El valor de la artesanía en los interiores contemporáneos radica cada vez más en la manera en que se unen los materiales y se relacionan entre sí. A medida que crece el apetito por remodelaciones rápidas, económicas y rentables, surge también un deseo paralelo de interiores que se perciban resueltos con esmero: espacios donde los detalles estén integrados, los ensambles de materiales sean meditados, las transiciones de texturas tengan una intención clara y los herrajes se traten como parte del lenguaje arquitectónico y no como un añadido de último momento. En muchos interiores chinos contemporáneos, la artesanía opera de manera silenciosa a través del tratamiento de superficies y estructuras: madera que conserva su irregularidad, terrazo que deja registro de los agregados y el trabajo manual, o acabados que revelan el esmero de su ejecución.
Esto resulta especialmente importante en una época en la que las imágenes digitales premian cada vez más la uniformidad. Los renders de interiores suelen mostrar espacios continuos, sin fricciones y terminados incluso antes de que comience la obra. La artesanía viene a complejizar esta imagen. Introduce tolerancia, textura, resistencia material y la sensación de que una superficie ha pasado por manos humanas antes de convertirse en arquitectura. La imperfección no es necesariamente un fallo de precisión; para el ojo entrenado que sabe leerla, puede convertirse en la evidencia de un proceso.
Entre los siglos XVIII y XIX, viajar por Roma, París, Venecia, Florencia y otras ciudades europeas se consideraba una parte esencial de la formación de los/las arquitectos/as recién graduados/as. En una época en la que el acceso a fotografías y publicaciones era sumamente limitado, estos viajes constituían la principal vía para experimentar la arquitectura de cerca. A principios del siglo XX, Le Corbusier reinterpretó esta tradición a su manera: a los 23 años, se embarcó en el *Voyage d'Orient* (Viaje al Oriente), recorriendo los Balcanes, Estambul y Atenas, y elaborando cuadernos de viaje a los que volvería durante toda su vida.
El paisaje arquitectónico de Hungría pasó las décadas socialistas siendo rediseñado desde arriba, con sus granjas cooperativas consolidadas a partir de parcelas familiares y sus bloques de vivienda estandarizados distribuidos por el territorio en un formato que habría sido idéntico en cualquier otra parte. La socióloga Virág Molnár, cuyo libro Building the State rastrea los usos políticos de la arquitectura en la Hungría y la Alemania Oriental de posguerra, sostiene que esta reconfiguración del entorno construido fue uno de los instrumentos principales del proyecto político y no un mero subproducto de este; una movilización que se extendió a lo largo de la modernización socialista y continuó en la transición posterior. Por su parte, el crítico británico Owen Hatherley, cuya obra Landscapes of Communism explora los conjuntos habitacionales de Budapest junto con los de Varsovia y Kiev, describe el extremo final de ese mismo legado, donde los edificios han sobrevivido a la ideología que los encargó y siguen estando habitados por personas con muy poco interés en defender los argumentos que los originaron.
Nunca ha habido un momento de mayor celebración para el trabajo artesanal en la arquitectura. En revistas, premios y exposiciones internacionales, el ladrillo hecho a mano, el enlucido de cal, la piedra tallada, el bambú tejido y la tierra apisonada han resurgido como símbolos de responsabilidad ambiental, continuidad cultural y autenticidad arquitectónica. Más allá de estos proyectos minuciosamente documentados se esconde otra realidad. La gran mayoría de los edificios que se construyen hoy en día —desde bloques de departamentos y torres de oficinas hasta viviendas sociales y desarrollos comerciales— siguen dependiendo de sistemas industrializados que dejan poco espacio para las y los artesanos calificados. El oficio artesanal se ha vuelto cada vez más visible justo en el momento en que es más inusual. En países como la India, este contraste resulta imposible de ignorar. Tradiciones constructivas centenarias coexisten con una de las industrias de la construcción de más rápido crecimiento en el mundo. Para replantear la pregunta de por qué está resurgiendo el trabajo artesanal, tal vez el verdadero interrogante radica en por qué ahora aparece principalmente allí donde los presupuestos, los plazos de obra y la clientela pueden costeárselo.
