
Por un lado, la velocidad exorbitante representada por la rápida propagación por minuto, por la trascendencia de las fronteras, por la expansión por todos los continentes, por la multiplicación desenfrenada. Por el otro, lo intacto, lo inmóvil, el claustro doméstico, el aislamiento y la reclusión en el intento de evitar cualquier movimiento brusco, en la supresión del ímpetu, en el control del ambiente. Por un lado, el virus; por el otro, el ser humano.
En este escenario pandémico en el que un virus mortal se gesta a la velocidad ininterrumpida de nuestros movimientos, convirtiéndonos —a nosotros mismos— en su potencia, la inmovilidad es vista como una parte importante del antídoto. Una inmovilidad que nos cuesta caro, nos encierra en nuestros hogares y nos obliga a revisar la forma en que experimentamos el mundo.








