
Según investigaciones recientes, el mercado de la moda mueve anualmente cerca de 2,4 billones de dólares en el mundo. Una cifra exorbitante que, lamentablemente, se equipara a las estadísticas de su propio desperdicio. Se estima que, cada segundo, el equivalente a un camión de basura lleno de retazos de tela se quema o se desecha en rellenos sanitarios. Considerando que textiles como el poliéster, ampliamente utilizado en la confección, tardan en promedio 200 años en descomponerse, es fácil predecir el futuro catastrófico de esta práctica. En este sentido, constantemente surgen noticias alarmantes, como las imágenes del inmenso cementerio de ropa usada en el desierto de Atacama difundidas hace unos años, o el informe de que la famosa marca de lujo británica Burberry incineró ropa, accesorios y perfumes no vendidos por un valor de 28,6 millones de libras el año pasado para preservar el valor de la marca, alegando que el dióxido de carbono emitido por la acción fue compensado, haciendo que esta actitud fuera "ambientalmente sostenible".