La artesanía lleva las huellas de quienes le dieron forma, revelando cómo responden los materiales a las distintas técnicas e incluso ofreciendo pistas sobre las herramientas utilizadas para crearlos. Sin embargo, dentro de la experiencia arquitectónica, el trabajo artesanal puede expresarse no solo a través de los materiales y las estructuras, sino también a través del propio espacio. Con el fin de profundizar y aprender de las conexiones entre el diseño y la ejecución, amass studio ha explorado la traducción de métodos de construcción informales y cotidianos en sistemas espaciales a lo largo de varios de sus proyectos. Al integrar mecanismos, materiales, estructuras y mobiliario, el estudio crea nuevas narrativas espaciales en las que el diálogo entre lo artesanal y lo industrial se refuerza mutuamente. Más allá de la artesanía en sí, ¿por qué no visibilizar los procesos que le dan vida?
Fundado en Quito en 2017 por Martín Real y Florencia Sobrero, Taller General trabaja en proyectos de vivienda, rehabilitación, exhibiciones y proyectos comunitarios. Lo que une a estas iniciativas no es tanto una tipología de edificación, sino una forma de construir: arquitectos/as, constructores/as, artesanos/as, estudiantes, organizaciones y comunidades entran y salen del proceso, de manera que cada proyecto toma forma a partir de lo que ya está allí.
Este enfoque surgió de la experiencia directa en la obra. Antes de que Taller General se estableciera formalmente, Real y Sobrero se involucraron con Actuemos Ecuador, una de las iniciativas de la sociedad civil surgidas tras el terremoto que afectó a la costa de Ecuador en 2016. Trabajar bajo las condiciones reales de la obra vinculó las decisiones arquitectónicas con los materiales, los presupuestos, la mano de obra disponible y los saberes locales, estableciendo una relación con el proceso constructivo que sigue siendo fundamental en su práctica.
Durante años, los avances en la visualización arquitectónica se han medido por la calidad de la imagen. La iluminación físicamente precisa, los sistemas de materiales sofisticados y el renderizado en tiempo real han hecho de las imágenes fotorrealistas una expectativa estándar de la industria. No obstante, la práctica arquitectónica ha evolucionado en una dirección diferente.
Hoy en día, clientes, consultores/as, ingenieros/as y equipos de diseño participan de manera más temprana y frecuente a lo largo de todo el proceso de diseño. Las revisiones de diseño ya no se limitan a presentar decisiones, sino que, cada vez más, forman parte del proceso mediante el cual se toman dichas decisiones.
En 2021, la colaboración entre el estudio de arquitectura italiano Mario Cucinella Architects y la empresa italiana de impresión 3D WASP dio como resultado el desarrollo de TECLA: una vivienda impresa en 3D completamente con tierra cruda. Cinco años después, la tecnología detrás de este proyecto ha evolucionado, extendiéndose de manera silenciosa por diversos continentes y prácticas de diseño. Al controlar la velocidad, el ángulo y la trayectoria de la boquilla de extrusión, los/las arquitectos/as pueden crear mucho más que simples muros. Con el paso de los años, han experimentado con formas de moldear el material impreso en 3D para generar motivos superficiales detallados, reincorporando el relieve, la textura y patrones complejos directamente en la estructura. De este modo, buscan tender un puente entre las tradiciones de construcción con tierra y la computación digital, en una época en la que el código comienza a influir directamente en la forma y en la expresión material de la arquitectura.
Durante mucho tiempo se ha entendido la arquitectura como una disciplina creada por humanos y para humanos. Sin embargo, en We the Bacteria: Notes Toward Biotic Architecture, Beatriz Colomina y Mark Wigley desafían ese supuesto al argumentar que "los microbios inventaron la arquitectura". A partir de esta premisa se despliega una historia alternativa de la disciplina que desplaza el foco del excepcionalismo humano hacia los microorganismos que han moldeado la vida, los entornos y el mundo construido durante miles de millones de años.
El libro explora la idea de que la arquitectura no puede entenderse al margen de los mundos microbianos que la configuran, sugiriendo que "la arquitectura habita en los humanos tanto como los humanos habitan en la arquitectura". En lugar de ser objetos inertes, los edificios surgen como ecosistemas dinámicos que Colomina y Wigley llegan a describir como "un intestino expandido y compartido con otros", donde microbios, materiales, personas y un sinfín de otras formas de vida coexisten, intercambian y evolucionan continuamente.
