
La Segunda Guerra Mundial fue un hito en la historia de la humanidad, dejando un profundo impacto político y social. Su fin marcó un punto de inflexión significativo que dio paso a la suburbanización de la posguerra y al baby boom. Estos fenómenos derivaron en un rápido crecimiento urbano y un auge en la construcción de viviendas que alcanzó su punto máximo en la década de 1960 y continuó prosperando durante las décadas siguientes, desacelerándose gradualmente hasta la actualidad. Hoy en día nos enfrentamos a un escenario muy diferente, en el que el déficit de viviendas asequibles, sumado a un panorama económico complejo y a la agenda climática, plantea la necesidad de transformar el entorno construido en uno más limpio y eficiente en el uso de recursos, en consonancia con el Acuerdo de París.
De este modo, ante la creciente demanda de vivienda y de la mano de iniciativas políticas como el Pacto Verde Europeo, el modelo de hiperproducción de la posguerra se está volviendo insostenible. Por consiguiente, la renovación de edificios abandonados o en desuso surge como una alternativa viable. A diferencia del esquema de demolición y obra nueva, este enfoque ofrece oportunidades de modernización energética, lo que ayuda a mitigar la obsolescencia ambiental, prolongar la vida útil de las edificaciones y revitalizar el parque inmobiliario existente y deteriorado —incluyendo la vivienda de posguerra— al tiempo que mejora la calidad de vida de las personas.

















