Terraza jardín entre ambas fases. Imagen cortesía de NEUF architect(e)s
Con la medicina moderna, hoy en día puede resultar difícil para muchas personas imaginar la devastación causada por la tuberculosis (TB) hace apenas un siglo. Asociada inicialmente con condiciones insalubres y de hacinamiento, solo en Canadá causó la muerte de aproximadamente 8000 personas al año a finales del siglo 19o. Durante esta época, antes del descubrimiento de tratamientos más avanzados, las recetas de los/las médicos/as consistían en luz solar, aire fresco y descanso. En respuesta, se establecieron sanatorios, lugares donde se aislaba a los/las pacientes de la comunidad para controlar la enfermedad. Un testimonio de ese legado se erige en el corazón de Montreal: el antiguo Royal Edward Laurentian Institute, conocido más tarde como el Instituto del Tórax de Montreal (Montreal Chest Institute). Nacido de una crisis, desde entonces se ha convertido en un símbolo de resiliencia, transformación e innovación, pasando de ser un espacio de aislamiento a un próspero centro de investigación y emprendimiento en ciencias de la vida.
La isla de Ormuz, ubicada en Irán, fue un puerto de gran importancia estratégica en el Golfo Pérsico, caracterizado por su paisaje de montañas de colores. A pesar de su atractivo turístico, la isla enfrenta graves problemas socioeconómicos, y su población local ha lidiado históricamente con dificultades económicas. En respuesta a esto, el Complejo Majara, diseñado por ZAV Architects, fue concebido no solo como un edificio, sino como una intervención arquitectónica deliberada, pensada para otorgar control, oportunidades y beneficios económicos de manera directa a la comunidad local. Con este fin, el proyecto canalizó la inversión hacia los recursos humanos locales y priorizó técnicas de construcción accesibles, abriendo un camino para la generación de riqueza a nivel local. Esto permitió que el Complejo Majara fuera uno de los galardonados con el Premio Aga Khan de Arquitectura en 2025.
Durante casi las últimas dos décadas, ciudades de todo el mundo adoptaron la "starchitecture"—edificios futuristas y llamativos diseñados por arquitectos y arquitectas de renombre mundial. En China, esta tendencia fue especialmente pronunciada, ya que la rápida urbanización impulsó la construcción de megaestructuras icónicas como el Galaxy SOHO de Zaha Hadid, la sede de CCTV de OMA y el Estadio Nido de Pájaro de Herzog & de Meuron en Pekín. Al momento de su construcción, todos estos proyectos fueron celebrados como símbolos de progreso y ambición global. No obstante, la arquitectura a nivel mundial ha comenzado a virar hacia un enfoque más centrado en el ser humano y el contexto, y China se ha posicionado como uno de los actores clave de esta transformación. Este año, el Premio Pritzker 2025 otorgado a Liu Jiakun no hace sino subrayar esta transición.
En los últimos años, el rosa ha evolucionado más allá de sus asociaciones tradicionales para convertirse en un elemento sofisticado y versátil en la arquitectura y el diseño de interiores. Definido por un amplio espectro de matices, el rosa abarca tonos tanto cálidos como fríos, que van desde tintes de rojo puro (R) hasta mezclas con amarillo (Y80R, Y90R) o azul (R10B, R20B, R30B), según la clasificación del Natural Color System (NCS). Aunque resulta difícil de definir mediante un único matiz, este color equilibra intensidad y suavidad, lo que le permite adaptarse a diferentes materiales y contextos. A medida que el rosa sigue ganando protagonismo en los interiores contemporáneos, su papel va más allá de ser una mera elección cromática: se trata de una estrategia de diseño. La reciente transición desde los rosas audaces y lúdicos de la tendencia "Barbiecore" hacia tonalidades más suaves y empolvadas —visibles en la moda y el diseño en las colecciones de moda de 2025— resalta la adaptabilidad de este color. Su presencia en las paletas de color de Pantone para 2025 también refuerza su atractivo en diversas disciplinas. Cuando se aplica con criterio, el rosa puede transformar los espacios, logrando que se sientan acogedores, amplios o atemporales.
VARID, un conjunto de herramientas de RV y RA para el diseño inclusivo. Imagen cortesía de Foster + Partners
Durante la última década, el diseño arquitectónico ha dependido de métodos de representación bidimensionales, tales como alzados, secciones y plantas, combinados con renderizados digitales de modelos 3D. Si bien estas herramientas son esenciales para transmitir la geometría y la intención del proyecto, siguen estando limitadas por su formato bidimensional. Incluso las visualizaciones más realistas, creadas mediante programas como SketchUp, Revit o AutoCAD, aplanan el espacio y distancian a los/las espectadores/as de la experiencia habitada de un proyecto. En el último tiempo, los/las arquitectos/as han comenzado a explorar tecnologías inmersivas como una forma de cerrar esta brecha entre el dibujo y la experiencia, ofreciendo nuevas maneras de habitar y evaluar las propuestas espaciales.