Con más del 80% de su población concentrada en centros urbanos y una densidad nacional que supera los 500 habitantes por kilómetro cuadrado —y que se dispara a más de 15,000 en Seúl—, Corea del Sur enfrenta una intensa competencia por el suelo disponible. Como respuesta, la arquitectura coreana contemporánea ofrece ejemplos elocuentes de intervenciones de uso mixto que operan en parcelas urbanas estrechas para conjugar la participación pública con una gran eficiencia utilitaria. Al apilar verticalmente distintos programas e integrar centros de arte públicos, sedes corporativas y nodos comerciales junto con áreas residenciales y otras funciones, estos desarrollos de múltiples capas transforman las limitaciones espaciales en interfaces urbanas dinámicas.
Con frecuencia, las puertas corredizas se analizan desde la perspectiva de la eficiencia. Al eliminar el radio de giro de una puerta convencional, facilitan el funcionamiento de las habitaciones compactas y ayudan a que los departamentos pequeños ganen unos centímetros extra de espacio útil. Sin embargo, en muchos interiores, su función más interesante no se limita a la economía espacial. Los tabiques corredizos transforman la lectura de la propia habitación. Un dormitorio, un estudio, una habitación de invitados, un comedor o un espacio de trabajo pueden aparecer cuando se cierra un panel, desaparecer al abrirse y permanecer en la ambigüedad cuando el límite es translúcido o parcial.
Esto hace que el tabique corredizo sea especialmente útil en contextos domésticos definidos por la densidad, las estructuras familiares cambiantes, el trabajo híbrido y la adaptación climática típica de regiones como el este y el sureste de Asia. Permite privacidad sin permanencia, cerramiento sin una separación total y apertura sin perder el control. A diferencia de las paredes fijas, no impone una única identidad a la habitación. En su lugar, permite que el espacio doméstico responda al paso del tiempo: el día y la noche, las visitas y la familia, el trabajo y el descanso, la exposición y el refugio.
En 1968, el diseñador de mobiliario y profesor del RCA David Pye publicó The Nature and Art of Workmanship, un libro estructurado en torno a la distinción entre el "oficio de riesgo" y el "oficio de certeza". Pye no escribía sobre arquitectura y, a pesar de cómo se suele emplear hoy en día este concepto, en realidad tampoco se refería a la dicotomía entre las manos y las máquinas. De hecho, señaló que una imprenta, aun siendo completamente mecánica, sigue dependiendo de que una persona evalúe la tinta y el registro, mientras que en el torneado manual de madera se puede seguir una plantilla con tanta precisión que prácticamente nada queda al azar.
El oficio de riesgo, según la definición de Pye, es cualquier proceso en el que el resultado no está predeterminado, sino que depende del juicio, la destreza y la atención de quien lo ejecuta mientras el trabajo está en marcha. El oficio de certeza representa la condición opuesta, ya que el resultado se define antes de que comience la producción, fijado en una plantilla, un molde o un programa, de modo que todo el proceso posterior se limita a la ejecución. Pye se encargó de señalar que ninguno de los dos modos es inherentemente superior, y que una máquina de control numérico, calibrada para dejar margen a la variación, puede estar más cerca del riesgo que una herramienta manual guiada por una plantilla fija.
Como pilares de nuestro paisaje cultural, muchas obras maestras del Movimiento Moderno suelen ser demolidas, abandonadas o alteradas sin importar el contexto en el que se encuentren. Preservar este legado arquitectónico resalta el papel de los/las profesionales de la arquitectura y el diseño en la configuración de entornos construidos donde la continuidad entre el pasado y el presente refuerza el sentido de pertenencia de las comunidades. En Long Island, una coalición de defensores/as se unió para salvar la Casa A. Conger Goodyear, que data de 1938 y fue diseñada por Edward Durell Stone. Considerada uno de los ejemplos más notables del Estilo Internacional en los Estados Unidos, la casa atrajo una atención significativa durante la década de 1940, apareciendo en revistas especializadas, libros y publicaciones de divulgación.
El centro de una planta nunca es simplemente un espacio vacío. Una vez que las habitaciones y los recorridos comienzan a organizarse a su alrededor, el centro empieza a estructurar la totalidad del diseño. Puede albergar un patio, una escalera, un jardín o una habitación compartida. También puede preservar algo preexistente en el sitio o dar soporte a un proceso que la arquitectura no controla por completo. Lo que ocupa esta posición determina cómo se distribuyen, conectan y utilizan los espacios circundantes.
