Al surgir en un contexto de profundas transformaciones políticas y sociales, en el que diversos países buscaban reformular sus capitales como símbolos de progreso, ambas ciudades asumieron un papel estratégico. A través del lenguaje arquitectônico adoptado, reafirmaban narrativas ideológicas e identitarias vinculadas al poder del Estado.
Se trataba de ciudades creadas en abstracto, siguiendo una visión utópica. Serían urbes vanguardistas, libres de las deficiencias que asolaban a las ciudades de mediados del siglo XX, que ejemplificarían principios estéticos que reflejarían ideologías políticas progresistas y que abrazarían nuevas tecnologías – principalmente el automóvil.
Sin embargo, esta promesa de futuro terminó generando grandes desafíos. Dificultades que, por supuesto, reflejan los percances sociales y económicos de sus países, pero que también puede decirse que están sazonadas por una idea modernista que hoy se pone en discusión.
Cuéntale al agua lo que la arcilla mantuvo en secreto. Imagen cortesía de Ola Hassanain
Ola Hassanain es una arquitecta y artista sudanesa que trabaja en los Países Bajos y que expondrá en la Bienal Panafricana de Arquitectura en Nairobi, Kenia, a finales de 2026. Estos tres lugares relatan la relación del entorno construido con el agua, ilustrando las continuas batallas entre las fuerzas amorfas de la naturaleza —los ríos y los mares— y los intentos humanos por moldearlas y controlarlas. En la mayoría de los casos, se trata de iniciativas de extracción. Las catástrofes ocurren como resultado de los excesos de estas acciones, de su mala gestión, o de una combinación de ambos factores.
A medida que los requisitos técnicos de las envolventes de los edificios han evolucionado, el comportamiento frente al fuego se ha convertido en un criterio clave en el diseño de fachadas ventiladas. Ante este escenario, los análisis ya no se centran únicamente en la reacción individual de los materiales, sino también en la respuesta conjunta de toda la envolvente ante posibles escenarios de propagación exterior del fuego.
Durante gran parte del siglo XX, la cultura arquitectónica estuvo marcada por la búsqueda de la ligereza. Las estructuras de acero y los muros cortina redujeron la envolvente del edificio a una fina capa que separaba el interior del exterior, mientras que las fachadas se convirtieron en superficies lisas y continuas en las que las ventanas se recortaban como aberturas precisas dentro de un plano abstracto. Sin embargo, durante siglos, los edificios se concibieron como cuerpos de masa: los muros poseían profundidad, las ventanas se retranqueaban en una mampostería gruesa y el espacio solía experimentarse como algo tallado a partir de la solidez de la construcción. En los últimos años, diversos proyectos contemporáneos parecen recuperar esta antigua lógica espacial, reintroduciendo el espesor como condición arquitectónica a través de aberturas profundas, volúmenes monolíticos y envolventes pesadas.
Este cambio no implica un rechazo a las tecnologías constructivas modernas, ni representa un retorno nostálgico a las formas históricas. Por el contrario, refleja un interés renovado en la relación fundamental entre material, masa y vacío. Al reintroducir el espesor en el vocabulario arquitectónico, estas obras vuelven a conectar la práctica contemporánea con tradiciones de larga data en las que el espacio era inseparable del peso y la profundidad de la construcción.
En una industria definida por las tolerancias de ingeniería y la certeza del rendimiento, el acabado de interiores todavía depende de un proceso que introduce variabilidad en cada proyecto. Incluso los/las aplicadores/as experimentados/as suelen depender de una mezcla basada en el criterio personal —estimando las proporciones de agua y ajustando al tanteo hasta que el material parece manejable. Si bien la destreza reduce la variabilidad, no la elimina. El resultado es una inconsistencia inherente que se transfiere directamente a la superficie terminada.
Las ciudades modernas funcionan bajo la lógica de los indicadores de rendimiento. Mueven a millones de personas cada día, concentran capital, segregan el uso del suelo y sostienen complejos sistemas de logística y consumo. En ese sentido, la ciudad opera como un sistema que debe ajustarse y optimizarse de manera continua.
