Una fachada de ladrillo hace mucho más que definir el exterior de una vivienda. Al diseñarse como una pantalla porosa, se convierte en un elemento intermediario entre el interior y el exterior, modelando la atmósfera y las condiciones ambientales de los espacios que resguarda. En la arquitectura residencial india contemporánea, el jali de ladrillo —una pantalla de ladrillo perforada o de celosía— se ha reinterpretado con una sensibilidad contemporánea, nutriéndose de elementos arquitectónicos vernáculos.
En 1968, el diseñador de mobiliario y profesor del RCA David Pye publicó The Nature and Art of Workmanship, un libro estructurado en torno a la distinción entre el "oficio de riesgo" y el "oficio de certeza". Pye no escribía sobre arquitectura y, a pesar de cómo se suele emplear hoy en día este concepto, en realidad tampoco se refería a la dicotomía entre las manos y las máquinas. De hecho, señaló que una imprenta, aun siendo completamente mecánica, sigue dependiendo de que una persona evalúe la tinta y el registro, mientras que en el torneado manual de madera se puede seguir una plantilla con tanta precisión que prácticamente nada queda al azar.
El oficio de riesgo, según la definición de Pye, es cualquier proceso en el que el resultado no está predeterminado, sino que depende del juicio, la destreza y la atención de quien lo ejecuta mientras el trabajo está en marcha. El oficio de certeza representa la condición opuesta, ya que el resultado se define antes de que comience la producción, fijado en una plantilla, un molde o un programa, de modo que todo el proceso posterior se limita a la ejecución. Pye se encargó de señalar que ninguno de los dos modos es inherentemente superior, y que una máquina de control numérico, calibrada para dejar margen a la variación, puede estar más cerca del riesgo que una herramienta manual guiada por una plantilla fija.
La historia arquitectónica de Londres es un rico tapiz que teje estilos de diversos periodos e influencias. En la posguerra, la ciudad experimentó un auge de la arquitectura moderna, convirtiéndose en un lienzo para la experimentación. Los nuevos movimientos estilísticos vieron plasmada su expresión a través de edificios como el Lloyd’s Building de Richard Rogers, uno de los ejemplos más representativos de la arquitectura High-Tech, o el Barbican Estate, un complejo de viviendas a gran escala que se convirtió en la estructura icónica de la arquitectura brutalista.
El panorama arquitectónico contemporáneo de Londres sigue evolucionando, en parte gracias a las obras de arquitectos/as de prestigio internacional como Norman Foster, Zaha Hadid y Thomas Heatherwick. Esta variada mezcla de estilos y formas de expresión refleja la capacidad de la ciudad para acoger movimientos arquitectónicos de trascendencia mundial. Como centro de innovación, Londres sigue atrayendo a arquitectos/as consagrados y emergentes que perfilan su horizonte y contribuyen al discurso arquitectónico internacional, donde cada nuevo edificio ofrece una mirada a la naturaleza cambiante del tejido urbano londinense.
La mayoría de las personas rara vez recuerdan un pasillo. Recuerdan el aula, el departamento, la galería o la plaza al final del trayecto. Por lo general, los pasillos se diseñan para fundirse con el fondo, guiando el movimiento de un destino a otro. Sin embargo, algunas de las experiencias más memorables de la arquitectura ocurren al transitar por un lugar, más que al llegar a él.
A menudo, la circulación se aborda como uno de los elementos más pragmáticos de la arquitectura. Los pasillos conectan habitaciones, las galerías facilitan el acceso y las pasarelas organizan el movimiento a través de un edificio. Su propósito parece sencillo: ayudar a las personas a ir de un punto a otro. Debido a esto, los espacios de circulación se han considerado tradicionalmente secundarios en relación con los programas a los que sirven. La atención suele centrarse en los destinos, mientras que los espacios intermedios pasan desapercibidos en gran medida.
Tradicionalmente, la arquitectura se ha descrito como una disciplina preocupada por el espacio, la forma y la presencia material. Sin embargo, esta comprensión resulta cada vez más limitada al enfrentarse a las condiciones que configuran la construcción contemporánea. Los edificios ya no surgen de una relación estable entre sitio, programa y material. En cambio, se producen dentro de una densa red de sistemas tecnológicos que operan a través de escalas territoriales, ecológicas y temporales. Las redes de energía, las infraestructuras de datos, los procesos de extracción y la logística global configuran la arquitectura de manera tan decisiva como el clima o el contexto urbano.