En Un lenguaje de patrones, de Christopher Alexander, Sara Ishikawa y Murray Silverstein, se describe que los espacios compartidos son más eficaces cuando se sitúan en el centro de gravedad de la vida cotidiana y permanecen conectados con las rutas que las personas transitan con mayor frecuencia. Su argumento sugiere que un centro es relevante no por ocupar el medio geométrico, sino porque las habitaciones, los senderos y las actividades circundantes le otorgan peso espacial. Los proyectos incluidos aquí extienden esa idea más allá del espacio comunitario, mostrando cómo el centro puede organizar la circulación, el uso colectivo, los sistemas ambientales y la relación entre la arquitectura y lo preexistente en el sitio.
Una guerra puede borrar la silueta de una ciudad de la noche a la mañana. Los techos se derrumban, las calles se vuelven intransitables y los hitos que alguna vez orientaron la vida cotidiana quedan reducidos a escombros. Sin embargo, la pérdida más profunda suele ser invisible. Los edificios se pueden relevar, fotografiar, escanear y, eventualmente, reconstruir. El conocimiento que los produjo es mucho más frágil. Sobrevive en manos de canteros y canteras que comprenden cómo una bóveda de piedra caliza soporta su carga, de carpinteros y carpinteras que saben cómo responden las uniones de madera al movimiento estacional, de yeseros y yeseras que mezclan la cal de memoria en lugar de usar medidas, y de los y las residentes cuyos rituales cotidianos mantienen estos edificios en uso. Cuando estas personas son desplazadas, asesinadas o forzadas a abandonar sus oficios, la reconstrucción hereda un problema que ningún plano o modelo digital puede resolver. La piedra siempre se puede volver a extraer. Recuperar el conocimiento para darle forma toma mucho más tiempo.
Si bien la geometría piramidal se hace presente en monumentales estructuras históricas, su aplicación contemporánea sigue siendo limitada. La principal limitante es su envolvente inclinada, la cual contrae la superficie habitable del edificio a medida que asciende y reduce el volumen interior utilizable en comparación con las formas ortogonales o cilíndricas. Sin embargo, desde una perspectiva estructural, esta geometría ofrece una gran estabilidad lateral frente a cargas sísmicas y de viento gracias a su base ancha, su distribución de masa central y sus caras triangulares autoestables. No obstante, aplicar esta forma a una escala residencial introduce diversas limitaciones de distribución. Estas paredes inclinadas limitan las superficies verticales de los muros, lo que dificulta la colocación de ventanas, puertas y tabiques estándar. Al mismo tiempo, la baja altura libre a lo largo del perímetro genera áreas inutilizables en los bordes de las habitaciones.
Esta decisión, sin embargo, remite a un problema que atraviesa prácticamente todos los sistemas patrimoniales del mundo: cómo proteger legalmente una arquitectura que aún no ha cumplido el tiempo mínimo —formal o informal— para ser considerada "histórica".
Para millones de niños, niñas y jóvenes desplazados, la educación se desarrolla en condiciones de movilidad forzada, incertidumbre administrativa y precariedad prolongada. Por lo tanto, las escuelas situadas en zonas fronterizas, asentamientos de personas refugiadas y lugares de desplazamiento inducido por el clima funcionan como algo más que simples instalaciones educativas. Se convierten en infraestructuras espaciales que concilian las demandas contradictorias de la emergencia y la continuidad, ofreciendo entornos donde el aprendizaje persiste a pesar de la inestabilidad de la situación jurídica, las condiciones de vida y el propio sentimiento de estar en casa.
Según el ACNUR, aproximadamente 45 millones de las 117,8 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo eran menores de dieciocho años a finales de 2025. Dado que el desplazamiento se debe cada vez más a conflictos armados, persecución política, crisis ambientales e inestabilidad económica, la arquitectura humanitaria se enfrenta a un desafío creciente: no se trata simplemente de cómo construir más escuelas rápidamente, sino de cómo crear entornos educativos capaces de sostener la continuidad, la seguridad y el sentido de pertenencia en medio de futuros inciertos.
