, creadores/as, arquitectos/as y colectivos en exposiciones, intervenciones públicas, charlas, talleres y performances del 2 al 17 de octubre. Esta premisa resultó especialmente relevante para Ammán, una ciudad cuya arquitectura ha sido moldeada por oleadas de construcción, migración, adaptación y reutilización, donde la acumulación no es una mera metáfora.
Tras la finalización del sistema principal de drenaje de Londres al norte del Támesis en 1868, la Junta Metropolitana de Obras Públicas conmemoró la ocasión con un banquete celebrado en el interior de una estación de bombeo de aguas residuales. La estación Abbey Mills había sido construida durante los tres años anteriores por el ingeniero Joseph Bazalgette en colaboración con el arquitecto Charles Driver, bajo un esquema de planta cruciforme con ocho motores de balancín, dispuestos de a dos en cada brazo. Su estilo ha sido interpretado como bizantino, medieval italiano, ruso, gótico ruskiniano y morisco, y sus chimeneas gemelas de ventilación, profusamente decoradas, se elevaban a más de sesenta metros. El constructor la describió como una estructura elegante en medio de un pantano, sugiriendo que bien podría pasar por una mezquita o un templo.
Casi todo lo demás que construyó Bazalgette fue enterrado, y esta excepción no sobrevivió al siglo siguiente. En 1933, el vapor dio paso a los motores eléctricos en Abbey Mills, y las chimeneas, que desde entonces resultaban redundantes, fueron demolidas en 1941 por temor a que un bombardeo las derribara sobre la estación. La ingeniería sanitaria se consolidó en torno a criterios cuantificables —como la capacidad de procesamiento, la calidad del efluente y el gradiente hidráulico—, ámbitos en los que la apariencia estética no tenía cabida alguna. De este modo, el tratamiento de aguas se desplazó hacia llanuras aluviales, estuarios y periferias municipales donde el suelo era económico y la gravedad facilitaba el proceso.
"La arquitectura debe volver a su esencia". Con esta declaración, Wang Shu y Lu Wenyu establecen la premisa central de su visión curatorial para la 20ª Exposición Internacional de Arquitectura de La Biennale di Venezia, que se llevará a cabo del 8 de mayo al 21 de noviembre de 2027 en los Giardini, el Arsenale y diversos puntos de Venecia. Bajo el título "Do Architecture – Por la posibilidad de coexistencia frente a una realidad real", la exposición hace un llamado a retornar al acto físico de hacer arquitectura, en un momento en que, según el equipo curatorial, la disciplina se ha desconectado cada vez más de la realidad vivida debido a la excesiva abstracción, la comercialización y la digitalización.
En lugar de centrarse en lo que la arquitectura podría llegar a ser, la curaduría propone un compromiso renovado con el presente, cuestionando qué significa ejercer la arquitectura hoy en día a través de los materiales, la construcción, el conocimiento local y la experiencia directa. Este enfoque se nutre de ideas que han sustentado durante mucho tiempo el trabajo de Amateur Architecture Studio, fundado por Wang Shu y Lu Wenyu en 1997, particularmente su exploración de las técnicas de construcción tradicionales, la reutilización de materiales y la relación entre la arquitectura y el lugar. Asimismo, la exposición sitúa la cuestión de la coexistencia en su centro, explorando cómo la arquitectura puede conciliar condiciones aparentemente opuestas —desde la tecnología y la artesanía hasta las formas de construir urbanas y rurales— manteniéndose firmemente arraigada en las realidades específicas de cada lugar.
La actividad industrial puede terminar mucho antes de que sus efectos desaparezcan de la tierra. Las fábricas cierran, los edificios se demuelen y los antiguos distritos industriales se integran paulatinamente a nuevos desarrollos residenciales. Sin embargo, el suelo debajo de ellos puede seguir albergando rastros de su uso anterior, lo que a veces exige una intervención exhaustiva antes de que pueda comenzar la construcción.
La reconversión de estos sitios plantea la interrogante de qué proporción del suelo original puede conservarse y qué se requiere para construir viviendas sobre él. El nivel de contaminación determina las acciones previas al inicio de la obra, mientras que el costo de preparar el terreno puede condicionar el desarrollo en sí mismo. Gran parte de esta labor termina por desaparecer bajo los edificios terminados, dejando apenas rastros del estado anterior del lugar.
Modelo IFC / KUBUS360. Imagen cortesía de Vectorworks
El Modelado de Información de Construcción (BIM) ha hecho posible asociar una enorme cantidad de información a cada elemento de un diseño. Un muro puede incluir su clase de resistencia al fuego y su grupo de costos, e incluso, más adelante, la información de mantenimiento que necesitará el/la gestor/a de las instalaciones. Esta posibilidad genera una tentación: si el modelo puede albergar más datos, debería hacerlo. En este proceso, sin embargo, se puede perder de vista una pregunta fundamental sobre la eficiencia: ¿realmente necesita el proyecto esta información y la necesita en este momento?
