
¿Qué importa más: mirar al pasado o al futuro? ¿Reconocer trayectorias consolidadas o impulsar caminos aún en construcción? Quizás esta no sea una pregunta con una respuesta única. Tradicionalmente, los premios de arquitectura han funcionado como dispositivos de consagración: han reconocido obras terminadas, trayectorias consolidadas y soluciones ya probadas, la mayoría de las veces bajo una mirada retrospectiva. ¿Qué pasaría, sin embargo, si el reconocimiento dejara de ser un fin en sí mismo y comenzara a operar como un agente catalizador, invirtiendo menos en lo que ya se ha hecho y más en lo que está por venir?
















