Imaginar un orden social diferente resulta más sencillo cuando se sitúa lejos de aquel que ya existe. En América Latina, esa distancia ha sido a menudo territorial. Diversas zonas de la región han sido tratadas, una y otra vez, como lugares donde un nuevo mundo podría comenzar. Sin embargo, estos lugares nunca estuvieron vacíos.
En el ámbito de la arquitectura, esta idea tiene un punto de partida familiar: el plano. Visto desde arriba, un territorio puede parecer una hoja en blanco, lista para un eje o una cuadrícula. A nivel de suelo, sin embargo, ese mismo territorio ya está lleno de personas y de los senderos que recorren.
Colaje de mapa conceptual de Kampala, Jartum y Kinsasa. Ilustración de Maisa Elamein vía Wikimedia Commons y fuentes de dominio público.
La violencia colonial en las ciudades africanas se filtró de las dimensiones políticas al ámbito espacial. Se halla impregnada en los trazados de las calles, los sistemas de tenencia de la tierra, la infraestructura de drenaje y las zonas residenciales que, al día de hoy, siguen estructurando la desigualdad y el desplazamiento. Kinsasa, Jartum y Kampala arrastran esta herencia en su morfología urbana, funcionando a la vez como artefactos históricos y como estructuras activas. Este legado determina quién accede a los servicios y quién habita las tierras propensas a inundaciones, al tiempo que cataliza una creciente inestabilidad climática que empuja a este aparato hacia dimensiones completamente nuevas, incluidas las geológicas.
El increíble castillo vagabundo. Imagen cortesía de Studio Ghibli
Cada tarde, al volver a casa, llevamos a cabo un pequeño rito sin ceremonia alguna. Llegamos a una puerta, la abrimos y cruzamos hacia un espacio que nos pertenece como ningún otro. Se trata de un acto tan cotidiano que rara vez reparamos en que posee una estructura; sin embargo, filósofos y antropólogos han escrito libros enteros para describir estas configuraciones psicológicas. Curiosamente, obras visuales como los mundos animados de Studio Ghibli parecen reflejar esta dinámica para dar forma a universos cuyas arquitecturas y distribuciones ofrecen una vía de escape, apelando a nuestros recuerdos de una forma tan legible como encantadora.
Ahora es posible ingresar a una cueva de Maharashtra sin necesidad de viajar hasta allí. A través de una experiencia de realidad virtual desarrollada en torno a Ajanta, los/las visitantes pueden recorrer una versión reconstruida digitalmente de las cuevas desde cualquier otro lugar del mundo. El proyecto plantea una interrogante arquitectónica: si la arquitectura se experimenta a través del movimiento, la escala, la secuencia y la percepción, ¿qué sucede cuando estas vivencias pueden recrearse fuera del sitio físico? El proyecto Digital Ajanta de IITM Pravartak utiliza escaneo 3D, filmación, modelado y realidad virtual para documentar las cuevas y traducir ese registro en una experiencia inmersiva.
Históricamente, la manera en que diseñamos ha estado estrechamente vinculada a la forma en que construimos. La arquitectura avanzaba mediante pruebas físicas, procesos de ensayo y error, dibujos de proyección, maquetas a escala real y modelos físicos; si bien cada recurso introducía una nueva capa de abstracción, todos permanecían vinculados al material, la escala y la construcción. La llegada del CAD modificó significativamente esta dinámica. En un principio, se entendió en gran medida como la digitalización de una geometría precisa para la construcción. Sin embargo, con el tiempo, las herramientas digitales se incorporaron en etapas cada vez más tempranas del proceso de diseño, desplazando al boceto, el ensayo y error físico, la elaboración de maquetas y otras formas de pensamiento que solían mantener la escala y la materia al alcance de la mano.