Para los/las arquitectos/as, el BIM suele describirse como una "fuente única de verdad". Sin embargo, cada propiedad adicional implica más trabajo, coordinación y mantenimiento, y los datos que se introducen de manera prematura o sin un propósito claro pueden quedar obsoletos rápidamente. Lo verdaderamente importante es contar con la información adecuada para las decisiones que se toman en cada etapa del proyecto. La firma con sede en Stuttgart KUBUS360 convirtió esta interrogante en el eje central de su trabajo en un complejo administrativo en Baden-Wurtemberg (Alemania).
¿Qué sucede cuando la estructura no se trata como un elemento añadido a la arquitectura, sino como algo que la propia arquitectura proporciona?
A lo largo de la historia de la arquitectura, la forma ha proporcionado estructura. Los arcos, las cerchas y otras geometrías estructurales utilizaban la disposición del material para alcanzar resistencia, permitiendo a menudo que los elementos individuales cumplieran múltiples funciones. No obstante, hoy en día las envolventes de los edificios suelen depender de una jerarquía de elementos independientes: una estructura principal soporta las cargas, los soportes secundarios sostienen los paneles en su lugar, los herrajes conectan las piezas y otras capas adicionales proporcionan el cerramiento o el acabado. En conjunto, estos componentes requieren más material, peso, pasos de fabricación y coordinación en obra.
Seleccionar un material durante el proceso de diseño implica más que definir una apariencia. Su comportamiento ante la luz, el sonido, el tacto y el paso del tiempo puede transformar cómo se percibe y se utiliza un espacio. Asimismo, factores como la durabilidad, la resistencia, la reciclabilidad y el impacto ambiental asociado a su producción introducen nuevas variables en la toma de decisiones arquitectónicas. Para Stephanie Forsythe y Todd MacAllen, quienes cofundaron el estudio de diseño y producción molo, con sede en Vancouver, estas consideraciones han propiciado una exploración del papel y de su potencial para configurar espacios flexibles y sensoriales.
El concepto de “ojos de la calle” es quizás el más famoso dentro de la literatura arquitectónica y urbanística en lo que respecta a la seguridad urbana. Jane Jacobs utiliza esta expresión para referirse a las personas que –de forma consciente o inconsciente– utilizan los espacios públicos o los contemplan desde sus hogares, generando una vigilancia natural. Este movimiento, en el ámbito de nuestra disciplina, se fomenta tanto a través de espacios públicos de calidad como por la potente relación entre lo público y lo privado creada mediante las fachadas de las edificaciones. Al defender este control cotidiano, Jacobs cree en un modo de hacer arquitectura y ciudad que condena la verticalización en exceso, reforzada por edificios aislados y de uso único que niegan el contacto con la calle.
Allí donde ya no se puede depender de forma constante de los ríos, los embalses y las lluvias, el agua se busca cada vez más en la atmósfera. La niebla, la humedad atmosférica y la condensación ofrecen diferentes formas de captación. Cuando la arquitectura empieza a recolectar agua del aire, las superficies, las estructuras y los espacios abiertos pasan a formar parte del sistema hídrico.
Según UNICEF, la Estrategia Nacional del Agua de Jordania estima que cada persona tiene acceso a solo unos 61 metros cúbicos de agua renovable al año, una cifra muy inferior a los 500 metros cúbicos que suelen considerarse el umbral de la escasez absoluta de agua. Alrededor de la mitad de la población recibe agua de red solo una vez a la semana, mientras que las aguas subterráneas se extraen a un ritmo superior al de la recarga natural de muchos acuíferos.
Vivos xPoint, EE. UU. Imagen de VigilanteScout, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
Invirtiendo la narrativa convencional, esta historia comienza por el final. El día después del colapso del mundo. Mientras casi toda la población lucha por sobrevivir a las llamas y a las tormentas solares, una fracción de la sociedad es recibida por personal de seguridad fuertemente armado a la entrada del Survival Condo Project, un antiguo silo de misiles en Kansas convertido hace unos años en departamentos de lujo.
Atrás quedó la imagen de la persona ermitaña que acumula comida enlatada en su sótano o del profeta del fin de los tiempos. En los últimos años, el supervivencialismo se ha expandido hacia los círculos más ricos, echando raíces en Silicon Valley entre directivos/as de tecnología y gestores/as de fondos de cobertura. Lo que alguna vez pudo considerarse una mera excentricidad se ha convertido también en una forma de pensar el futuro y, para algunos/as, en una inversión.