La arquitectura residencial contemporánea se enfrenta a las apremiantes demandas del déficit habitacional global y al crecimiento de las poblaciones urbanas. En la práctica de la arquitectura, se observa una experimentación recurrente con nuevas formas de vida colectiva, asumiendo la tarea de ofrecer espacios para el desarrollo personal, familiar y comunitario. Los seis proyectos no construidos presentados aquí muestran diferentes facetas de la decisión de densificar: la relación con la naturaleza preexistente y proyectada, la disponibilidad de suelo urbano o suburbano, el desarrollo de espacios intermedios complementarios que apoyan la vida colectiva y alivian la experiencia de la densidad, la replicabilidad de los modelos de densificación, y la relación con el barrio que acoge el crecimiento de la población.
Agosto de 2023; una perspectiva aérea captura la gran escala de la secuencia de construcción horizontal a medida que la estructura comienza a tomar su forma orgánica en el sitio. Imagen cortesía de Clark Construction
Las recientemente inauguradas David Geffen Galleries en el LACMA son el resultado de más de una década de esfuerzos en múltiples frentes: la ciudad, el condado, el público, el arquitecto, los equipos de ingeniería, la empresa contratista general y los diversos agentes de la construcción involucrados en plasmar un diseño ambicioso y visionario en una obra construida. El proyecto también ha estado sujeto a un escrutinio inusualmente intenso, con reacciones que van desde la admiración por su meticulosa construcción y ambición arquitectónica hasta críticas sobre su escala, costo, masa de concreto y complejidad de ingeniería en una ciudad propensa a sismos como Los Ángeles. Más allá de las posturas, el edificio sigue siendo un caso de estudio excepcionalmente sofisticado sobre cómo se negocia la arquitectura a través de la construcción.
Esta conversación aborda las David Geffen Galleries desde la perspectiva de Clark Construction, la empresa contratista general encargada de ayudar a materializar el diseño de Peter Zumthor. Carlos González, presidente de grupo en Clark Construction, supervisó el proceso de construcción y compartió con ArchDaily algunos de los desafíos técnicos, materiales y logísticos del edificio. Estos abarcan desde su monolítica estructura de concreto y su extenso sistema de postensado hasta los 56 aisladores sísmicos que permiten que el edificio se mueva durante un terremoto; desde las impredecibles condiciones del suelo cerca de los pozos de alquitrán de La Brea hasta la fabricación de parteluces de bronce macizo y la integración de sistemas mecánicos dentro de la estructura de concreto de doble losa del edificio.
En un volumen delgado de cubiertas con bordes amarillos, publicado recientemente por la editorial de Oporto Circo de Ideias, el arquitecto Paulo Martins Barata (socio fundador de Promontório) plantea una afirmación engañosamente audaz: que la arquitectura producida en Europa desde la Gran Recesión no pertenece a ninguno de los dos bandos que estructuraron el debate disciplinar más feroz del siglo XX.
The Language of Metamodern Architecture toma prestado su título, con evidente ironía, de la obra de Charles Jencks de 1977, The Language of Post-Modern Architecture, el libro que declaró célebremente la muerte de la arquitectura moderna a las 15:32 del 15 de julio de 1972, con la demolición de Pruitt-Igoe. Su apuesta es que otra muerte, nunca certificada oficialmente, ocurrió alrededor de 2008, y que la arquitectura ha estado viviendo, en su gran mayoría sin percatarse de ello, en lo que creció alrededor de esa tumba.
Durante mucho tiempo, la arquitectura se ha definido por la permanencia. Los edificios se celebran porque perduran, las ciudades porque establecen estabilidad frente a la incertidumbre y los monumentos porque resisten el paso del tiempo. Algunas de las tradiciones urbanas más antiguas de la humanidad surgieron en paisajes donde la permanencia por sí sola nunca habría podido garantizar la supervivencia. A lo largo de los desiertos del norte de África y la península arábiga, los asentamientos en oasis se desarrollaron no como refugios aislados en medio de un páramo vacío, sino como pausas cuidadosamente mantenidas dentro de paisajes que ya estaban moldeados por el movimiento. Mucho antes de que las autopistas y los aeropuertos conectaran continentes, caravanas, personas dedicadas al pastoreo, la peregrinación y el comercio recorrían estos territorios a través de redes de pozos, sistemas de riego, arboledas cultivadas y ciudades de mercado. El oasis nunca fue el final del viaje. Los pozos, los palmerales sombreados, los campos de cultivo irrigados y los mercados de caravanas permitían que comenzara la siguiente etapa del trayecto.