Las métricas que hoy dominan son familiares y de sobra conocidas: vehículos por hora, tiempos promedio de traslado, coeficientes de edificabilidad, rotación de estacionamientos, inicios de construcción de viviendas e ingresos fiscales por lote de terreno. Estas cifras describen una ciudad legible a través de la eficiencia. Son heredadas de una lógica industrial, donde el espacio urbano se trata más como un mecanismo de producción que como un entorno habitado. Bajo esta perspectiva, las ciudades comienzan a mimetizar las necesidades y métricas de una máquina.
¿Qué sucede cuando la materialidad se convierte en el motor del diseño? ¿Cómo puede una infraestructura cultural expresar su propia identidad? El Pabellón de Diseño de España para la Capital Mundial del Diseño Frankfurt Rhein-Main 2026 reúne la innovación creativa del país para abordar desafíos contemporáneos a través de una reinterpretación del legado arquitectónico de Gaudí. Concebido como una infraestructura cultural reversible, el proyecto activa el espacio público al mismo tiempo que amplía el debate en torno al uso de materiales, la circularidad y la reutilización. En lugar de reproducir formas históricas, el pabellón adopta un enfoque contemporáneo y operativo. Así, destaca la colaboración entre la industria, el diseño y la cultura de España, explorando principios estructurales y constructivos arraigados en la geometría, la eficiencia material y la relación entre forma y sistema.
La vivienda moderna fue uno de los ámbitos donde el movimiento moderno planteó su promesa más audaz: que la arquitectura podía transformar no solo la ciudad, sino también la forma en que la gente vivía en ella. Como ha señalado el historiador de la arquitectura argentino Ramón Gutiérrez, la vivienda popular es "la gran asignatura pendiente, que habitualmente no figura en las historias de la arquitectura". En América Latina, esta ausencia es significativa. A lo largo del siglo XX, la expansión de las ciudades convirtió a la vivienda en una de las formas más claras de proyectar el cambio urbano, y el modernismo se introdujo no solo en planos y dibujos, sino también en departamentos, barrios, calles y rutinas domésticas.
Sin embargo, una vez construidos, estos proyectos se insertaron en ciudades configuradas por la política, la memoria, la desigualdad y dinámicas de ocupación en constante evolución. Sus significados ya no dependían únicamente del plano original, sino de las formas en que fueron habitados, alterados y transformados con el paso del tiempo. Lo que esta historia revela no es una simple adaptación, sino una fricción: ese momento en que la arquitectura deja de ser un modelo ideal y se enfrenta a una ciudad que no puede controlar por completo.
Tanto en entornos urbanos como rurales, estas injusticias quedan inscritas en el tejido físico de los lugares, revelando diferencias extremas en las condiciones ambientales entre distintos barrios y distritos. Por ejemplo, los vecindarios densos con escasa cobertura arbórea absorben y retienen el calor, lo que expone a sus habitantes a tasas más altas de enfermedades relacionadas con las altas temperaturas. Las autopistas, los corredores industriales, los puertos y los vertederos se concentran cerca de comunidades de bajos ingresos y de minorías étnicas, condicionando su salud, la calidad del aire y del suelo, y su seguridad a largo plazo.
La arquitectura siempre ha dependido de sistemas de representación para hacer visibles las ideas antes de que existan. Sin embargo, mientras que la perspectiva lineal del siglo XV de Filippo Brunelleschi organizaba el espacio de acuerdo con la percepción humana, hoy en día los/las arquitectos/as se enfrentan a una saturación de imágenes sin precedentes. La IA genera atmósferas en segundos y los proyectos circulan continuamente mucho antes de que comience la construcción. No obstante, esta abundancia de imágenes no produce necesariamente una mayor claridad; a medida que los flujos de trabajo arquitectónicos se vuelven más rápidos y fragmentados, el material visual a veces circula desvinculado de las decisiones, limitaciones e intenciones que lo generaron. El valor real de la visualización moderna ya no radica únicamente en renderizar una imagen final, sino en cómo se comprenden colectivamente el diseño y la comunicación visual a lo largo de todo el proceso.
Serie Coya de Dornbracht, diseñada por Sieger Design. Imagen cortesía de Dornbracht
¿Cuándo una forma sigue considerándose circular o rectangular? En el modernismo del siglo XX, esta pregunta estaba prácticamente ausente. La arquitectura se construía sobre la base de la claridad, la reducción y la pureza formal. Bajo la influencia de figuras de la arquitectura como Le Corbusier y Ludwig Mies van der Rohe, el diseño modernista estableció un orden visual basado en la geometría racional, los materiales industriales y el rechazo al ornamento. El círculo y el cuadrado, la función y la expresión, se mantenían estrictamente separados: una lógica que dictó las distribuciones rígidas y modulares de los baños tradicionales durante décadas.
