
Para millones de niños, niñas y jóvenes desplazados, la educación se desarrolla en condiciones de movilidad forzada, incertidumbre administrativa y precariedad prolongada. Por lo tanto, las escuelas situadas en zonas fronterizas, asentamientos de personas refugiadas y lugares de desplazamiento inducido por el clima funcionan como algo más que simples instalaciones educativas. Se convierten en infraestructuras espaciales que concilian las demandas contradictorias de la emergencia y la continuidad, ofreciendo entornos donde el aprendizaje persiste a pesar de la inestabilidad de la situación jurídica, las condiciones de vida y el propio sentimiento de estar en casa.
Según el ACNUR, aproximadamente 45 millones de las 117,8 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo eran menores de dieciocho años a finales de 2025. Dado que el desplazamiento se debe cada vez más a conflictos armados, persecución política, crisis ambientales e inestabilidad económica, la arquitectura humanitaria se enfrenta a un desafío creciente: no se trata simplemente de cómo construir más escuelas rápidamente, sino de cómo crear entornos educativos capaces de sostener la continuidad, la seguridad y el sentido de pertenencia en medio de futuros inciertos.





























