
“Levantarse temprano, despertar a los hijos, preparar e invitarles el desayuno, bañarse, bañarlos a ellos, caminar hacia la parada del autobús. El bolso se cae, el niño hace un berrinche, el bus se retrasa. Brazos, mochila, el niño en brazos... ya ni se sabe el orden. Como primera tarea del día, el primer autobús y los hijos llegan a la escuela; correr de nuevo hacia la siguiente parada y otra espera, llega el segundo transporte. Viajar de pie, esquivar el sueño y el acoso hasta el trabajo. A la hora del almuerzo, esa pasada rápida por la farmacia y, quién sabe, tal vez también por el mercado de al lado. ¿O acaso hoy toca ir a la carnicería? Regreso del trabajo: paquetes, bolso y cansancio. Una parada en el camino para recoger a los niños y el recuerdo inoportuno de lo que falta, que obliga a ir al supermercado antes de llegar a casa con un día que termina, pero no sin antes preparar la cena. ¡Uf!“
El fragmento citado es el relato de un día ficticio. Sin embargo, esta rutina es la crónica diaria en muchos hogares, en especial en los de bajos ingresos, en las periferias y en las casas de familias monoparentales encabezadas por mujeres, donde el drama de las múltiples idas y venidas puede intensificarse con elementos de la interseccionalidad de género, raza, clase social, generación, territorio, capacidad física y orientación sexual, entre otros.



