Visto desde este prisma, la arquitectura es menos un objeto discreto que un momento dentro de un campo técnico más amplio. Las cadenas de suministro, los sistemas de datos, el mantenimiento automatizado y las redes de energía no se encuentran "detrás" del entorno construido. En cierto modo, influyen en lo que se puede construir, en lo que es asequible, en cómo se comportan los edificios a lo largo del tiempo y en qué tipo de residuos producen. Al evaluar la arquitectura principalmente a través de la forma, se corre el riesgo de pasar por alto los sistemas que condicionan su producción y su vida posterior.
Bajo la superficie visible de las ciudades yace una arquitectura invisible. Metros, túneles, sistemas de agua, cables de datos y búnkeres forman una red densa que sostiene la vida urbana permaneciendo, en gran medida, oculta. El suelo bajo nuestros pies no es un vacío, sino un territorio complejo que alberga las infraestructuras, memorias y ansiedades de nuestra época. En los últimos años, a medida que el suelo escasea y las presiones climáticas se intensifican, los/las arquitectos/as y urbanistas han dirigido su mirada hacia abajo, redescubriendo lo subterráneo como una frontera tanto física como conceptual. Diseñar bajo tierra implica interactuar con los mecanismos invisibles que dan forma al mundo de la superficie.
Lo subterráneo ha sido durante mucho tiempo un espacio donde la arquitectura se cruza con la política, la tecnología y las creencias. Desde las catacumbas de Roma hasta los metros industriales de la modernidad, el descenso ha simbolizado tanto la protección como la exposición. El urbanismo del siglo XX transformó este gesto en un sistema: los metros, refugios y servicios públicos redefinieron la sección urbana como un instrumento de gobernanza. Bajo la promesa de eficiencia y progreso, el espacio subterráneo absorbió las ansiedades de una era de guerra, vigilancia y colapso. Su evolución revela no solo cómo construyen las sociedades, sino también a qué le temen.
Hoy en día, el suelo se ha convertido en la nueva frontera de la expansión urbana y la adaptación ecológica. A medida que las infraestructuras digitales, los sistemas de energía y los amortiguadores climáticos migran bajo el nivel del suelo, la arquitectura se enfrenta a un espacio tanto técnico como metafísico: esencial pero marginal, invisible pero decisivo. Pensar en secciones y no en planta es reconocer que las ciudades contemporáneas ya no existen únicamente en sus perfiles urbanos, sino también en sus profundidades. El desafío para la arquitectura no consiste solo en ocupar ese espacio, sino en volverlo legible, transformar lo invisible en conocimiento y lo oculto en un nuevo territorio de diseño.
Las canteras pueden entenderse como cicatrices imborrables que deja la extracción humana de recursos. Estos espacios creados por el ser humano, percibidos como vacíos, sumados al afán de beneficio material, han moldeado de manera fundamental nuestro acelerado entorno construido. Mientras tanto, la Tierra permanece inmóvil como un testigo silencioso. Durante décadas, estas minas a cielo abierto se han considerado una consecuencia inevitable del consumismo y del crecimiento urbano, y sus formas brutas e imponentes son testimonio de la extracción a gran escala de materiales esenciales para la edificación de nuestras ciudades. No obstante, hoy emerge un movimiento arquitectónico global que dialoga con estas formas preexistentes, transformando estos espacios sustractivos en escenarios de innovación, colaboración y un propósito renovado.
https://www.archdaily.cl/es/1141901/mas-alla-de-los-paisajes-manufacturados-las-canteras-como-espacios-de-colaboracion-interdisciplinariaHadir Al Koshta
Al fusionar técnicas vernáculas con la experimentación contemporánea, el paisaje arquitectónico de México se define a través de un diálogo continuo entre la tradición, la materialidad y la modernidad. Siendo el quinto país con mayor biodiversidad del mundo, la arquitectura mexicana busca responder a una vasta diversidad de entornos naturales, climas y tradiciones culturales, todo ello dentro de un territorio marcado por contrastes singulares. Como reflejo de una evidente dualidad, es capaz de encarnar la exclusividad y, al mismo tiempo, actuar como un catalizador para la transformación social.