
Existe una forma tradicional de narrar la historia de la arquitectura y la alimentación. Comienza con la decisión humana de cultivar, almacenar, distribuir y consumir, y termina con la edificación producida por esa decisión. En esta versión de los hechos, el alimento es el pretexto y la arquitectura, la respuesta.
Sin embargo, ¿qué pasaría si la historia fuera distinta? ¿Y si el tomate construyó Almería? ¿Y si el bacalao rediseñó el Atlántico Norte? ¿Y si la soya está, en este preciso momento, construyendo un puerto en Santos y demoliendo simultáneamente un bosque en el Cerrado, sin que nadie se lo haya advertido a los/las arquitectos/as? Se trata de descripciones de procesos ya concluidos, o en marcha, que han producido algunos de los paisajes contemporáneos de mayor impacto espacial. Gran parte del entorno construido está moldeado por las presiones, los metabolismos y las ambiciones territoriales de lo que comemos. En este escenario, la arquitectura suele ser menos un proyecto que una consecuencia, y la disciplina ha estado contando su propia historia al revés.




























.jpg?1579400989&format=webp&width=640&height=580)
.jpg?1579401064)
.jpg?1579401089)
.jpg?1579401257)
.jpg?1579401546)
.jpg?1579400989)
.jpg?1582917909)
.jpg?1582917895)
.jpg?1582917955)
.jpg?1582918292)
.jpg?1582917909)
.jpg?1582917820)
.jpg?1584565735)
.jpg?1584565519)
.jpg?1584565646)
.jpg?1584565985)

.jpg?1584566517)

























