
La gestión del agua, la calidad del aire y la mitigación del calor suelen planificarse mediante sistemas mucho más grandes que los espacios donde las personas realmente los experimentan. Las redes de drenaje se ubican bajo las calles, mientras que la contaminación del aire se mide a escala urbana global. Sin embargo, estas condiciones se sienten de forma mucho más directa en el cuerpo: al esperar un autobús bajo el sol, al caminar por una calle inundada, al cruzar una plaza desprotegida o al buscar un lugar para sentarse cuando el aire mismo se siente difícil de respirar.
El calor hace que este problema sea especialmente urgente. A medida que las ciudades se vuelven más cálidas, las calles, los parques, las zonas de tránsito y otros espacios públicos se convierten cada vez más en lugares donde el diseño puede reducir la exposición mediante la sombra, la vegetación, el flujo de aire y el agua. Para la arquitectura, esto traslada parte de la adaptación climática a los espacios que las personas utilizan a diario.