Por lo tanto, el linaje del diseño arquitectónico puede entenderse, en parte, como una evolución de las abstracciones. Algunas de ellas han sido extraordinariamente productivas. Las plantas y secciones, por ejemplo, aíslan dimensiones particulares de la arquitectura sin dejar de permitir que la mente reconstruya la totalidad. Aplanan, cortan y reducen, pero no abandonan el edificio. Mediante la combinación de dibujos, es posible comprender las habitaciones, las circulaciones, la estructura, las aberturas y las relaciones espaciales sin perderse en la complejidad del proyecto. Su abstracción es disciplinada porque permanece ligada a una realidad arquitectónica que, eventualmente, deberá ser medida, construida y habitada.
A lo largo de la historia de la arquitectura, el círculo ha estado asociado a múltiples significados: desde la geometría cósmica de los templos antiguos y el óculo de las construcciones clásicas hasta los rosetones de las catedrales góticas y los ojos de buey de los barcos. No obstante, en el siglo XX, el círculo adquirió un nuevo sentido cultural. A medida que la aviación, la exploración espacial y la innovación tecnológica transformaban la forma en que la sociedad imaginaba el futuro, las formas circulares comenzaron a evocar máquinas, naves espaciales, cápsulas e incluso nuevas formas de habitar.
Desde la crisis de 2008, un puñado de oficinas pequeñas (ninguna de más de quince años de antigüedad y ninguna lo suficientemente grande como para necesitar un manifiesto en el sentido tradicional) ha llegado, de manera independiente, a alguna versión del mismo rechazo: sonar demasiado seguras de sí mismas, demasiado pronto, en una disciplina que se había pasado la década anterior vendiendo la certeza como un acabado. Probablemente se resistirían a ser agrupadas bajo una misma etiqueta, pero la coincidencia misma radica en que algo en el ejercicio de la arquitectura después de 2008 hizo que la inocencia pareciera la única postura que valía la pena intentar.
Al menos desde 2019 en adelante, Fala ha difundido una descripción de sí misma de dos palabras, repetida textualmente en docenas de medios de arquitectura: una "oficina de arquitectura ingenua". Sin notas al pie, sin ironía; simplemente una oficina, fundada en 2013, que construyó una década de casas, casitas para pájaros y encargos institucionales sobre un término que la arquitectura había pasado un siglo intentando superar. La pregunta que plantea la frase no es si los edificios son buenos (que, por lo general, lo son), sino qué significa para una oficina elegir la inocencia como una postura pública. ¿Dónde termina la postironía y comienza el marketing?
El patio de Rozzol Melara mide doscientos metros por lado, lo que lo convierte en un espacio más grande que cualquier plaza de Trieste. Dos bloques de concreto expuesto en forma de L lo delimitan —uno de ellos con el doble de altura que el otro—, elevándose de siete a quince pisos a medida que la ladera desciende hacia el golfo, a cuatro kilómetros de distancia. Pilares de concreto espaciados cada quince metros sostienen los bloques sobre una pendiente que nunca llegan a tocar, abriendo pórticos lo suficientemente profundos como para transitarlos, y sobre ellos las fachadas se resuelven en logias a la escala de una habitación individual. Desde la carretera costera, nada de esto resulta legible; solo se aprecia una línea gris dibujada sobre las colinas.
En el interior del recinto, el Istituto Autonomo Case Popolari de Trieste construyó el resto de la ciudad. Los 648 departamentos ocupan menos espacio en la planificación que las escuelas, la oficina de correos, el centro de salud, el salón parroquial, las más de veinte tiendas y el garaje de dos niveles. A todos estos servicios se accede a través de calles cubiertas que recorren longitudinalmente los bloques y cruzan el patio mediante una pasarela elevada, de modo que el trayecto desde la puerta de un hogar hasta una tienda o un aula transcurre por el espacio colectivo sin necesidad de salir al exterior. Un equipo de veintinueve arquitectos y arquitectas trabajó en el proyecto bajo la coordinación de Carlo Celli, basándose en estudios sociológicos encargados de manera previa al diseño.