Al recorrer el frente marítimo de Barcelona, el litoral da la impresión de haber estado allí desde siempre: arena, palmeras, un largo paseo, restaurantes, tiendas y hoteles modernos; sin embargo, la realidad es que no siempre ha sido así. Hasta la década de 1980, la fachada marítima de Barcelona era una barrera activa de vías ferroviarias, fábricas y viviendas informales, y las aguas residuales desembocaban directamente en el Mediterráneo. A partir de 1987, Barcelona comenzó a crear de manera continua grandes paseos y corredores entre la ciudad y el mar, configurando un entorno que hoy en día muchos podrían interpretar como un espacio previamente vacío, pero que en realidad es el resultado de décadas de infraestructura y complejidad social, junto con un esfuerzo municipal por transformar el territorio de la ciudad y su relación con el agua. Analizar esta transformación plantea tres preguntas que estructuran este artículo: ¿quién fue desplazado para abrir el frente marítimo, quién lo gobierna hoy y quién lo mantiene en pie?
El sector de la edificación y la construcción representa alrededor del 39% de las emisiones globales de CO₂ y casi el 50% de la extracción mundial de materiales. Las emisiones de carbono operacional —asociadas a la energía consumida para el funcionamiento de los edificios— también aumentaron un 1% hasta alcanzar los 9,900 millones de toneladas de CO₂ en 2024, aun cuando la intensidad del uso de energía (EUI) en las edificaciones ha mejorado. Estas cifras evidencian brechas persistentes en la manera en que se diseñan, construyen y rehabilitan los edificios. Un área clave para cerrar estas brechas es el aislamiento de la envolvente del edificio, el cual sigue siendo fundamental para controlar la demanda de energía, mejorar la resiliencia térmica y reducir las emisiones de carbono.
¿Qué hace un/a arquitecto/a? Esta pregunta ancestral revela la dicotomía perenne entre dos aspectos de la edificación: cómo construir y por qué construir. A pesar de sus orígenes antiguos y de que su nombre deriva del griego antiguo, la profesión se ha transformado a lo largo de los siglos. Su forma actual, que suele remontarse al Renacimiento italiano, distingue entre el acto físico de construir y la toma de decisiones intelectuales y estéticas que lo sustentan. Sin embargo, es posible que nos encontremos en medio de otra transformación incipiente. El encargo de obras de arquitectura históricamente se ha mantenido al margen de la práctica profesional, pero, como se observa en el trabajo de MASS y en proyectos como el Centro de Innovación Moving Windmills, esta distinción empieza a desvanecerse.
Arquitecta: Tina Hočevar. Imagen cortesía de VELUX Group
¿Qué ocurre con el espacio debajo de una cubierta? En muchas viviendas, la respuesta es sencilla: se convierte en un ático, un espacio de almacenamiento o un volumen prácticamente inutilizado entre la planta superior y el techo. Sin embargo, este mismo espacio puede transformarse en un dormitorio, una oficina en casa, una sala de juegos o un área de estar adicional si se proyectan de manera conjunta la cubierta y el espacio inmediatamente inferior.
Este potencial es clave tanto en las edificaciones existentes como en la arquitectura residencial. Convertir un ático permite sumar superficie útil sin ampliar la huella del edificio, mientras que diseñar una vivienda nueva considerando un espacio habitable bajo la cubierta la vuelve más adaptable con el paso del tiempo. Por lo tanto, la cuestión no reside únicamente en cómo rehabilitar un ático, sino en cómo reconocer el potencial arquitectónico de un espacio subutilizado generado por una cubierta inclinada.
Un título en arquitectura proporciona los cimientos de la disciplina; sin embargo, la transición hacia el ejercicio profesional suele ir mucho más allá de las aulas. Ganar experiencia, desarrollar un portafolio y desenvolverse en la realidad de los despachos de arquitectura son desafíos a los que se enfrentan quienes egresan de la carrera en sus primeros años de práctica.
Regenerative Salt Landscapes, propuesta ganadora de los ArchDaily Student Project Awards 2026. Imagen vía ArchDaily Student Project Awards
Sobre el papel, participar en un concurso de arquitectura es una de las tareas más desafiantes que un/a estudiante de arquitectura puede emprender. Lo que atrae a los y las estudiantes hacia ellos es la oportunidad de experimentar, abordando un programa vagamente definido que deja margen para poner a prueba ideas poco convencionales y herramientas desconocidas fuera del ritmo del semestre. Esa distancia respecto a la evaluación académica es un desarrollo relativamente reciente, ya que en su momento los concursos fueron fundamentales para la educación arquitectónica.
En la École des Beaux-Arts, la enseñanza se dividía entre el taller (*atelier*), donde los y las estudiantes desarrollaban proyectos bajo la dirección de un/a arquitecto/a en ejercicio, y el concurso, donde un jurado de profesores evaluaba el trabajo de los alumnos sin haber seguido su desarrollo. Más tarde, instructores formados en Francia llevaron este modelo a escuelas como el MIT, Penn, y Cornell. Con el tiempo, la mayoría de las escuelas conservaron el taller —que se convirtió en el taller de diseño— y relegaron los concursos a los márgenes del plan de estudios.