Ciudad Cayalá, una comunidad de uso mixto de desarrollo privado en la periferia de la Ciudad de Guatemala, suele describirse como un "parque temático" de muros blanqueados con cal, tejas rojas y plazas empedradas. No obstante, un examen más detallado revela una narrativa urbana más compleja. Su verdadera relevancia radica en su capacidad para generar un espacio público seguro y bien administrado, proponiendo una reinterpretación moderna de los principios urbanos históricos que definen el patrimonio arquitectónico y urbano de la región. Detrás de las fachadas al estilo de Antigua se esconde un experimento urbano: un reencuentro moderno con elementos arquitectónicos como arcadas, patios y plazas abiertas, que proponen un espacio público de gestión privada como solución a los desafíos urbanos de la región.
La historia de los Juegos Olímpicos, aunque marcada por los logros deportivos, contrasta constantemente con los desafíos de infraestructura. En las distintas ciudades sede, desde Atenas hasta Río y Pekín, surgen problemáticas similares: importantes sobrecostos y el complejo tema del legado. La gran pregunta es: ¿cuál es el mejor uso viable a largo plazo para las instalaciones deportivas construidas con un fin específico? Los Juegos de Montreal 1976 compartieron este destino tras la construcción de un Parque Olímpico que enfrentó duras críticas por sobrecostos y deudas derivadas de obras especializadas. Después de los Juegos, recintos como el Velódromo de Montreal corrían el riesgo de convertirse en una carga financiera. Sin embargo, la ciudad demostró una respuesta proactiva al proponer la transformación del edificio en un activo cívico próspero, que hoy se erige como un ejemplo internacionalmente reconocido de reconversión exitosa de recintos olímpicos.
Montreal, la segunda ciudad más grande de Canadá, alberga una amplia variedad de arquitectura residencial patrimonial, en su mayoría de los siglos XIX y principios del XX. Esta tipología es especialmente abundante en algunos de sus barrios centrales, como el Plateau Mont-Royal. Lejos de ser fortuita, su preservación es el resultado de décadas de activismo por parte de figuras influyentes que reconocieron el valor del entorno construido de la ciudad, como Phyllis Lambert y Blanche Lemco Van Ginkel. Esfuerzos como los suyos resultaron fundamentales en batallas históricas por la conservación, que ayudaron a asegurar el actual apoyo municipal. Hoy en día, la ciudad cuenta con un conjunto de leyes integrales de protección del patrimonio diseñadas para salvaguardar la integridad de sus barrios históricos.
Phyllis Lambert ha sido una figura clave en la preservación del patrimonio cultural de Canadá. Como arquitecta y defensora de la conservación patrimonial, Lambert ha dejado una huella indeleble en Montreal y en otras ciudades del mundo. Sus contribuciones a la escena arquitectónica de Montreal no pueden evaluarse únicamente en términos de edificios individuales, sino más bien desde la perspectiva de la ciudad en su conjunto. No solo cofundó el Centro Canadiense de Arquitectura (CCA), sino que también contribuyó a transformar la manera en que ciudades como Montreal conciben el patrimonio y la importancia de la participación comunitaria en la planificación urbana.
La Expo 67 de Canadá se erige como una de las exposiciones universales más exitosas de la historia, marcando récords y dejando un impacto duradero en el paisaje urbano de Montreal. Como parte de las celebraciones por el centenario de Canadá, el evento brindó a la ciudad la oportunidad de exhibir sus logros culturales y tecnológicos en una plataforma global. Con más de 50 millones de visitantes en solo seis meses, rompió récords de asistencia, alcanzando la asombrosa cifra de 569,500 visitantes en un solo día, una hazaña sin precedentes para una feria mundial en aquella época. Hoy, 58 años después, y con la Expo Osaka 2025 lista para mostrar cómo diseñar la sociedad del futuro para nuestras vidas, vale la pena revisar el legado de la Expo 67 y explorar las transformaciones urbanas que trajo consigo a Montreal.
La rica historia de Italia, evidente en sus monumentos y ciudades, ha creado un contexto único para la renovación arquitectónica. Los/las arquitectos/as italianos/as suelen abrazar este patrimonio entablando un diálogo entre lo antiguo y lo nuevo, en lugar de aspirar a una transformación total. Este enfoque evita deliberadamente el estilo imitativo; en su lugar, se utilizan materiales contemporáneos como el acero, el vidrio y la madera nueva para enmarcar y destacar la piedra y el ladrillo históricos preexistentes. Esta yuxtaposición transforma los materiales originales, que dejan de ser simples elementos estructurales para convertirse en piezas decorativas y narrativas de primer plano. El resultado es una experiencia estratificada donde la historia del espacio permanece visible, garantizando su preservación en lugar de su eliminación a causa de la reforma.
A lo largo de China, un legado de vastas estructuras industriales permanece en desuso, como resultado directo de la transición económica del país hacia otras formas de industria. Estos edificios se definen por su colosal altura y su robusta capacidad estructural. Hoy en día, plantean un desafío arquitectónico para la renovación urbana contemporánea y un nuevo tema para la preservación del patrimonio. A medida que son absorbidos por el crecimiento de los desarrollos urbanos, los/las arquitectos/as tienen la tarea de transformarlos en activos funcionales orientados al público. De este modo, las intervenciones recientes capitalizan elementos de identidad como hornos y chimeneas para reposicionar estos complejos masivos como hitos urbanos fundamentales.