La Pirámide de Tirana abrió sus puertas como museo dedicado a Enver Hoxha en octubre de 1988, tres años después de su muerte y tres años antes del colapso del régimen. En las décadas posteriores, funcionó como estación de radio, sede de conferencias, club nocturno y base de la OTAN durante la guerra de Kosovo. En 2023, MVRDV la reabrió como parque y escuela de tecnología, añadiendo escalones a las fachadas para permitir que la gente pudiera caminar sobre la estructura. La inauguración se programó para coincidir con la Cumbre de los Balcanes Occidentales el 16 de octubre, una fecha que, según señalaron algunos críticos, coincidía con el cumpleaños de Hoxha. Dos proyectos de autodefinición nacional, distanciados por treinta y cinco años y construidos sobre premisas políticas opuestas, han utilizado la misma estructura.
En el corazón del distrito de Navrangpura, en Ahmedabad, India, se encuentra el Estadio Sardar Vallabhbhai Patel. Más que un simple campo de críquet, el estadio se erige como uno de los primeros experimentos de la India en arquitectura pública modernista. Construida en las décadas posteriores a la independencia del país, la estructura no solo se ha convertido en un hito de la ingeniería, sino también en un importante espacio público dentro del tejido urbano de Ahmedabad. A pesar de la trascendencia arquitectónica e histórica del edificio, así como de su profunda integración en la vida comunitaria diaria, la estructura ha sufrido un importante deterioro físico a raíz de décadas de mantenimiento deficiente y falta de financiamiento. Esta fragilidad es, precisamente, la razón por la que ha captado la atención internacional. En 2020, el World Monuments Fund (WMF) incluyó al Estadio Sardar Vallabhbhai Patel en el World Monuments Watch, una lista global que destaca los sitios de patrimonio cultural que enfrentan desafíos urgentes de conservación.
Como pilares de nuestro paisaje cultural, muchas obras maestras del Movimiento Moderno suelen ser demolidas, abandonadas o alteradas sin importar el contexto en el que se encuentren. Preservar este legado arquitectónico resalta el papel de los/las profesionales de la arquitectura y el diseño en la configuración de entornos construidos donde la continuidad entre el pasado y el presente refuerza el sentido de pertenencia de las comunidades. En Long Island, una coalición de defensores/as se unió para salvar la Casa A. Conger Goodyear, que data de 1938 y fue diseñada por Edward Durell Stone. Considerada uno de los ejemplos más notables del Estilo Internacional en los Estados Unidos, la casa atrajo una atención significativa durante la década de 1940, apareciendo en revistas especializadas, libros y publicaciones de divulgación.
En la costa caribeña de Honduras se encuentra el valle de Leán, una estrecha franja costera delimitada por la cordillera Nombre de Dios al sur y el mar Caribe al norte. Durante mucho tiempo, esta fue la última frontera: una selva densa, pantanos, sin infraestructura y de difícil acceso hacia el interior. No obstante, este panorama comenzó a cambiar con la llegada del pueblo garífuna, que se estableció en la zona entre los ríos Danto y Cangrejal, sentando las bases de lo que se convertiría en la ciudad de La Ceiba, un núcleo urbano en el Caribe hondureño cuya historia ha estado definida por olas de migración: personas de Centroamérica, afrocaribeñas, europeas y del sector corporativo norteamericano. Estos movimientos provenientes de todo el mundo no solo contribuyeron al crecimiento económico, sino que produjeron activamente la lógica espacial, la identidad y la forma arquitectónica de la ciudad.
En 2023, el edificio de la Escuela de Diseño de la Universidad Jiao Tong de Shanghái abrió sus puertas tras una remodelación y adaptación completa de una estructura existente. Diseñado por el arquitecto y académico Xing Ruan, quien también se desempeña como decano de la escuela, el edificio recibió posteriormente dos reconocimientos en el Prix Versailles: el Título Mundial al Campus Más Hermoso y el Premio Especial para un Interior, uno de los tres honores principales del certamen. Los galardones de esta índole suelen generar su propio impulso. Una vez que un edificio es reconocido, se le sitúa rápidamente dentro de una narrativa de conveniencia — en la que a sus materiales, técnicas, formas y decisiones espaciales se les asignan significados que vuelven al proyecto legible, categorizable y fácil de citar.
