
Construida sobre varias colinas, Amán ha crecido a un ritmo que pocas capitales de Medio Oriente han logrado igualar. La ciudad ha recibido sucesivas olas de migración —circasianos a finales del siglo XIX, refugiados palestinos en 1948 y 1967, la población iraquí después de 1990 y sirios desde 2011—, cada una de las cuales ha reconfigurado su densidad y perfil social. La piedra caliza de origen local, extraída de canteras de toda Jordania y obligatoria por ley para las fachadas desde la década de 1970, se ha convertido en el único denominador visual común de la ciudad. Sin embargo, detrás de esta uniformidad material se esconde un diálogo continuo entre la tradición vernácula y la ambición internacional.
























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