La reconversión de templos religiosos en desuso mediante programas culturales constituye una de las estrategias de reutilización adaptativa más atractivas de la planificación urbana contemporánea. Esta compatibilidad funcional parece radicar en las características específicas de las iglesias: sus naves centrales ofrecen plantas libres de gran escala y secciones transversales monumentales que albergan con facilidad los requerimientos volumétricos de museos, teatros o centros comunitarios. Asimismo, las propiedades acústicas inherentes a sus techos abovedados, combinadas con una iluminación natural intencionada que se filtra a través de vitrales o cúpulas, generan las condiciones espaciales óptimas para actividades que van desde las artes escénicas hasta la exhibición de objetos culturales. Al asumir un rol público y cultural, estos edificios no solo evitan la demolición o el abandono físico, sino que también preservan su condición de hitos urbanos y de identidad dentro de la trama de la ciudad, revitalizando su entorno inmediato sin alterar su significado histórico.
Buildner ha anunciado los resultados de su concurso Concrete Pavilion. Como parte de la serie Material Studies de Buildner, la convocatoria invitó a arquitectos/as y diseñadores/as a explorar el potencial arquitectónico del concreto a través del diseño de un pabellón experimental. Se desafió a los y las participantes a reconsiderar este material más allá de su uso convencional, investigando sus posibilidades espaciales, estructurales y sensoriales.
Durante mucho tiempo, la tradición filosófica occidental ha situado a la cultura en oposición a la naturaleza. Este pensamiento dual ha moldeado el canon de las ciencias y las humanidades, y la arquitectura no ha sido la excepción. Bajo esa lógica, todo lo que no es humano existe para ser explotado por el ser humano y recibe el nombre de "recurso natural". Esta mentalidad extractivista ha moldeado el desarrollo de muchas partes del mundo en los últimos siglos, dejando huellas profundas —a veces irreparables— en el planeta. Sin embargo, siempre han existido otras formas de habitar. Desde las prácticas religiosas de África occidental basadas en el animismo hasta las ciencias herbolarias de quienes custodian la Jurema Sagrada en Brasil; desde las comunidades indígenas en la India cuyo ritmo de vida refleja los monzones, hasta los inuit del Ártico que pueden ver decenas de tonalidades de blanco: entre los seres humanos y la naturaleza no hay distinción, lo que existe es la vida.
Pensadores y pensadoras contemporáneos llevan este debate a los ámbitos de la filosofía y, más específicamente, de la arquitectura. Donna Haraway, Antônio Bispo dos Santos, Achille Mbembe y Beatriz Colomina son solo algunas de las figuras cuyo trabajo ha ayudado a expandir la estrecha perspectiva occidental, arrojando luz sobre formas alternativas de convivencia —con otros seres humanos y más que humanos— en este planeta.
La mayoría de las personas rara vez recuerdan un pasillo. Recuerdan el aula, el departamento, la galería o la plaza al final del trayecto. Por lo general, los pasillos se diseñan para fundirse con el fondo, guiando el movimiento de un destino a otro. Sin embargo, algunas de las experiencias más memorables de la arquitectura ocurren al transitar por un lugar, más que al llegar a él.
A menudo, la circulación se aborda como uno de los elementos más pragmáticos de la arquitectura. Los pasillos conectan habitaciones, las galerías facilitan el acceso y las pasarelas organizan el movimiento a través de un edificio. Su propósito parece sencillo: ayudar a las personas a ir de un punto a otro. Debido a esto, los espacios de circulación se han considerado tradicionalmente secundarios en relación con los programas a los que sirven. La atención suele centrarse en los destinos, mientras que los espacios intermedios pasan desapercibidos en gran medida.
Culinary Health Fund . Imagen cortesía de Longboard
Antes de comprender racionalmente un espacio, lo percibimos de manera sensorial. La luz, la proporción, la textura, el color y la materialidad influyen en cómo el cuerpo interpreta un entorno, determinando si se siente acogedor, frío, íntimo o impersonal. Los elementos visuales y cromáticos pueden afectar directamente la percepción de la profundidad, la atmósfera y la escala dentro de los interiores, particularmente en edificios contemporáneos caracterizados por grandes luces y superficies continuas. Entre los elementos arquitectónicos que dan forma a esta experiencia, el cielo raso suele ser uno de los más subestimados, a pesar de su profunda influencia en cómo se percibe y se habita el espacio.