Sin embargo, lo que un premio confirma es, tal vez, únicamente que el edificio ha sido visto. Lo que aún vale la pena preguntarse es por qué existe de la manera en que lo hace — qué problemas buscaba resolver, qué creencias rechaza y qué propone sobre la disciplina más allá de la coyuntura de su construcción. Fue precisamente en el edificio de la Escuela de Diseño donde se llevó a cabo la siguiente entrevista, la cual transita entre la arquitectura, la academia, la frugalidad y los límites de lo que se le puede — y debe — exigir a los edificios.
La vivienda moderna fue uno de los ámbitos donde el movimiento moderno planteó su promesa más audaz: que la arquitectura podía transformar no solo la ciudad, sino también la forma en que la gente vivía en ella. Como ha señalado el historiador de la arquitectura argentino Ramón Gutiérrez, la vivienda popular es "la gran asignatura pendiente, que habitualmente no figura en las historias de la arquitectura". En América Latina, esta ausencia es significativa. A lo largo del siglo XX, la expansión de las ciudades convirtió a la vivienda en una de las formas más claras de proyectar el cambio urbano, y el modernismo se introdujo no solo en planos y dibujos, sino también en departamentos, barrios, calles y rutinas domésticas.
Sin embargo, una vez construidos, estos proyectos se insertaron en ciudades configuradas por la política, la memoria, la desigualdad y dinámicas de ocupación en constante evolución. Sus significados ya no dependían únicamente del plano original, sino de las formas en que fueron habitados, alterados y transformados con el paso del tiempo. Lo que esta historia revela no es una simple adaptación, sino una fricción: ese momento en que la arquitectura deja de ser un modelo ideal y se enfrenta a una ciudad que no puede controlar por completo.
Cuando la Ciudad de México albergó los Juegos Olímpicos en 1968, marcó la primera vez que la justa deportiva se otorgaba a un país latinoamericano, así como la primera ocasión en que una nación de habla hispana fungía como anfitriona. Este acontecimiento representó una oportunidad inmejorable para proyectar a México y su cultura en el escenario internacional, lo que impulsó al gobierno a conformar un comité organizador integrado por destacados talentos locales. Al frente de este comité se designó como presidente a Pedro Ramírez Vázquez, arquitecto mexicano que ejercía una gran influencia en el programa de obras públicas estatales de mediados de siglo. Su enfoque era explícito: concebía la arquitectura como una síntesis de las técnicas del modernismo internacional con referentes precolombinos y la cultura material de la región. Bajo su dirección, el comité supervisó la construcción y adecuación de sedes distribuidas en el sur de la Ciudad de México, diseñadas y edificadas en su gran mayoría por profesionales locales de la arquitectura, la ingeniería y el sector técnico.
En 1962, el arquitecto Buckminster Fuller imaginó una ciudad flotante que liberaría a la humanidad de la dependencia de la Tierra. El proyecto hipotético consistía en enormes esferas geodésicas aéreas que levitarían naturalmente en el aire caliente calentado por el sol y que estarían ancladas en la cima de las montañas. Con la propuesta de albergar a miles de personas, las Cloud Ninede Fuller tenían como objetivo aliviar la política de propiedad de la tierra, la escasez de vivienda y ayudar en la preservación de la naturaleza.
Más de medio siglo después, seguimos lejos de concretar la idea de Fuller. Crear una estructura verdaderamente flotante en la superficie de la Tierra sigue siendo, hasta el momento, un ideal inalcanzable. Aunque los apoyos todavía se imponen como una necesidad, manipulamos su posición, su intensidad y su cantidad, desarrollando acrobacias para, al menos, aproximarnos a la idea de vencer la gravedad, ese deseo que desde hace tanto tiempo fascina a la humanidad.