El Monumento de Sardarapat y el boceto original del arquitecto. Imagen vía risraelyan.com/en/, cortesía de Aram Ghanalanyan
En una época en la que gran parte de la arquitectura global puede parecer desconectada de la identidad local, la obra de Rafayel Israelyan destaca por estar profundamente arraigada en el lugar, la cultura y la memoria. Con su práctica desarrollada a mediados del siglo XX en Armenia, Israelyan creó una arquitectura que trasciende lo puramente funcional o monumental para volverse culturalmente resiliente. Su empleo de motivos, materiales y formas simbólicas tradicionales de Armenia otorgó a sus diseños una segunda vida tras la caída de la Unión Soviética, un periodo en el que muchos edicios de los antiguos Estados soviéticos fueron abandonados o demolidos. Armenia, en cambio, preservó gran parte de sus obras, probablemente debido a que su enfoque de diseño no solo respondía a un momento histórico específico, sino que también narraba un relato de mayor alcance. Mucho antes de que se popularizaran conceptos como la sustentabilidad o el regionalismo crítico, Israelyan comprendió que las edificaciones adquieren un mayor sentido y permanencia cuando reflejan la identidad y las características específicas de su entorno.
Las tejas de arcilla roja aparecen en numerosas tradiciones arquitectónicas de todo el mundo, a pesar de tratarse de culturas geográfica e históricamente distantes. Sin embargo, esto no resulta del todo sorprendente. La arcilla es un material de construcción abundante y accesible en todo el mundo; de hecho, algunos estudios y otras fuentes sugieren que compone aproximadamente entre el 10% y el 13% de los suelos de la Tierra. Las tejas rojas, en particular, suelen ser el resultado del contenido mineral del suelo local y del proceso de cocción. Su uso generalizado en regiones sin relación aparente responde menos a una influencia cultural compartida y más a una lógica material: la arcilla es económica, duradera y fácil de trabajar con herramientas y técnicas sencillas. En Vietnam, por ejemplo, existe una tradición singular y muy visible en el uso de tejas de arcilla que se remonta a varios siglos. Regiones como Vinh Long, apodada el "reino de la cerámica roja", cuentan con una gran abundancia de este material, lo que ha sustentado una larga historia de fabricación de tejas. En algunas zonas de Vietnam, estas piezas se conocen como tejas Yin-Yang, debido a la forma cóncava y convexa que adquieren durante su producción.
La isla de Taiwán presenta un contexto natural y topográfico diverso, caracterizado por una superficie de 36,197 kilómetros cuadrados y una alta densidad poblacional de 644 habitantes por kilómetro cuadrado. Su ubicación geológica, en el límite de las placas euroasiática y del mar de Filipinas, ha dado lugar a una topografía predominantemente montañosa y accidentada. Si bien esto obliga a la mayoría de sus 23 millones de habitantes a residir en grandes centros urbanos en las llanuras costeras occidentales, la isla mantiene un activo sector agrícola, con aproximadamente el 22% de su territorio destinado al cultivo.
En las regiones montañosas de Vietnam, las zonas fronterizas de Tailandia y los escarpados Ghats occidentales de la India, la construcción de proyectos escolares sigue siendo un desafío definido por la logística. En zonas donde la infraestructura y las cadenas de suministro industrial son limitadas o distantes, transportar cada kilogramo de material puede incrementar significativamente los costos y la complejidad logística. Durante 2025, varios proyectos escolares en contextos rurales de Asia demostraron cómo el rol de los/las arquitectos/as a menudo pasó de diseñar la forma a diseñar la estrategia de adquisición de materiales. El principal desafío no era puramente estético, sino de durabilidad: utilizar materiales disponibles localmente y protegerlos de las lluvias monzónicas, los vientos de gran velocidad y, en ocasiones, la inestabilidad sísmica.
En la mayoría de los casos, los y las profesionales de la arquitectura deben lidiar con una compleja red de códigos de edificación, regulaciones de espacio aéreo y muchas otras normativas que dictan la forma y ejecución de un proyecto. Sin embargo, la arquitectura cultural suele presentar una oportunidad única para desarrollar diseños más audaces y expresivos. Estos proyectos suelen contar con el apoyo de los gobiernos locales, lo que abre la posibilidad de realizar exploraciones formales que, de otro modo, podrían quedar sin concretarse. En este sentido, la arquitectura cultural cumple un doble propósito: enriquecer a la comunidad y establecer hitos icónicos que definen la identidad de su ciudad o región. Sin duda, esta ambición se ha manifestado en Taiwán. Situada en el corazón de Asia Oriental, esta nación insular cuenta con una notable variedad de exploraciones formales realizadas tanto por firmas internacionales como por arquitectos y arquitectas de Taiwán.