Vista aérea de exuberantes colinas verdes y casas tradicionales en Cauca, Colombia, que muestra la naturaleza y el turismo rural. Imagen de Jhampier Giron M, vía Shutterstock
Antes de que un edificio pueda habitarse, deben ocurrir muchas otras cosas. El agua tiene que llegar, la energía debe generarse, los alimentos tienen que cultivarse o transportarse y los residuos deben ir a alguna parte. Por lo general, estos procesos se tratan como algo ajeno a la arquitectura, a pesar de que configuran las condiciones más básicas de la vida cotidiana.
De ahí que la idea de las comunidades autosuficientes sea más compleja de lo que parece a primera vista. Puede sugerir un lugar que provee una mayor parte de lo que necesita: energía, agua, alimentos, refugio y gestión de residuos. No obstante, en muchos contextos latinoamericanos, la autonomía no implica una separación absoluta del mundo. Se trata, más bien, de una forma de acercar los sistemas de la vida cotidiana a las personas que los utilizan, mantienen y cuidan.
La madera masiva ha pasado de ser un nicho experimental a convertirse en un componente central del debate contemporáneo sobre la construcción sostenible. La combinación de un menor carbono incorporado, sistemas prefabricados y plazos de obra más cortos ha contribuido a posicionar soluciones como el CLT (madera contralaminada) y el DLT (madera laminada con pasadores) como alternativas viables al concreto y al acero en edificios residenciales, oficinas, escuelas y equipamientos públicos en todo el mundo. A esto se suman la previsibilidad de los procesos constructivos y las cualidades ambientales asociadas a la madera, vinculadas con frecuencia al confort de las personas usuarias y a la experiencia espacial.
En lo profundo del occidente de Honduras, en un valle cercano a la frontera con Guatemala, se encuentra la antigua ciudad maya de Copán. Durante su apogeo en el período Clásico, entre los siglos V y IX d. C., la ciudad se consolidó como un epicentro regional gracias a sus redes comerciales, la política dinástica y su arquitectura monumental. En la actualidad, el sitio está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO debido a sus vastos restos arquitectónicos, que incluyen pirámides escalonadas, estelas esculpidas y un núcleo ceremonial. Más de un siglo de investigación arqueológica sistemática ha documentado su morfología urbana, revelando distintos distritos residenciales, espacios cívicos y sistemas de circulación y visibilidad.
Este análisis examina la organización espacial de Copán bajo la perspectiva del teórico urbano Kevin Lynch y su obra "La imagen de la ciudad". Al aplicar los cinco elementos estructurales de Lynch —bordes, barrios, sendas, nodos e hitos—, es posible comprender cómo Copán funcionaba no solo como un centro ritual, sino como un paisaje urbano legible, diseñado para reforzar la jerarquía política y regular el movimiento colectivo. Los datos históricos para este análisis provienen de libros y artículos enlazados a lo largo del texto, y su recopilación fue posible gracias a la colaboración del historiador Arnulfo Ramírez de la Costa, docente y coordinador de la carrera de Historia en el Departamento de Historia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) en Tegucigalpa.
En un contexto de creciente reconocimiento sobre la responsabilidad de la arquitectura hacia las ecologías ambientales y planetarias, la práctica contemporánea se orienta cada vez más a trabajar con lo existente: sus condiciones materiales, espaciales e históricas. En el marco de esta transición, la estética de la arquitectura y el diseño se centra cada vez más en remodelar los entornos heredados. Este enfoque sustenta el trabajo de SSdH, un estudio de arquitectura con sede en Melbourne fundado en 2020 por Todd de Hoog, Harrison Smart y Jean-Marie Spencer. A través de proyectos que abarcan diversas escalas de renovación, ampliación e inserción adaptativa, el estudio interactúa de manera constante con las edificaciones existentes como agentes activos. Ganadora de los ArchDaily 2025 Next Practices Awards, la firma australiana prioriza la responsabilidad ambiental, la economía material y los procesos colaborativos fundamentados en las condiciones específicas de cada sitio.
La ergonomía laboral se ha definido durante mucho tiempo por la estabilidad: posturas fijas, soporte lumbar, ángulos calculados meticulosamente y la búsqueda implacable de la forma "correcta" de sentarse. El confort se asociaba, en gran medida, con mantener una postura asistida en sillas diseñadas para reducir el movimiento, alinear la columna y sostener el cuerpo durante largos períodos. Hoy, a medida que los espacios de trabajo contemporáneos se vuelven cada vez más flexibles e híbridos, surgen interrogantes sobre si el confort está realmente ligado a la permanencia estática o, más bien, a la posibilidad de movimiento en sí misma.
Aunque las sillas ergonómicas han evolucionado significativamente, muchas siguen operando bajo una lógica "correctiva", gestionando el malestar a través de mecanismos y ajustes sin replantear a fondo la relación entre el cuerpo y el movimiento. Investigaciones recientes sobre el comportamiento sedentario y la ergonomía activa han desafiado la idea de la quietud como la condición ideal para el confort. En su lugar, las transiciones sutiles de postura y los micro-movimientos continuos se entienden ahora como factores clave para la circulación, la salud musculoesquelética y el bienestar general. En este contexto, la ergonomía contemporánea comienza a alejarse paulatinamente de los modelos basados en la contención para adoptar enfoques centrados en la adaptabilidad, el equilibrio y el movimiento fluido.
Qbiss Notch, una nueva edición de diseño desarrollada por Pininfarina para el sistema de fachadas Qbiss de Trimo, ha recibido el premio Red Dot Design Award. Basado en la tecnología de fachadas Qbiss de Trimo, el proyecto introduce paneles modulares Qbiss de instalación vertical, un alfabeto de Glyphs grabados y elementos Notch con iluminación integrada. En conjunto, estos componentes permiten a los/las diseñadores/as crear composiciones de fachadas singulares. A pesar de su flexibilidad visual, el sistema está proyectado en torno a la eficiencia y la precisión de la construcción prefabricada.
Sistema de casilleros inteligentes de Gantner y Salto
¿Cómo pueden los elementos más estructurados de la arquitectura dar lugar a formas imprevistas de la vida cotidiana? El "orden espontáneo" describe cómo los sistemas estructurados pueden generar patrones de comportamiento no planificados pero coherentes. En el discurso urbano, este concepto suele emplearse para describir las ciudades: entramados de calles, parcelas y edificios que han sido diseñados, mientras que la vida cotidiana no lo es. El movimiento, los encuentros, las rutinas y los usos informales surgen de reglas espaciales sencillas y no de una programación explícita. En las ciudades, esto se hace evidente en el funcionamiento de las aceras, las estaciones y los umbrales. La estructura es fija, pero el orden social es fluido, estableciendo las condiciones para el comportamiento en lugar de definirlo.
Una lógica similar puede observarse en microinfraestructuras arquitectónicas como los sistemas de casilleros. Al igual que las ciudades, los casilleros dependen de estructuras organizadas que no prescriben cómo se desarrolla la vida en su interior. Un sistema de casilleros está sumamente controlado en términos arquitectónicos: módulos repetitivos, retículas estrictas, dimensiones estandarizadas y acceso controlado. Sin embargo, una vez en uso, genera comportamientos espontáneos. Las personas se detienen en los pasillos, regresan a horas irregulares, permanecen cerca de las zonas de casilleros o interactúan brevemente con otros que hacen lo mismo. Lo que parece ser un sistema de almacenamiento estrictamente infraestructural comienza a generar dinámicas sociales y espaciales de carácter informal.
A diferencia de muchos programas industriales tradicionalmente ocultos detrás de fachadas neutras y espacios herméticos, las destilerías contemporáneas a menudo exponen sus procesos productivos como parte esencial de la experiencia arquitectónica. El calor de los alambiques, los vapores de la destilación o los recorridos de la materia prima dejan de ser meras operaciones técnicas para asumir un protagonismo espacial.
Aunque producen bebidas distintas, los proyectos seleccionados a continuación comparten desafíos arquitectónicos similares. Todos deben organizar flujos industriales, controlar condiciones específicas de temperatura, ventilación y almacenamiento, además de compatibilizar las áreas técnicas con los recorridos de las visitas públicas. Al mismo tiempo, cada destilería establece respuestas particulares al territorio en el que se inserta, revelando diferentes maneras de relacionar producción y paisaje.